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Confesiones en la UNEAC

Me encantan las presentaciones de libros, aunque por lo común acuda poca gente. A veces —mientras dura la Feria Internacional, cada año— el número de asistentes es mayor

Me encantan las presentaciones de libros, aunque por lo común acuda poca gente. A veces —mientras dura la Feria Internacional, cada año— el número de asistentes es mayor. Los autores convocan a sus familiares, a los compañeros de trabajo —casi todos los escritores tienen un empleo, además de dedicarse a escribir—, a los amigos cercanos, a otros escritores… Sobre todo a otros escritores. Funciona como una suerte de engañosa camaradería profesional, a niveles muy reducidos, pues los escritores —al menos los escritores cubanos— son tipos mayormente solitarios, a quienes no les funciona el instinto gregario.

Sin embargo, en la presentación de Confesiones (Nuevos Cuentos Policiales Cubanos) el viernes 23 de marzo en la Sala Villena de la UNEAC, se dio cita una cantidad apreciable de personas; sobre todo si se tiene en cuenta que la promoción de este tipo de evento no encuentra por lo general una entusiasta acogida en nuestros medios. Lo más sorprendente es que muchos de los allí reunidos no eran en absoluto escritores. Incluso, cabe la posibilidad de que algunos de ellos fueran simple y llanamente lectores.

Lorenzo Lunar —coautor junto con Rebeca Murga de la selección y prólogo del volumen— había arribado la noche anterior procedente de Santa Clara, donde tiene su base de operaciones permanente, con puesto de mando en la librería La Piedra Lunar, cuyo aporte al movimiento literario —y cultural— de la región central de la Isla continúa in crescendo. Como casi siempre ocurre, en el minúsculo apartamento del Bao descorchamos un par de buenas botellas de ron refino y Lorenzo, que en asuntos culinarios presume de auténtico gourmet, se apoderó de la cocina de Yoa —a la que no cualquier invitado tiene acceso— para preparar una receta a base de pescado, con aderezo de cebollas, pimienta y jengibre. Mañana sería otro día.

Y mañana fue otro día. La hora prevista —4 de la tarde— nos sorprendió a Rafa y a mí a bordo de un P-4, una vez superado el diferendo entre cubrir a pie la distancia que nos separaba de la UNEAC (posición ideológica del Rafa) y la de subir a toda costa a un ómnibus articulado, ignorando la congestión en las paradas, el calor, y el mal carácter de los pasajeros (mi propia posición, respecto a la cual muy pocas veces estoy dispuesto a transigir). Por lo demás, ¿quién va creer que los cubanos —escritores o no— son de verdad puntuales?

Pasadas las 4 y 30, y habiendo refrescado con el vasito de té frío con limón que no puede faltar en una presentación que se respete, Roberto Zurbano —el reconocido ensayista y crítico literario— echó mano al micrófono y en poco más de veinte minutos reveló, cual sacerdote indócil, los insospechados secretos ocultos en estas Confesiones, que aparecen en nuestras librerías tras un largo periodo de silencio para el relato policial cubano.

Zurbano se refirió a Confesiones como a un muestrario —ciertamente lo es— de notable variedad temática y estilística, alcanzando a cubrir buena parte de la creación literaria más significativa producida en la Isla durante los últimos veinte o veinticinco años, poniendo mira en el cuento, por el que “una vez más apuesta con acierto Ediciones UNIÓN”.

“Siento por momentos que en algunos relatos quedan cosas por decir, que sus autores guardaron para sí una carta”, afirmó el presentador, “pero no hay duda de que son cuentos anclados en la realidad cubana contemporánea, poniendo al descubierto muchas de sus problemáticas más actuales: la violencia, los barrios marginales —tan marginales que ni la Policía entra—, el drama de la emigración, la delincuencia, y el tratamiento que todavía se da a muchas conductas que merecen una consideración a tono con el momento, desde el punto de vista de su regulación jurídica”.

De todo eso —diría que más— hay en estas grandes Confesiones presentadas en la tarde del pasado 23 de marzo, punto de partida para toda una secuela de pequeñas confesiones que tuvieron lugar más tarde en el bar de la institución: el Hurón Azul, con la presencia espuria de este servidor, en su condición de “socio fuerte de los escritores”, pero sin membresía acreditada en ninguna de las asociaciones que conforman la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

De las grandes Confesiones —las literarias— tomará nota el lector en cuanto se deje atrapar por la madeja híbrida de estos dieciocho relatos, reunidos en un tomo que no defrauda ni en intención ni en resultado. Los nuevos cuentos policiales cubanos —esa etiqueta me encanta— acaban de salir a la calle.

De las otras, las pequeñas confesiones, las formuladas al calor de la conversación y de los tragos, prefiero no dejar constancia. Pero por ellas valdría la pena la más humilde de las presentaciones de un libro. Aunque no conciten el entusiasmo de los medios Aunque muy poca gente acuda.

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Sobre el autor

  • Leopoldo Luis

    . (La Habana, 1961). Periodista, fotógrafo y narrador. Licenciado en Derecho por la Universidad Central de Las Villas y Diplomado en Periodismo por el Instituto Internacional de Periodismo José Martí. Ha publicado los libros de cuentos Adiós, Habana (Ediciones Holguín, 2009), con el que obtuvo el Premio de la Ciudad un año antes, y Extraño bajo un paraguas (Editorial Capiro, 2013). Poemas suyos aparecen en el volumen El ojo de la luz. Antología de poetas y artistas cubanos (Diana Edizioni, Italia, 2009). Sus relatos han sido incluidos en las antologías El martillo y la hoz y otros cuentos (Reina del Mar Editores, 2013) e Isla en negro. Cuentos de crimen y enigma (Casa Editora Abril, 2014). Fue editor y administrador del sitio web de la revista cultural El Caimán Barbudo. Actualmente trabaja como periodista de la televisión hispana en Estados Unidos.