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El universo creativo de Martica Minipunto

Martha Luisa Hernández Cadenas
Martha Luisa Hernández Cadenas

Nos conocimos hace un año, con motivo de la exposición fotográfica Nací en los 90, que se inauguraba en el Centro Dulce María Loynaz por el Día de la Juventud, en la que estuvimos incluidos algunos jóvenes escritores nacidos en esa década. Había leído su libro Días de hormigas y conocía sobre sus presentaciones, pero jamás habíamos intercambiado palabra. Luego tuvimos otra feliz coincidencia cuando nuestros libros fueron editados por colección Sur. Esos pequeños encuentros me permitieron conocer un poco más sobre el amplio universo creativo de esta muchacha, a la que le viene muy bien la calificación de hormiga. Trabajo, esfuerzo, emoción, observación, catarsis y otras tantas cosas equilibran el día a día de Martica Minipunto o Martha Luisa Hernández Cadenas (Guantánamo, 1991), quien transita los senderos de la poesía, la teatrología, el performance y, recientemente, también la narrativa, siempre unida a la aventura de la palabra como una experiencia de vida, reencuentro, aproximación e instinto.

En una ocasión dijiste que tu vida literaria comienza cada día, lo cual pudiera traducirse en que cada día te reconstruyes en medio de estos procesos. ¿Qué fibras puntuales conducen ese acto de reinvención en tu no-rutina creativa?

Siento que los procesos-procedimientos tienen múltiples orígenes y duraciones. Las artes vivas han aliviado muchas preguntas sobre formatos, marcos y límites; pero esta libertad también viene de mi inadaptación natural. En mi caso, habito espacios muy contaminados, tiempos dilatados o acelerados, trato de controlar mi dispersión –soy de las que abre cien mil ventanas en un buscador y no se pierde nunca–. Algunas de mis labores las debo terminar con mucha disciplina, pero disfruto transmutar ciertos límites, y saltar al vacío de vez en cuando. No se trata de eficiencia o productividad, los días pueden durar años o segundos, me interesa no agotarme en fórmulas u órdenes que me dejen demasiado quieta, porque las rutinas aburren. 

Al contrario de lo que aparento, vivo en secuencias aburridísimas ante la pantalla, así que no hablo de darme golpes en la frente o performar con papel higiénico y escribir poemas en el espejo del baño, hablo de estímulos que a veces no son notables y vienen de muchos palimpsestos mentales. 

Esto se explica mejor porque soy ansiosa, neurótica, obsesiva compulsiva y me hago muchas preguntas, algunas son las más inútiles del mundo. Si por mí fuera estaría trabajando todo el día, ese es un privilegio que no tengo, mi rutina se moviliza por frustraciones y ánimos marcados por lo cotidiano, desde lo más simple que se puede hacer en una casa, hasta las personas que conozco, las noticias, el arte, los manuales que encuentro, los negativos viejos, podría hacer una lista interminable de hallazgos inesperados que reutilizo en mi práctica diaria. Si lo pienso bien, esa reconstrucción a veces implica mucha destrucción. Últimamente me siento destruida, eso se notará en casi todo lo que cree.

¿Cómo recuerdas tu etapa de estudiante de Teatrología, en la facultad de Arte Teatral del ISA? ¿Qué crisis y emociones despiertan en tu memoria?

