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Literatura cubana contemporánea

Reseña

Café, el Sena, sombrillas y Emerio Medina

Alguna vez escuché decir que Emerio Medina era un narrador lleno de trucos. No alcancé a saber qué podría significar aquello

Alguna vez escuché decir que Emerio Medina era un narrador lleno de trucos. No alcancé a saber qué podría significar aquello. Por aquel entonces no había leído yo sus libros. Ahora, después de leer Café bajo sombrillas junto al Sena, Premio UNEAC de Cuento 20091, puedo decir que Emerio Medina es un narrador lleno de oficio. Eso es lo que delatan los catorce cuentos que nos mueven y conmueven, nos saltan y nos asaltan, nos alzan y nos hunden en este libro. Quizá el oficio, precisamente el oficio, resulta el morral del que emergen todos los trucos.

ESE EMBELECO DE REALISMO QUE ES EL… ABSURDO

Asombra en este libro, urge decirlo a priori, el muy amplio espectro temático; el autor se mueve del absurdo al realismo (no pocas veces mixturándolos, anegándolos) con la naturalidad de quien intuye que las fronteras entre uno y otro nunca han logrado definir lindes y viven ahí, invadiéndose, emulando —quién más real, quién más absurdo— complementándose, delineando sus vasos comunicantes como quien enlaza dos océanos. Océanos que se articulan, urge también decirlo, con extrema elegancia. Ello sucede, por ejemplo, en historias como “La salida”, “De común acuerdo” o “La boda”, textos en los que el realismo que emana de la supuesta cotidianidad del evento narrado parece definir todas las fronteras, fronteras que, sin embargo, se desdibujan, más bien se derrumban, se desvanecen de un plumazo, a menudo en la última oración o las últimas frases del texto. Tómese, por ejemplo, “De común acuerdo”, los vientos, todos los vientos, nos llevan hacia un suceso común, un viejo decide gastar ahorros teniendo sexo con una bella y muy joven hetaira. La supuesta cotidianidad de lo narrado deviene campo de minas, aquí y allá, ocultos entre el paisaje común, el autor coloca sutiles artefactos, tropezará con ellos el lector, sospechará de ellos, mas solo al final advertirá su logos. Los prolegómenos del sexo tienen lugar en un piso superior, debajo, en la calle, juegan unos niños, chicos que vieron llegar a la muchacha, la siguieron con la vista, la importunaron por los suelos, trataron de mirar debajo, entre las piernas, atrevidos (como todos los chicos), eso para quedar jugando en la calle, chillando (como todos los chicos), pisos por encima el viejo solicita ciertas excentricidades, ciertas condiciones (como todos los viejos), todo para que al final los chicos, sin aviso previo, de un plumazo, comiencen a subir por la pared. Apenas una muy corta frase nos empuja del realismo más trivial y manoseado al horror más absurdo e inusual. Las fronteras se han desdibujado en apenas cinco palabras. El sex affaire entre un viejo y una puta joven deviene rito diabólico, aquelarre satánico oficiado por un viejo shaman para deleite de sus protervos acólitos. Los vasos comunicantes han cumplido su misión: los océanos han sido conectados. Nosotros, los lectores, quedamos ahí, en mitad de esas aguas. El asombro y el pavor de la mano. Se nos ha hurtado la sex party. En historias como “Solo nosotros” o “El muro” todos los contornos de la realidad acaban inundados por los gases del absurdo2. La realidad está ahí pero lo que se respira es otra cosa. En puridad se trata de una implosión: Emerio Medina hace implotar la realidad de sus cuentos. Así como lo hace una supernova ante los eternos conflictos de masa y densidad así acaece con estas historias: la densidad del absurdo vulnera (y carcome) la piel, el non plus ultra de la realidad, para colocarnos (recolocarnos) sobre un no land, una tierra otra, que nos asume y nos resume. La realidad, parece decirnos Emerio, es el peor de los absurdos. Este podría ser uno de los “trucos” de Emerio Medina. Yo prefiero llamarle oficio. Mago sin oficio no tiene trucos. Mago sin trucos no tiene oficio.

