Narrativa

Segunda parte

Ad Noctum – Segunda parte

  • Ad Noctum. Por Fermín Vega Boyce

La ventana estaba abierta, o quizás mal cerrada, lo cierto fue que Tayra logró atravesarla sin grandes dificultades y acceder a un moderno salón apenas iluminado por bombillos invisibles que empolvaban la atmósfera con una claridad fría e impersonal. 

La joven echó un vistazo a su alrededor. Muebles caros, alfombras y cojines, cuadros abstractos y lámparas de diseño. No se había equivocado: allí vivía gente con dinero. Contra las paredes reposaban largas vitrinas de metal y cristal. Tayra se acercó a inspeccionarlas y al instante quedó atrapada por los maravillosos objetos que vio. A vuelo de pájaro identificó un sable japonés empotrado en su funda, vasijas precolombinas decoradas con vivos colores, varias máscaras africanas acomodadas sobre pedestales transparentes, dos cajas chinas elaboradas con madera prensada y una estela egipcia cubierta de crípticos jeroglíficos. 

La muchacha supuso que aquellos objetos debían de valer una fortuna. Uno solo bastaría. Ya se inclinaba sobre el cristal en busca de un pestillo o alguna juntura cuando…

—Esas vitrinas están cerradas a presión —dijo una voz a sus espaldas—. No podrás abrirla por mucho que te esfuerces. 

La chica emitió un quejido de sorpresa, giró sobre sus talones y clavó los ojos en las penumbras. Al otro lado del salón distinguió la figura de un hombre alto y corpulento que estaba sentado tranquilamente en una butaca.

Tayra y el desconocido se contemplaron durante unos instantes. La adolescente estaba preparada para escucharle gritar en cualquier momento. De hecho, la posibilidad del grito retumbaba en sus oídos como el sonido mismo. O quizás el hombre decidiera dejarla fuera de combate sin siquiera darle la posibilidad de defenderse y luego llamar a la policía. Ese sería el colofón ideal para el plan que ella había urdido una hora antes. Ya podía imaginarse la cara que pondría su mamá cuando el oficial le dijera por teléfono: «Señora, su hija entró a robar en una casa. La tenemos detenida en la Estación de tal y tal… Por favor, venga cuanto antes».

Sin embargo, el hombre no gritó ni activó ninguna alarma y mucho menos buscó un arma para defenderse o neutralizar a la intrusa. Simplemente se levantó con mucha ecuanimidad, atravesó el salón y se le plantó enfrente a Tayra. Mirada color cielo, piel muy blanca y barba gris, cuidadosamente recortada: un gigante nórdico cuyas hermosas facciones a la muchacha le resultaron vagamente familiares, como si las hubiera visto antes. 

Una mano ancha y nudosa se extendió hacia ella:             

—Mucho gusto. Me llamo Thomas Mörder y soy médico. 

Tayra respondió al saludo con un gemido de dolor. Morder retiró la mano y dio media vuelta:

—Sígueme, por favor: hay que curarte esa herida o corres el riesgo de pillar una infección.

La muchacha acompañó al médico hasta la siguiente habitación: un amplio comedor cuyas luces se encendieron automáticamente. en el centro señoreaba una gran mesa de acero rodeada por varias sillas elaboradas con el mismo material  

Mörder indicó hacia una de las sillas:

—Siéntate ahí 

Tayra obedeció sin chistar. El doctor caminó hacia el fondo del comedor y se perdió tras una puerta ubicada allí. La muchachs echó un vistazo alrededor. Las paredes estaban completamente vacías y pintadas de blanco; en el techo vio una especie de ventana que comunicaba con el exterior. Afuera, el cielo nocturno, cubierto de estrellas que cubrían fugaces jirones de nube. 

Mörder regresó al cabo de cinco minutos. Traía una bandeja en la que reposaban una vasija con agua humeante y un pequeño botiquín

—Extiende el brazo sobre la mesa —le ordenó a la muchacha mientras se sentaba junto a ella.

Tayra depositó la extremidad con mucho cuidado sobre la fría superficie acerada. El médico acercó la vasija llena de agua, el jabón y el kit de primeros auxilios. Luego se concentró en la mano herida. 

Primero cortó el pañuelo y lo retiró con mucho cuidado, pero sin prestar atención a los quejidos de dolor emitidos por la joven, pues la sangre se había secado, pegando la tela a la piel. 