El ISA fue un espacio fundacional, de buenos amigos y profesores, de muchos hallazgos en lo teórico, lo humano y lo profesional. Recuerdo el Festival Elsinor que Michel Cruz quiso rescatar y al que me sumé. Recuerdo las aulas de una facultad que tenía el misterio de Elsinor, mudada a un edificio feo sin alma. Siento que la Teatrología fue un lugar de muchas crisis de sentido y de muchos “para qué” lanzados al aire. Es una carrera enfocada en la crítica teatral, pero es una especialidad con un diapasón amplísimo. Algunas personas me han dicho que luzco como una teatróloga a la que no le interesa la teatrología, es decir, que he renegado de esa formación. No tengo que oponerme a eso, entraría en un debate estéril que entretiene a mucha gente con afán de control del deseo, para mí, la teatrología ha sido el aliento, el principio de un camino donde entran academicismos y afectos. En lo personal, me encanta que esos observadores fracasen en sus hipótesis, nunca me sentí más teatróloga que ahora, mientras produzco una serie de poemas visuales y edito el libro que resultara Premio de Ensayo La Selva Oscura, sobre la crítica teatral de Calvert Casey. Me siento tan teatróloga concibiendo ediciones sinsentido como leyendo en alta voz un poema de Nara Mansur Cao. Te doy la razón si te parece que todo esto suena demasiado impostado, ya sé, demasiado facilista y adolescente, lo importante aquí es confirmarte que mucho del pensamiento crítico, sumado a la afición por las preguntas para comprender los procesos y fenómenos performativos, fueron lo aprehendido en esa carrera.

La inspiración y las influencias están en constante movimiento. Actualmente, cuáles son los principales referentes artísticos que marcan tu creación.

La lista sería interminable, admiro a mis amigos poetas, escritores, artistas, curadores, a mis amigos que han sido mis amigos desde la infancia, la que da clases de zumba, el abogado, la cantante frustrada, mi primo, el emigrante, los admiro al punto de vivir obsesionada con ellos y escribirles poemarios, obras de teatro, dibujarles. Celebro sus éxitos como míos y padezco sus dolores. Siento que la poesía de Inger Christensen llegó para quedarse en mi subconsciente. Del mismo modo que me inspiran mucho las operaciones del cine de Agnes Varda. Me interesa la poesía, la filosofía y lo narrado en Un soplo de vida de Clarice Lispector. Podría estar leyendo siempre a Nara Mansur Cao, Jamila Medina Ríos, Legna Rodríguez Iglesias, Annie Ernaux, Gabriela Ponce, Ann Carson, Soleida Ríos, Rogelio Orizondo, Reina María Rodríguez, Marien Fernández Castillo y también podría mirar a Joanna Montero editar cine. La actualidad es brevísima, así que he citado a los que no necesitan inmediatez para inspirarme.

Entre tus performances destacan Nueve (2017), Extintos, aquí no vuelan mariposas (2018), La última ópera china (2018) y Las fundadoras (2019). ¿Qué tienen en común estas obras? ¿Qué significa para ti el performance?

Los proyectos que mencionas radicalizaron mi trabajo performático. El primero, Nueve, fue concebido junto a mi madre. Quería volver al vientre de mi madre para sanar su epilepsia, abrir un espacio para que ella contara su vida a través de nueve objetos y nueve meses de gestación, fue una conversación con muchas personas sobre lo que recordaban de su nacimiento y conocí a tres neonatólogas que me revelaron muchísimos detalles de su especialización. En Nueve, los límites entre lo biográfico y el gesto público que queríamos organizar eran muy difusos. Creo que nos venció la emoción y fue un encuentro muy esencial entre ella y yo. Eso “liminal”, entre autobiografía, documento y “escena”, me forzaba a cuestionarme todo el tiempo, para mi madre era catártico, mientras que para mí era muy chocante verla tan frágilmente desbordada ante desconocidos.

Extintos, aquí no vuelan mariposas tuvo una presentación fallida –quería que la experiencia no fuera en una sala teatral, y eso me costó mucho técnicamente–, conceptualmente ha sido uno de los procesos más complejos y vivos que desarrollé junto a personas que no vienen del teatro. Pude conocer a Lester y ensayar con él y mi primo Adrián sobre Poemas y dibujos infantiles de Terezín. En Extintos… combiné mi pasión por los libros y los archivos, y tuve la visión cinematográfica de Joanna Montero como compañía. En la presentación, durante Documenta Sur, estuvieron los testamentos intergeneracionales (una alfabetizadora, una cantante de ópera china, el joven rapero, René Díaz, El Elokuente, el sueño del adolescente y un niño que lee los horrores del campo de concentración infantil) y una caja de fósforos (libro crisálida). 

