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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

Arbitrio judicial

En el estrado, con la negra toga ondeándole alrededor del cuerpo y el birrete graciosamente ladeado sobre la cabeza

A Elaine, por su cuento “Selección Natural”.
A la C-10” por los cinco años estudiando juntos la carrera.
A mis compañeros del Bufete…

En el estrado, con la negra toga ondeándole alrededor del cuerpo y el birrete graciosamente ladeado sobre la cabeza, dejaba de ser un hombre común para transformarse en alguien único…

Había nacido para las Leyes, no le cabía duda.

O al menos eso creía él.

Cada vez que defendía a un hombre, y poco importaba si era culpable o no, se transformaba en el Aquiles griego o el Napoleón francés. Sus facilidades oratorias y el carisma con que trataba a todos le hacían ganar de inmediato el favor de los jueces y a menudo también la inmediata antipatía de los fiscales… y de algún que otro colega envidioso.

Pero lo que contaba era que cada vez eran más los que buscaban sus servicios: asesinos, estafadores, genocidas… sin importar lo que hubieran hecho, todos se sentían seguros con él. No en balde su larga lista de casos ganados lo había convertido en uno de los defensores mejor cotizados de la Tierra.

Sin embargo, su suerte podría cambiar a partir de ahora.

El Consejo Gubernativo había puesto en vigor el Decreto Ley Planetario 381/3029, donde se constituían como jueces a modernísimas IAs cuyo fallo, basado en la pura lógica de los hechos probados, haría que las injusticias, y sobre todo los innumerables casos de corrupción de magistrados, terminasen de una vez y para siempre…

Al menos en teoría.

Como ciudadano y operador de la Ley durante muchos años, entendía que aquel cambio era necesario y para bien.

Pero, como abogado defensor, veía en grave peligro su futuro profesional. Se terminarían las causas justificativas y los atenuantes; ya no podría jugar con las emociones del jurado, ni manipularlo hasta confundirlo.

No, ahora todo sería preciso. Daría lo mismo que el acusado tuviera toda una familia que alimentar, una infancia plagada de maltratos domésticos o unos antecedentes impecables… si era culpable, sería condenado y sentenciado a la esclavitud en las colonias planetarias, extrayendo minerales y alimentos para los habitantes de la vieja Tierra.

Y el destino había querido que la primera audiencia de nuevo tipo correspondiera a un proceso en el que él intervenía como defensor.

Miró casi con lástima hacia el banquillo de los acusados. Allí, escoltados por un par de cyborgs, gendarmes comunes en juzgados y prisiones (por aquello de que un humano siempre será mucho más cruel con otro humano que cualquier máquina), estaban sus dos clientes.

Temía que muy poco iba a poder hacer esta vez para lograr su absolución. Porque aquellos dos hombres, grises, pero bien alimentados, habían cometido el Pecado Capital, el peor crimen imaginable en aquella sociedad:

Robar gallinas.

Seis gallinas.

 

Todo comenzó en el 2012, cuando el Estado de Guyana atacó con armas nucleares a la República Popular de las Islas Caimán… como represalia a que, días antes y en visita oficial, la limusina del presidente caimanero atropellara por accidente a Patato, el perro sato y adorada mascota de la Primera Dama guyanesa.

Aquella “escaramuza” atómica por muy poco no se convierte en la Tercera Guerra Mundial (por tantos años vaticinada y esperada que ya nadie la creía posible)

Aunque al final se navegó con suerte: pese a tantos pronósticos, el mundo no se destruyó en el holocausto definitivo.

“La Ultima Guerra, como se le conoció después, apenas si duró tres horas y no involucró a otros países… pero las consecuencias fueron casi tan graves e irreversibles como si hubiese tratado de un conflicto global.

Se tardó un par de años en comprender que las grandes cantidades de polvo radiactivo que la explosión de varias ojivas atómicas lanzaron a la atmósfera de las dos naciones beligerantes, y que luego el viento dispersó por todo el planeta, habían provocado la esterilidad de más del noventa por ciento de la población mundial, por atrofia de sus células reproductoras.

Peor aún; la abrumadora mayoría de los niños nacidos a partir de entonces tampoco eran capaces de tener descendencia, al llegar a la pubertad.

