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Literatura cubana contemporánea

Ciencia Ficción

Elisa

I

Visto a través de la ventanilla, y desde lejos aún, el Yelmo de Odín lograba impresionar. Un domo con dos protuberancias enormes, proyectadas hacia arriba. Un casco negro, dejado al azar por un dios tras su crepúsculo sobre la desnudez de la Luna. Me pregunté, por quinta o sexta vez desde que tomase el transbordador en Asimov Town, si de verdad valdría la pena, y concluí, por quinta o sexta vez, que eso no importaba. No tenía otra salida.

El interior del transbordador era un solo recinto, y desde mi asiento podía escuchar al piloto balbuceando contraseñas de atraque. Se pasó la mano por la frente un par de veces. Dos puntitos luminosos abandonaron el Yelmo y se dirigieron hacia nosotros. Cazas aeroespaciales. El piloto tapó el micrófono y soltó una maldición. Yo me recliné, intentando mantener la calma. El pasajero a mi lado se tocó la camisa a la altura del pecho, probablemente llevaba un crucifijo.

Desde más cerca, mientras circunvalábamos su perímetro, el Yelmo de Odín ya no impresionaba tanto. La superficie del domo estaba llena de abolladuras, producidas por el impacto de meteoritos menores, y los “cuernos” expulsaban chorros de gases a intervalos regulares. Un anillo de desechos sólidos rodeaba la instalación, incluidos fragmentos de grandes maquinarias y contenedores radiactivos. Me pregunté qué tiempo habría pasado desde la última inspección corporada de sanidad. Un cuarto de siglo, tal vez. El Yelmo de Odín era un enclave privado con más de veinte años de independencia.

El piloto logró recordar las contraseñas al fin, y entramos a uno de los hangares, escoltados por los cazas. Uno de ellos volaba ante mi ventanilla, y pude distinguir su insignia: Un rostro de mujer sin ojos, largas colas de escorpión emergiendo de las orejas y formando un signo de omega sobre el cráneo.

 

Media hora después, el oficial de servicio de turno revisó mi chip ID y esperó por el informe del escaneo de mi equipaje, tamborileando con los dedos sobre la mesa. El informe llegó junto al mismo equipaje, y el oficial frunció el ceño al ver los miniturbos y el arnés de espumas. Me miró de arriba abajo, evaluó mis ropas y me recomendó una habitación sencilla en el Nivel H, Sección Económica. Acepté la sugerencia, apretando los puños.

Envié el equipaje por delante, y fui directo al Pozo.

 

A diferencia de Asimov Town, donde los Pozos de Espuma se hallan soterrados, el Pozo local ocupaba el eje central del mismo domo. Era el mayor Pozo de la Luna. No en balde tantos espumadores acudían allí al menos una vez en la vida. El lugar de verdad inspiraba. Un kilómetro de altura. El mayor Pozo de Asimov Town medía sólo la mitad. Pero el tamaño no era la única diferencia.

En Asimov Town, todos los centros comerciales y clubs cuyas paredes coinciden con las de los Pozos, poseen enormes ventanales blindados, cuya vista se abre hacia el interior del cilindro, y desde donde todos pueden contemplar los duelos de los espumadores. Las secciones de pared sin tales ventanas están cubiertas por holoanuncios y grafitis de propaganda. Hacia donde quiera que uno mire mientras cae, al apartar los ojos de la espuma, sólo percibe siluetas borrosas, danzas de textos, luces y colores.

Pero el Pozo del Yelmo de Odín era un cilindro de paredes blancas y opacas. Sin ventanas. Sin público. Al menos esa fue mi primera impresión.

El segurante de guardia me dejó entrar sólo tras comprobar de cinco formas distintas mi licencia de espumador. Miré para otro lado cuando intentó, sin éxito, disimular una sonrisa; leía mi perfil de competencias y el promedio de ganancias. En realidad, creo que fue tan amable como pudo; al menos logró no soltar la carcajada.

Un lince no debería intentar correr en la pista de las onzas. Yo debía estar loco.

Un par de ascensores instalados en paredes opuestas del cilindro servían para subir a los duelistas hasta el techo —en Asimov Town se llegaba a las plataformas de salto atravesando pasillos ocultos. Luego descubrí en las paredes, dispuestas a intervalos, unas doscientas o trescientas holocámaras, y en el suelo, bajo unos toldos, unas libélulas teleguiadas, modelo militar, quietas pero despidiendo un leve zumbido.

El segurante, de cuyo lado no me había despegado aún, me tocó en el hombro:

—Aquel es el campeón de Petardos S.A. Viene duro este año. Tal vez desbanque a Muro, ¿sabe?

Muro se hacía llamar el campeón local, invicto durante diez años. Lo había leído en alguna parte. Respecto al señalado por el segurante, se trataba de un tipejo enclenque y nervioso, que mientras subía en el ascensor no dejaba de dar brinquitos y rascarse los sobacos. Lo seguí con la mirada mientras pude.

Me volví hacia el segurante y él se me anticipó, con una sonrisa, prestándome el display de una libélula que zumbaba por allá arriba y enfocaba ya en sus cámaras al tipejo.

El campeón de Petardos S.A. se asomó al vacío desde el borde del ascensor, gritó una docena de malas palabras para darse ánimos, y se dejó caer. Al instante sus miniturbos lanzaron un fogonazo, y su arnés soltó un chorro de espumas.

Era bueno. Muy bueno.