La última ópera china fue una colaboración con la artista sonora Viviana Ramos, y formó parte de ¡Pase!, un programa coordinado por Galería Arte Continua. Conocí a Georgina Wong y Caridad Amarán, dos cantantes de la antigua compañía de ópera china de El águila de oro, sede actual de la galería italiana. De esta última experiencia han quedado textos poéticos, memorias sonoras y visuales, agradezco mucho a Luisa Ausenda por presentarme a esas mujeres, cambiaron absolutamente mi vida.

Invitada por las curadoras Aurora Carmenate y Gladys Garrote, Las fundadoras formó parte de la exposición Lyceum, dentro del Programa Colateral de la XIII Bienal de La Habana. El espacio que más me cautivó del antiguo Lyceum de La Habana, actual Casa de Cultura de Plaza, fue su biblioteca. Las fundadoras me permitió investigar sobre las mujeres que fundaron ese centro y reconocer toda la gestión intelectual y cultural que movilizaron en el Vedado. Fue un proceso bellísimo por lo que ese pasado desvelaba y muy angustiante también por lo poco que se reconoce. Finalmente, una de las acciones fue la presentación de un coro conformado por catorce mujeres que admiro y creo fundadoras,1 se presentó el día de la inauguración y se donó el ejemplar único de un libro, que recorría la historia de la biblioteca en el Lyceum y los hallazgos que la bibliotecaria, Heroína Mercedes, me confesaba. El libro desapareció.  

Estas obras tienen en común esos archivos, que reaparecen marcados por lo autorreferencial. A veces he sido más bien un megáfono, que ha soltado como avalancha lo descubierto. 

Investigo sobre performance a diario, sobre todo, me obsesiono con la obra de artistas y me pongo a hibernar ahí. Hibernar años con Tehching Hsieh, idealmente. Podría darte mi lista íntima, pero no me apetece. Hace algunos años conocí en La Habana a la performer y teórica brasileña Eleonora Fabião, recomiendo leer sus definiciones de “programa performativo”, en lo personal, recurro constantemente a sus investigaciones. Claro, Erika Fischer-Lichte con Estética de lo performativo fue súper influyente cuando empezaba a leer sobre performance, nombrarla me da mucha nostalgia porque recuerdo Criterios y aquellos días intensos de conversación matutina con la teórica alemana.

Eres coordinadora del Laboratorio Escénico de Experimentación Social (LEES), un espacio interactivo en el que creadores emergentes despliegan una plataforma de trabajo transdisciplinar.  ¿Cómo surge esta iniciativa y en qué consiste exactamente?

El LEES es una plataforma de artes vivas, que se ha empeñado en la formación y acompañamiento de los procesos de investigación que llevan artistas emergentes. Aunque se conoce como un proyecto de artes escénicas, su accionar, como bien dices, se ha movido desde un paradigma transdisciplinar. Su surgimiento está ligado a las acciones de Tubo de Ensayo, núcleo trasgresor que nació en las aulas del ISA. Por ello, creo que el LEES, desde su fundación en 2012, es el resultante de una generación decidida por la ruptura con los paradigmas representacionales del teatro cubano y por la experimentación. 

Definido por un trabajo sistemático en las áreas de creación y pensamiento, sostenido por laboratorios, residencias artísticas, talleres y la continua experimentación colectiva, el LEES es un habitáculo donde caben todas las preguntas y todas las palabras (mi noción preferida de esa construcción colectiva es “lo improducible”). En la gestión y ficción que han caracterizado algunos eventos con el apoyo del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, CNAE, (Residencia de Creación Inservi; Documenta Sur), unido a la coordinación de reuniones larguísimas en busca permanente de inspiración, se articula un pensamiento que va desde estrategias sensibles de curaduría, hasta redes de colaboración fuera de Cuba. 