—La herida es poco profunda y no habrá que suturar —dijo Mörder tras una cuidadosa inspección—. Eres una chica afortunada. Los cristales que hay en el borde del muro podrían rebanarle los dedos a cualquiera.

Luego tomó la mano y la introdujo en la vasija llena de agua tibia. El líquido no tardó en teñirse de rojo. Tayra sintió dolor, sobre todo cuando el hombre empezó a lavar la herida con una esponja, pero decidió que el dolor era soportable. Además, el doctor le resultaba conocido y, por si fuera poco, le proporcionaba una extraña sensación de quietud. Sus movimientos suaves y sincopados, su mirada serena, el cálido todo de voz… Todo en él le transmitía paz y calor; sensaciones que ella estaba disfrutando mucho, aunque le resultaban bastante novedosas. El afecto y la serenidad no eran bienes que abundaban demasiado en su medio familiar.   

El hombre apartó la vasija, abrió el kit de primeros auxilios y le indicó que extendiera nuevamente el brazo sobre la mesa. Con mucho cuidado, empezó a aplicar un desinfectante en la herida, cuyos bordes limpios y rectos no demorarían demasiado en cerrar. Finalmente hizo un pequeño vendaje con tela de gasa y esparadrapo. Listo: mano nueva. Ya la muchacha podría brincar nuevamente todos los muros que quisiera.    

En ese momento Tayra supo por qué el rostro del doctor le había resultado familiar. Un reportaje en el noticiero, días atrás. La sonriente periodista hablando sobre algo relacionado con avances en el mundo de la medicina; una breve entrevista protagonizada por el médico; a un costado de la pantalla, los enanos, los flamencos y la rana que expulsaba agua por la boca.

—Yo… yo lo he visto por televisión —apuntó sin dejar de mirar el vendaje.

Los ojos de Mörder se contrajeron en una ligera sonrisa.

—¿De veras?

—Sí. Usted es un científico, ¿no? 

—En efecto: soy científico y médico, ¿o será al revés? Bueno, el orden no importa. Hice la especialidad en neurología y actualmente me dedico a investigar sobre enfermedades tropicales. ¿Quieres saber algo más?

—Sí: ¿qué hace en este país? Digo, porque se ve que usted no es de por aquí… 

—A parte de suertuda y amante de los deportes extremos, eres bastante lista —reconoció el médico—. Nací en Alemania, pero mis padres emigraron a República Dominicana cuando yo tenía cinco años. Por eso hablo tan bien el español y tengo esta apariencia de vikingo desempleado.

Tayra sonrió al escuchar el chiste. Luego descansó la mano sobre los muslos y dejó que su mirada se sumergiera en las quietas pupilas del doctor.

—¿Tienes problemas con tus padres? ¿Has escapado de casa? ¿Buscas un sitio donde dormir?

La muchacha se removió, incómoda, y miró al médico, algo recelosa:

—¿Por qué me pregunta todo eso?

—Simple curiosidad. No es la primera vez que me tropiezo con una joven en una situación como esta, aunque debo reconocer que eres la primera escaladora de muros que conozco. Pero si no quieres hablar del tema, no te preocupes: yo comprendo.

Tayra asintió e hizo silencio. Mörder se dedicó a guardar el pomo con desinfectante, el esparadrapo y las gasas en el estuche. Las pulcras manos ubicaron con suma destreza cada cosa en su lugar, acostumbradas como estaban a manipular escalpelos, pinzas e hilos de sutura.  

—¿De qué tratan sus investigaciones? —preguntó la muchacha tras breves segundos que le parecieron eternos.

El médico apartó el estuche y se acomodó en la silla:

—Estudio los efectos reconstituyentes que provocan ciertas sustancias en el sistema nervioso central de los seres humanos. He recorrido casi todos los países del Caribe recopilando información y efectuando pruebas clínicas. Ya estoy en la fase final de mi estudio, y pienso encontrar aquí los ejemplares necesarios para cerrarla con broche de oro. Estoy buscando… 

Dudó por un momento. ¿Estaría aquella desconocida preparada para escuchar lo que él estaba a punto de decir? Tras unos segundos de indecisión, concluyó que sí, y agregó:

—¿Has oído hablar alguna vez de los zombis?

