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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

Como tuvieron que morir las rosas

Baphomet apunta con premeditada lentitud y le dispara a Mastín en un pié. El aullido aturde los oídos de la Loba


Murieron otros, mas ello aconteció en el pasado,
que es la estación (quién lo duda) más propicia a la muerte.
¿Es posible que yo, súbdito de Yakub Almansur,
muera como tuvieron que morir las rosas y Aristóteles?
Diván Almotásin el Magrebi (siglo XII)

 

―Sí, oyes bien. He dicho «Mastín es», no «Mastín era». Muy aguda, como siempre. Ahora te lo traigo.

Baphomet se escurre fuera del alcance de los ojos de la Loba, y ella gira sobre su rígida espalda con un gemido. Si la fiebre de sus ojos pudiese matar, aquel canalla no sería ya sino un despojo irreciclable. Trae ahora a Mastín, arrastrándolo por una pierna. Lo deja a un metro escaso de la Loba, quien mira a su inerte compañero con ojos húmedos, sin la fuerza suficiente para tan siquiera estirar el brazo y tocarlo.

Baphomet ladea la cabeza:

―Me rompes el corazón. El cabrón pesa lo suyo, por Mitra. ―Toca a Mastín con el pie―. Eh, que te han venido a ver.

El aludido abre los ojos, retornando del abismo, y todos sus músculos se tensan al ver a la Loba. Se tensan, mas no hay movimiento alguno.

―Lo he mechado con anilatina ―explica Baphomet―. Preferible a que me saltase al cuello y me lo hiciera pulpa.

―Eso aún puede ocurrir ―masculla la Loba―. Algo te está fallando. Si funcionara, yo estaría ya muerta.

―No falla nada. Simplemente, el proceso te hace inmune. Lo cual requerirá de la debida corrección en su momento. ―Baphomet saca un revólver de sus ropajes―. Pero no aún. No hasta que el milagro se manifieste. Haz un esfuerzo. Por alguna parte debe quedarte una reserva, aunque sea mínima… ¿Que cómo la vas a sacar? No hay problema. Basta con un poco de honesta rabia.

Dicho esto, Baphomet apunta con premeditada lentitud y le dispara a Mastín en un pié. El aullido aturde los oídos de la Loba. Y la Loba, en desvarío, aferrada al borde de la realidad con uñas partidas, se desliza al abismo, envuelta en un aura de ira, de odio, de desesperación.

 

La Loba esperaba al Mago bajo Los Portales. El día estaba grande en el Amurallado. Un poco gris para las Patinadoras, pues el Mecenas de turno había dispuesto dos docenas extra de láseres en las torres que cubrían el perímetro. En todo caso, las Diurnas corrían glorias con unos emigrantes ibéricos de quienes se rumoraba habían comprado la mitad de las utilidades flotantes de Top-Gen en la Micronesia, además de traer cola de especulaciones en la decadente Pro-Marte.

Era media mañana, y la Loba ocupaba una mesa bajo los toldos azules de los Portales, sorbiendo un Ganímedes y admirando las columnas dóricas de falso mármol que guardaban la entrada principal de aquel proyecto de estadio olímpico inconcluso, devenido desde un lustro atrás el pandemónium selecto del mercado de asfalto de Ofidia, y cuyos altos muros, que nunca albergaron espectadores, le ganaron su nombre. Era día de feria abierta. Paseos contraindicados para corazones débiles.

Aguzó las orejas cuando tres turbocópteros legales pasaron a vuelo rasante cazando a un chiquillo en arnés de aire, le soltaron un par de misiles ratoneros e hicieron llover sus restos sobre las tarimas del lado norte. Los tarimeros sacudieron sus puños hacia los vehículos policiales y limpiaron sus mercancías.

―Carajo, uno de estos días esos uniformados piojosos tienen el descaro de meterse aquí a plomo limpio. ¿Qué mira Baphomet? ―comentó el vecino de mesa de la Loba; un Fugado sexagenario con músculos y piel de mandril implantados en brazos y piernas sobre los originales. Tras un intercambio de miradas, el mandril se relamió―: ¿Quieres un platanito, cara linda?

―No mastico vegetales ―masculló ella, mostrando sus dos hileras de colmillos de liriocuarzo―. Ni ando con simios quimioadictos y badulaques.

El mandril se atascó perplejo en la albura semántica de «badulaque», y la Loba se cambió de mesa. De reojo, notó como un láser fijaba a una Patinadora desde su torre y la cortaba en dos con un barrido. Las otras se alejaron y fueron en pandilla sobre un Porsche que, advertido, entró al perímetro con las ventanillas cerradas. Las uñas de las Patinadoras sacaron ingenuas chispas del capó. La Loba suspiró y pidió otro Ganímedes, que le supo más insípido que el primero. Y entonces vio al Mago.

Venía cruzando el perímetro, a pie. Siempre tan tozudo. Las Patinadoras no tardaron en ir sobre él. Una víctima potencial, sin protección visible, solo aquel manto blanco con capucha. Él parecía no verlas, mientras lo rodeaban y dos se ponían a sus espaldas para llegarle desde lejos, con buena inercia. Con qué placer dejarían en aquella carne los surcos rojos y finos de sus uñas, portadoras de la última versión del virus del Gusano.

El Mago caminaba despacio, sin preocuparse por llegar cuanto antes al terreno cubierto por los láseres protectores. Dos o tres chiflaron desde los muros sobre los Portales. Otros, sentados bajo los toldos, giraron sus sillas para ver mejor el espectáculo. Las Patinadoras estaban rabiosas, contaban más de veinte bajas desde el alba. No se contentarían con un par de surcos para inocular el Gusano. Cruzarían al cándido transeúnte de dos en dos, de diez en diez, desgarrando ropas y piel, lo derribarían al suelo y lo pisotearían con los turbopatines. La indiferencia del hombre solo alentaba su rabia. Las dos situadas a las espaldas del Mago cargaron, en silente y veloz ira.

A dos metros de él se vieron envueltas en una nube blanca. Nada podía distinguirse dentro de aquella esfera lechosa que ninguna brisa era capaz de disolver. Una docena de Patinadoras se acercaron y, tras dar algunos rodeos, entraron con las uñas por delante. Un estallido verde nació en el seno de la esfera blanca, se mezcló con ella, y luego implosionó, al tiempo que en su interior destellaban relámpagos plateados y se escuchaban alaridos truncos. La nube se desvaneció al fin, y el Mago siguió su marcha sin prisas hacia los Portales, dejando tras de sí un círculo de tierra cenicienta, donde yacían quince cadáveres con tajos de múltiples armas blancas, los rostros verdosos, humeantes.

La Loba terminó su Ganímedes y pidió dos jugos de manzana, sin dejar de mirar la alta y blanca figura que venía a ella. Sí, había que reconocer que el Mago se las arreglaba bien, pero no era su tipo. Demasiado neutro, demasiado hierático. Demasiado misterio.

No, la Loba no deseaba un hombre glacial, esfinge, enigma. Lo quería capaz de reír, de encabronarse, de ser tocado. Que sudase miel o ácido, pero que sudase. Un hombre experto en morder. Porque apretar los dientes lo hacía cualquiera, pero pocos sabían hacerlo como a la Loba le gustaba. Dientes que llegaran al tendón sin marcar la carne, labios que buscasen el sabor del nervio y no de la epidermis, lengua que tocase la médula del hueso, ni húmeda ni seca, ni tediosa ni inquisitiva. Un hombre que entendiera el lenguaje de gruñidos hasta la quinta declinación y le importase un comino romper la luna en añicos con un grito de orgasmo. Ese era el hombre que la Loba deseaba. Era el que tenía, al fin, tras largas pesquisas. Y era también el que estaba a punto de perder para siempre, a menos que el Mago no le negase su ayuda.

