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Literatura cubana contemporánea

Ensayo

El Ángel de Sodoma y la construcción social de la “normalidad” genérica

La cuestión de la homosexualidad, así como de otras manifestaciones de la sexualidad humana, no puede ser comprendida fuera de una perspectiva histórica

I

“¡Fíjate bien, ese tipo es tremenda loca, un tremendo maricón y anda por ahí exhibiéndose como si na’. Yo te digo que prefiero ser ladrón o asesino, cualquier cosa menos maricón!”

En esta cotidiana expresión de nuestra sociedad contemporánea, utilizada muchas veces para referirse peyorativamente al hombre homosexual —considerado más denigrante e igualado a veces con asesinos, ladrones y otras figuras delictivas—, se insinúan una serie de códigos que expresan la forma en que, en nuestra cultura, se participa todavía de una serie de prejuicios y reacciones emocionales contra la homosexualidad. Prejuicios y reacciones que tienen que ver también con una postura machista y hegemónica de lo masculino; con una visión dualista de la vida que no acepta la diversidad sexual, confinando a los homosexuales a una vida al margen y condenándolos a la discriminación social ya sea encubierta o declarada.

Pudieran extraerse otras valoraciones sobre esta actitud más o menos generalizada respecto a la relación entre hombres de un mismo sexo, y hago énfasis en esta manifestación de la homosexualidad, ya que en el gremio de “los verdaderos hombres”, no parece existir, hoy en día, un criterio igual de prejuiciado y ofensivo cuando la relación es entre mujeres; lo que deja claro además, la persistencia de una concepción de dominio masculino, que considera en muchos casos este vínculo entre mujeres como estimulante para su satisfacción sexual. La aceptación del lesbianismo solo se realiza en función del macho que quiere disfrutar de ello y no a partir de una comprensión real de la naturaleza y el sentido de esta práctica entre mujeres, e incluso, existe la falsa creencia de que la satisfacción de las mismas depende de —y solo es posible— a través de la utilización de objetos consoladores, penes artificiales u otros artefactos, manifestación de un androcentrismo que no solo somete a la mujer en las relaciones heterosexuales, sino que además busca invadir los espacios íntimos en los que se manifiesta esta variante de homosexualidad.

El énfasis en la localización de estos individuos, el “fíjate bien”, parte del hecho de resultarles a la mayoría de la población sujetos raros por su preferencia sexual. Se busca llamar la atención sobre su presencia y ello no precisamente porque sean pocos o estén en peligro de extinción, sino que el asombro está, más bien, en consonancia con la manera en la que históricamente se les ha visto desde una “normalidad” sociocultural heterosexual que los ha considerados “anormales”. En dicha frase se manifiesta la forma en la que la cultura occidental —y por pertenencia nuestra cultura particular—, ha concebido la homosexualidad y las prácticas sexuales; se expresa el rechazo social y la no comprensión, por considerarse en muchos casos no solo una enfermedad aberrante, sino también una desviación del comportamiento social, una fuga de la “normalidad” establecida en nuestra canon occidental.

Quede claro que me refiero a una actitud que para nada pretende ser una generalización absoluta de nuestra sociedad, pues sería obviar lo que en materia de sexualidad y derechos humanos ha ganado nuestra civilización —y particularmente nuestro país durante el último medio siglo—, donde el reconocimiento y la aceptación de la diversidad sexual y la condena a la discriminación se ha hecho explícita en la Constitución cubana. No siendo esto suficiente, se han realizado —y con mayor insistencia en los últimos años—, una serie de proyectos que buscan promover la aceptación real y no solo formal de estas personas en la sociedad, teniendo en cuenta que, más que un problema jurídico, constituya un hecho cultural; combatiendo contra los históricos prejuicios, aun cuando sean subconscientes, que consideran la homosexualidad como algo “anormal”.

Sin embargo, se trata de un proceso complejo que debe romper con valores y concepciones muy enraizadas en el tejido social y una mentalidad formada durante siglos, producida y reproducida por vías multiformes y técnicas diversas. Ello tiene que ver con la forma en la que toda cultura legitima para sí como válidos

y normales determinados comportamientos, valores y actividades, rechazando aquellos que no se corresponden con los principios establecidos y que constituyen dentro de ella “desviaciones”, así como la manera en que estos principios se socializan y entronizan en el imaginario colectivo y la conciencia que de sí misma tiene cada sociedad.

La cuestión de la homosexualidad, así como la heterosexualidad, la bisexualidad y otras manifestaciones de la sexualidad humana, no puede ser comprendida fuera de una perspectiva histórica, que la examine desde una teoría de género; no podría comprenderse de forma íntegra, sin un análisis de las relaciones de poder y estrategias de dominación que en nuestra cultura patriarcal han sustentado la dominación masculina y la heterosexualidad como norma.

