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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

El Escribano

A las cinco y cuarenta nos despertaban con dos campanazos, y el día nos caía sobre los hombros con un peso desconocido…

1

Al teniente Soto le decían Savimbi por ser más prieto que una noche bien oscura. Negrísimo, bajito, y se podría decir que delgado, aunque de músculos compactos y definidos. Ante el pelotón —parado en firme, su uniforme ausente de arrugas, el cinturón apretado, la gorra apenas rozando la rapada cabeza—, nos parecía imponente, temerario.

El teniente Soto era imponente y temerario. Sumamente recio. Nos infligía un rigor avasallante y castigaba con cruda severidad. Lo odiábamos desde el día en que nos hizo arrastrar sobre la pista pedregosa de atletismo. Lo odiábamos con la misma potencia con que le temíamos. Solo Rolando trató de encarársele en contadas ocasiones, pero cuando el teniente Soto se le paraba delante, su cuerpo parecía empequeñecerse y su voz se convertía en un lamento.

2

A las cinco y cuarenta nos despertaban con dos campanazos, y el día nos caía sobre los hombros con un peso desconocido. La gimnasia era infinita, aplastante. Luego el aguazúcar y el pan del desayuno, al que era imposible darle más de tres mordidas, nos dejaban un pozo agotador en el estómago. El resto del día era una bruma de voces, marchas forzadas, carreras con el fusil al hombro, y cantimplora, pala y cartuchera prendidas del cinturón, golpeándonos en los muslos y las nalgas, entorpeciéndonos cualquier movimiento. Al llegar al albergue parecíamos espectros. Cuando terminaba el día, lo único que deseábamos era que el próximo no comenzara jamás.

3

Se podría decir que tuve un poco de suerte. Sólo que a veces la suerte es un bumerán. El teniente nos tendió hoja y lápiz. Pidió que escribiéramos nuestros nombres, apellidos y lugar de procedencia. Después de mirar todas las caligrafías alargó su vista hacia mí:

—Tú vas a ser mi escribano —y dejó caer, sobre mis flacos brazos, libretas, libros de evaluación y asistencia, reglas, lápices.

Y automáticamente mi nombre se esfumó.

—¡Vaya, el escribano! —fue la burla de todos.

Así pude escapar a los entrenamientos: cargando registros, copiando evaluaciones de tiro, el tiempo de las carreras, o llenando el agotador libro de entrega y devolución de fusiles, para lo cual tenía que levantarme en la madrugada, al menos una hora antes, y así, cuando dieran el de pie, solo faltara poner el número de las AK y la firma de mis compañeros. Y hasta escribiendo cartas de amor a las supuestas novias del teniente.

—¡Vaya, escribiéndole cartas a las monitas del teniente! —me chivaba Jorgito, que había tenido la suerte de caer en el segundo pelotón, bajo el mando del subteniente Crespo.

—¡Ese tipo es un pudín! —me contaba—. Manolo le tiene cogida la baja. Lo invitó a fajarse y ni chistó; se puso blanco como un muerto.

4

Las noches eran el único descanso, salvo en las que nos despertaban con alarma de combate, o de ataque aéreo. Después del noticiero, y hasta las diez, cuando al fin íbamos para las camas, nos permitían tendernos en el piso del albergue, conversar, y hasta zafarnos un poco los cordones y el zambrán.1

A esa hora, a escondidas, comprábamos la comida que los de otros batallones nos proponían, tramposos, a través de la ventana; pero más que comida queríamos saber de cómo sería la vida en la unidad cuando acabáramos la previa, de la posibilidad de baja por estímulo, de la rigurosidad de los entrenamientos y maniobras militares. Mientras unos querían alentarnos, otros nos aterrorizaban. Algunos se burlaban diciéndonos podridos, o el tiempo que les quedaba a ellos para estar libres, tres meses, y el deseo de estar en su piel, terminando, nos saltaba en los ojos.

