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Literatura cubana contemporánea

Reseña

Días de entrenamiento… sólo para locos

Después de dejarnos dos obras de narrativa de excelente factura literaria (Inventario y Esquirlas) premiadas ambas en certámenes nacionales, Ahmel Echevarría nos entrega su primera novela

Después de dejarnos dos obras de narrativa de excelente factura literaria (Inventario, 2005 y Esquirlas, 2007) premiadas ambas en certámenes nacionales, Ahmel Echevarría nos entrega su primera novela, Días de entrenamiento, ganadora del Concurso de Novelas de Gaveta Franz Kafka, cuya edición y publicación corren a cargo de Ediciones Fra, con sede en la mística Praga, capital de la República Checa.

La existencia y objeto de este concurso es un asunto polémico que levanta sospechas en los círculos intelectuales que gustan de vivir en paz con el poder ideológico. Como lo sugiere su nombre, su misión editorial es la de promover a escritores que, por distintas razones, su poética entra en contradicción con el discurso cultural oficial en sus respectivos países, y por ello su obra corre el riesgo de permanecer inédita en una gaveta, o un lugar peor.

Después de dos lecturas (una crítica y otra de placer) a esta obra de Ahmel, se puede constatar que, más allá del morbo disidente que rodea a toda publicación de esta naturaleza, Días de entrenamiento es una novela que busca superar la ironía política como contenido y la tendenciosa parafernalia ideológica como gancho, para entrar en los predios de una narrativa de riesgo. Parafraseando a Lezama, escribir jugando con fuerzas que pueden destruirnos de un momento a otro.

Lo anterior puede apreciarse en su estructura, que, lejos de formar un sistema redondo —donde la narración se mueve como un punto vivo que recorre en espiral un tiempo y espacio definidos en la ficción, que se va cerrando sobre su propia circunferencia argumental, método este muy gustado por muchos escritores actuales—, busca la fuga, intenta romper con la propia entropía de la historia que narra, o que el narrador-personaje cree que narra. Porque desde el principio de la novela, cuyo arranque tiene el sabor de los clásicos del policial negro norteamericano, el lector entra en un mundo compuesto por realidades oníricas, mitad sueño, mitad pesadilla, que se mezclan constantemente con las historias contadas y no contadas en las vidas de sus personajes, que no son otra cosa que sujetos biográficos de un narrador-personaje que vive tratando de adecuar sus actos a los hechos que tienen lugar en su realidad particular. Pero fracasa una y otra vez, siempre hay algo que se le escapa, siempre hay algo que se le va por la puerta de atrás en su vida. Comprende que la felicidad no es lógica, así como tampoco las relaciones humanas, por lo que el personaje vive cada situación como un desliz existencial y no resulta extraño que en reiteradas ocasiones necesite reubicarse cuando habla de sí, utilizando constantes expresiones interrogativas de ¿Yo?

Esta ruptura entre lo real y lo irreal, permite la entrada de personajes que se abren al absurdo o lo insólito: el viejo presidente que desea ser escritor y se mueve en una silla de ruedas por la calle 23, y el kodama, figura mítica del folclore japonés, como un ente de conciencia lleno de cinismo y carnalidad. Ambos entran en la historia como sujetos que se mueven en un escenario que se pretende ilógico pero no lo es, reforzando esa interesante tesis puesta en boca de Jacobo Belpo, personaje de Umberto Eco en El péndulo de Foucault, cuando dice que “de existir otra realidad con un sistema lógico diferente, lo que se interpreta aquí como locura allí sería racional y coherente”.

En lo referente a su trama, la novela está construida con música de fondo, sátiras a los sistemas de comunicación de masas y una burla permanente hacia toda teoría de la conspiración en su versión tropical. Otro aspecto indudable son los giros intertextuales con evidentes guiños a Borges, Piglia y Bolaño, los cuales permiten que la novela goce de esos personajes no explícitos, que, bien ubicados, le dan un telón de fondo sorprendente a la obra en su estructura interna.

Uno de ellos es La Muerte, instalada a lo largo de la historia, rodeándolo todo con su constante proximidad, provista de artefactos y sonidos: sueros citostáticos, metástasis, radicales de mama, despedidas, reproches, gente que se ahoga en el golfo de México, la rutina sin esperanza, el temor a ser olvidados para siempre, el ansia secreta de inmortalidad, Hemingway que descansa la cabeza sobre el cañón de una escopeta y aprieta el gatillo con el dedo gordo del pie. El otro personaje no explícito es La Caja, un objeto metafísico suspendido entre el cielo y la tierra que, inquieto y levitante, se mueve cerca de los cuerpos y a veces permite ser tocado. Tiene el poder de los antiguos oráculos, pero no al estilo del Eleusis, sino como los espejos de las culturas escandinavas que reflejan imágenes fantasmagóricas y dan respuestas ambiguas, pero suficientes para que el personaje sobreviva a la voracidad de su insatisfacción, que en ocasiones sobrepasa las leyes del cuerpo y de lo socialmente establecido.

Algo que puede resultar notablemente paradójico es que, si en su trama, Días de entrenamiento apuesta por la experimentación, desde el punto de vista argumental se trata de una clásica y furibunda historia de amor y amistad. Puede decirse que su argumento descansa en una suerte de romanticismo al estilo del siglo XIX, pero a la inversa. Si en aquella centuria el amor era el camino a seguir contra las fuerzas de lo imposible para ir hacia lo infinito, en Días de entrenamiento el amor lo es todo por fuerza de la necesidad más sofocante, pues las utopías han caído y el infinito como trascendencia se ha difuminado en el horizonte del hombre moderno, por lo que no queda casi nada o nadie en quién creer. Sin embargo, sus personajes, que celebran la vida cuando se puede y como se puede, se aferran a una esperanza que ha perdido el rostro.

Por otra parte —como toda obra literaria que asume el riesgo de la experimentación y la estructura de un sistema abierto—, corre el riesgo de cometer deslices narrativos. Ello puede verse en algunas escenas breves que se pierden en corredores sin salida, y en pequeñas redundancias que atentan contra el dinamismo argumental de la obra. No obstante, Días de entrenamiento es una pieza destinada a sobresalir en el colchón de cualquier casa editorial que abogue por buscar sangre fresca en el ámbito de novela experimental. Entrar en los predios de esta obra es encaminarse por una puerta estrecha y ajustar cuentas con los silencios del alma, a través de esos gestos universales que siempre nos salvan: un beso en el vientre de una joven embarazada, la voz de un amigo, el arte sobre un lienzo, el sexo y la pasión; sin olvidar nunca las palabras rotuladas en la puerta del Teatro Mágico de Hesse: “Sólo para locos. La entrada cuesta la razón”. Y algo más.

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