¿Y por qué se la iba a negar? Eran amigos. Bueno, tan amigos como podía una Veterana del Sistema Solar, ex-piloto de caza aerospacial, serlo de un andrógino CiberGandalf de edad y raza indefinidas. Nadie sabía qué objetivos tenía el Mago en su vida. Si es que aquello era vida. Recluido las treinta y seis horas del día en su gruta, a veinte niveles bajo el asfalto, dejándose ver por las calles solo de cuando en cuando; en beneficio de su leyenda personal, juraría la Loba. Siempre intuyó en aquel misántropo esotérico y sibarítico un exhibicionista reprimido. Por lo demás, un ángel demonio sin escrúpulos conocidos ni ambiciones escrutables. El tipo de gente que una siempre atesora en su privada galería de amistades para dejar a los demás con las babas colgando. Pero no era el caso. La Loba apreciaba al Mago, más que nada, porque era sincero y tenía agallas. Y porque sabía muchas cosas. El tipo de cosas que es bueno saber si una se dedica al contrabando de electrodrogas de factura orbital en el Pueblo Bajo de Ofidia, la megaurbe capital del mundo, y no está ligada a ninguna de las Familias que rigen la marea de sangre y crédito en el asfalto.

La larga sombra del Mago cruzó la superficie de la mesa, y la afilada nariz imitó un mohín de grave mordacidad bajo la capucha, donde el rostro era sombras, y los ojos dos neones plateados, diminutos:

―Bonito cielo, ¿verdad? Limpio, como la conciencia de pocos.

Por toda respuesta, la Loba indicó los vasos. El Mago se sentó, olisqueó los jugos y probó uno. Paladeó ensimismado:

―Le han subido la dosis de LK. Ya es casi adictivo. Extracto de cannabis dos trece, Sao Paulo, creo. ―Probó otro sorbo―. Sao Paulo, sí, sin duda, no tan ácido como el de Caracas y casi tan dulzón como el de Novo Velázquez. Y los alcaloides de siempre. Pero no está mal. Al menos no para quien tenga su bioquímica privada bien balanceada y protegida. ―Vació el resto en el piso y se limpió los labios con la manga de la sotana gris que usaba bajo el manto.

La Loba toleró la pantomima y el monólogo sin decir palabra. El Mago se echó la capucha sobre los hombros, ofreciendo al sol sus altos y pálidos pómulos, y su cráneo perfectamente rasurado. El aguzado mentón apuntó a la frente de la Loba:

―Bien, ¿qué te traes? Espero que sea importante. Me has estropeado un experimento. Estaba…

―Después ―lo cortó la Loba. Si el Mago empezaba a explicarle una de sus alucinantes odiseas crisopéyicas, tendrían para medio año―. Se trata de Mastín.

―Ah. ¿Otra vez intoxicado con proteínas de diseño? ―El Mago se permitió una chispa de mofa en las pupilas―. ¿Shock hormonal por abuso de esteroides de velocidad? ¿Autofagia celular por jugar con sus glándulas sintéticas? ¿Resaca de vodka casero?

―En jaula de crédito, con los Cosacos de Wendy.

―Ah. Pero esos operan en zonas de frontera. ¿Para qué este rendez vous en el Amurallado? ¿Solo para ver cómo despachurro a unas niñas en turbopatines, o estas a mí?

―Podías haber venido por los túneles.

―Hoy me levanté con claustrofobia. Soñé con mi madre.

―¿Me vas a escuchar? ―Ella se rascó una garra con la otra.

―No. Voy a contar hasta cero, y me voy. Habla.

―Solo sé que el dinero no era suyo. Nunca maneja ese volumen. ―Ante una ceja interrogante del otro, la Loba suspiró―: Doscientos megacréditos.

―Apesta. ¿Líquido, acciones, bonos básicos, títulos bañados? ¿En qué círculos cazaba tu maridito?

―Carajo, no. ―La Loba dio un puñetazo en la mesa. El otro vaso se volcó, empapando la manga del Mago, quien constató el hecho de refilón y retuvo sus ojos de plata en la Loba.

Ella aspiró hondo:

―Carajo, no ―repitió―. Nunca se mete en esos cotos. Es rapaz, no cebado. Tiene más neuronas de las que sueles creer.

El Mago soltó un escéptico «hum», y nada más.

―Era líquido ―dijo la Loba―. Pago de nómina congelado, soporte de mnemocristales, en un maletín con cerrojo pupilar, vocal y escáner de genes.

―Diamantino. ―El Mago mostró los dientes―. No sabía que los Cosacos de Wendy mirasen tan alto. ¿Quién los contrató y para qué?

―Quién, no lo sé. El por qué… Bueno, ¿sabes lo del Barrio Escarlata? ―Ella frunció el ceño y se rascó un muslo.

―Dos kilómetros cuadrados de inmuebles puestos en la estratosfera con explosivos militares. Difícil pasarlo por alto… Así que fueron los Cosacos. Raro. No es normal que se contrate a unos mercenarios urbanos mediocres para un estallido así.

―El estallido fue cosa del contratista. Los Cosacos estaban para borrar huellas.

―¿Dos kilómetros cuadrados…? ―El Mago retorció una comisura de labios, con su proverbial pirronismo―. Bueno, digamos que sí. Los quisquillosos somos un subgénero aparte dentro de la especie humana… ¿Y cómo entra Mastín en el potaje?

―Era el enlace de pago. Lo asaltaron y le quitaron el maletín. Llegó donde los Cosacos, demasiado ileso para su bien. Sospecharon. Y lo tienen retenido, a ver si suelta lengua sobre sus cómplices… Yo sé que él no fue. Es un guerrero, muy ingenuo para estos manejos. Y sé que lo tienen aquí, en el Amurallado, en alguna parte. Uno de los Cosacos me debe un favor, y me dejó una nota en un buzón de telemático. Nada más. Quiero sacarlo.

―Lo tiene Wendy. ―El Mago se miró las manos―. Hígado crudo.

―Mercenarios mediocres, dijiste. ―La Loba mostró los colmillos, con triste mofa.

―Eso es lo que me molesta. Los mediocres son chapuceros, impredecibles… ¡ABAJO!

Ella obedeció sin chistar. Una ráfaga de plomo barrió la mesa, haciendo llover esquirlas, pedazos de plástico y jugo de manzana sobre las mesas vecinas.

El Mago agarró a la Loba y la arrastró tras de sí, serpenteando por entre los muebles y los pies de la alarmada clientela, que huía en alaridos o se atrincheraba sacando las armas.

La Loba no se sorprendió cuando el Mago desapareció ante sus ojos, y tampoco al descubrirse a sí misma invisible. Una pieza, de tela amable y fría, la cubría. El alboroto quedó atrás, en los Portales, hacia donde corrían tres escuadras de segurantes en armaduras. Siguieron arrastrándose, acusando pisotones y patadas, hasta que salieron a la Plaza Verde.

 

―Eso es, muy bien, así se hace. Dame más de eso, lo necesito para mi Génesis. ―Y Baphomet dispara de nuevo, esta vez al muslo de Mastín.

Mastín solo revela un temblor a flor de piel, la mirada fija en el techo. Ni siquiera mira a la Loba. Orgullo, resignación. La Loba cierra los ojos de nuevo.

 

Los fugitivos se colaron en la Selva, y hallaron refugio tras un baobab.

―Perdimos la primera jugada ―declaró el Mago, quitándole el manto a la Loba. Cuando se hizo visible, ya se abrochaba la fíbula.