—¿La gimnasia es solo en la previa? —recuerdo que les pregunté, imbécilmente, una noche.

—¡Oye lo que dice este! —respondió una sombra a través de las tablillas—. ¡Esa mierdita que ustedes hacen no es gimnasia! Procura no caer en el primer batallón, porque si el primer teniente Echeverría te coge, vas a gozar.

Y escuchábamos las carcajadas de los envidiados viejos.

También nos hablaron de los oficiales. Que eran unos pendejos, que se extremaban con nosotros, los novatos. Así supimos que Crespo sólo trabajaba con los soldados de previa o los que pasaban cursos, porque en los batallones lo tenían agitado; que el teniente Fernando, el del tercer pelotón, había sido degradado de primer teniente por perder una Makarov en una maniobra, y el maldito sobrenombre del teniente Soto.

—Savimbi. Se vuelve una fiera cuando se lo dicen.

Y miré a Rolando, cuyos ojos delataban su estúpida idea.

5

Apenas habían decretado el silencio. El subteniente Crespo, en la puerta del albergue, se afanaba por atrapar una emisora, pero lo que se escuchaba era un molesto zumbido. El teniente Soto acababa de revisar los baños, y caminaba despacio entre las literas, rumbo al cuarto de los oficiales, cuando se escuchó el chillido:

—¡Savimbi!

Y sentí evaporarse las únicas horas de tregua.

Trotamos descalzos y en calzoncillos sobre el asfalto. La noche fría se nos metió en el cuerpo. Formados los tres pelotones, se detuvo ante nosotros con las manos detrás de la espalda.

—¡Manos en la nuca! —gritó—. ¡Uno abajo y dos arriba!

Cuclillas y más cuclillas hasta que mandó al segundo y tercer pelotón para el albergue.

—¡Yo sé que el maricón que gritó está entre ustedes! ¡Puestos en plancha!

El uno-dos de su voz era interminable. Mis manos comenzaron a flaquear después de las treinta planchas. Todos mantenían el ritmo, menos yo que prácticamente no podía bajar; y si bajaba mucho, no podía subir. Las manos me ardían de tanto tiempo incrustadas en las piedrecillas del polígono, y sentía un sudor frío que me recorría todo el cuerpo. Hasta que me desplomé sobre el asfalto, casi desfallecido.

—¡Dos, escribano! —gritó—. ¡Dos, escribano! —pero los brazos no me respondían—. ¡Dos, escribano! —y pujé en un último esfuerzo que solo provocó un gemido que lo enfureció más.

Fue entonces cuando sentí la punta dura de su bota clavada en mis costillas, y respiré de súbito el tufo de la servidumbre. Entreví la mudez de los demás y supe que todo ocurría por poseer un cuerpo frágil, por correr cargado de papeles detrás de aquel negro todos los días, por mi buena caligrafía, y el miedo que delata a todas horas mi mirada.

Subimos las escaleras en el más absoluto silencio.

Nadie se atrevió a mirarme.

6

Así comenzó mi rabia y la idea de tomar venganza.

Me pasé toda la noche cavilando.

Estaba consciente de que era un riesgo enorme. Iba a estar delatado, pero aquella era mi única oportunidad.

Esa misma noche él me había dictado una carta para su presunta novia; su preciosura, como le gustaba decir. Al amanecer yo debía llevársela al subteniente Felipe, del tercer batallón, que se iba de pase por una semana. Antes de llegar a la jefatura del tercero, me escondí tras el anfiteatro y volví a redactar la carta. No cambié ni una letra ni una coma en todo el texto. Sólo al terminar, en vez de escribir: te quiere Soto, puse: te ama tu negro Savimbi.

Después de entregar la carta caí en temblores. Estuve a punto de virar y cambiarla, decir que me había equivocado, pero no atiné a nada. Estaba petrificado. Y en aquel embobecimiento me pasé todo el día.