II

En El Ángel de Sodoma (1926), obra inaugural en el tratamiento de la homosexualidad dentro de la novelística cubana, su autor Alfonso Hernández Catá, “deconstruye el espacio sociocultural de su época poniendo en evidencia el contenido represivo del mismo cuando se trata de sujetos que no siguen las normas”. En esta valiosísima obra de la literatura hispanoamericana, la puesta en discurso del tema homosexual, sirve no solo para condenar el carácter homofóbico de la cultura occidental, sino que además la preferencia sexual de José María es utilizada por el autor para denunciar todo un sistema marcado por el conservadurismo, los convencionalismos y autoritarismos; manifestando además la profunda crisis cultural y existencial de la época.

Si bien el discurso medular de la obra está en función de reflejar los conflictos internos y sociales de José María, personaje principal de la novela, durante un proceso de auto-reconocimiento de su condición homosexual, esta no constituye la única crítica presente en la obra de Hernández Catá, e incluso, el hecho homosexual en su obra no puede comprenderse aislado de otras realidades socioculturales de la modernidad y principios establecidos como normas en dicho proceso histórico.

En este sentido, la presente aproximación a esa obra tiene como objetivo analizar, desde un enfoque de género, algunas de las cuestiones abordadas por él en esta novela. Analizar principalmente lo que podrían constituir las causas que llevan al suicidio a José María Vélez Gomara, que, en su acertada presentación por parte del autor, se convierten en filosos discursos transgresores de la “pseudo-normalidad” socialmente construida.

Dejo claro que dicho intento no pretende agotar la riqueza interpretativa que la obra sugiere, como tampoco constituye un trabajo exhaustivo sobre los problemas de género y sexualidad. Hay que reconocer además los estudios que sobre dicha novela se han realizado, no solo desde un perspectiva estético-literaria sino también ético-social por autores como Víctor Fowler en La maldición: una historia del placer como conquista (1998); por Juan Carlos Galdó en Usos y lecciones de un discurso ejemplar: a propósito de El Ángel de Sodoma (2000); por Emilio Bejel en Las contradicciones del positivismo en El Ángel de Sodoma; así como los estudios que en Cuba y sobre la homosexualidad y la literatura han realizado Marilyn Bobes y Abel Sierra Madero, entre otros.

III

SEXO Y GÉNERO DE UN HOMBRE-“MADRECITA”

Amparo convaleciente de enfermedad, ante los inmejorables cuidados que su hermano José María le dispensaba le dice a este: “Anoche, cuando me traías la cucharada, estaba medio dormida, y al oírte me pareció que no eras tú, sino mamá”.

Esta revelación en boca de la hermana mayor de José María había cuajado en la visión de la gente del pueblo cuando “solo por la dulzura de sus ademanes y gestos, comentaban: “¡Hay que ver!…Es una verdadera madrecita”. De esta manera se le identifica a la madre, al parecer de forma exclusiva, con la dulzura, el cuidado atento y los gestos suaves, entre otras características. La madre, rol femenino en el proceso reproductivo, capitaliza de este modo la crianza de los y las menores, fundamentándolo en la consideración de que están mejores dotadas para la crianza y el cuidado de los críos, frente a la aparente incapacidad para este ejercicio de los hombres. Resulta ello un viejo mito, sustentado en una construcción sociocultural de géneros afines con el sexo biológico.

El hombre es masculino y la mujer femenina y ello define las creencias, valores, actitudes, formas de comportamiento, rasgos de personalidad, e incluso actividades que sustentan y ejercen hombres y mujeres y que son, precisamente, las que hacen la diferencia y la jerarquía social entre unos y otras. El rol de madre tiene que ver menos con las habilidades reales y absolutas de las mujeres y más con una relación de sometimiento de las mismas por parte del género masculino. La crianza históricamente asignada a las madres, y no tanto a los padres, expresa la forma en la que las mujeres han sido confinadas a los espacios privados, en este caso el hogar, sitio por excelencia de esta actividad reproductiva.

De igual modo se participa de una concepción machista que rechaza las “cosas de mujeres” y que para su “integridad” física y moral evita cualquier aproximación y apropiación de estas actividades, conductas y “amaneramientos” propios de las féminas. Si bien el autor busca con ello resaltar la presencia excesiva de rasgos femeninos en José María, como una condición previa que le permitiría identificarse luego con su condición homosexual, lo que constituye otro mito; el hecho de ser percibido socialmente como una madrecita, siendo biológicamente hombre, parte de una consideración machista y prejuiciada y no de una valoración real de las potencialidades afectivas de ambos sexos. Si como tendencia general en estas sociedades, lo afectivo y dulce se expresa con más arraigo en las mujeres, esto no puede explicarse al margen de la función histórica que en el proceso reproductivo y la crianza el hombre ha venido a jugar, así como de la percepción que de sí mismo se ha construido.