―Quimioarsenal, holocampos en manto y sotana ―movió ella la cabeza―. ¿No tendrás un arnés de aire también? ¿Una bomba de fisión de bolsillo? ¿O un transbordador Tierra-Luna instantáneo: «solo agregue dos gotas de agua»?

―Tengo algo mejor. ―El Mago se tocó la sien.

―Oh, ah, ya veo. ―Ella se palmeó las axilas, la cintura y las pantorrillas―. U-Colt 45, subfusil, vibropuñal, luciérnagas. Y una mazorca Furia 30, culata recortada. Eso es lo que tengo, y eso es lo que voy a usar. Así que…

―Así que te parece demasiado grande para el lobby, ¿eh, querida? ―El Mago pasó la mano por el tronco del árbol―. Pero iría mejor junto a la piscina. Ponemos una parrillada debajo…

La Loba también había oído los pasos en la maleza:

―Una parrillada no. Le haría daño.

―Es una bendición conocer a amantes de los árboles. ―Los ojillos del vendedor los acariciaron―. Este bebé diseñado se despacha con cualquier clima o suelo. Alta tendencia a la mutación metabólica, sin alteraciones fenotípicas visibles.

―En realidad, yo quería algo más sencillo. Un bosque de algas, por ejemplo ―sonrió la Loba, echando los brazos al cuello del Mago―. Atlántida de bolsillo en la sauna. Di que sí. ¿Sí? Anda, no seas malito.

―Ellas siempre se salen con la suya, ¿verdad, amigo? ―El vendedor le sonrió al Mago con complicidad―. Están de suerte. Mi primo, detrás del Sahara, vende paisajes marinos al por mayor.

―Gracias mil ―masculló el Mago, y salió tras la Loba de la selva de cien metros cuadrados, cruzando la holobarrera que mantenía la ilusión de extravío en una Amazonia lujuriosa.

Afuera se abrieron paso a empujones y codazos en la marea de paseantes, pregoneros, jockeys de polvo, Chicos 1000millas, tribales en exoesqueletos de policarbonos, neoyuppies de caravana, gitanos y cyborgs juerguistas, que hacía espumas entre los archipiélagos de tarimas repletas de todo tipo de víveres, armas, ropas, componentes, herramientas y productos en general, robados, desechados, reciclados, rapiñados, de segunda o tercera mano, y en todo caso de más que dudosa calidad o garantía.

No obstante, tampoco era prudente ir muy de prisa, lo que podía delatarlos. Por eso se detuvieron de vez en vez ante algún que otro retablo bufo de subcultura marginal, y fingieron prestar atención a las declamaciones de un Poeta del Martirio, cuyos biolentes amenazaban con cegar en danza de catódicos a quien se atreviese a mirarlo de frente. Levitaron al azar entre las tarimas de cosméticos moleculares caseros y las de prendas de porosylon tejidas a mano en las arcologías taoístas del Yukon. Se dejaron atontar un poco por los incontables pósters de irradiación bacterial, donde se exhaltaban las ventajas de adquirir a plazos un condominio en la Reserva Natural de Machu Pichu, la última novedad en software de telediltónica en interfase aleatoria, o un juego de dermoimplantes feromonales de moda entre las Ninfas élites de la División Oz. Eludieron un altercado entre cadetes de la Fundación Cybrion y técnicos de la Mirage PlusPortento S. A., para luego acogerse al relativo refugio obsequiado por un performance de holopresencias históricas, que ejecutaban la puesta en escena de una parodia la mar de chula: un encuentro hipotético de todas las generaciones de los Tudor y los Borgia en un bar de camioneros. El público estaba encantado.

Dejando a los Tudor y los Borgia a sus espaldas, se colaron en un pequeño carnaval de exóticos. Allí la Loba se sentía a gusto; era su hábitat natural, y recobró su aplomo. Estaba entre hermanos. No encontró un solo conocido, pero igual daba. Admiró locuras nunca antes vistas. Un muchacho con siete pares de alas de paloma a lo largo de la espalda, y los rubios cabellos en trenza hasta la desnuda cadera. Una mujer rayana en la obesidad había trocado sus senos por colmenas de cerogel, y corría de aquí para allá en patineta, en armoniosa simbiosis con la nube de abejas que la rodeaba. Un ruedo en torno a dos chicas desnudas en duelo, cada una desplegando lo más selecto de sus holotatuajes móviles o en bajorrelieve. Las rameras exóticas saltaban de un cliente potencial a otro, exhibiendo sus implantes vegetales, sus parches de piel sintética transparente, sus senos o vaginas extras en las partes más ocurrentes de sus cuerpos. Una pandilla de gamberros que peinaban ya canas, en derredor de una fogata, se balanceaban al compás de tambores rituales sobre sus protésicos miembros de arácnidos metálicos y oxidados, chirriantes por falta de aceite. Una sirena conducía torpemente su pecera sobre orugas, amenazando con atropellar a su enjambre de pretendientes. De hecho, se revelaba un masivo retorno a los clásicos mitológicos, en profusión de faunos, hadas, quimeras, elfos y arpías, cada cual en su personal diseño y combinación de partes animales y vegetales, tomadas del natural, cultivadas por encargo o urdidas hasta el nivel de la fusión molecular, según la originalidad de la versión o la solvencia en juego. A la Loba le resultó atractiva en especial una Gorgona bicéfala: hermanas siamesas unidas por el tórax, con cobras vivas implantadas en los cráneos ―clonadas de seguro, pues esos bichos eran caros―, y que siseaban de continuo, ansiosas por hundir sus colmillitos en la carne de algún incauto.

―Locura ―masculló el Mago, tras la Loba―. Noria de engendros. ¿Para qué tanto espejismo, tanta vejación del ego, tanta mutilación del espíritu y la carne?

―No es mutilación, sino libertad ―protestó la Loba―. Solidez del individuo. Cada hombre primitivo tenía su propio diseño de dibujo corporal, con cenizas o tintes. Yo soy yo, y no otro.

―Vanidad exterior ―bufó él.

―No todos tienen tu nivel de terabytes y jerarquías místicas o filosóficas en neuronas ―replicó ella―. Son gente simple. Tú también eres un exótico, a tu modo. Todos lo somos. Solo por vivir en este mundo, en esta época. Eres lo que haces. Nada más que eso.

―Hum. ―El Mago bajó la frente y se inclinó por el silencio.

Emergieron a un corredor. Del lado opuesto se alzaba una cerca de púas electrificadas, aislando mercados más selectos, con tarifas de aduanas locales.

―Necesito un lugar alto ―decidió el Mago―. Las gradas.

Los mercados, restaurantes y saloncitos privados de las gradas eran los más caros. Pagando un peaje tras otro, cruzando barreras, llegaron a uno de los miradores, únicos puntos en lo alto de los muros del frustrado titán olímpico no vedados a la gente común. El resto del óvalo superior consistía en instalaciones de tropa de seguridad, torres de mirillas, skydromos de vehículos armados o a disposición perpetua de VIPs antojadizos.

Sin tardar, el Mago se hizo de un telescopio de alquiler y lo apuntó hacia el interior del Amurallado. La Loba, a su lado, sorbía una soda y pensaba en Mastín.

―Hay siete grupitos interesantes regados por el gentío. Puede que sea con nosotros, puede que no… Acaban de darle cinco sablazos a un tarimero, en el lado oeste. Una escuadra de seguridad ha sacado a unos rateros a que se los coman las Patinadoras… Aquí tenemos unos minutos, creo ―declaró el Mago, dejando el telescopio―. ¿Próxima jugada?