Al tercer chorro de espumas identifiqué la obra: Rómulo y Remo. A una escala de diez por uno. La espuma color bronce salía disparada a chorros de los tubos sujetos al arnés del hombre. Parecía dilapidar sin remilgos, y calculé que no podría concluir la pieza. Las obras a escalas muy aumentadas se cotizan bien, pues los duelistas cuentan con un volumen de espuma limitado. Un chorro mal ubicado significa dos opciones; apartar y lanzar lejos el trozo a manotazos o patadas para volver a aplicar espuma, o arrancar la sección y pegarla en el sitio correcto. En ambos casos, es una pérdida de tiempo valioso, y también de material. Pero, bueno, pensé, es sólo una práctica… Sólo que cada chorro iba siempre a dar en el lugar justo. De hecho, en el lugar demasiado justo. Incluso los chorritos no mayores que un dedo meñique.

Un poco más allá, bajo un toldo, un tipo gordo se inclinaba sobre una terminal. No miraba al espumador. Su agente, sin duda. Yo nunca había tenido uno. Me acerqué a él por detrás y miré la pantalla. Allí no se veía al espumador. Sólo cifras y más cifras.

Velocidad de caída, estrategia de movimientos y chorros, ángulos y presiones. La terminal, junto con las IAs que controlaban el ensayo, concedían a la obra una dificultad de 9.4 en la escala de 10.

La obra estuvo terminada cuatro segundos antes de tocar el piso, sobre el que se deshizo en una plasta espumosa. Logré verla completa por un instante. Era casi perfecta. Las IAs le dieron la calificaron como de 9400 en la sempiterna escala de 10 000.

El campeón de Petardos S.A. cayó a un lado del informe montón de espuma, que ya media docena de cíberes se encargaban de retirar. Otro espumador subía a la plataforma. Me fui del Pozo, con un humor de perros. Si los demás poseían al menos la mitad de la destreza que éste, yo no tenía la menor oportunidad.

Estaba fuera de mi círculo. Todo había sido un error.

O, sencillamente, lo inevitable.

 

Me quedé un rato, sin embargo, merodeando por las puertas del Pozo. Quizás viera alguna cara familiar. Quizás algún viejo rival reconocido. No iría corriendo a llorar en su hombro, claro. Los espumadores no nos tratamos bien. Pero tal vez podría entrar en la multitud de apostadores, en vez de jugarme el pescuezo en el Pozo.

También tenía ganas de ver al famoso Muro.

Desde diez años atrás, desde la llegada de Muro al Pozo del Yelmo, ningún foráneo se cargaba el premio gordo. Yo nunca había visto a Muro. Lo imaginaba delgado y nervioso, de largas extremidades y ojos saltones. Todos los buenos espumadores son así. Yo era así. Solía serlo. Y también solía ser bueno.

No hubo suerte. Ninguna cara familiar. Nadie lo suficientemente notable como para pensar que era Muro.

Ninguna cara familiar. Pero sí una máscara harto conocida.

 

Jaques me miró con sus ojillos rasgados desde el pasillo, e hizo un gesto de reconocimiento. Quizás debí ignorarlo. Pero los viejos amigos son los viejos amigos. Sobre todo cuando no hay deudas de por medio.

Nos abrazamos en silencio y entramos a un bar. Siempre que encuentras a un amigo, hay un bar a pocos pasos. Supongo que es lo lógico, sobre todo entre amigos que frecuentan los bares.

Tomamos una mesa y lo miré de arriba abajo:

—Qué armonías rompes, tirado. Creí que podía olvidarte.

—Ya no somos niños, Gacha. Deja esa jerigonza de barrio y te pago un Arriba Himalaya.

—Mejor una soda. El alcohol mata las neuronas. O eso dicen.

—Si dejaste de quemar combustible, tienes que haber cambiado mucho —comentó, pasando su chip ID por la placa de la mesa y hundiendo un dedo en el holomenú del centro.

Dos Arriba Himalaya. No protesté. El Yelmo era uno de los pocos enclaves lunares donde nadie te arrestaba si pedías alcohol.

—Vistes mejor —reconocí—. ¿Cambio de sastre?

—Me pasé al virtual.

—¡Bueno! ¿Pones ladrillos o los rompes?

—Los rompo. Es más decente.

—Un brindis por eso —ya teníamos las copas en las manos—. Por el arte de la destrucción.

—Y por la destrucción del arte.

—¿Qué haces aquí? ¿Enganche con el Yelmo? No sabía que fueran tan independientes.

—Nada de eso. Me escondo. Allá abajo… o arriba, en Mamita Tierra, mi cabeza vale megas para E-P. Las hice buenas. No creerás que me he comido las uñas de los pies todos estos años.

—Estás aislado, entonces.

—La RED no tiene fronteras, asno de tubería.

—Yo de eso no sé nada —repliqué—. Lo mío es la espuma.

—Sí, ya… En fin, aquí merodeo, esperando a que empiece la fiesta.

—¿Qué fiesta?

Sonrió condescendiente:

—La Gran Fiesta, querido. El Sexto Concilio de Pelacebollas del mundo libre. Aquí se juntan los máximos, cada dos años. Y tras chacharear medio día, asombrándose unos a otros con novedades, salen en pandilla a destrozar la RED. Claro, las IAs cazadoras enseguida salen a campear, pero con diez o veinte minutos basta para formar un estropicio memorable. Amigo mío, esta vez vamos a pelar la Gran Cebolla Inmaterial, pellejo por pellejo, hasta dejarla en el hueso.

—¿Y estás invitado?

—Nadie está invitado.

—¿Entonces?

—El recinto de la reunión está protegido. Si logras romper la coraza y entrar, es que mereces estar ahí. Es el único requisito.

—Ya veo. Y deduzco además que has ganado en autoestima.

—Un brindis por mí, entonces… Y otro por ti. ¿Esperas hacer mucho?

