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Literatura cubana contemporánea

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Café Cubita

Cada cual hace su cuento, su versión… ¿ya? Su Historia; la de ella, te digo es por donde quiera que la enfoquen, la misma

Cada cual hace su cuento, su versión… ¿ya? Su Historia; la de ella, te digo es por donde quiera que la enfoquen, la misma. Peor, y Dios me perdone, es que hubiese seguido soñando con lo que en realidad no fue, no pudo ser: ni antes, ni después, ni nunca. ¿Para continuar en lo mismo? No tienen sentido así las cosas. Claro que terminar de esa forma es —me imagino— bastante doloroso. Él no debió, se le fue la mano, exageró… lo que no entiendo, lo que no alcanzo a comprender es cómo pudo llevarla arrastrada desde su casa a la estación. ¡Son unas cuantas cuadras! ¿Cómo pudo ella llegar viva después de tantos piñazos y patadas? Los forenses afirman que sí, que el primer golpe del tren la mató. Mi abuela siempre decía que la muerte tiene sus virtudes, nos libera de algo. Por lo menos la pobre salió del tipo; muchos, muchos años aguantándole de todo, sin poder hacer nada en lo absoluto. Soñar y soñar. No hay otra cosa que nos haga tanto daño, a nosotras, como esa. ¿Me llamaste para esto o lo del vestido? Sí es lo del vestido, ni cortarlo pude. Después de una noche entera consolando a la niña, a la madre, al padre que no paraban de dar gritos; haciéndoles café y sirviéndolo también. No se me baja la hinchazón de las piernas. Por cierto, sobró un poco y me lo traje para la casa. Pasa por acá hoy y te cuento, con más detalles. Malísima que tengo la cabeza: con todo este trajín a lo mejor mañana algo se me olvida. El café es del bueno, del buti de verdad. Lo mandó el otro; ni se atrevió a portarse por la funeraria, le daría remordimiento de conciencia. Bien que lo conozco. El muerto al hoyo y el vivo al pollo… mandó el café y se limpió las manos.

Se mató o la mataron. No sé bien. La cuestión es que está muerta. ¿Lo sabes, te lo dijeron, te enteraste ya? Se iban a ir juntos, sí… él recogió todo y me lo gritó en mi mismísima cara cuando lo vi de nuevo en la puerta. Porque los hombres recogen y se van, pero tarde o temprano los ves otra vez ahí, parados en tu puerta. Cuando lo vi con aquella cara tan pálida, las manos que le temblaban y el corazón a querer salírsele del pecho, me tiré en sus brazos, le aclaré que no me pidiera perdón, que estaba perdonado. Me partía el alma verlo; empezó a llorar. Imagínate, yo ni sabía qué hacer. Inventé, por supuesto, que sabía. Cada lágrima se la sequé con la punta de mi sayuela. Lloré un poquito también para acompañarlo en su sentimiento, pero un poco: no se debe mostrar una despiadada, pero tampoco debe… agua fría me pidió y le traje un vaso lleno, el cristal quería partirse de lo fría que estaba. Puse la cafetera. Volví a secarle las lágrimas. Lo ayudé a quitarse la camisa, entripadita de sudor. Estaba parada frente al escaparate, con el perchero en la mano para poner la camisa y llevarla a orear al balcón, cuando lo soltó completico, sin respirar, de sopetón. Hasta ese momento yo había presentido que algo malo había ocurrido, que por gusto no lloraba… pero de que la desbarató el tren, eso —te lo juro— que por mi cabeza ni pasaba. Tú no sabes la cantidad de velas que encendí desde las tres de la tarde, cuando salió por la puerta, hasta las cinco y media, que era la hora de salir el tren para Santa Clara. Gracias, virgencita, era lo único que a mi mente venía… no lo permitió, no dejó que me quitaran el marido. Tú me conoces, sabes lo humana y servicial que soy, incapaz de alegrarme de la desgracia ajena, pero quien se lo busca lo encuentra. Ya él se cansará de llorar. Desde que se tomó el café se tiró en la cama y no ha dado en sí. Ni lo molesto. A la funeraria —para que veas quién soy— le envié a la familia de la difunta una caja llena de café Cubita. No quiero que piensen que él es un tacaño o un desgraciado. No me da la gana que piensen así de mi marido… escúchame, averigua todo bien, hazme ese favorcito. Quiero enterarme con lujo de detalles. No me llames tú: en cuanto pueda yo te doy un timbrazo. Parte el alma verlo como está… pero le estoy preparando una sopita de pollo que levanta hasta a los muertos. ¡Me quito el nombre si no lo encamino otra vez! Esa marca de café es buena, ¿eh? ¿Le gustará a la familia de la difunta? Como me han dicho que no es más que presentación, que sabe a agua el café ese. Averíguame eso también.

