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Literatura cubana contemporánea

Narrativa

El Soñador

Fragmento de la novela Laurel y Orégano, publicada por la Casa Editora Abril y presentada en la FILH 2017

“El soñador cae algunas veces en un pozo, pero luego dicen que se eleva.”
Vincent Van Gogh, Cartas a Théo.

El tiempo nos estaba jugando malas pasadas. Las plantas de los jardines estaban desorientadas, daban flores prematuras, volvía el viento frío y las destrozaba; no les quedaba más remedio que esconderse bajo tierra y seguir esperando la primavera. La mayoría de las que crecen en macetas y canteros son plantas venidas de un mundo más allá del mar, no saben que a este lado del planeta no llega jamás la primavera. Las del bosque, que prolongan su camino hasta la entrada de las casas y pueblan los patios traseros, son más sabias: no brotan hasta el tercer día de buen tiempo.

Ese viento trajo al Soñador. Tampoco era un viento nuestro, demasiado boreal, lógico que trajera a algún extraño. No solo las flores se desorientan. Pasado el incidente lo llamaron El Soñador: no estaba drogado ni borracho, era como si caminara dormido; tampoco se trataba un caso de sonambulismo. Tenía que haber estado despierto cabalmente, se le veía en lo arrugado de la ropa y el polvo de los zapatos que venía de lejos… Entró al pueblo aquella tarde con la cabeza tan llena de quimeras, que no vio el camino que pisaba y fue a caer directo al pozo construido por mi bisabuelo Néstor en la entrada de su casa para ahorrarle las caminatas al río a la mujer y las dos hijas.

Mi abuela Carlota Regina, como hija, nieta y biznieta de zahoríes, poseía tan fuerte instinto que no necesitaba la varilla. Cuando se habló de hallar agua bajo tierra para hacer un pozo, caminó un poco por la zona frente a la casa, plantó un pie y dijo: “Ahí…” Eso fue suficiente. Néstor era generoso por naturaleza, y un pozo no es algo que pueda acapararse, bien lo dicen los sabios. Las ciudades nacen y mueren, se mueven de lugar, viven su esplendor, empobrecen, sufren guerras y epidemias, decaen, renacen… El pozo permanece inamovible, profundo, generoso, brindando sus aguas a quien las necesite. El pozo de Aquimismo pertenecía a todos.

Siempre había gente alrededor. Al ocurrir el accidente se formó tremenda algarabía y corrieron a buscar a mi tía abuela Leonela Iris, en aquel entonces una muchachita de diecisiete, melancólica, pero de tan dulce voz que, a la vez que hablaba, nadie podía negarle una sonrisa. Ella fue a toda prisa, con las manos aún olorosas a laurel y a hojas de orégano, estarcidas más que desmenuzadas sobre el pollo que estaba condimentando. Cocinaba con fino arte, todas las tardes, y luego se sentaba en el jardín del frente, colocando a su lado un sillón vacío… Cuando llegaba la hora de servir la cena, entraba cabizbaja y silenciosa. Si no fuera en Aquimismo, donde lo que sucede es normal, alguien la hubiera tildado de loca.

Al llegar se paró en el borde y entonó una canción. El agua, como era de esperar, empezó a subir y con el nivel de las aguas, venía flotando el hombre. Lo vimos elevarse poco a poco hasta llegar a la altura de los ojos de ella. La línea de Leonela Iris siempre fue la más fuerte en cuanto al poder; desde que fue a sacar agua por primera vez, se vio que cuando ella cantaba, el líquido comenzaba a subir hasta llegar al balde que le extendía. Y no solo eso, sino que los objetos accidentalmente caídos en él, flotaban a su llamado, sin importar el material o el peso… Lo cual fue una suerte para el Soñador, si no habría salido peor el remedio que la enfermedad.

Cuando cruzaron las miradas, ella se ruborizó al punto que casi rompe su concentración y hace descender el agua, al hombre y hasta la estima que se le tenía en el pueblo, pero no… volvió a abstraerse, ya no cantaba, apenas murmuraba, con lo cual el agua se quedó quietecita a la altura precisa para dejarlo medio cuerpo fuera del borde. Ella le extendió las manos para ayudarlo a salir y él, en vez de sostenerlas y saltar, las tomó con suavidad y las olfateó.

—¡Laurel y orégano! ¿He llegado a tiempo?

Ella se rio y lo ayudó a saltar el brocal.

—Laurel, con una pizca de orégano…—respondió feliz, abrazándolo—. ¡Y has llegado a la hora justa!

—¡Sabía que no eras un sueño! —dijo él, despertando de su letargo, aún con paisajes de naufragio en las pupilas y olor a sargazos en la camisa ensopada de agua dulce.

Y se fueron, tomados de la mano, a disfrutar el asado que ella aderezaba cada tarde, desde que había soñado que su otra mitad acudiría a su encuentro, para cumplir con una cita anterior a la memoria de su paso por el pueblo de Aquimismo… Si alguien entre los presentes dudaba de que la felicidad existiera, solo tenía que contemplar los dos rostros.

El barómetro que creíamos descompuesto desde hacía una generación, volvió a girar. El viento helado se fue aplacando y comenzó a asomar el sol entre las nubes; las plantas de jardín, de nuevo, empezaron a brotar y a echar flores; las silvestres, más sabias, aguardaron a que se asentara el buen tiempo.

DECIMOTERCERA HORA

—¡Ese fue el aroma que sentí el día que al fin te encontré! —dijo la Muerte, dándose un golpecito en la frente, como solía hacer cuando quería fijar algo en su memoria.

—Laurel en hojas enteras, colocadas en el sitio exacto; orégano, finamente desmenuzado con la punta de los dedos —confirmó la Cuentacuentos—, es un viejo secreto familiar.

—Yo también lo he sentido —dijo Dios—. Más de una vez, mientras hablamos o a la hora de despedirnos.

—Y yo —afirmó el Diablo—, es tan agradable como el pecado, tan exquisito como la tentación… Ahora mismo juraría que lo estoy sintiendo.

—Pero no viene precisamente de la cocina —la Muerte movió la cabeza, olfateando en derredor—. Por otro lado, sería imposible, estás con nosotros y no te has levantado en momento alguno.

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Sobre el autor

  • Marié Rojas Tamayo

    . La Habana, 1963. Escritora. Algunos libros publicados: Tonos de Verde; Adoptando a Mini; De príncipes y princesas; En busca de una historia; Mundo circular, había una vez un circo, España. Villa Beatriz; El día que no salió el sol; Laurel y Orégano; El mundo al revés, Cuba. Su obra ha obtenido más de 50 reconocimientos internacionales. Publicada en más de 60 antologías. Ha colaborado con publicaciones periódicas de más de veinte países. Miembro de la UNEAC y de la Red Mundial de Escritores en Español, REMES.