—¿Zombis? —repitió Tayra, totalmente desprevenida ante aquel extraño giro en la conversación. «¿Qué tienen que ver los zombis con una investigación científica?»—. Bueno, este… He visto algunas películas…

Mörder arrugó el entrecejo:

—Meros inventos de Hollywood. Mal cine, pésimos actores, peor maquillaje. El planeta hecho trizas de la noche a la mañana, y el ochenta por ciento de la humanidad transformada en una horda de seres sin raciocinio movidos por un apetito voraz. Nada más alejado de la verdad. Yo me refiero a los zombis reales, a esa parte de la religión vudú que muy pocos conocen —el médico extrajo del kit un pequeño frasco de plástico anaranjado. Tras quitar la tapa, sacó dos píldoras, que extendió hacia la muchacha—. Tómate esto. Es para el dolor. Son de efecto rápido y te darán un poco de sueño, pero se te pasará enseguida.

—Necesito un poco de agua —apuntó ella mientras sujetaba las pastillas.

—Ah, espera. Enseguida te la traigo —y el médico se fue a la cocina.

Tayra pudo aprovechar ese instante para escapar. Tenía la mano curada, la ventana estaba cerca… Sin embargo, algo la mantuvo fija a la silla en que se había sentado. El cansancio, quizás; la tensión, o tal vez la pérdida de sangre. La idea de tomar un medicamento en casa de un extraño no le atraía demasiado, aunque la herida le dolía un poco y aquel desconocido era médico. Además, un par de pastillas nunca le habían hecho daño a nadie. Intrigada, agarró el frasco que no tenía etiquetas ni inscripción alguna con el nombre del medicamento. Dentro solo estaban las píldoras, pequeñas y blanquecinas, similares a las bolitas de azúcar que Tayra había probado una vez. 

—Aquí tienes —dijo Mörder poniéndole delante un largo vaso de cristal—. Es jugo de piña. Bébelo todo; necesitas reponer líquidos.

Tayra colocó las pastillas en su boca y luego apuró el contenido del vaso. El jugo estaba delicioso, aunque le faltaba azúcar y, en el fondo, dejaba un extraño sabor amargo, en nada parecido al de la piña. 

El galeno volvió a sentarse al otro lado de la mesa. 

—Y esos zombis de los que usted habla, ¿son reales? —preguntó Tayra, interesada en retomar la conversación—. Es decir: ¿existen de verdad?

Mörder estiró las piernas y cruzó las manos sobre el abdomen. Sus cálidas palabras fueron envolviendo poco a poco a la muchacha, quien lo miraba embelesada:

—Desde épocas inmemoriales el hombre ha creído en seres que vuelven de la muerte para molestar a los vivos, interactuar con ellos o incluso alimentarse de su sangre o su carne. En este sentido, la figura por excelencia es la del vampiro «a lo Bram Stocker», aunque el mito de los no-muertos forma parte de casi todas las culturas del mundo. Pero no estoy interesado en polvorientos revenants, vrykolakas griegos o pricolici eslavos, sino en los zombis haitianos: seres humanos sin voluntad propia ni otra intención que la de obedecer los caprichos de su amo. Muchos son los que aseguran haberlos visto recorriendo los campos de ese país, con los ojos desencajados y la piel llena de pústulas sanguinolentas, transformados en simples marionetas a merced de un bokor o hechicero vudú.

»Si queremos entender el profundo terror que estas criaturas despiertan en algunas personas, es necesario investigar un poco sobre el origen de la palabra «zombi». Para muchos nativos del Congo, el nzumbi es una suerte de demonio vengativo y cruel, y el nzambi, el espíritu de un fallecido, mientras que el mvumbi puede ser una persona aquejada de catalepsia o la parte invisible del ser humano, es decir, su espíritu. Por su parte, los angoleños consideran que el nvumbi es un cuerpo que, si bien no tiene alma, puede moverse como si estuviera vivo, y que el zombi es un «regresado», o sea: alguien que volvió de la tumba. En todos los casos, la palabra se asocia a la resurrección de un cadáver que trae consigo destrucción, enfermedades y muerte.     

De pronto, Tayra sintió un ligero mareo que le hizo perder el equilibrio. «¡Uf, las pastillas ya están haciendo lo suyo!», pensó mientras se incorporaba lo más rápido posible.