Como parte del LEES conocí en profundidad a mujeres como Yohayna Hernández, Dianelis Diéguez, Marta María Borrás, Mercedes Ruiz y Maité Hernández-Lorenzo, lo que hemos puesto en común ha sido el tiempo para refundar los terrenos de la investigación-creación. Los artistas, teóricos, amigos y vecinos que han sido parte de estos años, podrían comentar cómo las experiencias acontecían en una casa, un edificio multifamiliar, un astillero o una montaña. Hablo de encuentros comunales y derivas por la ciudad, también hablo del tiempo para creer y crear colectivamente. 

Háblame de Castillos en el aire. 

La primera edición de Castillos en el aire,2 tuvo el formato de una feria. En una nave abandonada, conocida como la Escuela de Esgrima de Centro Habana, nos reunimos para presentar proyectos que tenían en común la autogestión. Se trató de un formato sencillo, de exhibición, con la intención de cohabitar, cada proyecto invitado llevaba una mínima muestra de su trabajo. Luego del evento, como parte de Espacios Ibsen. Jornadas de teatro cubano-noruego, no tenía la intención de repetir ese formato en el que no se proponía la conversación, no me interesaba el tufo a vitrina que tenía.

La segunda edición fue un taller colectivo en la Quinta de los Molinos, allí convivieron proyectos más situados desde lo comunitario, lo ecológico, la protección animal y la creación.3 En esa edición se buscaba crear un aprendizaje resultante del propio encuentro y conocer qué definía cada práctica, se trataba de mapear núcleos con la vocación de una transformación sostenible.

Recuerdo especialmente la experiencia en el Central Australia, durante Zona 0. Taller de Experimentación Escénica, coordinado por José Ramón Hernández Suárez, Osikán – vivero escénico experimental. En este caso se trató de un recorrido por las ruinas del central, con la guía de sus antiguos trabajadores. Al caminar junto a ellos aparecían las dimensiones de la maquinaria y el tiempo de producción de azúcar, terminábamos el recorrido con un ritual propuesto por el historiador de Jagüey Grande. No sé si site specific o deriva, se trataba de estar ahí, un estadío necesario para quienes llegábamos a ese lugar que tanta memoria guardaba. Lo recuerdo como una caminata sobre algo inexistente, que seguía resonando por quienes lo recordaban, nada más parecido a un castillo en el aire. También funcionó como un gesto mínimo de agradecimiento a José Ramón, por la invitación a vivir de cerca su investigación profunda en esa Australia, que dejó una obra potente y conmovedora como I love Australia

Esto me hace pensar que Castillos en el aire siempre ha formado parte de eventos inspiradores. La última experiencia fue un taller de escritura y creación colectivas en el Festival Sâlmon, Barcelona. El taller me permitió conocer a un grupo de jóvenes artistas, y pensar junto a ellos las posibilidades de una escritura no alfabética, desde el cuerpo. Al finalizar cada sesión los invitaba a compartir los proyectos que venían trabajando individualmente, era un momento de escucha que me interesaba mucho. A pesar de la corta duración del taller, quedó una energía de experimentación con objetos y maneras de “escribir con la lengua”, en sintonía con el programa curatorial de Bacanal, una fiesta diurna en Fabra i Coats que impelaba al espectador constantemente. 

Castillos en el aire se ha sostenido con la misma mutablidad que los proyectos independientes y colectivos que le han acogido, siempre me han interesado gestiones y emprendimientos de índole muy diversa. En el futuro, pienso que seguirá la lógica de su título: evocar espacios que no estén regulados o atrofiados por las lógicas normativas. En todo caso, la arquitectura de un castillo en el aire debe ser capaz de transformarse continua e inmediatamente. 