Para Hernández Catá la identificación de José María con el rol de madre forma parte de una estrategia mucho más amplia y que tiende a la construcción de un modelo de homosexual que no logra escapar de las consideraciones machistas en boga por la época. De ahí que no se contente con concebir un hombre-madrecita, sino que insiste en acentuar los rasgos femeninos en la personalidad de José María.

En el desarrollo de la novela este refinamiento del muchacho, pareciera ser más importante en el “auto-reconocimiento” de su homosexualidad que los contactos con otros hombres, con los cuales de hecho nunca llegó a tener sexo, su homosexualidad parece definirse en gran medida, a partir de lo que puede ser, de su comportamiento amanerado, su identificación con las hermanas Amparo e Isabel Luisa llegando al punto de parecer “tres hermanas angélicas”, para quienes el hermano menor Jaime —símbolo del macho-varón-masculino— podría constituir un estorbo en su feliz desenvolvimiento.

“Hasta Jaime llegó a adquirir en la unión alegre de José María y sus hermanas aspecto de cuña”. Evidente alegoría a los límites que la cultura androcéntrica ha puesto por siglos al desarrollo de las mujeres. José María por sus habilidades en la protección de su hermanas ha demostrado ser una “verdadera madrecita”, pero ello no basta, el autor insiste en configurarlo lo más femenino posible, como si fuera necesario justificar su preferencia sexual en su feminidad, como si para que fuera creíble su condición de homosexual fuera vital que lo reconozcan y se reconozca lo menos hombre-masculino posible. Como si el desenfreno de este personaje frente a otro de su mismo sexo no bastara. Por ello, Hernández Catá lo concibe de una extraordinaria “belleza tímida y frágil”; ojos verdes, piel marfilina, toda una verdadera y potencial competencia para cualquier dama.

Sin embargo, estas cualidades tienen la intencionalidad de atraer, de seducir, “la mujer es una presa que hay que cazar”. Expresiones como “cuerpo elástico”, “rostro apasionado” que hacen volver la mirada de los hombres, “turgencias frutales” para referirse al cuerpo en formación de Amparo, u otra muy ilustrativa: “¡Qué mujer admirable! ¡Qué formas! La escultura de una de las negras del Senegal con piel color de día, rubia y rosada…”, constituyen una evidencia de la asignación que se le da a la mujer en relación con el hombre dentro de nuestra cultura, así como la articulación de patrones estéticos concebidos desde una visión eurocéntrica que discrimina a las mujeres que no cumplen con las normativas de belleza, por la cual estas son vistas como si se trataran de bocadillos sexuales.

En este sentido, Hernández Catá nos ofrece una imagen de mujer-hermosa a la occidental y a un José María que lo único que pudiera envidiar a sus hermanas es el no el no ser biológicamente mujer, aunque socialmente pueda ser considerado una fémina. He aquí un punto clave para entender la homosexualidad que nos presenta Alfonso Hernández Catá, una homosexualidad que no logra concebirla al margen de la feminidad.

¿Cómo entender entonces el conflicto interno y social de José María, cuya ambigüedad está en la forma misma en que el autor le nombra y constituye una lucha continua entre sus diferentes formas de estar en el mundo? Por un lado un ser biológicamente hombre, amanerado pero hombre; por otro un hombre considerado socialmente una “madrecita enérgica”; una fémina que en ocasiones no solo podría traerle a sus hermanas el recuerdo del “cuerpecillo femenil” de su madre, sino que además por sus gestos, limpieza, habilidades en la cocina y la costura, su belleza de flor, su soledad, su voz y su llanto: “su llanto era ese llanto silencioso, casi subterráneo, de las madres”, por su paciencia y disimulo, ese disimulo femenino con el que teje las sucesivas fugas hasta llegar al final en el que “un largo estrépito de hierros y de gritos pasó sobre su carne virgen e impura”; en la ciudad que parecía ser el emporio mismo de las libertades, París, la ciudad abierta y tolerante. Por estas cualidades podría superar a cualquier fémina-mujer de esa sociedad. Pero también, y eso es innegable en la obra, como un ser auto y socialmente reprimido por su preferencia sexual.

Habría que analizar en qué medida su homosexualidad participa y se define a partir del machismo imperante que lo tilda de “madrecita” o por una atracción sexual real hacia los hombres. Pero lo femenino, como construcción social, no solo se reduce en el caso de José María a una aproximación estética a la belleza de mujer, sino que se expresa además en toda una gama de roles a desempeñar, características, cualidades y comportamientos que van desde una disposición siempre alegre, presta al sacrificio, hasta una subestima de la inteligencia de la mujer…

He querido hasta ahora señalar algunos elementos que en esta obra podrían servir para el análisis de la relación de géneros en el contexto sociocultural en el que se desenvuelve. En este tópico tampoco creo haber podido agotar los potenciales análisis al respecto, quedándome claro e incluso habiendo registrado algunos otros rasgos que podrían enriquecer las consideraciones esbozadas hasta aquí.

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