—Según las creencias del vudú —prosiguió el científico, ajeno a las reacciones de la muchacha—, «fabricar» un zombi es muy sencillo. Basta con que el bokor inocule en el cuerpo de la victima una sustancia llamada coup de poudre, frase que en francés significa «golpe de polvo». Dicha sustancia contiene dosis semi-letales de tetrodoxina, un compuesto químico presente en la carne del pez puffer o globo, oriundo de las costas de Japón y el Mar Caribe. Igualmente puede utilizarse el zumo de la Datura stramonium o estramonio, arbusto también conocido como «pepino zombi», el cual contiene varias sustancias que provocan desorientación, confusión, amnesia, estupor y conductas alteradas.

»Una vez aplicado el coup de poudre, disminuyen dramáticamente los signos vitales de la víctima. Por consiguiente, sus familiares consideran que ha muerto. Acto seguido, el supuesto cadáver es sepultado y posteriormente desenterrado por el bokor, quien lo «resucita» en una ceremonia religiosa y luego lo somete a su voluntad. Según cuentan las leyendas que circulan al respecto, la única manera de devolver al zombi a su estado natural es colocándole un puñado de sal en la boca. ¿Me estás escuchando, jovencita?

Tayra sintió que el mundo le volvía a dar vueltas, esta vez con mayor intensidad. El dolor de la mano había desaparecido; sin embargo, una especie de calambre se iba apoderando poco a poco de sus piernas. Tal parecía que bajo la piel tuviera miles de hormigas obcecadas en llegar hasta su cabeza. Además, sentía la boca seca y los párpados muy pesados. Un tanto desorientada, se restregó los ojos y trató de concentrarse nuevamente en la conversación:

—Disculpe, señor —murmuró—, es que me ha entrado un poco de sueño… 

—Es un efecto del medicamento que te di. No te preocupes: ya se te pasará. ¿Quieres recostarte un rato?

—No, gracias. Siga explicándome, por favor. 

—Pues bien —Mörder se arrellanó en el asiento, como mismo haría un espectador que estuviese disfrutando su película favorita—, el primer caso de «zombificación» que se conoce es el de Felicia Félix-Menor, una haitiana fallecida en 1907, que fuera vista por algunos vecinos treinta años después, ya convertida en una muerta-viva. Con posterioridad se conoció el caso de Clairvius Narcisse, un campesino que murió y fue enterrado en 1962, si bien dieciocho años después aterrorizó a su hermana tras aparecer en el mercado del pueblo donde ésta vivía. Tras entrevistar al resucitado, todos supieron que un tercer hermano había recurrido a un bokor para que «zombificara» a Clairvius luego de que este le disputara la posesión de unas tierras de cultivo. Así, el señor Narcisse estuvo trabajando durante dos años junto a otros zombis, si bien había logrado escapar y, tras escuchar sobre la muerte de su pérfido hermano, pensó que aquel era el momento ideal para rebelarse contra la esclavitud y retomar su antigua vida.  

»A partir de ese momento comenzaron a estudiar el tema varios investigadores de prestigio internacional, entre ellos la folclorista estadounidense Zora Neale y el etnobotánico canadiense Wade Davies. Este último se internó en la selva haitiana inspirado en las investigaciones del doctor Nathan Kline, quien había alcanzado celebridad en el tratamiento de enfermedades mentales al emplear reserpina, una droga obtenida a partir de una planta india. Por consiguiente, Davies se preguntó si el coup de poudre tendría propiedades similares.

Las palabras del doctor penetraban de forma discontinua en la cabeza de Tayra, cuyos oídos se habían abocinado, percibiendo los sonidos huecos y desprovistos de sentido. La muchacha hizo acopio de fuerzas e intentó levantarse, pero las piernas no le obedecieron. Aterrorizada, comprobó que las hormigas se habían apoderado de todo, desligando tendones, paralizando músculos, socavando huesos. Luego se habían marchado, como mismo se retiran las alimañas de un cadáver tras devorarlo hasta el tuétano.

Tayra aguardó unos segundos e intentó levantarse nuevamente, pero desistió al instante. Era como si tuviese al final de las extremidades un peso muerto, un trozo de cuerpo ajeno incapaz de responder al instinto de supervivencia que, de pronto, se había activado en lo más hondo de su ser. Muy a su pesar, comprobó que estaba completamente paralizada, inmóvil, a merced de la voluntad ajena. Mörder, en cambio, sí se incorporó y fue acercándose sin dejar de hablar:  

—Equipado con una cámara cinematográfica y algo de dinero, Wade Davies logró entrevistar a varios hechiceros, quienes se jactaban de saber preparar dicho compuesto mezclando diferentes sustancias entre los que contaban polvos de cráneos de bebés recién exhumados y extractos de diversos tipos de sapos. En todos los casos identificó un ingrediente común: las vísceras pulverizadas del pez globo

Tayra percibió la difusa silueta del médico que le sonreía y se aproximaba inexorablemente. Por tercera vez intentó moverse, pero no lo consiguió. El hombre estaba casi encima de ella, alargaba una mano, iba en busca de… 

De repente, algo brotó dentro de su cabeza. Fue una imagen, un miedo, otro brazo que también se extendía por encima de sus sábanas, de sus piernas, de su abdomen.  