Me atrevería a decir que tu obra tiene, entre otros tantos pilares una profunda huella autorreferencial y feminista. Das la impresión de ser una mujer que transgrede límites y vives a plenitud todos tus impulsos creativos. También existe una búsqueda y una preocupación marcada hacia lo social, la voz del otro. ¿Qué te interesa expresar desde tu obra?

Es difícil que el feminismo no me afectara, la “normalidad” está plagada de machismos y violencia de género, así que lo primero que develó el feminismo fue esa “normalidad” heteropatriarcal. Las primeras lecturas estaban muy marcadas por un feminismo blanco y europeo, ahora está mucho más corrido y situado desde una práctica antirracista, desde Latinoamérica y desde feministas cubanas. De cualquier manera, soy apenas una lectora ávida, con ganas de aprender.

En lo personal, la verdad es que no sé si trasgreda límites y si viva a plenitud, estoy segura de que no es así, ese es un terreno demasiado idealista y yo estoy permanentemente situada en un espacio de fragilidad, doy pasos en arenas movedizas, lo político afecta totalmente mis procesos y padezco mucho mis silencios o mis denuncias. ¿Qué significa mi preocupación o mi acción social? Creo que bien poco, trato de decir lo que me parece injusto y también de ser coherente con lo que siento.

Me he sentido muy patética y muy sola, es cierto que el feminismo me convoca a rebasar esas sensaciones, en todo caso, me fuerza a cuestionarme por qué me he sentido así y desde dónde puedo cortar todo ese miedo; pero me cuesta un poco todavía. Mi obra puede expresar ese pánico, la sensación tan ambigua como absurda o gozosa de esta mujer que soy. 

Tu libro Los vegueros, ganador del premio de la Bienal Internacional de Poesía de La Habana, fue publicado por Colección Sur en el marco de la Feria Internacional del Libro de La Habana. ¿Qué encontrará el lector en este conjunto poético?

Me gustaría que el lector se sintiera atraído por la relación de un cuerpo con la memoria de la pérdida. La huella del tornado en la vida de personajes ficcionados que vienen de la historia del cementerio de La Habana, la poesía de Eliseo Diego y mi propio diario como voluntaria en muchos de los barrios nombrados en el cuaderno.

No es un libro extenso y eso me permitió trabajar con la intensidad. Dicha intensidad evoca como iniciación la sublevación de los vegueros, los nombres y la cruz de la Calzada de Jesús del Monte de Eliseo y culmina con la exactitud de los folios del registro de últimos entierros en el camposanto, citados en El primer cementerio de rango: una historia desconocida, de Lázaro Numa. La intensidad va marcada por la repetición, fundamentalmente por la presencia del dolor y el relato de lo roído, lo destruido y lo vivo en la prosa poética y el verso irregular. No quise regodearme en la retórica y en el balbuceo de las palabras, algo que muchas veces me sucede por el trabajo con el ritmo y lo performativo, más bien, quise concentrarme en el efecto que tuvo el tornado para una bebé de tres meses y en el que tiene hoy el sol que pega en esa iglesia habanera, como en la consecuencia que tiene en mí cuando pienso en la cruz desaparecida.

Quedé complacida y agradecida del trabajo editorial de la Colección Sur, fue una bella coincidencia que Yenys Laura Prieto, tú y yo, presentáramos poemarios dentro de la serie Narciso. 

En el 2016 fundaste “ediciones sinsentido”, un proyecto editorial que comenzó con una tirada de 100 ejemplares fechados, numerados y firmados por cada autor. Hasta la fecha ha publicado a autores como Nara Mansur, Fabián Suárez y Marién Fernández. En los últimos tiempos se ha mantenido muy activo por las redes sociales, por medio de su canal en Telegram, Facebook e Instagram, convirtiéndose en una forma única para compartir la palabra, a la que cada día se suman más personas. Coméntanos sobre esta experiencia.

