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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

El majá de Carmen

Este cuento recibió una Mención en el Concurso Mabuya de Fantasía y Ciencia Ficción 2011

Tomás vio aquel “objeto” negrísimo, como adornado con lentejuelas, demasiado bonito para estar tirado allí entre las piedras sucias. Pensó que sería un adorno de mujer, un monedero lujoso, de tan buena calidad que a pesar de estar en la mugre resplandecía de limpio. Contento del hallazgo lo tomó para ver de qué se trataba. ¡Qué espanto! ¡Una culebra! Y ya se le desplegaba desde la mano e iba a asírsele al brazo, la lanzó y salió corriendo. Sabía que una culebra es inofensiva pero ese dato no le sirvió para nada. Hubiera preferido vérselas con un animal peligroso que con esa criatura desconcertante sin patas ni alas ni nada, una raya que anda. “No hay derecho a ser tan raro, el mundo tiene su lógica”.

Empecé en el circo a los diecisiete años, como bailarina porque no tengo ninguna habilidad circense, siempre quise inventarme un número pero soy un poco bruta para eso, y además me da miedo. Cuando Tito era equilibrista yo vivía en un temblor. Por poco pierde la pierna cuando se cayó de la cuerda floja ¡No quiero ni acordarme! Ahora es un tarugo cojo, como dice él, y se ha vuelto un amargado. A mí su cojera me tiene sin cuidado, hasta se la veo linda, con lo que no puedo es con su amargura y su complejo. Esa necesidad de sentirse el machazo. ¡Agarrándola conmigo! Si soy quien más lo complace y lo hago sentirse el gran tipo, el lobo feroz, mi dueño… Yo pensaba que se le iba a ir pasando. ¿Pero hasta cuándo?

No sé qué va a armar cuando le diga para qué quiero al majá. Un majá de Santa María grandísimo que se nos metió la otra noche en el carromato y lo tengo en una jaula. Ya él se lo debe estar figurando. Para montar un número de encantadora de serpiente con un majá que ni veneno tiene no hace falta ser domadora, basta con estar buena y saber coger el bicho con gracia… Yo medio desnuda y con un majá enroscado y apretándome ¡Por supuesto funciona! Tito va a poner el grito en el cielo, porque no es lo mismo salir con las demás bailarinas que solita ahí, con mi majá y todos los ojos encima. Pero lo siento, es mi número, mi oportunidad, y yo a Tito nunca le he dicho: no puedes hacer esto.

Cuando el padre se dio cuenta que a su hijo le daban miedo las culebras le aclaró cómo son las cosas “se van a burlar de ti, te van a coger la baja, cada vez que encuentren una te la van a tirar encima para reírse”. “A los hombres miedosos no lo respetan ni las mujeres”.

Días después, Tomás probó a tocar una en la mano de su abuela. “¿No es bella?”, le preguntó la anciana. Sin dudas lo era. “¿Y por qué te asusta entonces?”. Lo dejó pensar un poquito antes de susurrarle su confidencia: “Nos asusta la culebra porque no la entendemos”. “No le busques la explicación, dale gracias por ser distinta, como un mensaje de Dios para ir entendiendo el infinito, siéntela en los dedos como quien va de visitas a un lugar desconocido”.

Cuando Tomás despidió a la abuela para regresar a su pueblo iba con la culebra en la mano, quiso llevársela como macota. El padre estaba orgulloso y muy feliz de que sus palabras hubieran surtido tanto efecto.

Tito me dijo que no se iba a meter más en mi vida, que si estaba dispuesta a hacer el ridículo era mi problema. Siempre me subestima, seguro hasta pensó que no lo iba a lograr pero según veo tengo mi talento natural como domadora, Alexander me entiende que casi parece un perro. Le puse Alexander al majá. La jaula es innecesaria, no se va a ir, estoy segura, siempre anda detrás de mí, ya la gente me ve llegar y se asusta, se ponen a buscarlo con los ojos, como no hace ninguna bulla siempre está donde menos se lo esperan. Le prohíbo entrar al carromato porque a Tito no le gusta, pero él se mete por entre las ruedas y ahí me espera ¡Es tremendo! A menudo lo cargo un rato para que se vaya acostumbrando a mi cuerpo y se queda bobito, hecho una pascua, o me mira como analizándome, tremendo rato. Converso con él, claro que mentalmente para que no se den cuenta, la gente es muy burlona, y él me responde o me imagino que me responde. Debe ser una fantasía pero no importa, es una manera de compartir que funciona, algo entenderá, supongo, a su manera. ¡Y es tan relajante! Me estaría más tiempo con él si tuviera menos cosas que hacer. Se me ha ocurrido empezar el número así: él sale de la cesta con una manzana en la boca para ofrecérmela, como si yo fuera Eva. Me resisto ¡Ay, no, no, no debo comerla! Eso con mímica, no con palabras, vuelvo la cabeza y él dulcemente viene por el otro lado. Muerdo la manzana en su boca. ¡Tremenda ocurrencia! Y ya lo probé. Un majá es más inteligente de lo que pensaba. Por supuesto él no entiende la historia, pero sí se da cuenta de lo que quiero y lo hace mansito y con gusto. Para familiarizarlo más con mi cuerpo y con mi olor tengo una idea: dormir con él de vez en cuando. Así seré su madriguera, su sitio amado, su placer.