El número de personas capaces de replicar la especie disminuía vertiginosamente con cada nueva generación; la humanidad estaba, más que asustada, aterrorizada. Surgieron sectas catastrofistas, hubo motines masivos y olas de suicidios. Los más brillantes biólogos y médicos del mundo dedicaban todos sus esfuerzos a buscar una solución…

Pero todavía pasó medio siglo de natalidad decreciente antes de que un investigador cubano, el posteriormente tan célebre y alabado Pepe “El Wao” Pérez, descubrió en el organismo de las gallinas unas hormonas que, inyectadas en grandes dosis a las gónadas humanas, las volvían viables… aunque momentáneamente.

La humanidad respiró aliviada… y acto seguido comenzó a protestar, incómoda.

El nuevo método permitía reproducirse, sí… pero como el efecto de las hormonas era de muy limitada duración, también implicaba un número engorrosamente grande de molestas y continuas inyecciones. Así que los laboratorios farmacéuticos y biogenéticos se lanzaron a buscar un modo más sencillo para que las valiosas hormonas gallináceas pudiesen ser asimiladas en las cantidades necesarias por los sistemas reproductivos humanos.

Por ejemplo, directamente de la carne de estas aves, al comerlas.

Así surgió muy pronto una nueva raza de gallinas mutantes, con todos sus tejidos rezumando las milagrosas hormonas… Lo que trajo aparejado un extraordinario incremento en el consumo y la demanda de un tipo de carne que hasta ese momento no había sido de las más apreciadas por los seres humanos.

Por suerte, inmediatamente después de enterarse del descubrimiento de Pepe, el gobierno central de los Estados Confederados de la Tierra tomó medidas para evitar el consumo desorbitado de esos animales… y su rápida extinción, en consecuencia.

Todas las gallinas del planeta fueron ipso facto declaradas propiedad federal, y apresuradamente reunidas y resguardadas en centros hiperprotegidos donde grupos de especialistas bien entrenados y seleccionados se encargaban de que los volátiles se reprodujeran constantemente, para así garantizar a cada habitante del planeta el consumo de cuotas adecuadas de su valiosa carne, mediante su distribución normada.

Por absurdo que hubiera podido parecer en el siglo anterior, resultaba lógico, entonces, que en un mundo en el que la supervivencia de la raza humana dependía por completo de las gallinas y sus hormonas, el delito de robar una de estas aves estuviera aún más duramente penalizado que el de homicidio.

 

Las modernas cámaras de holovisión, ubicadas en lo más alto de la sala, captaban todos sus rincones. Los banquillos estaban repletos de curiosos; aquel caso contaba con doble atractivo. Por el crimen de que eran acusados los reos, y por las IAs que los juzgarían.

Todos los ojos estaban centrados en el abogado defensor, al que correspondía ahora presentar su alegato definitivo.

Con calma se puso de pie.

Deslizó su mirada por todos en la sala.

Sonrió con amabilidad a sus clientes, luego con ironía al fiscal, y finalmente, poniendo su atención en las cinco IAs jueces, comenzó a hablar:

—Presidente; demás respetables jueces que conforman este tribunal; digna representación del ministerio fiscal; público presente y observadores en general: Defendemos en el día de hoy, en la Causa 215/3029 a Mijail Kasparov y Joan D’ Bergerath, acusados del delito de Terrorismo Biológico, Crimen de Lesa Humanidad y Sabotaje a los Intereses de los Estados Confederados de la Tierra.

“Jueces, han ustedes escuchado ya a mis representados y despachado las instrucciones del expediente. Mis defendidos son dos ciudadanos conscientes de las necesidades especiales que plantea la difícil situación reproductora de la raza humana, y en absoluto incapaces, por tanto, de cometer los delitos que hoy se les imputan. Comencemos considerando que Mijail Kasparov es miembro activo del CDPAE (Comité de Defensa contra Posibles Ataques Extraterrestres), donde realiza puntualmente sus guardias mensuales para descubrir y evitar cualquier posible acción de infiltración de nuestro planeta por fuerzas alienígenas. No constan en su historial antecedentes penales ni policíacos y fungió además durante un periodo de cinco años como profesor emergente, abandonando su región natal y a sus familiares en la desolada y tranquila Rusia, para prestar servicio en esta capital tan populosa donde, sin embargo, nadie quería ejercer profesión tan importante para la formación de las futuras generaciones, como es el magisterio”.