No, no está.

(…)

No lo sé.

(…)

No sé tampoco.

(…)

Tampoco sé.

(…)

¡Noooo!

(…)

Está bien. Se lo digo.

(…)

No, no lo olvido.

(…)

Sí, estoy bien. Gracias.

(…)

¿Algo más? Bueno.

(…)

Que sí. Hasta luego.

(…)

Nada dejó dicho.

(…)

Ningún papel dejó.

(…)

Durmiendo.

(…)

¡Sí, a esta hora! ¿Tú nunca has dormido a esta hora?

(…)

De vacaciones.

(…)

Sí, todavía trabajo allí.

(…)

Estoy de vacaciones ¿Cómo voy a saberlo?

(…)

No habían entrado ni juntas, ni gomas.

(…)

Te aviso con ella.

(…)

A Santa Clara. ¿Te dijo?

(…)

Pero se rompió el tren.

(…)

Mala suerte, sí.

(…)

En las próximas vacaciones. Es posible…

Me parece una tremenda estupidez que gastes tu tiempo en estar buscando un buen abogado. Ni bueno, ni malo. No lo necesito. No la empujé. Nada le hice. Estaba lloviendo a cántaros. Ella se puso a correr por gusto, para zafarse de mí. Lo único que yo hacía era abrazarla. Estábamos muy pegados al andén. No vio el tren. Venía el tren… se resbaló o se tiró. ¿Cuántas veces te lo voy a explicar, mamá? ¡Coño, ella me parió una hija! ¿Cómo la voy a matar? Yo le había dado algún empujón discutiendo, pero no pasaba de ahí. Tú sabes lo falta de respeto que se ponía. A los hombres no se les trata mal, mamá. Fui a buscarla. Yo soy un ingeniero, un hombre. ¿Cómo le voy a mirar la cara a la gente al otro día? Fui a buscarla, no a matarla. Ese imbécil le llenó la cabeza de boberías. “La vida es bella, no horrible como me la haces tú”. Esa mierda me dijo, mamá. Pero de ahí a que yo la empujara a la línea para que la hiciera picadillo el tren… de ahí a que sea un asesino va mucho, mamita. Tú me conoces. Sabes que soy un buen trabajador. Lo buen estudiante que fui. Buen padre, buen hijo, buen marido. ¿Cuándo yo había empujado a una mujer? Nunca; pero ella era loca, excéntrica, atravesada. Fue ella la que me convirtió en un monstruo. Un poco más y por su culpa caigo en la cárcel. Soy inocente, mami. ¡Confía en lo que tú pariste, coño!

Volví a salir.

(…)

Yo no la vi.

(…)

Tomo diazepám, nitrazepám, benadrilina… lo que me da la gana.

(…)

Díselo a la policía, a quien tú quieras, pero no llames más. No me jodan tanto la vida. ¡Déjenme dormir!