―Ir con el Mecenas ―sugirió la Loba, no muy convencida―. Es el máximo aquí. Sabe quiénes se mueven bajo su sombra. Si los Cosacos están, él sabrá dónde, cómo y por qué.

―¿Buenos días, me hace el favor, muchas gracias? ―sonrió el Mago―. Olvídalo. Al Mecenas no le echa el ojo nadie en directo. Solo sus secretarios. Y los Cosacos son ahora parte de la seguridad de este tinglado, los he visto. Puede que el mismo Mecenas sea quien retiene a tu maridito. Este lugar es grande, por debajo. Sótanos, almacenes, parqueos, servicio, túneles. Castillo de termitas. Deja de morderte las uñas y escúchame, ¿Quieres?

―Con escucharte no resuelvo nada. Quiero sacar a Mastín. Tengo que hacerlo. ¡Carajo! ―Se metió la zarpa bajo las ropas y se rascó con súbito frenesí―. Nervios. Son los nervios.

―No mires detrás de ti ―musitó el Mago―. A la de tres, en picada. Trata de caer de pie… Una… Dos… ¡TRES!

Saltaron por sobre la baranda y cayeron, con un haz de láser chamuscándoles los talones. Uno, tres, seis metros. Justo sobre las nucas de unos elegantes comensales, sentados a un banquete que ni el César. Dentellada, zarpazo, puñal clavado en el pecho de un guardaespaldas, plomo rozando la piel del muslo. Un clamor de miedo, cuando el Mago abrió su manto y una nube de gases se extendió sobre el paisaje. La Loba huyó, propinando golpes a diestra y siniestra. Puerta entreabierta. Pasillo vacío. Corrió, hasta que sintió tras de sí las pisadas del Mago.

Se detuvieron. El Mago miró de refilón el muslo de ella:

―¿No habrá sido plomo tóxico?

―Espero que no. Si lo fue, ya lo sabremos cuando me ponga verde. ¿Y ahora?

―Abajo, terreno blando ―replicó él―. Buscar salida. Afuera mejor.

―Mastín debe estar aquí adentro, por alguna parte.

―Seguramente abajo.

―Abajo, entonces ―urgió ella.

El Mago se arrodilló sin prisas y esparció sus runas de hueso:

―Ehwaz paralelo con Thurisaz y Dagaz. Movimiento, entrada y avance. Othila y Nauthiz, separación y represión: bocabajo. Odín, lo desconocido, sobre Berkana, el desarrollo… Apesta. A ver… Uruz y Gebo, fortaleza y compañía, tangentes en la línea de Jera y Kano, cosecha y apertura. ¡Vaya uno a saber!… Por lo demás, Sowelo opuesto a Perth. Realización total en rayo con la iniciación. Hum… Sí, puede ser.

―¿Y bueno?

―Abajo, entonces ―aceptó él, recogiendo sus runas―. Qué más da. El avispero está revuelto. Quizás haya suerte. ―Y trotó tras ella pasillo abajo―. ¿No has probado un linimento de hierbabuena con pesticidas? Deben ser pulgas.

La Loba no le respondió, y siguió corriendo, rascándose la cabeza a cortos intervalos.

 

 

La sangre de Mastín empapa la pernera del pantalón, fluye por el agujero de bordes chamuscados en su bota. La Loba pestañea, tratando de aclararse los ojos, y escupe:

―¡Te voy a matar siete veces, malnacido! ¡No lograrás nada! ¡Nada!

―Ni hablar ―replica Baphomet―. Para empezar, no puedes ni matar una mosca. Y mi proyecto está seguro, en mí mismo. ―Se palmea el cuerpo―. Fundas orgánicas, criogenizadas. Todas y cada una de mis cepas. Toda la documentación. Ser líder te enseña a no confiar en nadie. Yo soy matriz, científico, laboratorista y secretario de mí mismo. Estás jodida por ese lado.

Otro disparo, a la mano de Mastín, quien lanza un grito y voltea el rostro hacia la Loba. Ahora sus ojos son no ya los del mártir viril, sino los del amigo, del amante que suplica por esperanzas. Pero la Loba nada puede hacer que no sea odiar, odiar, odiar, e inmersa en la vorágine de ese odio devastador aparta la mirada y cierra los ojos, deseando el fin de todo, deseando un salto atrás en el tiempo y el azar, deseando…

 

Descendieron hasta cien metros bajo el asfalto, o al menos eso indicaban los sensores del Mago. Pasillos, corredores de servicio, escaleras, ascensores, túneles en descenso, puertas dobles, conductos de ventilación. Habían dado cuenta de una docena de esbirros del Mecenas, y no pocas alarmas chillaban en histeria. La Loba se sentía embriagada de acción, pujante por el combate, y alentada por la presencia del Mago, muy alentada. Nadie como el Mago para sacar trucos de la manga en el instante preciso, para burlar medidas contraintrusión, para soltar una broma idiota y una risilla en el momento justo antes de caer en el desánimo. La Loba agradecía su alianza desinteresada. Pero sin decírselo, claro. No hacía falta. Por su lado, el Mago sí que se mofaba cada vez más a menudo del agudo escozor que la Loba sentía en toda su piel, atribuyéndolo a una plaga común de mascotas domésticas o a una intoxicación con algún filete de res o cordero, crudo y sangrante, como a la Loba le gustaban.

Las armas de la Loba habían perdido toda la munición, y ella tuvo que desecharlas y tomar las de los esbirros caídos. El Mago nunca usaba armas, al menos no en el sentido normal por que tales se comprenden. De algún modo se las arreglaba para que el competitivo conteo de cadáveres se inclinase a su favor. «Me gusta hacer las cosas en grande, bien en grande», decía.

No obstante el calor del éxito, la Loba no perdía prudencia o visión de la realidad. Traían cola. Tenían que traerla. Escuadras completas siguiendo sus pasos desde arriba, otras tratando de cortarlos en trayectoria, y más abajo aun, esperando en emboscadas. No había modo de saber si su rumbo era monitoreado o no, al Mago se le habían podido pasar muchas cosas por alto, en la prisa y el susto. Estas ideas fustigaban la paranoia de la Loba, quien se obligó a un avance más cauteloso, a temer la próxima encrucijada, cualquier sombra en la esquina de la pupila, la más mínima corriente de aire en las mejillas. El frenesí de la batalla se convirtió en apretazón de vientre, pelos erizados, cola enhiesta. El corazón le pesaba. Los sentidos empezaron a jugarle sucio.

Incluso el Mago se le antojó un motivo más de aprehensión. Siempre detrás de ella, silencioso, sobre todo en los últimos minutos; su sombra deslizándose por las paredes, incluso cuando la Loba no podía distinguir la suya propia. Además, ella avanzaba agazapada, a cortos y rápidos brincos, con inquieta irregularidad, mientras el Mago iba a paso uniforme, erguido tras ella en toda su estatura, como si en realidad fuera él, y no los esbirros desperdigados por aquel inframundo, quien ambicionara erigir de los despojos de la Loba trofeo cinegético. Pero la Loba no le decía nada. Bastante hacía él con ayudarla, como para tener que soportar sus terrores de niña grande. De modo que siguió adelante, con el estómago en la garganta y las sienes palpitantes, rascándose de continuo. Sus uñas estaban rojas ya; se había hecho sangre. Y el escozor iba en aumento, ultrajante. Otra tortura para sus nervios, ya muy cerca del colapso.