Tomás llego al grupo, culebra en mano, para lucir su valentía. Enseguida todos lo miraron en silencio, no tanto a él como a ella. ¡Estaba hecho! ¡Lo admiraban! Ahora querrían igualarlo, quien más se acerque es el más macho y ninguno tanto como él mismo que la había traído. Se la aproximó deliberadamente a cada uno como un medidor de hombría. Cada cual puso lo mejor de sí. Rafael no pudo, dio marcha atrás hasta chocar con la pared y allí quedó temblando como un conejito asustado.

—¿Y a ti qué te pasa? —le preguntó Tomás como si no supiera— ¿No quieres saludar a mi amiga? Eso es una ofensa.

Fue hasta él con sorna, el otro no podía articular palabras y temblaba tanto que casi parecía estar negando con la cabeza.

—¡Arrodíllate! —le ordenó— ¡Arrodíllate y pídele perdón!

El muchacho obedeció sin apartar los ojos de la sierpe. Tomás se puso la mano en la portañuela, de su muñeca salía un tramo de culebra irguiendo la cabeza.

—A ver, pídele perdón a mi niña.

Los demás reían y Tomás movió la pelvis, ofreciendo su falo simbólico frente a la cara del humillado.

—¡Mírala que linda! ¡Cuidadito con morderla!

Hubo más risas pero quedaron interrumpidas porque Rafael se desmadejó y fue de cara contra la tierra. Tomás asustado soltó la culebra y quiso levantarlo, entonces notó que a pesar de que no despertaba seguía con los ojos abiertos.

¡Tito me levantó la mano! Casi me da la galleta. ¡Y eso sí que no! ¡Ni hablar del peluquín! Me da lástima, lo más increíble es que encima de todo me da lástima, yo sé que es de madre dormir en una colchoneta en el carromato de un amigo y también sé que está sufriendo por mí, lo miro y me parte el alma, hasta me dan ganas de ir a abrazarlo. Pero no voy a poder abrazarlo como quiero, él no sabe dejarse abrazar, es tipo duro a tiempo completo.

No voy ni a cuquearlo porque a la verdad de la verdad me siento muy bien con Alexander, después de Alexander ya no estoy para boberías, me parece tan lejano todo lo que hace Tito, tan que no tiene que ver conmigo. Hace unas noches casi manda para el hospital al payaso nuevo porque lo agarró mirándome por un hueco a ver qué yo hacía con el majá. ¡Que deje al hombre hacerse su paja en paz, si es un infeliz, pobrecito! ¡Total! Se la estaría haciendo a costa de su propio invento, morbosidad a pulso, porque imposible que pudiera verme en esa oscuridad y con el mosquitero puesto.

Alexander no es un majá, o por lo menos no es un majá cualquiera, no es imaginación mía que conversamos mentalmente, lo entiende todo y como una persona. A nadie se lo puedo demostrar porque delante de otros se hace el tonto, no quiere que lo sepan. Quizás no le falte razón.

En la cama jugamos. A cada rato nos quedamos quietos, y hacemos algo así que le llamo hablar con contracciones, porque es eso, como una conversación de apretoncitos, a veces más fuerte a veces más dulces, nos decimos cosas que no son de explicar, lo sentimos todo, aunque sea muy sutil, también es como si hiciéramos música, y siempre distinta. Descubrió que mi clítoris me da placer y lo estimula, cuando viene al caso, siempre sabe cuando viene al caso. ¡Me conoce tanto! No en esas cosas bobas que los hombres quieren saber de una, eso qué le importa, me conoce en lo que es de verdad, en lo que ni yo sabía de mí. ¡Me hace sentir tan segura, tan confiada! ¡Si pudiera darle lo mismo!

Por supuesto, nada que ver con ese lío de ser el macho, si hasta creo que es hembra, pero eso qué, si yo ni sé donde está la diferencia en su caso. No me lo dice ¡Está bien! Para mí es un él, porque así me acomoda más, supongo, yo para él soy yo y punto. Si no fuera mujer le daría lo mismo. Tampoco está en el lío de los celos y la jodienda. Le gustaría que yo pudiera estar con Tito también porque sabe que lo extraño un poco y hasta lo quiere. Esa es la diferencia con Tito. Tito nunca pensaría así y creo muy difícil que un día lo entienda, que pueda entrar en este mundo nuevo que tengo ahora. Seriamos felices los tres, creo. A mí tampoco me daría celos que Tito y Alexander estuvieran, al contrario me gustaría, sería muy hermoso. Tito por fin descansando de tanta mierda en la cabeza, como naciendo.