Señaló al Pozo con el mentón. Yo evité seguir su mirada.

—Te será fácil. Eres el mejor. Siempre lo fuiste, desde niños —rió, dándome una palmada en el hombro a través de la mesa.

Ojalá yo hubiera estado la mitad de convencido que él. Al cabo de un rato intercambiamos números de habitación y se marchó. Yo dejé mi copa, aún mediada, sobre la mesa. Con los años, el alcohol había perdido su atractivo. Al igual que tantas otras cosas. La RED, la espuma, todo es lo mismo. Las cadenas de la libertad.

 

Recorrí los parques bajo cúpula —muy pocos y grises— del Yelmo. Estaban vacíos, a excepción de algunos paseantes igual de grises. En el centro de uno de ellos descubrí un bar infantil, con sólo dos o tres mesas ocupadas. De niño siempre adoré las malteadas. Respiré hondo, y fui hasta allí en una carrerilla, sorteando columpios y tiovivos.

Crucé el local y me senté en la barra. Así al menos podría sacar de quicio al barman con mil preguntas innecesarias sobre la vida, los sueños y los ángeles. Un chasco. Quien atendía era un autómata disfrazado de reno. Sus cornamentas apuntaban hacia abajo, y por ellas fluían las malteadas y limonadas. Hice mi pedido y me acodé en la barra, dispuesto a pasar allí el resto de mis días, sin moverme, hasta el Día del Juicio.

 

Al cabo de un rato, una muchachita ocupó la banqueta a mi derecha.

Catorce años, barrunté con indiferencia. Acaso más, a juzgar por su expresión de dureza y retraimiento. O menos, a juzgar por su ropa. Botas militares, poncho amarillo, minifalda de seda negra, guantes de telecontrol, sombrero de copa.

Pidió una limonada, inclinó la cabeza hacia mí, y dijo:

—La muerte no es algo tan terrible, ¿sabes?

Creí que hablaba con alguien a mis espaldas. Sólo al pasar un minuto completo, pensé que esperaba mi respuesta. Por si acaso, me volteé. Nadie. Volví a mirarla. Había enarcado las cejas. “Sí, imbécil, es contigo”, decía su cara.

—¿Qué sabes tú de eso? —la amenacé con el mentón.

—Yo estaba en la clínica cuando mi abuela murió. Papá salió a buscar a un médico amigo suyo. Yo seguía con ella, y me decía cosas graciosas. Después empezó a gritar que le dolía. “¿Qué te duele?”, le preguntaba yo. “¡Me duele, me duele!” Corrí a buscar a papá. Cuando regresamos, abuela tenía espasmos y ya no respondía. Después se quedó quieta. Y después vinieron a llevársela, y cuando la levantaron vi que la sangre se le había ido para la espalda y la tenía violeta.

Todo esto lo dijo de un tirón. Bajó la mitad de su limonada y siguió:

—Una vez tuve un desmayo. Estaba sentada, y de repente en el piso. No noté la caída. Ahora aquí, y ahora allí. A abuela le dolía, y de repente ya no le dolía. Un desmayo es muy parecido a la muerte. Así que cuando sabes más o menos cómo es, ya no es tan malo.

—Habías dicho “terrible”, no “malo” —le señalé.

—Perdón —contrajo la cara—. Es lo mismo.

—No es lo mismo —sacudí la cabeza—. Eso es estúpido.

—Da igual —terminó su limonada y dejó el vaso sobre la barra—. Como quiera que sea, es de repente, y eso es lo que importa.

Sentí miedo de que se fuera. Quería seguir hablando. Le rogué esperar con un gesto, y pedí otra malteada y otra limonada. Ella no se movió. Sólo tomó su vaso, lleno otra vez, y parpadeó.

—No es tan de repente —objeté—. A veces hay dolor. Tú misma lo dijiste. Y el dolor es terrible. Y malo, también.

—Eso es verdad —aceptó—. El dolor no me gusta —me miró sin pestañear—. ¿Tú has sentido dolor?

—Todos hemos sentido dolor.

—Pero quiero decir… ¿Mucho, mucho dolor?

Le fruncí el ceño. O tal vez, me lo fruncí a mí mismo.

Se encogió en la banqueta y tuve miedo otra vez. Cambié el tema:

—¿Y esos guantes? ¿Son para controlar tu juguete?

—Mi juguete —se miró las manos enguantadas, abrió y cerró los dedos—. Sí, es mi juguete.

—¿Y dónde está? —miré hacia el parque, intentando descubrirlo—. ¿Qué es? ¿Un modelo de monoplano, una mascota?

—Es una mascota —de súbito rió—. Una mascota. Y la dejé por ahí. Puede estar sola. No le va a pasar nada. Todos la adoran. Otro día te la enseñaré. Ahora me voy. Gracias por la limonada.

De repente la banqueta vacía. De repente su poncho amarillo saliendo por la puerta. De repente ya no estaba. Como la muerte, así de repente.

No tenía sentido seguir allí.

A la salida, casi tropecé con un alguien a quien confundí con un algo.

Era un hombre sin piernas ni brazos, sólo tronco y cabeza, instalado en un exoesqueleto cuadrúpedo con dos manipuladores. Descubrí que me miraba con fijeza, aunque sólo por un instante. Su cara giró cinco grados escasos, y yo ya no existía para él.

Un veterano mutilado, deduje, un apostador histérico. Los espumadores somos asediados por tipos así. Te siguen a todas partes, observan tus movimientos y calculan tus reflejos, te miden como a un caballo de carreras, y deciden si apostar o no a tu favor. Lo curioso es cuán acertados llegan a ser sus juicios. No importa lo muy torpe que pretendas ser, ni la cara de imbécil que pongas. Si eres bueno, ellos lo adivinan. Rara vez fallan.