Se detuvieron en un corredor muerto, junto a una escalera de metal que subía por la pared y se perdía en la negrura de un boquete en el techo. El Mago se encogió de hombros:

―Ya no hay nada por debajo. Sugiero subir. De todos modos, desde que nos metimos en esto sabemos que encontrar a Mastín es una apuesta a ciegas. Pero yo apostaría a tirarnos más arriba.

―No me gusta. ―Ella oteó hacia el agujero―. Puede ir a parar a cualquier parte.

―Estamos en cualquier parte desde hace una hora ―bostezó él.

La Loba, envidiando su calma, abrió las fauces para soltarle una salida de tono, pero en vez de eso hurtó el cuerpo y se parapetó tras unos contenedores. El Mago la imitó.

El suelo se estremecía al paso de las armaduras. Debían ser como veinte. Pocas armas pueden derribar a un mercenario acorazado de un solo disparo, y ellos no disponían de ninguna de las apropiadas. Veinte gorilas blindados contra dos locos. La Loba subió la primera, con el aliento del Mago en sus talones.

Unos treinta metros, contó ella al tuntún. Su cabeza dio con algo duro.

―Rejilla ―informó al de abajo―. Oscuro afuera, pero veo los cierres, y no están pasados. Un segundo…

Empujó con todas sus fuerzas. Nada. Bufó, subió otros dos escalones, y pujó con su espalda, hasta que el tejido de metal se le clavó en la carne. Gimió.

―¿Qué hay? ―urgió el Mago.

―No puedo. Carajo. ―Ella soltó una risa en falsete. Los músculos le temblaban.

―Los dos ―decidió él, subiendo a su altura.

Cada cual puso un pie en un escalón, el otro en la pared opuesta del conducto, y pujaron como posesos. La rejilla dudó, y se abrió al fin. El Mago salió primero, olisqueando los contornos, y sus faldones azotaron el rostro de la Loba, quien tuvo suficiente presencia de ánimo para comentar, en un susurro:

―Oye, ¿nunca usas ropa interior?

―Es mala para la circulación ―objetó él, y le extendió una mano.

―Bueno, al menos ya sé que lo tienes todo intacto. Curiosidad satisfecha. Ahora, ¿lo usas? Una amiga mía te vio una vez y me preguntó…

―Shhh ―siseó él―. Mira. Esto no es un cuartucho cualquiera.

Los ojos lobunos reconocieron pronto los contenedores de plastiacero, factura militar. Sellos intactos. Armas, equipos, raciones de campaña.

―El golpe en el precinto Charles Manson de Ejército-Policía ―masculló ella, mirando los sellos de cerca―. Así que aquí es donde vinieron a parar. Lo vi en los noticieros piratas. La prensa corporada se acortinó.

―¿Vas a hacer la denuncia?

―Nunca he sido una ciudadana modelo ―dijo ella, y de repente se apoyó en una caja.

El Mago acudió de inmediato:

―¿Qué?

―Muy débil ―respondió ella―. Y hambre. ¡Fenrhir, qué hambre tengo! Y frío. Un frío puñetero. ―Los dientes le castañeteaban―. Y esta picazón, carajo. Me pican hasta los huesos.

―Ardes ―observó el Mago, palpándola―. Bonito día para coger gripe.

―No es gripe. No sé lo que es. ―Ella se frotó los ojos―. Tengo mareos.

―¿No estarás preñada?… Era un chiste. Pero así como estás, no creo que…

―Vine por Mastín. ―Ella mordió las palabras―. No me voy sin él.

―¿Habla el corazón o la libido? Me imagino que él será muy bueno en eso de hacer milagros de lúbrica concupiscencia, pero…

―Jódete.

―Después de ti. ―Él se hizo a un lado, jovial, y le cedió el paso―. Allí hay una puerta ―indicó―. Abierta. Cuando vayas a desmayarte me avisas.

 

Retorno. Retorno a un sangrante Mastín. Retorno a un Baphomet victorioso, quien se rasca el trasero con indolencia:

―Y si piensas que ser guía espiritual me envanece, pues estás orate. Es un trabajo de parias. Ni siquiera tengo salario. Já. Tuve que gastar muchos trucos para disponer del Mecenas anterior y ocupar su lugar, y luego reestructurar la cadena de mando. Pero valió la pena. Aquí muevo el crédito necesario para mis alquimias. No es poca mierda. La tecnología es cara. Te imaginas.

Y oprime el gatillo.

Justo en el centro de la mejilla de Mastín, de través, sin interesar los dientes, cruzando el rostro de lado a lado.

La Loba grita, aúlla, llora.

 

El esbirro eludió el zarpazo, pero no hubiera escapado del puño del Mago, si la Loba no llega a interponerse:

―¡Quietos! ―Se encaró al hombre, quien aferraba tardíamente su subfusil―. ¿Tú fuiste, no es verdad, Santo? ¿El mensaje en el telemático?

―Fui yo ―aceptó él, y movió los pies, nervioso―. ¿Salen? Voy en esa. Lejos. Fuera. Vamos, vamos…

―Aún no. ¿Mastín?

―No sé. Por ahí… ―Él agitó una mano―. No me gusta lo que hay. Demasiado feo.

―¿Qué? ―La Loba se intrigó―. ¿Qué se mueve?

El Mago lo miraba, ceñudo.

―Muy feo. Demasiado ―susurró el hombre.

―¡Carajo! ―se exasperó ella.

―Virus de diseño ―soltó él, reluctante―. Oí hablar. Pandemias selectivas.

―Suéltalo de una vez.

―Es para acabar con los exóticos… Digamos que eres un exótico con implantes de piel de reptil, o ramas de helecho. Esa biomodificación obliga a tu organismo a una pauta determinada. Enzimas, hormonas, lo que sea. Bueno. Te inoculan el virus, y el virus aprende esas pautas. Se reproduce. Tu cuerpo lo empieza a regar por ahí… Tienes implantes de corteza de abedul. Esa es la pauta del virus. Sale de ti y mata a todos los que tengan corteza de abedul. Inoculas a uno, y con eso matas a todos los demás de su tipo. El virus suelto por ahí, por sí solo, no hace nada. Tienes que inocularlo primero para que se tipifique. Funciona así. Si yo fuera un neuronaquemada, un sabihondo, te lo explicaría mejor. Pero no soy un sabihondo. Soy un cagado y quiero desaparecer… Mala cosa. Tengo implantes, ¿sabes? Piel de delfín, en la espalda. No quiero estirar la pata, al menos no tan rápido… Me voy a la Luna, a Asimov Town. Puede que la cosa demore en llegar allí… De ahí me tiro hasta Marte. He trabajado antes en las Minas Rojas. Sé cómo es. Puedo aguantarlo.

―¿Quién está detrás de esa mierda? ―A la Loba se le erizaron todos los pelos del cuerpo, y su picazón se intensificó. Tuvo que reunir toda su voluntad para no restregarse contra la pared. Apretó los dientes. Tenía vahídos, de hambre y náuseas.

―Hay un grupo… Raza de Plata, se hacen llamar. Un sincretismo idiota como pocos. Nietzche, Amón, Mabuya, San Pedro, yo qué sé. Hacen cultos. Una liturgia macarrónica. Fanáticos. El Hombre Inmaculado, el Hombre Limpio, eso pregonan. El Hombre Puro, el Hombre Desnudo de Subterfugios y Vanidades Artificiales. Esa clase de mierdas.

―¿Y Baphomet, el Mecenas del Amurallado, está en eso?