Dando un rápido salto, se puso de pie, apartó de un empujón al científico y corrió hacia la sala. Luego, la ventana, el jardín, la estúpida rana arrojando chorros de agua, los enanos imbéciles construyendo un castillo de piedras y cemento, el muro erizado de vidrios, la fresca brisa acariciándole el rostro, haciéndole sentir viva, y los ruidos que provocaba al correr hacia la noche, hacia el horizonte lleno de luces silenciosas, o hacia un sitio donde no hubiese hombres «muy-muy buenos» que la devoraran con los ojos nublados por el alcohol ni ella debiera reclamar un poco de atención tratando de robar en casas ajenas.  

O tal vez no. 

Tal vez, luego de que el profesor terminara su explicación, la cabeza de Tayra cayó inerte sobre la mesa y los ágiles dedos del médico concluyeron el viaje sobre la aorta de la muchacha. Sí: los latidos del corazón apenas se sentían y la respiración había disminuido hasta desaparecer casi por completo. 

Después, sin hacer demasiado esfuerzo, él la alzó en brazos y caminó rumbo a una puerta de madera, ubicada al fondo del comedor, que conducía al sótano de la casa, una amplia habitación, fuertemente iluminada, que hacía las veces de laboratorio. En ningún momento dejó de hablar. Escucharse a si mismo le reconfortaba, le hacía ver que sus desvelos y esfuerzos no eran en vano. La muchacha no podía oírle ya, pero eso a él no le importaba:

—Yo pretendo continuar con las investigaciones de Davies y profundizar en el estudio del tema desde la perspectiva clínica, pues estoy interesado en los efectos que pueda tener el «golpe de polvo» en el sistema nervioso central de los seres humanos. Te confieso que ya logré sintetizar la tetrodotoxina, y las pruebas en animales de laboratorio han arrojado resultados sorprendentes. Además, incrementé sustancialmente las propiedades del compuesto. Ahora es mucho más efectivo y garantiza la obediencia absoluta del organismo que lo recibe. 

La inerte cabeza de Tayra se bamboleaba de un lado a otro a medida que el doctor avanzaba hacia el fondo del recinto. Allí había una pequeña celda equipada con una cama de hospital. Con sumo cuidado, el médico entró, acomodó a la muchacha sobre la blanca sábana y la inmovilizó mediante anchas correas de tejido sintético. Luego salió y cerró la puerta por fuera.

—Sin embargo, muy pronto supe que, para avanzar en mis investigaciones, debía comprobar los efectos que provoca la tetrodotoxina en una persona. Para eso necesitaba alguien a quien «zombificar», pero encontrar voluntarios es un poco difícil. No son muchas las personas dispuestas a morir en favor de la ciencia. Me parece que contigo acabo de resolver ese problema.

Mörder giró sobre sus talones y se sentó en un butacón ubicado frente a la celda. A la derecha, sobre una pequeña mesa, reposaba una caja de cristal. Dentro estaba Jami, su cobaya favorita. La esquelética criatura, erguida en mitad del espacio, contemplaba el vacío con sus ojos rojizos, tan redondos como bolitas de cristal. Había perdido casi todo el pelambre y la blanca piel estaba cubierta de forúnculos sanguinolentos. Parecía que se hubiera muerto sentada sobre las patas traseras, pero Mörder sabía que estaba viva. Sin voluntad, pero viva. Con un gesto preciso le colocó un dedo sobre el hocico y lo desplazó hacia un lado. El animalito olisqueó el dedo y torció la cabeza en la misma dirección.    

 «Buena chica», susurró el doctor mientras se acomodaba en el butacón. Más relajado, clavó los ojos en la celda. Quince minutos después, percibió un leve movimiento que le hizo sonreír. ¡Ah, la joven intrusa ya despertaba convertida en otra cosa…!


Primera parte