Aquel pedazo de hombre era sin duda un buen adivino. Su exoesqueleto era de primera calidad, y su mantenimiento, impecable. Iba bien afeitado y peinado, y su cutis lucía de buen cuidado. Olía a perfume caro, y las piezas de ropa que lo cubrían, ocultando las conexiones nerviosas al engendro de metalplás que le servía de cuerpo, bien podían ser orgullo de un oficial corporado.

Lo observé por unos segundos, luego me alejé sin mirar atrás, y a los pocos pasos ya me había olvidado de él por completo. El sistema de audio general del Yelmo de Odín anunciaba los duelos de la tanda inmediata y, entre los primeros, mencionaban mi nombre.

 

II

Puedes llevar años jugando con la espuma. Puedes ser de los mejores, de los ricos y famosos. Puedes sentirte un artista, un creador, un dios. Pero cuando estás allá arriba, en la plataforma, y miras al vacío que se abre a tus pies, los viejos instintos salen a flote y, como el resto de los mortales, temes la caída. Tus manos se mueven hacia los miniturbos, como para comprobar si funcionarán, para sentirlos allí, y sólo se detienen porque sabes que hay miles, millones de ojos enganchados en tu figura solitaria, en tu cara sudorosa, en tus ojos cerrados.

Entonces suena el timbre, y te arrojas al vacío.

O como hacen los verdaderos profesionales: serena y grácilmente, te dejas caer, como en un dulce desmayo. Así lo hacen quienes nadan en millas cúbicas de autoconfianza, seguros de tener todo el tiempo del mundo para completar su obra antes de tocar el fondo.

El timbre sonó. Y me lancé atropelladamente, como un novato. El Pozo de Asimov Town hubiera saludado esta acción con un chiflido masivo. En el Pozo del Yelmo, sólo silencio. Y soledad.

Pero los reflejos son los reflejos. La base de espuma que había soltado apenas mis pies se despegaron de la plataforma ya caía, a cinco metros por debajo de mí. En treinta segundos tocaría el piso. Treinta segundos, es todo cuanto dura la gloria. O el patíbulo.

De treinta, me quedaban veinticinco. Así de simple.

Corté por un segundo los miniturbos, caí y encendí de nuevo. Tres segundos menos. Pero los reflejos son los reflejos. Mis manos y pies, por sí solos, ya atacaban la espuma, disparaban nuevos chorros, colocaban, amasaban, formaban, llenaban, vaciaban, creaban.

Las terminales e IAs del Pozo le habían concedido a mi obra una dificultad de 7.3. Es una cifra rayana en el ridículo para cualquier profesional. Muchos consideran que bajar de 8.5 es una ofensa al público, y a sí mismos. Pero no me importaba. Sólo quería saltar, fracasar y largarme. Adónde, no lo sabía. Era lo mismo.

Quizás por eso había elegido algo tan sencillo. 7.3. La Venus de Milo.

Mientras caes, el tiempo se alarga. Una parte de tu mente, por sí sola, estudia cada ángulo, premedita cada gesto. La otra parte sólo contempla.

Mis pies desnudos se enfrascaron en las caderas. Mientras, vi mis manos formar el torso, los hombros, la cintura… Las vi formar el rostro, y allí fijé la mirada, mientras mis manos seguían hacia los célebres muñones. No me interesaban mis manos. Mucho menos, mis pies. Mi cronómetro interno aún ofrecía un margen de diez segundos. La obra estaba casi completa, pero los puntos ganados por terminar antes de tiempo serían severamente contrarrestados por la baja dificultad. No había caso.

Así que seguí mirando aquel rostro blanco, aquellos ojos sin pupilas de la Venus…

La primera vez que me arrojé de una plataforma, en un Pozo, también tenía la Venus en la cabeza. Con sólo doce años, un miniturbo acatarrado y un cilindro de espuma de mala calidad, quise tener a la Venus en mis brazos, estrechar su vientre, acariciar su espalda y su cuello, imaginar que sus brazos ausentes se extendían como alas, y quedarnos entonces flotando en el centro del Pozo, ante el asombro de todos, y luego ella me llevaría volando consigo, hacia un lugar muy lejano, una habitación con columnas donde se sentaría a mi lado, tomando mis manos entre las suyas, para darme las gracias…

Nada de ello ocurrió, por supuesto. Solté el chorro de espuma, el miniturbo estornudó, se apagó, y yo caí hasta el piso, rompiéndome una costilla. La masa de espuma me cayó encima un rato después. Tuve que librarme de ella y buscar una clínica sin ayuda de nadie. El Pozo estaba vacío aquel día.

Justo mientras recordaba la cara de la enfermera al mirar mi flanco amoratado en la clínica y apartar con desprecio mi arnés de espuma barata, mis pies tocaron el piso, y el rostro de la Venus resbaló hacia abajo, para fundirse en el amasijo de espuma sin forma en que se había convertido mi obra. Me quedé un rato allí, con los miniturbos aún encendidos y amenazando con arrastrarme, tratando de darme cuenta de si había logrado terminarla o no. Cualquier sonido proveniente del público hubiera bastado. Pero no allí, en el Yelmo.

Bien, que fuera lo que fuera.

Apagué los turbos. Un pelotón de cíberes vino a limpiar la espuma. Levanté la mirada hacia la pantalla de anuncios a los espumadores, para ver mi puntuación. Sentía que era estúpido, pero así son todos los rituales. Y por muy fracasado que uno sea, los rituales deben ser respetados. Es lo que distancia a un fracasado honorable de un paria fracasado. Si bien, a decir verdad, mi honor era apenas un fantasma en mi cabeza por aquellos días. Supongo, pues, que era el hábito, más que el ritual. Esos hábitos terribles que nos construyen y nos condenan.