―Está, está, que sí, que sí. Es humano limpio y completo. Igual que los Cosacos de Wendy, que no admiten exóticos en sus filas y se dedican a cazarlos para divertirse. Lo sabe todo el mundo. Por eso los contrató. Ya no hay un solo exótico en el personal de seguridad del Amurallado… Yo tengo eso en la espalda, nadie lo sabe, nadie lo ha visto. Una vez tuve que volarle los sesos a un niño, solo porque tenía el mismo implante que yo. Piel de delfín blanco. Lindo como ni dios. Pero me estaban mirando, los otros. Tuve que hacerlo. Lo hice. Mierda. Vámonos.

―¿Qué pinta Mastín en esto? ―La Loba lo sacudió por el cuello de la chaqueta.

―¡Y yo qué sé! Creo que nada. Es otra cosa. Lo del dinero que dicen que nos robó. Creen que ustedes también están en la jugada, y vienen a buscarlo. Por eso los tienen casi cogidos, no lo saben bien. Yo ustedes no iría por ahí… ―Indicó el corredor por donde la Loba y el Mago se disponían a entrar antes de tropezarse con él―. Pero si llegamos al nivel de arriba, allí hay un hangar soterrado. Turbocópteros. Salir de humo y pelusa, y adiós.

―Ve tú. ―La Loba lo soltó―. Nosotros seguimos.

―Cada cual se la busca a su modo ―dijo él, desolado.

―Ahí al doblar hay un conducto de aire, vertical. Debe ir a donde te hace falta. Ven, te enseño ―ofreció el Mago.

La Loba se recostó a la pared y cerró los ojos, con las orejas caídas. Se sentía embotada. Con todo, no podía dejar de rascarse, aunque con menos rabia que antes. Ya no tenía fuerzas ni para eso. El Mago regresó:

―Mitra vaya con él.

―¿Qué crees de lo que dijo?

―Hum. No sería la primera ni la última pandemia selectiva en esta insulsa era de metahumanidad. Muchas agencias privadas de diseño viral hacen el pan a costa de eso: Pandora, Primogénito, Templo del Miedo. Pero aun así…

―Él estaba de veras aterrado. Y lo conozco. Es un tipo de agallas, no un fabulador.

―Es un mercenario inculto. Si hay algo, quién sabe lo que pueda ser.

―Sonaba muy convincente.

―El terror nos hace a todos sonar convincentes.

―¿Y si fuera verdad?… Me acuerdo de un muchacho que conocí en la Base Aerospacial Borodino, geoestacionaria sobre el Índico. Éramos cadetes. Y él parecía un viejo. Cuando se soltó la Apología VII, la pandemia selectiva que solo mataba a los varones adolescentes con biotipo ochenta por ciento caucásico, la vacuna fue diseñada y puesta a circular a los dos meses. Murieron millones. Y se salvaron millones. Pero los salvados sufrieron un incremento metabólico epidérmico, efecto secundario de la vacuna. Parecían viejos. Eso es lo que le pasó a aquel muchacho. A la larga, tuvieron que desechar la piel y recurrir a implantes sintéticos o tejido clonado en serie. No sé qué se hizo de él…

―Y yo no sé para qué me cuentas todo eso ―protestó el Mago―. Sería mejor…

―Me da la gana. Y tengo que coger un diez… También recuerdo el día en que estaba comiendo sushi en un club floral del Barrio Efebos de Cristal, y la rosa en el bucarito ante mí, en el centro de la mesa, se secó, se partió, y se hizo polvo, en menos de cinco segundos. Era la Afrodita ST9, la pandemia diseñada en Sudáfrica. Le tomó tres días dar la vuelta al mundo. Adiós a las rosas. ¿A quién le preocupó? Las flores no pagan impuestos, no entran en el mercado corporado, no invierten ni compran acciones, no corren en el Grand Prix del MegaConsumo. A quién le importa. Lo mismo pasó con los gladiolos, las lilas y los nenúfares. Los nenúfares, piensa en eso, más de un samurái habrá llorado al ver los ríos desnudos. Alguien que se encaprichó en hacer la cabronada y la hizo. Otros se encargaron de no sé cuántas especies animales. Los filántropos ecologistas aislaron a tiempo algunos ejemplares, y con eso han ganado una plata espeluznante. Da asco. Y los sesudos pagados por fondos piadosos se siguen rompiendo las neuronas, rediseñando cadenas de ARN y ADN, sintetizando genes, matándose por crear sucedáneos míseros de lo que a la Naturaleza le tomó eones soñar, concebir y parir.

―El melodrama no te pega.

―Y después, los propios seres humanos. Por rangos de edad, de raza, por telemetría de profesión o aficiones. Al puro antojo. Todas las vacunas se inventan de correcorre, y todas traen secuelas. Pero al menos salvan a un rentable por ciento. Alentador. ¿Y ahora? Los exóticos. No faltaba más. La raza humana es una sola, bueno, vamos a purificarla. Solo por tener gustos fuera de la gestalt, una estética corporal audaz y libre. PUM. Eres un pagano, un sucio, un cadáver. ¡Y son solo implantes! Tu mapa genético es tan «limpio» como el de cualquiera. El exotismo no se hereda.

―Se hereda, en patrones sociales ―opinó el Mago, doctoral―. Evolución sociológica. Darwin un paso más allá del mundo orgánico.

―¿Y qué? Si es la evolución, pues la evolución es. Y ya. Cualquiera con dos dedos de frente respetaría eso.

―No todos tienen dos dedos de frente. Uno, a lo más.

―Trata de ver más lejos. Los exóticos somos una fracción de la humanidad. Una fracción dividida en muchas facciones, a su vez subdivididas en incontables variantes. Sí, somos millones, pero, ¿cuántos de cada tipo clasificable en pautas específicas? Cinco mil, diez mil a lo sumo. La variedad es alucinante. ¿Crees que el Consejo Corporado, o alguna potencia farmacológica subsidiada, se va a gastar megacréditos en desarrollar una vacuna para salvar a unos pocos miles de individuos, la mitad de los cuales ya estarán muertos cuando la vacuna salga al mercado? Paciente muerto no paga. No es rentable. Ni en sueños.

―Hay que reconocer que si la cosa va en serio, la idea no es mala. Quiero decir ―se apresuró en aclarar el Mago―, es inteligente. Basta con un virus base, y él mismo se tipifica. Ah, sí, sería una labor digna de Confucio inocular a un ejemplar de cada tipo, pero no creo que eso sea una espina tan grande en el ojo para la poderosa mente motora del retablo.

―Carajo. ―La Loba lo miró con desdén y resquemor―. Serías capaz de darle la mano a ese puerco.

―En el plano intelectual, sí.

―¿Y en el ético? Di una palabra, y te clavo los colmillos.

―Tranquila, eh. Reconoce que los exóticos son una de las fuentes de desorden social y económico más prolijas que hay. Carrusel de imposturas, desfile de excesos. Calcula cuánto crédito se mueve en la subcultura exótica, en tráfico y consumo de narcóticos.

―No más que en el resto de las subculturas marginales.

―Pero son los más vistosos. Un genio de la ingeniería viral, sin mucha visión analítica global y además fanático religioso, tomaría esa decisión de un pestañazo.

―Deja la conferencia, no estoy para tus porquerías.

―Ni yo para divagaciones.

―Tú eres el esotérico. Ergo, eres tú quien divaga.

―Yo no evoco jóvenes envejecidos o rosas muertas, cuando tengo quién sabe cuántos esbirros acorazados y artillados pegados a las nalgas.

―Solo verla allí, polvo ante mí. ―La Loba se estremeció―. No pude terminar el sushi. Recogí el polvo y lo metí en una cajita. No sé en qué rincón de la casa lo tendré ahora…

Anemonae verborum ―masculló el Mago―. Corta ya. Mastín. ¿Recuerdas?