IN MEDIA RES: LOS INICIOS

Precisamente el oficio lleva a este narrador a elegir para estos cuentos comienzos in media res. Son inicios trucados, pudiera decirse. Inicios que demandan (a modo de desambiguar y recontextualizar) el uso de flashbacks-flashforwards, esa virtualidad que es ir y venir en la cinta del tiempo, para recolocar a personajes (y recolocar a lectores) justo donde debe ser. Así sucede en “Una cita en Estambul”, cuento de lujo, donde la apariencia de los pedestre cotidiano va a culminar lanzándonos (otra vez de la mano de unas pocas palabras finales) de bruces sobre el horror (otra vez el horror); así acaece también en “Los culpables” donde las culpas del evento final se avientan apenas al inicio; en “De común acuerdo” el viejo recibe a la hetaira en la casa, más tarde se explica cómo y dónde la conoció, cómo llegaron hasta allí, bajo qué bases y qué pactos; en “El muro” (relato de reverberaciones kafkianas), los servidores de ese valladar —justo al inicio— sostienen que todavía ejercen el oficio, el cuento precisamente nos llevará a las interioridades de ese oficio; en “Los tikrits” (esa suerte de cuento ruso escrito por un cubano) la mecha lenta de una bomba comienza arder en la primera de las oraciones para continuar su curso de fuego en la última, erigiéndose ese texto como la historia de ese arder. Comienzos in media res: otro de los “trucos” de Emerio. Oficio, repito. Pericia. A los iniciados los trucos les cuecen las manos. Las palomas se niegan a salir y los conejos corren a destiempo por el escenario. En este libro si de trucos se trata resultan de alto vuelo. Cada autor tiene sus tics, sus manías, sus modus operandi. Incluso sus temas. En nuestro entorno tiene lugar un fenómeno con arreglo al cual tales procederes se “socializan”, asoma el rostro el espectro (no precisamente ectoplasmático) de cierto mimetismo temático-estilístico, fenómeno al que Gina Picart denominara instinto gregario; Yoss bautizara como relaciones incestuosas y al que alguna vez llamé hibridaje. Tómese un libro, preferentemente cuento, publicado entre 1995 y el 2010, escrito por algún autor cubano nacido después de la década del 60, óbviese el nombre del autor: el lector curtido, ese que lo ha leído todo (y a todos), puede se vea en problemas en cuanto a identificar autoría. El hibridaje, precisamente el hibridaje, no facilita descubrimientos. En no pocos casos no se logra personalizar procederes. O temas. Eso ocurrió con fuerza en la década del 90. En alguna medida (atenuado) continúa ocurriendo hoy. Emerio Medina, en cambio, se adentra en el common land para una vez bien dentro de esas tierras mirarnos con rostro de chanza y…. resuelto, sin alerta previa, tomar un atajo. Un atajo que lleva a sus propias tierras. Sus dominios. En cierta medida no deja de ser una burla. Se aleja de lo común tras (en apariencia) internarse en lo común. En cuanto a modus operandi Emerio exhibe procederes absolutamente ajenos al common land, modus operandi que huyen de lo gregario, lo incestuoso o lo híbrido. Procederes que (felizmente) lo identifican.

RECURSO ANAFORIZANTE COMO PLATAFORMA DE DESARROLLO

 

Puede que uno de los procederes más marcados en este libro resulte el empleo de ritornelos o recursos anaforizantes, propios de la música o la poesía, para llevar adelante los textos. Alberto Marrero llama a esto narración en espiral. Estos cuentos poseen cierto ritmo interno. De alguna manera respiran. Y la anáfora es la respiración de estos cuentos. Ciertas formas musicales muestran un tema dominante al que se regresa una vez y otra durante toda la pieza. De alguna manera ese recurso las sostiene, las desarrolla y las lleva al final. Emerio Medina echa mano a esos temas dominantes en función de sostener, desarrollar y llevar al final sus textos, de ahí que frases, palabras y nombres aparezcan una vez y otra en tanto asciende la historia, de inicio a fin, la historia asciende desde (y por) ellas. El autor las emplea como peldaños. El ejemplo más rotundo llega desde uno de los mejores cuentos de este libro, “La propuesta”, no bastando acá uno de esos peldaños se echa mano a dos; toda la historia va a descansar sobre la continúa reincidencia del nombre de la muchacha, “El problema, Carmen, es el tiempo…”,comienza diciéndonos el autor, eso en la primera oración, todo para que la historia, suerte de muy bien logrado monólogo, salte adelante desde esa plataforma, ese trampolín que será el regreso al nombre de la muchacha. No bastando, decía, esa mera plataforma el autor se sirve de un segundo recurso que llega desde la repetición de secciones, frases o palabras, tentativas de regreso al tema dominante. Este modus operandi, de una manera u otra presente en casi todos los cuentos, bien pudiera definirse como axis mundi entre los procederes de este libro.

EL CIERRE ABRUPTO

Emerio Medina se especializa en ellos. La pieza no pocas veces se articula, dato que se ofrece aquí o allá, pensando y preparando (de alguna manera anunciando) estos cierres abruptos. En la historia del cuento como género narrativo muchos autores han empleado estos cierres como mazazos. En el caso de Emerio Medina se tiene la impresión de que el autor ha construido alguno de estos cuentos… desde el final. Cuentos como caligrafía árabe. El autor deja libres las filosas aristas del suspense para sorprendernos con cierres en apenas una frase, una oración, unas pocas palabras, cierres que definen (y definitivamente descubren) el cuento. Definitivamente lo muestran. Son finales que hacen gala de una abrumadora economía de lenguaje. Ello ocurre en algunas de las mejores piezas de este libro; “Una cita en Estambul”, “La propuesta”, “Solo nosotros” y “De común acuerdo”. Y no solo empleados como elemento resolutivo del absurdo en tanto implosión de la realidad, “La propuesta”, por ejemplo, resulta una historia rigurosamente realista cuyo cierre final sepulta bajo el peso (inmensurable) de unas muy pocas palabras. “Una cita en Estambul” no resulta menos real, en mitad de este horrible mundo nuestro no habrá quién se atreva a negar la posibilidad de que cierto forastero ofrezca matrimonio a alguna nativa para, una vez allende los mares, aprovechar alguno de sus órganos. No precisamente los sexuales. Recemos para conjurar esos demonios. Roguemos para que no haya sucedido, imploremos para que no suceda pero… puede suceder.

