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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

Edén

Para completar mi tesoro solo me faltaba conseguir una violeta. No quiero nada más, solo necesito eso para estar completamente satisfecho…

He estado contento en los últimos días porque solo me falta un espécimen para completar mi tarea. Tengo un hobby, me fascina coleccionar flores. Dediqué alrededor de dos años a leer sobre botánica y jardinería. Consciente de que para ser de los mejores necesitaba poseer conocimientos, al menos básicos, sobre la tipología de las plantas.

Antes de empezar mi colección procuré tener todo en orden. José me regaló las tijeras de podar, se quedó sorprendido por esta nueva afición. Yo nunca antes me había interesado por la jardinería, pero él, iluso, no sabe cuán diferente es esto.

Entonces solo me faltaban mis flores… Recuerdo aquella tarde de julio. Caminaba por matar el tiempo, juro que aun no iba en busca de nada. De pronto la vi, tirada fuera de una casa con un montón de maletas alrededor. Supe que tenía que recogerla. La llevé a casa, al sótano. Aquella dalia fue la primera de muchas que, poco a poco, adornaron ese lugar áspero y vacío.

Estaba muy emocionado con mi nueva adquisición. Una vez en el sótano, limpié cada instrumento con cloro para evitar que las bacterias llegaran a mi flor. Rasgué una parte del tallo para que la hidratación fuese más eficaz. La coloqué primero en una solución de agua y cinco gotas de líquido lavaplatos por diez minutos, antes de ponerla finalmente en agua limpia.

Aparte de la dalia contaba con la margarita, rosa, orquídea, begonia, azucena, amapola, adelfa, azalea y lila. A todas las amaba, las amaba de verdad. Pero aún me faltaba la violeta. No podía explicar por qué, pero desde que conocí a cada una de ellas sabía que me pertenecían, sabía que solo podían estar en el sótano de casa, recibiendo el sol de las tres de la tarde.

Sí, porque yo tenía una rutina bien establecida. Bajaba todos los días a las tres de la tarde para abrir la ventana. A la hora perfecta, cuando el sol alimentaba pero no mataba. Sabía que ellas lo necesitaban tanto como el agua de cada mañana. Algunas veces desde la sala siento sus olores. Suben como una ráfaga e impregnan la casa, me gusta sentarme y saborearlo, como si estuviese catando un buen vino. Luego paseo por el sótano admirando mis objetos, mis piezas fundamentales, mis tesoros.

Lo que más placer me da es salir en busca de mis flores. Pensé que no tendría nada de valioso mi colección si todas fuesen específicamente compradas para ese fin. ¡La adrenalina era invaluable cada vez que aparecía una nueva! El planear, pensar con detenimiento cómo llevármela a casa. Las horas vigilantes, detrás de algún objeto, atento, a la espera de la mejor oportunidad.

Todas estaban clasificadas. Hice tarjetas de 8 x 5 cm donde se especificaban los datos de cada variedad: fecha y lugar en que fueron recogidas, nombre científico, nombre vulgar, familia, género y altura. No tenían de qué quejarse, yo las trataba muy bien. De seguro mejor que en su antiguo hogar. Cuidaba de su aspecto, de su olor. Tenía galones de agua hervida y azúcar refinada para alimentarlas, con el fin de mantener una buena turgencia y que se vieran vigorosas.

Todas las noches hablaba con ellas, calmado, como si en verdad quisieran escucharme, como si estuviesen ahí solo para mí. Que en parte era así, claro, ellas nunca salían y nadie más había tocado el piso gris de sus aposentos. En un cuaderno tengo dibujos de cada una, con escalas que demuestran el tamaño y los progresos. Solo queda una página en blanco destinada para mi último espécimen. Siento que estoy por encontrarla.

Una tarde, cuando bajé a abrir la ventana, encontré en una esquina a begonia. Estaba toda marchita, no quedaba ni una pisca de verde en su cuerpo. Nunca he entendido cómo pudo ocurrir. Por mucho que quise impedirlo unas lágrimas corrieron mejilla abajo, fue la primera que perdí y sin esperarlo siquiera.