Hace poco terminé un texto que revisitaba algunas ideas de Jean Luc Nancy, un filósofo que me seduce e impela mucho, y él hablaba de aguzar el oído, de cómo la lectura es una archiescritura y del efecto sonoro de las palabras. Créeme, es muy inspirador leerle mientras ordeno la experiencia colectiva de ediciones sinsentido durante la cuarentena. El 23 de marzo, abrimos un canal en Telegram con novedades editoriales para descarga gratuita al que se unieron muchas voces, ficciones y pulsaciones, desde diferentes localizaciones geográficas. 

Inicialmente leíamos fragmentos de esos 100 libros ya publicados,4 posteriormente se ha complejizado el trabajo con una serie/cantata de Charlotte Corday. Poema dramático y la colección #cuadernos, de la que ya han sido presentados Noticias del mar, de Marien Fernández Castillo, y Notas de Lear, de Rogelio Orizondo.

Este trabajo en particular no resume lo que es ediciones sinsentido, sin embargo, ha sido una manera de seguir dialogando e inspirándonos y asumir el reto de la cuarentena, el escaso Internet y las ganas de permanecer conectando la escritura con el espacio sonoro, abreviando distancias. Desde la fundación en 2015 de sinsentido, con Rogelio Orizondo y Arístides Hernández, Ares, he insistido en un diálogo crítico con los autores, con el objeto de dar visibilidad a una generación que explora las resistencias de una palabra desde lo discursivo y desde lo político, nos hemos permitido añadir y regodearnos en las notas, lo sobrante, las huellas del proceso. En resumen, se trata de un proyecto independiente sin ánimos de lucro que está abierto a colaboraciones. 

Recientemente obtuviste la Beca de Creación Prometeo que convoca la revista La Gaceta de la UNEAC, con la obra Una ópera china. ¿Qué propones con este cuaderno?

Me fascinaba la ópera china, la cultura china en Cuba, y las chinerías que vienen de mi relación con ese arte escénico, que conocí a través de Caridad Amarán y Georgina Wong. Una ópera china es un homenaje a esas cantantes, a lo que me compartieron con sus libros escolares y álbumes fotográficos. Son poemas que se componen de algo tan tremebundo y teatral como las obras de Reng Hang, también de lo común de mis visitas al barrio chino de La Habana, coinciden muchas figuraciones y sombras chinescas ahí, desde la esclavitud de los chinos que migraron a Cuba hasta la desaparición de sus sociedades con el triunfo de la Revolución. Pudiera decirse que es un poemario escrito en Zanja y Rayo, un lugar desde el cual imaginar a cientos de chinos culíes y chinos libres de California desandando estas calles. 

¿Qué experiencias creativas te gustaría experimentar en el futuro?

Me interesan mucho los espacios de colaboración. Sueño con hacer residencias de escritura e investigación en laboratorios que no tengan nada que ver con espacios artísticos. Por ejemplo, mi hermana Mabel es microbióloga, me encantaría estar un buen rato con ella en su lugar de trabajo, lo que me ha contado de sus procesos de análisis me atrae mucho. Quiero seguir experimentando con una serie de libros en #cuarentena y video poemas que subo a Instagram, son mi momento de relajación durante el día, para crearlos utilizo una colección de negativos que ha ido creciendo y reinventándose, todo gracias al archivo familiar que voy ocupando y a buenas amigas como Jamila Medina Ríos, que comparten sus tesoros. Estoy concentrada en la escritura, y quiero seguir explorando “escribir con la lengua”, aunque para eso quisiera colaborar con Adriana Urrea.

Actualmente, qué rasgos crees que definan a Martica Minipunto.