Ningún jurado de IAs daría a una actuación como la mía una puntuación superior a 7000. Y puede que incluso 7000 fuera mucho.

La pantalla estaba en blanco.

Y un minuto después, seguía en blanco aún.

Alguien me llamó desde la puerta al Pozo. Fui hasta allí. El ritual también dispone que el espumador saliente se cruce con el entrante. Nadie salía a cruzarse conmigo. Atravesé la puerta, alguien me devolvió mis zapatos, me tomó del brazo y condujo a un cubículo vacío, y me sugirió esperar allí.

 

En el cubículo había poco más aparte de la silla en que me había sentado. Una panopantalla frente a mí parecía un campo de batalla de cifras, palabras e imágenes. Una batalla de opinión entre IAs, deduje, notando algunos iconos. Mi nombre se repetía allí dentro una y otra vez, y eso me impuso un soplo de interés.

Pero igual, no entendía nada.

Alguien entró al cubículo. Una mujer entrada en años, con un vestido gris y sin maquillaje. Apagó la pantalla y me miró de reojo:

—Gacha. ¿Así te llamas, o te llaman?

No respondí. Recuerdo haber hecho un par de gestos. De disculpa, o algo así.

Dos hombres entraron con una terminal portátil.

—No te muevas —dijo la mujer.

Los hombres me colocaron una redecilla en la cabeza. Uno de ellos oprimió un botón en la terminal. El cubículo se oscureció.

 

Cuando volví a sentir luz en las pupilas, los hombres se habían ido. Un hilillo de baba me colgaba del labio. Lo limpié. La mujer seguía allí, mirándome un poco más de reojo que antes:

—Gacha Duán, eres un animal.

Tampoco respondí a aquel comentario.

Ella avanzó hasta mí, y puso los brazos en jarras:

—Bueno, pronto saldrás de este cuarto. En el pasillo te espera mucha, mucha gente. Creo que te convendría saber algunas cosas.

Asentí, estúpidamente.

Ella habló con voz monótona:

—Una de nuestras IAs procede de Corporación Información. La compramos a muy bajo precio, a alguien que, por lo visto, tenía muchas deudas. Eso no nos importa. Pero esta IA había sido analista de arte antiguo, y participado en un proyecto de Información que intentaba descifrar la forma original de ciertas esculturas rotas por el tiempo o desaparecidas. El proyecto se llamó “Prometeo C1000”. Millones de referencias sirvieron de desayuno a cientos de IAs, y éstas dieron sus conclusiones. Información anunció una exposición de 3Ds diseñadas a partir de las sugerencias de las IAs.

“Los críticos atacaron aquel proyecto. ‘¿Cómo unas IAs se atrevían a retar la imaginación humana? ¿Cómo unos tecnoartistuchos se atrevían a dejar a las IAs atreverse? ¿Cómo asesinar el suspense poético de aquellas truncas maravillas…?’ Disculparás si te sueno a enciclopedia, pero he citado textualmente —se tocó la sien— del extracto de dossier que Información se dignó a concedernos. Sigo… Información se hubiera limpiado las uñas con aquellas vocecitas escandalizadas, pero otras voces poderosas entraron en el foro…

“Millones de productos se vendían empleando como IDs comerciales aquellas esculturas. Miles de empresas independientes pagaban megacréditos por el derecho de usar aquellas figuras incompletas. Y a la cabeza del desfile de protesta se alzó la propia Corporación Consumo, ama y señora de todos los derechos sobre IDs comerciales. Dicho sea de paso —sonrió—, es una de las pocas guerras entre Corporaciones que han salido a la luz pública… Información tuvo que tragarse su proyecto, y clasificar sus resultados. Las 3Ds nunca fueron divulgadas. Nadie, a excepción del equipo de trabajo y sus IAs, las vio nunca. Ni siquiera el propio Presidente de Información, según se asegura…”

Hizo una pausa, e inclinó la cabeza:

—A lo mejor te convendría ver esto.

Señaló a la pantalla con un dedo. Esta se encendió.

Un Pozo. Una plataforma. En lo alto: yo.

Me vi lanzarme, soltar la espuma, apagar y encender los turbos. Me vi delinear la escultura, desde una docena de ángulos. Me vi con la cara tranquila, mirando al rostro de la estatua, mientras mis manos formaban los célebres muñones… para luego seguir añadiendo espuma, más espuma, formando brazos, manos, dedos…

Me vi aterrizar, mientras la estatua se deshacía en una plasta de espuma ante mí, y los brazos imposibles se desprendían del torso para caer rodeando mi silueta, como abrazándome…

Un gesto de la mujer, y la imagen corrió hacia atrás, un segundo antes de que mi obra y yo tocáramos el piso. Un gesto, y mi cuerpo se borró, quedando solo la estatua. Un gesto más, y la estatua ocupó una mitad de la pantalla, mientras otra Venus de Milo surgía a su lado.

—A la derecha, tu obra de hoy —dijo la mujer—. A la izquierda, la Venus de Milo diseñada por las IAs de aquel proyecto.

No miré mucho la estatua. La conocía de memoria, hasta el mínimo detalle.

Excepto por los brazos.

Uno caído a un lado del cuerpo, pero separado de él, lánguido. El otro extendiendo la mano, palma hacia arriba, ofreciendo una gracia, tal vez pidiéndola.

Brazos imposibles en ambas estatuas. Idénticos en ambas, hasta el último ángulo de la articulación de los meñiques.