―Mastín. ―La Loba dio un respingo―. Tiene que ser eso. ¡Fenrhir Poderoso! ¿Sujeto de experimentos, caldo de cultivo, Judas involuntario?

―Seguimos en nada ―sentenció el Mago―. Hay que seguir. ¿Cómo te sientes?

―Como si fuera a estallar. ―Ella respiró hondo, muy hondo, y echó a andar por el corredor.

Mareos, fiebre, escozor, hambre.

Y rabia. Mucha rabia. Si le habían hecho eso, lo que fuese, a Mastín, mucha sangre iba a correr por aquellos agujeros del demonio.

El Mago la siguió, sigiloso.

 

La Loba es torbellino de piedra. Su piel arde. Sus huesos arden. Su rabia arde.

―Ya casi. Un esfuerzo más, princesita colmilluda. Te ayudaré. ―Baphomet dispara al hombro de Mastín. Esquirlas de hueso y carne rocían el rostro de la Loba.

―No me negarás que tengo buen sentido del efectismo ―se regodea Baphomet, y silba un viejo, irritante bolero.

 

Estaba lenta. Demasiado lenta. Y demasiado floja. Necesitó cuatro golpes para poner fuera de combate al esbirro. Otro se le echó encima y le atenazó los brazos a la espalda. La Loba se dejó caer, confiando en su peso corporal, y se zafó como pudo. El hombre cayó sobre ella y la loba se encontró de súbito manoteando como una niñita histérica, sin tan siquiera arañarle el rostro a su rival, quien soltó una carcajada y le puso una rodilla en el pecho antes de empezar a estrangularla. Fue el ridículo que estaba haciendo de sí misma lo que cabreó a la Loba al fin, y se libró de aquellas manos con un gesto bien entrenado, para hundir sus colmillos de liriocuarzo en el cuello del hombre. Cuando se incorporó, con las fauces rojas y goteantes, recibió un garrotazo eléctrico en la espalda. Saltó, giró en el aire, y encaró al nuevo enemigo. Los músculos de la mujer reventaban las costuras de la camiseta. Una finta, otra, con el garrote por delante. La Loba saltó, eludió, aferró el antebrazo de la mujer y se lo partió en ángulo de noventa. La sangre le salpicó el pelaje. La rival no se inmutó y atacó de nuevo. Dopada con Aprotamina Zen, o algún otro caotizante o desconector neuronal. O tejido nervioso extirpado o quemado. Daba igual. La Loba la atrapó de nuevo y le partió el espinazo, para ir al seguro. Dos más, los últimos del grupo, atacaron a un tiempo. Ella se concentró, aguardó por los golpes, y golpeó primero. Zarpazo. Yugular cortada. Codazo. Nariz enterrada en el cerebro. Cayó de rodillas, agotada su energía, incapaz de mover un dedo.

Solo podía mover los ojos, y su visión abarcaba un piso sucio, paredes desnudas y nueve cadáveres. Habían sido sorprendidos como párvulos. Suerte que iban sin armadura. El Mago… Por ahí, en alguna parte. Creyó recordar haberlo oído gritar a lo lejos. Bueno, no podía haber sido tan lejos, si es que era él quien ahora se inclinaba a su lado:

―Encontré a Mastín, Loba. Cerca. Vamos. Yo solo no puedo cargarlo.

Ella lo intentó, con todo lo que le quedaba, pero nada le quedaba ya. Apenas se oyó a sí misma musitar:

―No puedo levantarme, Mago. Sácalo tú, como puedas. Déjame.

―¿Te escuece aún? ―se interesó el Mago―. Dime, ¿te escuece aún?

Ella negó con los ojos, confundida.

―Perfecto. ―El Mago batió palmas―. Solo falta un empujoncito. Un empujoncito.

Ella parpadeó, sin comprender.

―Está muy oscuro, ¿no te parece? Hagamos algo de luz. Ya te dije que me levanté claustrofóbico esta mañana. ―El Mago se alejó y tocó algo en la pared.

Un panel se corrió, y la Loba cerró los ojos, encandilada. Cuando los abrió, reconoció el cielo. Un inmenso y abierto cielo sin nubes.

―¿Oyes? ―El Mago vino a ella y le susurró al oído―. ¿Puedes oírlo?

Los pregones. El tumulto. Feria en el Amurallado. Afuera, del otro lado de la ventana. Mediodía sobre la ciudad. Y esa luz exterior le trajo luz a las ideas:

―Baphomet.

―He tenido apodos peores ―comentó el Mago, ahora Baphomet―. Para tu paz moral, tu marido no robó nada. Es fácil poner rumores de asfalto a rodar. Aquel pedazo del Barrio Esmeralda reventado…, bueno, yo tenía que probar un nuevo explosivo. Ya tengo comprador. ¿Adivinas? El Consejo Corporado, el mismísimo Gobierno Mundial. Para nadie es misterio que los Pueblo Bajo de las megaurbes son el caldo de cultivo y terreno de pruebas predilectos de los Poderes del orbe. La prueba en caliente de un explosivo novedoso bien vale unas cuantas miles de vidas en un rincón marginal que desde hace tiempo decae y no aporta mercados a nadie. Respecto a la pandemia…, bueno, mentiría si dijese que el Consejo sabe mi jugada y la apoya, pero no sería arriesgado apostar a que la apoyarían de saberla. Nadie ha censado a los exóticos en la población mundial. Si todo me sale bien… y no hay motivos para temer lo contrario, descubriremos que hay mucho más espacio vital para la gente limpia. ¿Te suena eso del espacio vital? Lástima que aquel apóstol no haya pasado de la mediocridad. Limitaciones de visión propias de su tiempo, supongo. O falta del carisma adecuado.

―Tú… A Mastín…

―No lo entiendes aún. ¿Escozor, fiebre, náuseas, hambre de dinosaurio? Este no es un virus de diseño cualquiera. Aprende de ti, aprende a matarte, aprende a matar a los que son como tú. Convierte tu cuerpo en un laboratorio, y no desperdicia nada, hasta que te consume todo el jugo. Y la adrenalina es el catalizador ideal. Paranoia, tiroteo, peleas cuerpo a cuerpo. La receta justa. Por cierto, ahora el paranoico soy yo. ¿Tendré otros exóticos tapados en mi legión, como ese amiguito tuyo? Mitra lo despeñe. Y que fuera justo él, a quien permití que te dejara el soplo en la red. Divino azar. Los caminos de la purificación son inescrutables. Al menos le dejé un puñal bien clavado en la frente. Si quieres que algo salga bien hecho, hazlo tú mismo.

―Eres un salvaje.

―Me ofendes. La salvaje eres tú… ¿El virus? Te lo metí durante el primer barullo, en Los Portales. No más que un roce accidental… ¿Por qué no atar al sujeto a una camilla, inocularlo y mecharlo con catalizadores, en vez de montar todo este teatro de cacería? Podría decirte que tenía que probar la fortaleza del sujeto, su factor de supervivencia, y esas minucias… Pero no. Es la diversión. Solo por eso valía la pena sacrificar a algunos de mis mejores soldados.

―Muérete, carajo. ―la Loba vio círculos ante sus pupilas―. ¿Cuándo empezaste? ¿Cuántos ya…?

―Aún no. Eres la primera prueba en caliente. Como el explosivo del Barrio Esmeralda. Ya no tienes escozor. Bien… La versión neutra del virus te ha chupado, ha aprendido a matar a quienes debe, y está lista para reproducir su versión de expansión. La plaga saldrá de ti, y ni cuenta te vas a dar… Solo falta un empujoncito. Pon de tu parte. Un poco más de jugo en el caldero, y todo habrá terminado. Es hora de almorzar, y las tripas me hacen muecas. Yo sé que puedes. Por eso te elegí… Me pregunto ahora, ¿con qué seudoespecie exótica seguiré, después de ustedes los cánidos extremistas? ¿Reptiloides, parasitoides, prótesis electromecánicas…?