Ahora me toca a mí. Ya me cansé de oír tus barbaridades. Mi hija no era ninguna cualquiera, ninguna puta como le has dicho a todo el mundo. Un poco ida del aire, de la realidad… pero ni hablaba mal del gobierno, ni era puta. Y si hablaba lo hacía aquí en la casa. No sé de donde inventaste todo eso. Su marido —el degenera’o, hipócrita ese— le dio golpes sí, él le daba por cualquier cosa. Mi niñita era bocona, le costaba morderse la lengua, no se callaba. Pero eso se llama dignidad, de la verdadera. Ay, ¿pero para qué te menciono la palabra?, si tú no sabes ni remotamente lo que quiere decir. Nada más que sabes lo que te dicen por la televisión. Se iban a ir, intentaron hacerlo porque nunca pudo sacar al ingeniero de su casa, la tenía amenazada. Tanto que se enamoró de tu marido y él de ella ¿oíste? No era una aventura. Fueron a coger un tren para huir él de ti que eres una bruja maldita y ella del otro salvaje. Y te digo más: al final se fueron. Tú no pararás en la calle —comprándole pollitos y cosas ricas para que se olvide de ella— pero su pensamiento está en el cementerio, donde mi niñita está también. Y para que te enteres: me mandó un paquetón de café Cubita a la funeraria. Eso hizo tu marido. ¿Qué te parece?

Atiéndeme y no hables nada. Las líneas están tomadas. Dice la gente que está la Policía oyendo todo lo que uno habla. La mujer del amante de la difunta —que en gloria esté— me tiene loca llamándome cada cinco minutos. Que si algo nuevo. Que si se llevaron preso al otro. No me deja vivir. Ahorita todos los del barrio caemos presos. Ella tiene miedo, no para de comprar comida para el marido y para los santos, y velas, y dulces. Tiene miedo. Se comenta que al final la difunta se arrepintió de irse… y él se le atravesó en el camino… y el marido lo empujó… y él también empujó al marido… y ella se cayó… y entre los dos la mataron… y no había ni un tren por todo aquello… y como estaba lloviendo y dio la casualidad que un tren llegaba y pitó. En definitiva tú no hables nada. Mañana voy a probarme el vestido. Te explico mejor. Déjame café. Hasta han dicho que como el otro es ingeniero ferroviario y trabaja arriba, en las oficinas, puede que le haya pagado al que deja caer el palito para que cuando el tren pasara no lo dejara caer. ¡Tremendo enredo! Adelántame el vestido… y no te preocupes tanto. Tú verás que es inocente. Yo sé que en el fondo todavía lo quieres.

¡No me importa! ¡Ya, que se entere la policía, que lo oiga! Si el mundo completo se entera tampoco me importa. Necesito desahogarme. Sí eres o no el culpable de su muerte, o no lo eres y fue el marido o el tren quien la mató, o el destino porque así estaba escrito, ¡nada hace peso en mi conciencia! No es mí a quien le toca la justicia. No vayas a colgar el teléfono otra vez. Por Dios te suplico. Tres veces con ésta intento que me escuches. ¡Basta de evadirme! Todavía te quedan vacaciones. Todavía tienes tiempo. Tienes que huir de todos modos: ya no podrás quedarte. Ella está muerta. Yo viva. Sube de mi mano a ese tren. Vamos juntos a amar. Tenía mucho que coser aquella vez que me lo pediste. ¿Recuerdas? Ahora también tengo muchos encargos. Nada ha cambiado, excepto —y perdona que te lo mencione— que vi su rostro detrás del cristal de la caja triste de muerto. Destrozado totalmente, pero en el fondo, debajo de los golpes y los moretones, se veía dichosa, doliente, heroica. Sentí envidia mezclada con lástima, eso sí. Mientras una locomotora hala de tu cuerpo fugitivo, una mujer te acompaña. ¿No es ese tu sueño? Estoy sola. A nadie tengo por el momento. ¿Qué podría evitarlo? Soy tuya.

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Sobre el autor

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    . Sagua la Grande. 1970. Narradora, poeta, dramaturga y actriz. Tiene publicado los poemarios Razones de infortunio (Reina del Mar Editores, 2000) y Me abraza lo profundo (Ediciones Capiro, 2004). Poemas suyos han aparecido a su vez en diversas antologías y publicaciones, tanto en Cuba como en el extranjero. “Café Cubita” pertenece al libro de cuentos Ana triste frente al tren (Editorial Sed de Belleza, 2008). Ha publicado además la novela La puerta rota (Editorial Letras Cubanas, 2010).