La pantalla se apagó. Miré a la mujer. No recuerdo si tenía ganas de preguntarle algo. Quizás sólo quería que siguiese hablando.

Y ella siguió:

—Hemos registrado tu memoria a corto y largo plazo. Nunca viste las 3Ds de las estatuas reconstruidas, ni siquiera oíste hablar del proyecto. De hecho, ni siquiera habías nacido, entonces. No tienes enlace de ciberpuerto ni comsat en tu cráneo… en realidad, nada de wetware. Eres un perfecto crustáceo.

Se inclinó hacia mí, y su voz se hizo cortante, casi cruel:

—Óyeme, Gacha. Ya sé quiénes fueron tus ancestros hasta la quinta generación. Sé lo que comes, cagas y sueñas… Pero no sé lo que eres. Supongo que tú mismo no lo sabes. Quizás haya un dios, y tú seas su mensajero. Quizás es tu día de suerte. El único día de suerte que una persona puede permitirse en toda una vida. No lo sabemos… Ahora, sal allá afuera, firma autógrafos, recoge tus ganancias, ve a tu habitación o al bar, búscate una puta, lo que prefieras… Ya hablaremos otra vez.

Se alzó y fue hasta la puerta. Con un último gesto, encendió la pantalla, y salió.

En la pantalla se veía el Pozo. Vacío, tranquilo. Sobre la imagen desfiló mi nombre, seguido por una puntuación.

9300.

Me levanté.

No me había quitado los miniturbos, en todo el tiempo que llevaba sentado. Tampoco el arnés de espumas. No por gusto me dolían los riñones.

Salí.

Un pasillo abarrotado de gente. Decenas de manos buscaron la mía. También buscaban mis brazos, mis hombros. Me golpeaban con entusiasmo, acariciaban, suplicaban, zarandeaban. Soy alto, muy alto, y pude ver que el pasillo estaba repleto de gente de principio a fin. Todos se esforzaban por llegar hasta mí. Empujones, insultos, riñas, golpes.

Alguien me chilló en el oído. Alguien me besó la frente.

Fue el instinto, supongo. Encendí los miniturbos, me sacudí y ascendí hasta el techo. La gente rió, gritó, coreó mi nombre. El techo era bajo, y las manos extendidas me tocaban aún. Aceleré y volé —pasillo arriba o pasillo abajo, no importaba—, sacando chispas del techo y las paredes con mi arnés de espumas, despellejándome los hombros y las pantorrillas. Era un muñeco volador. Un saco de papas con un cohete. Rompí varias lámparas. Golpeé a mucha gente, que saltaba intentando capturarme. Doblé un recodo, otro, otro más. Mis turbos tosieron y se apagaron.

Caí al piso, y miré en derredor. Estaba solo.

Aunque duró muy poco tiempo.

 

Ella esperaba al doblar de la siguiente esquina. El mismo poncho amarillo, las mismas botas militares.

—Me llamo Elisa —dijo—. Había olvidado presentarme. Y tú eres Gacha. Eres muy famoso ahora. ¿Me invitas a un helado? ¿Dejas que me vean contigo? Anda, por favor…

Aturdido, no sabía qué decirle. Entonces noté la falta de mi arnés de espumas. Debía haberse desprendido en mis tumbos y tumbos. Yacería en un rincón, pisoteado por todos aquellos locos. O acaso rescatado por algún apostador pragmático, para ser vendido como pieza curiosa. “Mire, este es el arnés de Gacha, el que le puso brazos a la Venus de Milo, se lo vendo en…” La pérdida me obligó a reaccionar:

—Carajo carajo carajo…

Levanté la cara. Elisa me miraba con susto:

—Oye, bueno, tú sabes, puede ser otro día… —se envalentonó de nuevo— Pero otro día seguro, ¿verdad? ¿Lo prometes…?

—Mira… —le dije al fin— No sé qué está pasando. O a lo mejor lo sé, y no me lo creo. No sé si habrá otro día, así que mejor vamos ahora. ¿Chocolate?

—El chocolate engorda.

—De almendras, entonces. Lo que quieras.

Ella batió palmas.

 

Elisa conocía los lugares tranquilos del Yelmo. En el local donde entramos solo había niños, y un par de viejecitas. Los helados en la vitrina lucían bien; grandes y cremosos. Me quité los miniturbos chamuscados y los puse bajo la mesa. Respiré hondo.

Un muchachito nos trajo los helados. Lucían como los de la vitrina. Sabían aún mejor de lo que lucían. Comí en silencio. En una esquina había una panopantalla, que poco a poco fue absorbiendo mi atención.

Era solo un locutor. Un locutor sobre un fondo fijo; una vista del Vesubio en erupción congelada.

“A solicitud de las IAs del enclave independiente conocido por Yelmo de Odín, Corporación Información ha accedido a desclasificar una 3D, producto de una investigación archivada, que revela los contornos de la Venus de Milo tal como debió haber sido originalmente —la 3D misma ocupó la panopantalla por unos segundos.

“Un espumador —una cinta informativa sobre quiénes eran los espumadores y a qué se dedicaban pasaba por el borde inferior de la imagen— de nombre aún no divulgado ha reproducido el resultado del proyecto de Información. Una IA proveniente de esa notoria Corporación —otro cintillo declaraba que se investigaba sobre cómo aquella IA de alto acceso había llegado al Yelmo—, notó la semejanza entre ambas obras, detuvo la decisión arbitral e inició un pleito de opinión con sus pares en el consejo arbitral. La demora ocasionó gran conmoción en el Yelmo y entre el público que seguía la evolución de la competencia desde la Tierra y las ciudadelas orbitales.

