Narrativa

Dos minicuentos

Espejo. Foto por Alex Lopez en Unsplash
Foto por Alex Lopez en Unsplash

PATOLOGÍA

Diciembre cualquiera para una mujer frente al espejo. La imagen en el azogue tiene una cabeza sin cabellos, en su lugar se mueven decenas de prolongaciones, del tamaño y grueso de un dedo índice. Terminan en su extremo superior en un agujero que se abre y cierra constantemente. Tienen un color gris sucio y por momentos nublan su mente impidiéndole pensar con claridad. Se sorprende teniendo raros sueños cuando está completamente despierta. Se ve a sí misma, metida en agujeros imposibles para el grueso de su cuerpo o comiéndose un gran plato lleno de gusanos. Las prolongaciones fueron apareciendo poco a poco, sustituyéndole los cabellos. ¿A quién pudiera dirigirse para pedir ayuda? ¿A un cirujano plástico o a un psiquiatra, a un peluquero o a un cortador de cabezas? Lleva días encerrada en su apartamento y apenas puede pensar. A veces intenta leer, sobre todo si está frente al espejo, pues a ellas parecen gustarle el juego de las imágenes, como si tuvieran ojos para verse. La mujer aprovecha entonces para buscar explicaciones sobre su estado en los libros. Los de ciencia hablan de genes y mutaciones, la Biblia de castigos para los hombres sin fe, los de mitología de una mujer con serpientes en la cabeza que odia los espejos. Ninguno ofrece una respuesta para su mal. Todos los intentos por eliminar a las indeseables inquilinas, han sido inútiles. Tomó por ejemplo un cuchillo para cortarlas, pero al hacer una pequeña incisión en una de las prolongaciones el dolor retumbó en su cerebro de manera insoportable. Meter la cabeza en un balde de agua hasta el punto de casi morir ahogada, tampoco resultó, pues aquellas malditas cosas parecían estar muy a gusto en el medio acuático. Ahora, en un intento desesperado, arremete su cabeza contra el espejo. Aunque la sangre nubla un poco sus ojos, puede ver en el quebrado cristal, a las prolongaciones cayendo como marionetas abandonadas, para instantes después desparecer como si nunca hubiesen existido. En lo adelante tendrá que cuidarse de sus propios pensamientos, de aquellos seres que puedan generar y que pretendan, quedarse a vivir en su cabeza.

LA RUECA 

Me enterré una aguja en el corazón. Alicia aún no lo sabe pero debo decírselo. Fue una de esas que usaba mi abuela para coser cojines. 

Hoy cuando regresé a la casa, después de despedirte en el aeropuerto, percibí algo agresivo en los objetos. Las sombras sobre el librero y las cortinas de la sala, tienen un aura lúgubre; el apartamento parece haberse encogido y amenaza con asfixiarme. Es una confabulación a mi alrededor, que aumenta esta sensación de nausea y confusión que no he logrado alejar desde que te dije adiós, quise casi sonreír pero no pude y bajé la cabeza para qué no me vieras llorar. 

Tu madre está afuera terminando de lavar las medias viejas que dejaste en el baño, no ha dicho mucho desde que llegamos, se suma a este silencio agresivo de las cosas. Me tiro en la cama, y ella se acuesta a mi lado con las manos húmedas. Me enterré una aguja en el corazón, le dije, pero el dolor no cesa.

Mi último pensamiento sigue siendo para ti, en tu destino incierto, lejos de las calles de tu infancia, como un joven arbolillo trasplantado, lamiendo lejanías, masticando nostalgias. Extraño, extranjero, inmigrante.

Alicia cree que hablo en sentido figurado pero pronto estaré muerto, sé que me reprochará dejarla sola, pero soy el débil, ella podrá estar aquí por si regresas. Cuando todo acabe, los médicos encontrarán en mi pecho la aguja grande y afilada que mi abuela usaba para coser cojines.

Yahumila Hidalgo Ceruto.

Periodista, incursiona en narrativa y poesía. Licenciatura en Bioquímica y Diplomado en Periodismo en Instituto Internacional de periodismo José Martí. Graduada del Curso de técnicas narrativas del Centro de Formación literaria Onelio Jorge Cardoso. Editora de la revista Flora y Fauna. Publicó su cuento “Tiempo de Máquina” en el No. 13 de la revista El Cuentero.