“Por su parte, Joan D’ Bergerath, además de también cumplir cabalmente con sus funciones en el CDPAE, es asimismo miembro del PUT (Partido Unitario Terrestre), milita en las Milicias Territoriales y prestó ayuda interplanetaria en Marte como miembro de las Brigadas Solidarias Médicas Los Waitos, cuando nuestros hermanos de esa colonia se vieron infectados por la Fiebre del Conejo, esa extraña enfermedad que tantas muertes y dolor trajo a la humanidad”.

“Todo esto nos hace analizar que lo que ellos alegan en su defensa no tiene por qué ser necesariamente falso. Ambos han reconocido que tenían las seis gallinas en las manos, sí… pero los hechos probados en el caso que atendemos hoy no demuestran que por eso mis defendidos hayan cruzado el muro, altamente vigilado, para apropiarse de ellas. Lo cierto es que, conforme a sus declaraciones, mis dos clientes deambulaban por la calle donde se encuentra la ECDH (Empresa para el Correcto Desarrollo de la Humanidad) cuando observaron un árbol de mangos”.

“Respetables jueces, ¿cuántas veces nosotros mismos, operadores de la ley, no hemos visto estas apetitosas frutas sobre las calles y las hemos tomado, haciendo uso de nuestro derecho ciudadano, conforme al artículo 345.4 de la Ley de Propiedad de los Estados Confederados de la Tierra, donde se dice que todo comestible —y noten que el legislador no diferenció entre frutas o animales— que se encuentre sobre las avenidas u otros senderos públicos pertenece al pueblo terráqueo en general?”.

“Pues mis representados no hicieron más que atenerse a esta misma fórmula. Con el claro propósito de derribar los mangos para luego saborearlos, tomaron piedras y las lanzaron… Sólo que, ¿y cuál no sería su sorpresa al descubrirlo?, al impacto de sus proyectiles contra las ramas, en lugar de caer mangos, comenzaron a caer… ¡gallinas!”.

“En efecto: arrojaron una piedra y cayó una gallina; luego aún otra piedra y cayó todavía otra gallina, y así sucesivamente… hasta que tuvieron seis aves a sus pies”.

“Mi pregunta lógica es, entonces: ¿Qué culpa tienen ellos de que estos valiosos pero impredecibles animales se hubieran subido sobre el árbol y permanecieran ocultos en las ramas?”.

“Pues la respuesta está clara: ¡Ninguna, respetables Jueces!”.

“Debido a lo cual, y esta es mi opinión definitiva, insisto en que sería por completo injusto castigar a mis defendidos por la acción de estos animales. Por tanto, solicitamos la inmediata liberación de los ciudadanos Mijail Kasparov y Joan D’ Bergerath mediante un fallo absolutorio, así como la devolución de sus bienes confiscados en carácter de depósito; en concreto, de esas seis gallinas, que según la legislación citada pertenecen con toda propiedad a mis representados. Es todo. Muchas gracias.”

Terminado el alegato miró a las IAs; le habían informado que con el cambio de los humanos por máquinas ya no tendría que esperar largos minutos y hasta horas por el fallo. Los poderosísimos cerebros artificiales no sólo funcionaban a gran velocidad, sino que además se decía que, como también podían comunicarse electrónicamente entre ellos, podían dictar cualquier sentencia en cuestión de segundos.

Sin embargo, los jueces no hablaban… y tuvo que pasar casi un minuto entero para que una voz metálica resonara en la Sala:

—A todos los presentes le informamos que debido sabotajes realizados por grupúsculos contrarios a nuestros principios, así como al injusto bloqueo económico interpuesto por los Estados Agrupados de Neptuno a nuestro planeta, se nos hace necesario sustituir a las presentes IAs jueces, fabricadas en Urano, por otras máquinas manufacturadas en el hermano municipio de China. La transmisión de todos los datos del proceso actual a los nuevos magistrados durará veinte minutos. Lamentamos cualquier inconveniente o incomodidad que este lamentable hecho pueda ocasionarles.

La noticia provocó algunos comentarios, pero como cosas semejantes sucedían a diario, rápidamente los medios informativos decidieron aprovechar el inevitable tiempo muerto interrogando a los presentes sobre sus opiniones acerca del caso.