“La IA en cuestión era incapaz de emitir un juicio imparcial inmediato, puesto que, por un lado, la forma en que la obra había sido realizada ameritaba significativos puntos extras en la calificación del espumador, mientras que, por otro lado, no podía ofrecer tales puntos sin exponer razones de peso, es decir, revelar datos que, por ley corporada, eran irrevelables.

“Tras un inquieto impasse, y a sugerencia de la IA en cuestión, las autoridades del Yelmo abrieron un enlace con Información. Esta última aceptó liberar la imagen a cambio de una notable cifra en megacréditos, y la cesión de ciertos derechos no divulgados aún sobre propiedades y producciones en propiedades terrestres del Yelmo. A su vez, el Yelmo, en beneficio de la imagen de transparencia de su famoso certamen, y en afán de conservar la reputación de su consejo arbitral de IAs, aceptó pagar.

“En estos momentos, Información se encuentra involucrada en violentas negociaciones con todas las entidades que emplean la Venus como emblema comercial. Se cree que estas entidades exigirán severas reparaciones a Información, en términos de supresión de deudas contraídas, sufragio de proyectos, diseños de nuevas IDs de mercado, y otras conveniencias.

“Por lo pronto, se sabe que las ganancias del aún anónimo espumador —mi cara salió por breves segundos, con expresión estúpida y salpicada de espuma—, gracias a su actuación y la puntuación recibidas, ascienden a dos megacréditos. Pronto habrá más noticias…”

Terminé mi helado. Pasé la muñeca sobre la placa lectora de la mesa. Sentí la transferencia de crédito. Sentí la existencia de crédito en mi chip ID. Dos megas. Dos millones de créditos. Dos veces un millón. Diez veces doscientos mil. Cinco veces cuatrocientos mil. Dos millones de veces uno… Las diversas, casi infinitas, formas de encarar semejante cifra me tuvieron hipnotizado durante varios minutos.

Cuando volví, más o menos, a la razón, ya Elisa devoraba su quinto pedido. Las copas vacías se alineaban ante ella como flores de metal.

—¿Estaba rico? —le pregunté.

—¿Ya se acabó? —me puso unos ojazos así.

Riéndome, llamé y pedí otra ronda. Desde años atrás, tantos años, no tomaba tanto helado.

Desde que yo mismo era un niño.

 

—Vivo por allí —señaló una dirección abstracta hacia una serie de pasillos—. Te veré en la competencia, mañana. Ojalá sigas ganando —y se fue despacito.

La observé hasta que dobló una esquina y desapareció. De repente me encontré sin nada que hacer, ni que pensar. Pero ya alguien se encargaba de pensar y hacer por mí.

—¿Gacha Duán?

Era un típico segurante de enclave independiente, ya saben, armadura de segunda mano y ojos nerviosos. Me tomó del brazo gentilmente, lo que, teniendo en cuenta su mano enguantada en servomecanismos, era toda una proeza:

—Alguien desea verle.

Le acompañé sin chistar. En realidad, con cierta satisfacción. Desde hacía mucho, nadie deseaba verme.

 

La misma mujer, en su vestido gris y sin maquillaje. Esta vez de pie en el centro de un ballet de holopresencias. El lago de los cisnes, tal vez. Alguien cerró una puerta, dejándonos solos.

—Soy Ruccia Phalco, la administradora de este enclave, señor Duán.

—Puede llamarme Gacha, señora Ruccia. Ya lo ha hecho antes —metí las manos en los bolsillos—. También me llamó “animal”.

—Era un elogio —me miró ladeando la cabeza—. No lo tome a mal.

Encogí los hombros. Ella pestañeó, y el ballet se esfumó.

La estancia era una vacía inmensidad.

—Conozco a tu tipo, Gacha —dijo ella—. Les basta una gota de triunfo para sentirse los amos del mundo.

—Mañana volveré a cagarme en los pantalones al subir a la plataforma —repliqué—. Pero espero dormir tranquilo hoy.

—Mis sabuesos detectaron hoy a dos hombres de los hermanos Río, en nuestro astropuerto. ¿Sigues con ganas de dormir?

—¿Cuánto han subido las apuestas desde mi actuación de esta mañana?

—Bastante. Mucho. Los adivinos astrales ya han tomado nota de tu nombre. Hay miles de locos atrincherados en los pasillos que llevan a tu habitación. Sabes cómo es. Lo sabes bien.

—¿Entonces?

—Los negocios son los negocios, y tú, Gacha, eres negocio. Hasta que dejes de serlo, claro… Por cierto, ¿cuánto debes a los Hermanos Río?

—Quince megas. Pero si me leíste el cerebro, debes saber…

—Un espumador debería dedicarse solo a la espuma. Cada gato a su ovillo.

—Ya aprendí la lección.

—Hemos mudado tus pertenencias a otra habitación, en el nivel de seguridad. Allí estarás tranquilo.

—No quiero guardaespaldas.

—Tampoco es para tanto. Hay muchos triunfadores allá afuera. Puede que tú seas algo distinto y hayas tenido un golpe de suerte. Pero eso es todo. Nuestras precauciones son las mínimas. Si te metes en un rincón oscuro, tus espaldas son tu responsabilidad.

—Por mí, está bien. ¿Algo más?

—Lo usual. Buena suerte, ojalá no te de un calambre en la caída o te rompas un hueso… Hasta luego. Quizás volvamos a hablar. Esperemos a mañana.

Giré sobre mis talones y fui hacia la puerta, que apenas se distinguía de la pared.

Ella habló, a mis espaldas, una vez más:

—No sé si imaginas el ruido que has armado.

—Todo ruido muere con el tiempo. El mundo es demasiado grande para que todos oigan un solo grito —repliqué.