―Has dicho «Mastín es»… ¿Está vivo? ¿¡Está vivo!?

―Sí, has oído bien. He dicho «Mastín es», no «Mastín era». Muy aguda, como siempre. Ahora te lo traigo.

Y lo trajo, dopado e indefenso. Y dijo tantas cosas horribles. Y sacó el revólver. Cinco disparos. Cinco agujeros sangrantes en esa piel adorada. Cinco novas heréticas en el firmamento de ese pelaje. Cinco latigazos de rabia e impotencia…

¿Cuántas semillas de instante harían falta para procrear la jungla de lo eterno? Biopsia de la cólera, ociología aplicada a la barbarie, orgasmo de atrocidad a la vuelta de cada esquina.

Mastín está inconsciente. Dopado, perdiendo sangre. La piel, bajo el pelaje, ceniza y seca. Su aliento es silbido apretado. La calma de su rostro semeja, perturbadora, aquella que aflora a sus facciones en el duermevela postorgásmico; confianza, plenitud, fábula reposada. Pero un detalle desmiente la imagen, y el detalle son sus sienes, latiendo al ritmo de un corazón cada vez más débil. La Loba cree escuchar el bombeo de ese corazón, y no puede soportarlo.

De súbito, la Loba está semincorporada sobre un codo, jadeante, el mundo girando en derredor.

―Maravillosa ―asiente Baphomet―. El individuo adecuado, ya lo decía yo… Hum, debió ocurrir ya, pero mis sensores no detectan emisión viral. Puede que no estés en tu mejor forma, y yo me haya excedido un poco. Otro empujoncito, digo yo, a ver si terminamos este jueguito.

Baphomet apunta… No, Baphomet no. El Mago. La Loba se obliga a verlo como el Mago. Alguien tangible, de años conocido. El Mago apunta.

―Chapucero. Impredecible. Como todo mediocre.

―¿Eh? ―El Mago, como bajado de las nubes a la tierra, saca el dedo del gatillo―. ¿Qué es eso, a qué viene?

―Se te fue la mano conmigo. Chapucero. Saco de trampas. Impredecible. A igual a B, B igual a C, por ende C igual a A. Mediocre. Tú lo dijiste.

―La esencia del genio radica en su imperfección, de lo contrario no hay desarrollo de aptitudes, por la corrección de errores y el aprendizaje. Dialéctica de esquina. No compares la leche con la mantequilla. Teorema denegado. ―Vuelve a apuntar a Mastín.

―¿Y después, qué? Quedas tú solo. ¿De eso se trata, no? El Rey de los Exóticos. Único y sin competencia. La especie de un solo individuo.

―Insistes en esa estúpida idea… ―El Mago mueve la cabeza y se le acerca―. ¿Me la explicas en un párrafo corto? Para mis archivos de necedades.

―Todos los principios básicos del exotismo triunfan en ti. Estética audaz. Superafirmación del ego. Ruptura con los patrones de conducta social. Postura radical. Propaganda personificada… Y todo lo demás. No necesitas implantes. Eres, en ti mismo, no más que un lindo implante, adosado al organismo social.

―Los archivos te lo agradecen. ―El Mago hace un amago de reverencia y vuelve a apuntar.

―Y respecto a las psicopatías producto de la impotencia sexual…

―¡Cochino Mitra! ―El Mago va hasta ella y se detiene a su lado―. Puntos sobre las íes. Por si no lo sabes, siempre quise tenerte, por muy blasfemo que eso fuera para mi credo. Y tú hablándome a cada rato, que si Mastín esto, que si Mastín lo otro, como si yo fuera tu hermanita menor y quisieras escandalizarme. Esa fue una de las razones de por qué los elegí a ustedes dos para esto. Así de simple. Sin tanto recoveco freudiano. Respecto a si me funciona, te diré que lo hago todos los días y con mujeres limpias.

―¿Nada que añadir?

―Nada.

―Entonces, adiós.

La Loba lanza una patada, en cuya preparación ha acumulado toda su rabia, hacia la rodilla del Mago, quien cae al suelo. El revólver se dispara y la bala se pierde en el cielo. La Loba se echa sobre el Mago, y solo gracias a su peso logra controlarlo.

―¡Estupendo, vive Mitra! ―clama el Mago a voz en cuello―. ¡Ya lo decía yo, niña! ¡Eres formidable!

Mastín emite un gruñido débil, a dos metros de ellos.

Los ojos de la Loba llamean.

―¡Bingo! ¡Ahí está! ¡El alba de la purificación! ¡Lo veo en tus pupilas! ―grita el Mago, sus pupilas propias las del fanático genocida, del que ha roto todos sus límites.

Lentamente, logra extender el brazo fuera del control de la Loba. El revólver busca el cuerpo de Mastín. Su rostro. Su sien palpitante y desnuda.

―¡¡CARAJO, NO!!

Los dientes se hunden en la carne. Borboteo. Convulsiones. El Mago pone los ojos en blanco y oprime el gatillo.

 

―¿Cómo se ve?

―El del hombro es feo, pero no hay infección. Volverás a romper ladrillos con ese brazo.

―¿Y tú?

―Nada de fiebre. Comí normal.

―¿Crees que…?

―No. Solo un letargo. Está ahí, en mi organismo, por todas partes. Embrión de pandemia. Pero al cabrón se le fue la mano y lo que me quedaba no bastó para terminar el proceso.

―Y sin embargo, le diste un revolcón.

―A pura rabia. Pero ahora, ya recuperada, el embrión puede devenir engendro. Tendrás que tratarme con mucho cariño. No debo llegar a extremos de excitación o ira. Soy peligrosa si eso ocurre. Muy peligrosa. Como para aniquilar a toda nuestra especie.

―Aún no puedo creer que él haya sido tan idiota, después de todo… ¿Quién olvida que ya ha disparado todos los tiros de su revólver?… Y tú, ya estabas ahí, ahí…

―Ni me lo recuerdes. Abrir sus fundas orgánicas, meter las cepas en el primer incinerador que encontré, cargar contigo, sacarte del Amurallado, remendarte. Como decía el difunto, no es poca mierda.

―Todavía me asombro. Él, precisamente él…

―Hacer las cosas a lo grande. Así lo dijo… Grande es el lío que debe estar armado ahora en el Amurallado. Pisoteo de cabezas. Duelos por el poder. No vuelvo por allá al menos en una semana, cuando ya nadie se acuerde del caso.

―A lo grande. ¡Já! ¡Regio Cabal! Delirios de Mesías…

―Cada cual mide su grandeza a su modo. Tú eres todo lo grande que necesito… ¡Carajo, como te extraño! Ven acá…

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Sobre el autor

  • Michel Encinosa Fú

    . La Habana, 1974. Narrador y editor. Ha obtenido, entre otros, el Premio Ernest Hemingway 2002; el Premio Calendario 2006 por partida doble (Cuento y Ciencia Ficción); los Premios Cirilo Villaverde y Hermanos Loynaz 2008; el Premio de Cuento Fundación de la Ciudad de Matanzas 2008 y el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2011. Entre sus libros publicados están Sol negro (Extramuros, 2001); Niños de neón (Letras Cubanas, 2001); Dioses de neón (Letras Cubanas, 2006); Vivir y morir sin ángeles (Letras Cubanas, 2009) y Casi la verdad (Ediciones Matanzas, 2009).