Acababa de encender la mecha. La dinamita iba en manos de Felipe, y ya imaginaba el alud viniéndoseme encima. Maldito negro. Llegaba hasta mí y me metía un sopapo en la mejilla, escribano ‘e pinga, qué cojones te has creído, so maricón, y me golpeaba una y otra vez, y yo tratando de cubrirme, hasta que el resto de los guardias y los oficiales me lo quitaban de encima sujetándolo fuerte, como a una bestia rabiosa, me la vas a pagar, cabrón, y me parecía que todo aquello ya lo había vivido antes. Me acordé del Conde, aquel negro al que tanto le temí de niño, un monstruo de la infancia que tenía decenas de cabezas.

Cuando veía aparecer al teniente, o de solo escuchar su voz o sentir sus pisadas inconfundibles en las escaleras del cuartel, mi cuerpo se estremecía, me sudaban las manos, la boca se me resecaba. Pensaba que ya estaba al tanto; qué broma más linda, ¿eh?

Pero nada.

Los días fueron cayendo uno a uno con todo su peso. Pero nada. Incluso me hizo escribirle dos cartas más a su preciosura, con las que no me atreví a jugar, y hasta salió de pase y la visitó. Pero nada de nada.

Llegué a pensar que a Felipe se le había perdido u olvidado la carta, o que su preciosura no le prestó atención a lo de negro Savimbi, o que yo jamás había cambiado la carta; ni la había vuelto a escribir siquiera.

7

Mañana termina la previa; mañana nos corresponde el primer pase, son diez días, pero el jefe de pelotón me otorgó dos por mi buen comportamiento. Estoy desvelado. Tal vez por la idea de que mañana estaré a trescientos kilómetros de toda esta mierda. Tal vez porque sé que mañana estaré cerca de Leti. No veo la hora de estar a su lado, de tragármela a besos, de clavarla, de mamarle el bollo. Comienzo a sobarme el rabo, pero me detengo porque alguien ha salido del cuarto de los oficiales. Es Savimbi. Seguro le toca el recorrido; ya ha de ser medianoche. Pero no, está sin camisa y se dirige hacia acá. Trato de hacerme el dormido. Llega hasta mi litera, pero da un paso atrás y se acerca a la del Escribano.

Lo despierta. Van juntos hasta el cuarto. Ese Savimbi es un cabrón de mierda, cómo me gustaría partirle la jeta. Suerte que caí en el primer pelotón; si no, de seguro hubiéramos chocado. Seguro que a esta hora va a poner al Escribano a copiarle un plan de clases o a llenar un acta. Le ronca la pinga. Merecido se lo tiene, por guatacón.

Vuelvo a pensar en Leti y se me para enseguida. Me comienzo a masturbar, cuando siento un estruendo dentro del cuarto de los oficiales; luego otro y otro, cada vez más fuerte. Los gemidos son los que me molestan. Veo que Rolando se ha despertado. Levanta la cabeza y me pregunta:

—¿Qué es eso?

Muevo los hombros como única respuesta. Me viro hacia el otro lado y me pongo a contar Leticias para que asista el sueño. Mañana es el día del pase.

NOTA

1. Nombre que se le da en Cuba al cinturón elástico de los uniformes militares. (N. del E).

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Sobre el autor

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    . Ciego de Ávila, 1987. Poeta y narrador.. Licenciado en Estudios Socioculturales. Miembro de la AHS. Egresado del XIII Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio Jorge Cardoso en 2011. Ha merecido los premios Poesía de Primavera (2011), Ernest Hemingway (2011), Mangle Rojo (2013), y Calendario (2015). Tiene publicados los poemarios Las horas inertes (Ed. Ávila, 2012), Acantilado (Ed. La Luz, Holguín, 2015), Nacido muerto (Ed. Abril, 2016) y el libro de cuentos El escribano (Ed. Ávila). Cuentos y poemas suyos aparecen publicados en diferentes selecciones de Cuba y el extranjero.