Para la mayoría la solución era sencilla: los acusados sólo podían ser declarados culpables del delito. La lógica y el sentido común así lo indicaban.

­­—Es una defensa sosa —comentó alguien que no quiso ser identificado—. Una mentira que ningún juez se creería.

Por su parte, Abel “El Prisionbreik” Solá, abogado defensor famoso por sus burlas profesionales al sistema judicial, agregó:

—¡Gallinas en los árboles! Esos dos merecen ser declarados culpables aunque sólo sea por no haber tenido suficiente imaginación como para inventar un cuento más creíble.

Sólo el abogado defensor y el fiscal permanecían en silencio y apartados de todos. En varias ocasiones distintos reporteros intentaron acercárseles, pero ambos los despacharon sin aceptar la entrevista. Como en los clásicos y legendarios duelos del Viejo Oeste, permanecían inmóviles, expectantes, mirándose a los ojos con los rostros tensos, como si sus mismas vidas dependieran del arbitrio judicial.

Las nuevas juezas entraron a la sala pasados unos cincuenta minutos. Sus movimientos eran más mecánicos que las de sus antecesoras, y sobre su pecho brillaban las siglas: ATEC PANDA “NUEVA GENERACIÓN”.

Una vez sentadas, la presidenta del tribunal tomó la palabra:

—Mijail Kasparov, Joan D’ Bergerath, pónganse de pie —los dos hombres se levantaron, nerviosos—. Este tribunal, a la hora de dictar el fallo, ha tenido en cuenta tanto lo referido en el expediente investigativo, lo dicho aquí en sala por ustedes, la acusación del Ministerio Fiscal, como la reflexión hecha por el letrado de la Defensa. Al amparo del Artículo 3 de la Ley Penal de los Estados Confederados de la Tierra se presume la inocencia de todos los acusados hasta tanto no se pruebe la comisión del delito. En este caso se les atrapó a ustedes con las gallinas en la mano, pero nadie les vio atravesar el perímetro de seguridad de la ECDH, y atendiendo a que ciertamente estos animales, en tanto que pertenecientes al phylum zoológico de las aves, tienen alas y pueden por tanto volar, aunque no a gran altura ni a largas distancias, consideramos que bien pudieron subirse al árbol en cuestión y estar sobre la rama a la que lanzaron las piedras los acusados. De ahí que decretemos su completa absolución por los delitos de Terrorismo Biológico, Atentado contra Lesa Humanidad y Sabotaje a los Intereses de los Estados Confederados de la Tierra. POR TANTO, se dispone la liberación inmediata de los acusados, así como la devolución de los bienes ocupados, entiéndase las seis gallinas, toda vez que haciendo tenor a la legislación antes citada por el letrado de la defensa, le pertenecen a dichos ciudadanos.

“Por otra parte, este tribunal condena a de los Dirigentes de la ECDH, así como a los miembros del cuerpo de vigilancia que montaban guardia esa noche en las instalaciones, por no tomar las medidas necesarias para el correcto cuidado de bienes indispensables para el desarrollo humano y los sentencia a quince años de trabajos forzados en las lunas de Marte… y sin derecho a libertad condicional”.

“La manera de ejecución del fallo es en el acto, y el Tribunal se retira. Es todo.”

Aún no creía en el veredicto, cuando ya los dos clientes le abrazaban con amplias muestras de alegría y satisfacción. La sala era pura algarabía: algunos protestaban, otros reían… pero todos venían a felicitarlo.

Cansado, aunque finalmente convencido de la realidad de su victoria, se dejó caer sobre el asiento mientras sonreía….

Esa noche estaría de fiesta. Junto con sus recién absueltos clientes, celebrarían por todo lo alto el veredicto de inocencia tan inesperadamente conseguido.

Con un festín de carne de gallina.

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Sobre el autor

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    . La Habana, 1982. Narrador. Licenciado en Derecho. Graduado del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Director del e-zine La voz de Alnader; fundador del Proyecto DIALFA-Hermes; fundador y co-coordinador del Taller de Creación Literaria Espacio Abierto. Coantologador del libro de cuentos de fantasía Axis Mundis. Ha organizado y dirigido los eventos Behíque 2008 y 2009, así como las tres ediciones del Evento Teórico de Fantasía y Ciencia Ficción Espacio Abierto, participando además como conferenciante.