Me define la escucha. Me gustaría que me definiera el amor de Ana Cristina, mi hermana menor. Creo que no quedarán teatros, libros, gobiernos o telones pintados. En el futuro, lo único que quedará es esa hermandad. Me definen las ideas que defiendo, las personas con las que comparto espacios, las infinitas veces en las que me equivoco. Algunos rasgos: celulitis, carcajada, dientes separados, carmín, marbellín y el pelo muy descuidado. Hormigas, todavía muchas, excitándome. Miedos, recurrentes. Un cuento, MADE IN GDR, su título, Der Weinkeller

NOTAS

1. Inspirado libremente en Memorias de una cubanita que nació en el Siglo XX, de Renée Méndez Capote. Palabras para ser escuchadas en las voces de catorce fundadoras: Soleida Ríos, Yanet Hernández, Dianelis Diéguez, Joanna Montero, Darsi Fernández, Odette Bello, Mercedes Ruiz, América Medina, Claudia Calviño, Celia Ledón, Laura Liz Gil Echenique, Martha Luisa Hernández Cadenas, Karina Pino Gallardo, Maité Hernández-Lorenzo. 

2. Clandestina, La Marca, El oficio, Osikán – vivero escénico experimental, Vapor 69, Quiero Hacer Una Película (QHUP), ediciones sinsentido, entre otros.

3. Protección de Animales de la Ciudad, PAC; Akokán, proyecto comunitario de Los Pocitos; El hombre goma (Finca Melissa), reciclaje de materiales y aplicación a la agricultura; Supervivo, fanzine; Embajada Rebirth – Tercer Paraíso.4. Publicaciones hasta la fecha: Chesterfield sofá capitoné, de Nara Mansur Cao. Tarará, de Fabián Suárez. Penélope aserrando televiché, de Marien Fernández Castillo. La bahía, de Alessandra Santiesteban. Principio de un mapa para fugarse de este lugar, de Laura Liz Gil Echenique, Alessandra Santiesteban, Pedro E. Villarreal y Martha Luisa Hernández Cadenas. Habla Charlotte Corday por segunda vez, de Nara Mansur Cao, Martha Luisa Hernández Cadenas, Habey Hechavarría Prado, Jamila Medina, Karina Pino, Andrea Doimeadiós, Yohayna Hernández, Jaime Gómez Triana, Ana Arzoumanian, Marian Dames, Marcial Lorenzo Escudero, Carlos René Aguilera Tamayo, Broselianda Hernández, Marta María Borrás. Tarjetero Chesterfield sofá capitoné con fotografías de Alberto Korda y manifiesto de la EMPROVA. Álbum de fotos Zuleydis Depekin existe.Extintos aquí no vuelan mariposas, de Martha Luisa Hernández Cadenas.

Giselle Lucía. La Habana, 1995. Poeta y narradora

Miembro de la Asociación Hermanos Saíz. Graduada del Centro de Formación Literario Onelio Jorge Cardoso. Dirige el Grupo Literario Silvestre de Balboa y es profesora de la Academia de Etnografía de la Asociación Canaria de Cuba. Ha obtenido diversos lauros, entre los que destacan: Premio Nacional de Ciencias Sociales José Viera y Clavijo (2010), Premio de los VIII Juegos Florales (2010), Premio Nacional de Ensayo Benito Pérez Galdós (2011), Premio de Cuento Centenario de la Edad de Oro, de literatura para niños (2011), 2do Premio Farraluque de Poesía Erótica (2012), Mención en el Premio Regino Pedroso de Poesía (2012 y 2018), Premio de Glosas Jesús Orta Ruiz (2012), menciones especiales en el Premio Internacional de Poesía Ángel Gavinet de Helsinki, Finlandia (2012) y Premio Poemas al mar, en Puerto Rico (2012), Gran Premio de Poesía Fantástica Oscar Hurtado (2013), Premio Nacional de Poesía Benito Pérez Galdós (2014), Premio de Décima Indio Naborí (2016), Tercer Premio Ala Décima (2017), Premio Yasmina Calcines de décima erótica (2017) y Mención del Premio Pinos Nuevos de Literatura Infantil (2018). Textos suyos han sido publicados en antologías de países como Cuba, España, Chile, Perú, Estados Unidos, México, Finlandia y Puerto Rico.