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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Al asecho

La música de los carnavales llegaba hasta el bar «Los Marinos» donde la mulata, sentada en la barra con su falda corta y un escote indiscreto como señuelo, estaba de cacería. «Un yuma, por tu madre…», rezó mientras repasaba con la vista el local, fingiendo beber una cerveza…

La música de los carnavales llegaba hasta el bar «Los Marinos» donde la mulata, sentada en la barra con su falda corta y un escote indiscreto como señuelo, estaba de cacería.

«Un yuma, por tu madre…», rezó mientras repasaba con la vista el local, fingiendo beber una cerveza. No encontraba a nadie solo, ni que le gustara, y ya la necesidad en su estómago se hacía cada vez mayor. Por suerte, aún no habían instalado cámaras de seguridad. Porque en cualquier momento pasaría de la frustración a la estupidez, por mucho que la tuvieran asqueada los cubanos. «Un extranjero», se decía. «Tiene que haber alguno suelto, no importa el que sea… me da lo mismo un ex-presidiario que un mafioso, pero que sea alguien que se alimente bien».

Recordó al último cubano que llevó a su casa dos días antes. ¡Qué desperdicio! Lo confundió porque vestía buena ropa, tenía cadenas de oro legítimo y sabía que acababa de salir de la cárcel y todo, pero resultó ser un chivato de la policía que solo pensaba en «su misión» y en sexo; para colmo, llevaba una semana a base de croqueta rancia y refresco instantáneo, porque tenía que andar escondido. Hasta que le dieron ganas de templar. A ella le gustaban los delincuentes conflictivos, mientras más malos y problemáticos, mejor, especialmente si eran propensos a la violencia.

Escaneó con la mirada a cada una de las personas del lugar. Nadie calificaba para sus necesidades, hasta que reconoció a la española que acababa de llegar con Dennis. Ya los conocía de antes, la tipa ganaba miles de pesos traficando droga en ciertos puntos de La Habana y los que decían conocerla, le anotaban dos muertos. El muchacho era un jinetero vecino de su barrio, al que tenía dominado desde hace años, por lo que deshacerse de él sería muy fácil.

La extranjera la miró y le dedicó una sonrisa como propuesta. Al hacerlo por tercera vez, la mulata se les acercó a la mesa donde ellos estaban:

—¡Jabao, mira para acá…! —notó el efecto en las pupilas del joven en cuanto la vio. Ella se llevó un dedo a los labios y acarició uno de los dreadlocks de Dennis—. Tráeme una cerveza, anda.

Así lo tuvo durante casi una hora. Aquello parecía divertir a la turista, la cual no resultó ser una presa fácil.

—¿Vamos para mi casa? —invitó lanzándole toda la fuerza hipnótica de su mirada, pero los ojos de la extranjera mostraban los síntomas inequívocos de alguna droga, lo cual hacía más difícil influenciarla.

—No creo que cargue dinero para una fiesta de tres —dijo señalando a Dennis.

—No —su tono fue tajante. Dennis era un chico inofensivo y vivía en su misma cuadra—. Él no puede ir a mi casa. Todavía no está del todo echado a perder. Pero nos puede acompañar por el camino si quieres.

Así lo hicieron, Dennis se cercioraba de que no hubiera policías, ni vecinos en la calle que la vieran cargar con una turista hacia su casa. El muchacho se quedó fuera del solar tal y como le indicó la mulata.

Subieron las escaleras hasta el tercer piso. Hacía más de cinco años que habían declarado inhabitable el edificio. A pesar de que abarcaba casi media manzana, la chica era la única que vivía en él.

—¿Cómo puedes vivir aquí? —preguntó la española al fijarse en el mal estado de la arquitectura colonial— ¿Qué era esto, una iglesia?

—Un convento —respondió la otra empujándola con brusquedad.

La extranjera cayó en la cama entre risas, sin importarle en lo más mínimo que la chica le quitase el bolso y lo lanzara al suelo por donde se regaron todas sus pertenencias, celular, medicinas, etcétera. Cuando alzó la cabeza ya estaba amarrada de pies y manos.