EL ENTRAMADO COMO SISTEMA

Cada uno de los procederes enunciados no se emplea por sí y para sí, no están ahí como estafetas anunciantes de la posesión de una peculiar manera de decir. Están ahí como ente único, sistémico, orgánico. Se suprimen y se suprime el libro. Deja de ser. Emerio Medina articula esos procederes, cada uno en función del resto en el más puro espíritu del slogan mosqueteril de Dumas, todo se imbrica en una intrincada madeja de complementariedad donde cada viga y cada traviesa se sabe porción de un mismo maderamen. Comienzos in media res, desarrollos anaforizantes (o en espiral) y cierres abruptos constituyen el núcleo duro, el eje estilístico formal, sistémico de este libro. Y ello deviene proceder, elemento distintivo, modus operandi. Dígase sin temor: estilo. A ello puede agregarse el uso de oraciones cortas, una marcada economía de lenguaje (las palabras exactas, nunca más), ese lenguaje conciso que no obstante tiene el poder de colmarnos del hálito del enviroment, sea ese el horror, el absurdo o lo gris y mustio cotidiano. Dato interesante: en este libro el sexo (tan extendido y explicito hoy en nuestras letras), está ausente. Emerio lo insinúa, gira alrededor, coquetea, y… ahí se queda. No existen en este libro felaciones o menage a trois. Tampoco penetraciones que desgarren o falos enormes. Nadie se masturba. Nadie eyacula. Nada. En este libro ni siquiera hay desnudos. Emerio, sin embargo, parece poder moverse en todos los temas y todos los espacios, hacerlos creíbles, tangibles: el campo cubano, la ciudad, Turquía, Rusia, el mundo árabe, ese unknown land que es el absurdo, puede el narrador ser ruso, cubano, árabe o natural del unknown land. Cambia de piel (y entorno) el autor en tanto muda de historia.Cierta urdimbre filosófica existencial marca estos textos: el resuello de la distopía. Una épica distópica, si la hubiera. Piénsese sino en piezas como “El muro” o “La salida”, en ambas latiendo la tragedia social, la resignación, el horror, la fatua inutilidad de toda huida. Ello puede extenderse a “La boda”, extraña parábola del rito nupcial. En esa tournée de cambios de piel puede el autor regalarnos una historia estructural y estilísticamente postmoderna (como en el excelente cuento del cual toma nombre el libro) o puede inclinarse hacia los sacros aperos del estilista (“Las cruces”). En tanto lector, cada quien demarca sus preferencias, he aquí las mías: “Una cita en Estambul”, “La propuesta”, “De común acuerdo”, “Café bajo sombrillas junto al Sena” y “Las Cruces”. Cinco cuentos de lujo. Algo a no olvidar: en ese pandemónium de exergos que anega nuestros libros este texto carece de ellos. Ni exergos ni dedicatorias. Se levanta solo. Los fantasmas de la intertextualidad y la referencialidad no parecen seducir al autor.

CODA

Alguna vez escuché decir que Emerio Medina era un narrador lleno de trucos. Por aquel entonces no había leído yo sus libros. Los malos trucos hastían y aburren. Estos, los de Emerio, alzan y mueven. Puede que también retengan y hundan. Y es que son muy buenos trucos. Emerio Medina es un narrador lleno de oficio, un narrador que ha logrado articular un estilo, un modus operandi, un proceder que lo define. Hay buenos y malos hacedores de trucos. Emerio Medina es de los buenos. Y es que el oficio, precisamente el oficio, es el sombrero del que emergen (incorpóreos y naturales) los mejores trucos.

NOTAS

1. Café bajo sombrillas junto al Sena, Emerio Medina (Ediciones UNIÓN, 2010).

2. En “Solo nosotros”, por ejemplo, una supuesta facultad de medicina deviene sitio de instrucción para una cofradía de ¿seres? devoradores de humanos.

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Sobre el autor

  • Rafael de Águila

    . La Habana, 1962. Narrador. Ha publicado los libros: Último viaje con Adriana, Premio Pinos Nuevos 1996 (Editorial Letras Cubanas, 1997); Ellos orinan de pie (Editorial Letras Cubanas, 2006) y Del otro lado (Editorial Letras Cubanas, 2010) que obtuvo el Premio Alejo Carpentier de Cuento ese mismo año. Su relato “Patas al aire” mereció el Premio La Gaceta de Cuba 2011.