Tomás ha repasado mil veces lo que sucedió esa tarde. La cara asustada de Rafael lejos de detenerlo le dio más impulso. Él no tenía nada en su contra, hasta lo quería. Esa debilidad suya fue el convite a la crueldad, ser débil parece una falta que justifica.

El juez fue benévolo, sentenciaron accidente y no asesinato. Se mudaron de aquel pueblo y nunca más ha hablado con nadie de esto. No quiso ver cuando lo cubrieron con la sábana ni fue al velorio. Para él Rafael no está en la tumba ni en cielo, desde entonces anda a su lado aunque nadie lo sepa. Lo acompaña y lo aconseja. Él le avisó aquel día que se cayó de la cuerda floja. No subas, le advirtió. Y no le hizo caso. Ese miedo que le da sentir miedo de algo.

Fue una locura de Carmen confirmarle a todo el mundo lo que sospechaban. “Para que se ahorren el trabajo de estarlo averiguando ¡Es verdad lo que dicen de mí y de Alexander! Soy una mujer soltera y sin compromiso y me acuesto con quien me venga en ganas”. Después vino a pedirme disculpas, que no quiso herirme con eso pero la tenían harta.

Luego hablándome de todas las cosas que le hace Alexander y lo que siente y hasta que le gustaba yo también al susodicho, o a la susodicha o a lo que sea. Ojalá eso no lo haya contado también. Le dio por hablar del asunto, tratando de convencer a los imbéciles estos de que lo que ella hace y piensa está bien. Carmen cree que todo el mundo puede ser como ella, no se da cuenta de que es superior. Carmen es una diosa a quien no le avisaron que lo era. De lo que sí se percató ya es de lo poco que soy a su lado, era hora. Cuando decidió dejarnos y vino a despedirse de mí soltó su lágrima, pero sé que fue de lástima.

Para Tomás seguir en la compañía ya era una tortura, hasta Rafael le estaba aconsejando largarse. Vendió el carromato y todo lo que no cupiera en una maleta y partió sin muchos adioses. Hacerlo sin plan era terminar buscando a Carmen, pero no tenía cabeza para planes ni ganas de seguir resistiéndose a la idea.

Ella ahora vivía en una casa herencia de su abuelo, Tomás sabía el pueblo y allí le fue muy fácil encontrarla, estaba ganando fama como adivinadora, lo mismo tiraba las cartas que los caracoles. Lo recibió feliz, como una fiesta, estaba esperándolo.

—Alexander me dijo que de esta semana nos pasaba que aparecieras y está que no falla.

Ahora a veces le decía mi veintiuno para estar a tono con la religión yoruba. Le preparó a Tomás un baño con flores de jazmín y mariposa, una comida riquísima, parecía una bienvenida a casa. Él quiso que le tirara las cartas a ver si de verdad era buena. Ella le adivinó su secreta historia de Rafael y la culebra, de pe a pa, hasta que su amigo muerto lo acompañaba. Le sacó las lágrimas. Lo abrazó como quería abrazarlo hacía tanto tiempo y sintió que por fin él se tomaba el descanso.

Luego le hizo una confidencia: en verdad no sabía leer cartas, ni caracoles ni nada, todo se lo decía Alexander.

—Por cierto también dice que le gustaría te quedaras con nosotros, pero eso ya lo sabías.

—¿Y a ti te gusta la idea?

—Antes debes hacerte una limpieza. Una limpieza con veintiuno que es la más buena.

Con Tito no hacía falta simular que ella debía cargar al majá para pasárselo por encima, Alexander podía hacerlo muy bien solo, Carmen se limitaría a mirar.

Tomas se acostó desnudo en la cama, le gustaba la idea y no lo disimuló, le dijo al majá que estaba listo, que viniera.

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Sobre el autor

  • José Martín Díaz Díaz

    . Narrador, guionista y realizador audiovisual.. Mención en el Premio David 2011 con el libro infantil Escrito a lápiz. Guionista de las series Pubertad. Realizador de Dados a la Diversidad y Cuentos para una abuela. Obtuvo el Premio Vitral de Animación 2011. Premio Cine Plaza de Animación 2011 y Prix Jeunneesse Iberoamericano 2011. Miembro de la UNEAC. El relato Minucia resultó ganador en el II Concurso de Creación Literaria del Género Fantástico Arena 2006.