—¡Vaya, no sabía que aquí practicaban este tipo de cosas! —le dijo a la mulata que ya se había trepado sobre ella, con más sogas en las manos que parecían caer del techo.

—¿Qué es eso? —preguntó al ver los bultos que estaban casi escondidos entre las vigas y telarañas.

—Reservas —sonrió la mulata contenta al comprobar que ya pasaban los efectos de la droga en la mujer—. La mayoría ya no sirven, pero por vaga no las he botado y menos ahora en carnavales, me podrían descubrir… Estos son tiempos muy difíciles, gallega… Pero ahora tú, solo mírame y relájate.

Aun así, la mujer no cerró la boca hasta que la joven le perforó el cuello con la lengua, no quiso inyectarle saliva hasta después de probarla, estaba segura de que la querría viva por más tiempo, por lo que solo se limitó a sorber. Fue entonces que aparecieron los recuerdos, uno detrás del otro, sin orden, con todas las sensaciones y sentimientos;

Dolor en los golpes de su marido. El peso de la droga entre los senos frente a una secundaria. El valor en una raya de coca. El grosor de los billetes. La cárcel. Sus empleados traidores bajo agua. Su marido muriendo mientras ella sostenía un cuchillo. El parto. El bebé mamando, sonriéndole. El accidente. Su hijo entubado mientras el médico le decía lo de la transfusión. El niño tragándose los antirretrovirales y riendo, alejándose cada vez más en una luz parpadeante.

La mulata se detuvo como si acabara de recibir un golpe en el estómago. Nunca se hubiera imaginado encontrar recuerdos así en alguien como ella que además ¡tenía un hijo!

Fue entonces cuando oyó el timbre del celular.

—Mi hijo… —balbució la española con la mirada fija en el aparato.

El celular sonó por segunda vez, la joven lo miró de reojo y con un mal gesto soltó un contrapeso que enderezó a la mujer de la cama colgándola de los brazos, la miró de frente y le dio un par de bofetadas para que se recuperara, le colocó el teléfono en la oreja y le ordenó contestar.

—¿Hola? ¿Cariño? ¿Estás bien? No, ya terminé de trabajar así que no te preocupes que enseguida voy de regreso… ¿Un helado? Okey, también te llevo más medicinas, quédate tranquilo y pórtate bien… Nos vemos en un rato, bye.

—¿Qué edad tiene? —preguntó la muchacha mostrándole la foto del niño en el celular antes de apagarlo.

—Nueve. Tengo que partir enseguida.

La mulata rasgó los amarres de la turista, la ayudó a incorporarse, a vestirse y le dio otro buen par de bofetadas para que reaccionara.

—Mira para acá —le sujetó la cara con ambas manos—, cuando salgas a la calle, te olvidarás de estas tres últimas horas y especialmente de mí. ¿Ok? Lo del cuello fue… una caída en los carnavales. No vayas al hospital. Si te sientes débil, come carne y en unos días estarás bien.

La española repitió cada palabra sin parpadear siquiera, agarró su bolso y se fue por donde mismo la trajeron.

«Sigue así, cretina», se dijo la mulata cuando estuvo sola, «que si sigues cogiéndole lástima a todo niño que llame a sus padres, te vas a morir de hambre. A partir de mañana, aquí no entran los celulares».

Hizo un gesto brusco para estirar las otras patas, trepó por una cuerda hasta el techo en busca del rincón favorito de su telaraña donde guardaba una de sus reservas más recientes. Tenía dos días, sabía a croqueta rancia y esta vez tendría que inyectarle saliva para licuarlo por dentro, pero algo podía resolverle, al menos por hoy. Antes de darle el primer pinchazo, la desenvolvió colocándola frente a ella y dijo.

—Mira para acá y relájate…

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Sobre el autor

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    . La Habana, 1986. Profesora de Computación Básica. Licenciada en Psicología y Pedagogía. Actualmente trabaja como Especialista de Ciencia y Técnica en GEOCUBA. Miembro del Proyecto Espacio Abierto. En 2013 ganó una Beca de Creación del Centro Onelio Jorge Cardoso. El cuento “Al asecho” fue publicado en la antología Hijos de Korad (Gente Nueva, 2013).