A pesar de ello quise conservarla. La envolví en toallas de papel humedecidas, traté que no se rompiera y después la puse con cuidado dentro de un Ziploc para poder verla cuando quisiese. Todavía está ahí, disecada, mirándome directamente a los ojos cuando entro al sótano.

Aunque ese acontecimiento le dio un giro inesperado a mis propósitos de coleccionista, no dejé que me amilanara. Para completar mi tesoro solo me faltaba conseguir una violeta. No quiero nada más, solo necesito eso para estar completamente satisfecho. Una vez que la tenga en mi sótano sé que ni al Paraíso, si existe, necesitaría ir. Ese sería mi Edén, solo yo y mis flores.

Por fin he encontrado una que me fascina. Estuve caminando varios días hasta que la vi una mañana, cuando recién amanecía. Desde la ventana, el resplandor de los rayos del sol la hacía mucho más atrayente.

La tarea no es nada fácil, pues la violeta casi nunca está sola. Vive dentro de la casa en el cuarto principal, justo al lado de la ventana. Aunque, pensándolo bien, siempre está abierta. Sería ese un buen lugar para empezar mi maniobra. Pero no puedo simplemente ir y robarla en frente de todos. Algo se me tiene que ocurrir, porque la idea no va a desaparecer de mi cabeza. Es que es perfecta. Me enloquece su color: el justo, ni morado muy oscuro ni lila. Los pétalos pequeños, pero ondulados cual rizos y un tallo largo y esbelto. Es la indicada, lo sé.

Entraré por la noche, hay más posibilidades de que nadie me observe. Siempre con mis tijeras, en caso de que violeta no quiera irse de forma pacífica. Aunque también podría cogerla de un tirón y salir corriendo con ella en mis brazos hasta estar bien lejos de allí. Tendré que esperar y ver qué sucede, no sabré qué hacer hasta que no estemos frente a frente. Estoy nervioso. Pero la última flor de mi colección necesita que su recolecta sea la más arriesgada.

El viernes es el día perfecto: violeta estará sola en casa… Llega el momento planeado, salgo de la casa impaciente, con la mochila en mi espalda. Puedo sentir el filo de las tijeras en la columna, recordándome que están ahí en caso de que sean necesarias. Espero que sea fácil y rápido. La necesito ya.

Llego a la casa. Ahí está mi violeta, puedo verla. Me agacho de pronto, temo que me sienta del otro lado y se asuste. En unos segundos analizo nuevamente el plan. Le explico lo que quiero antes de que pueda reaccionar.

Como no me responde decido actuar, rompo el cristal para tener mejor acceso. La agarro fuertemente por el tallo, pero no quiere irse. Se resiste, se aferra al marco de la ventana cual pulpo a la propela de un barco. Me viro un momento para sacar las tijeras de mi mochila, y siento como me golpea con una de sus hojas.

Es hora de que esto termine. No quiero lastimarla, pero no me deja otra opción, comienzo a desgarrarle parte del tallo y finalmente cede. Ya es mía. No salió tan fácil cómo había planeado pero no puedo quejarme, he cumplido mi propósito: me declaro el hombre más feliz sobre la faz de la Tierra.

Aun no puedo creer que mi colección sea perfecta. Tengo todo lo que más amo en una misma habitación ¿Qué más puedo querer? Entro con mi violeta al sótano. Ella se fija en begonia; bueno, en lo que queda de begonia.

Me sorprende cómo las demás la miran. Sus ojos con lágrimas hacen que los tallos desnudos, las tarjetas encima de sus cabezas, los galones de agua y el Ziploc de begonia se vean como una escena de terror.

Ella no sabe aún que llamarse Violeta es el principal motivo por el que está aquí. Camina unos pasos y las demás se abalanzan sobre ella; y todas juntas, como si lo hubiesen planeado hace mucho, corren hacia mí. Me asusto cuando veo en las manos de Violeta las tijeras de podar y a mis espaldas la puerta cerrada. El Edén se volvió en mi contra.

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Sobre el autor

  • Alianet Beltrán

    . San José de las Lajas, Mayabeque, Cuba, 1995. Egresada del Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso en 2017. Estudia la carrera de Periodismo en la Universidad de La Habana.