—Ya no eres tú solo quien grita, espumador. Pero te darás cuenta.

 

Pasé la noche encerrado en mi nueva habitación. Ordené la cena y miré las noticias.

Ruccia Phalco tenía razón. Otros gritaban ya. Otros, muy grandes.

Los noticiarios anunciaban la renuncia de cinco altos ejecutivos de Corporación Información. Las cifras pagadas por Información a Consumo y varias empresas independientes, por la compra de sus derechos sobre la imagen de la Venus de Milo, alcanzaban los once ceros. Nuevos proyectos de leyes comerciales se debatían en el Consejo Corporado. Y por debajo del gran retablo, ajetreaban millones de peces pequeños; museos, academias de arte, universidades privadas y personalidades culturales; todos ellos gritando, exigiendo, acusando, amenazando.

Once ceros. Me pregunté cuánto habría pagado el Yelmo de Odín, a su vez, a Información. Un cero más, al menos.

Apagué la panopantalla y me tiré bocarriba en la cama.

Por primera vez en mi vida, me atreví a calcular las ganancias globales logradas gracias a nuestro juego con la espuma. Y las pérdidas, también. Apuestas de un crédito, diez créditos, cien, mil, un millón, un billón. ¿Qué por ciento de la población mundial se dedicaría a apostar en nuestros juegos?

Aunque fuera un por ciento pequeño, la población era lo suficientemente numerosa como para obtener una cifra imponente. Puse todos estos cálculos abstractos uno sobre otro, y sentí que éramos demasiados.

Temí soñar con multitudes que me tragaban y llevaban de aquí para allá en contra de mi voluntad. Pero no. Soñé con algunos viejos amigos, ciertos viejos enemigos, y puñados soportables de desconocidos. Nada de multitudes. Por lo visto, aunque lo intentase, nunca me convertiría en un misántropo. Lo cual era una fortuna.

 

III

Supuse que lograría controlar mis temblores al subir por segunda vez a la plataforma del Pozo. Estaba equivocado.

El nuevo arnés de espumas —comprado en la mejor tienda del Yelmo— se ajustaba a mi cuerpo como un guante. No lo había probado aún, tontamente confiado en las brillantes etiquetas de garantías. Y ahora ya era tarde para hacerlo.

Las paredes vacías me rodeaban. Todo era silencio. Pero podía sentirlos.

Millones de espectadores. En la Luna, en la Tierra, en las estaciones orbitales, en los enclaves de Marte. En salas, oficinas, baños, bares, colonias penales, plazas, cuartos, pasillos, ascensores, tiendas, hospitales, escuelas, fábricas…

Sentirlos era peor que verlos. De hecho, solía gustarme verlos, con las caras apretadas contra los cristales de los otros Pozos.

Todos esperaban, incluidas las IAs. Tras clasificar, los espumadores solemos reservarnos la identidad de las obras que vamos a reproducir. Factor sorpresa, espectáculo, alarde…

Yo no tenía la menor idea de lo que iba a hacer al lanzarme.

Los días que uno vive son todos iguales. Nunca tienes alternativas. Siempre la cadena causa-efecto. Siempre una cosa lleva a la otra. Un túnel sin escape. Algunos días serán grandiosos; otros, fatales. Pero siempre serán idénticos en al menos un detalle; no tienes más remedio que vivirlos.

Me lancé.

 

Cuatro horas después, tocaban a mi puerta.

Era Elisa, por supuesto:

—Oye, eso fue genial.

Encargué helados. Cuando ella abría el segundo, me excusé diciendo que iba a buscar algo, salí y me fui por ahí. No estaba para compañías. Al menos, no para ese tipo de compañías. En cuanto a la chiquilla, seguro escarbaría en mi equipaje, y luego mostraría a sus amigas un pañuelo, o un peine, “de aquel tipo, Gacha Duán, el espumador genial, ¿se acuerdan?, era amigo mío, salíamos juntos y todo, sí, de verdad, salíamos juntos…”

Y si no encontraba un pañuelo o un peine en mi equipaje —cosa probable—, unas medias rotas servirían igual.

 

Otras cuatro horas más tarde, mientras me vestía mirando a la puta adormilada, me preguntaba qué tipo de compañía sería la más adecuada.

Ninguna, tal vez.

Del pasillo de putas al pasillo de los bares, de los bares al pasillo de las putas; es la rutina clásica en los asentamientos lunares. También en la Tierra, creo.

Me rebelé contra la rutina y regresé al Pozo.

 

Los duelos duran toda la jornada, si hay suficientes espumadores para ello. En el Yelmo, no era espumadores lo que escaseaba, precisamente.

Como duelista, tenía derecho a un palco. Es decir, un cubículo privado de tres por tres metros, con panopantalla y nevera a medio llenar de convites. Elegí unas barras de chocolate.

Contemplé a seis o siete espumadores desplegar su arte. No eran malos. Los duelos del Yelmo no atraían a los mediocres. Sólo a los geniales y a los desesperados.

Como de costumbre, en aquella segunda ronda los duelistas aumentaban el reto. Por lo general, esto significaba miniaturas aumentadas. Sólo uno se limitó a un vuelo sencillo: El pensador de Rodin en una variante muy estilizada, apenas las líneas fundamentales de la figura. Las IAs no la valorarían más alto que 6.5. El hombre hizo lo suyo y cerró decapitando la escultura con el canto de su propia mano antes de que llegara al piso. A todas luces, a juzgar por su equipo y su comportamiento, no lo hacía por el dinero. Sólo por diversión.

Supongo que debí envidiarlo rabiosamente.

Diez minutos de receso. Resumen parcial de la jornada.

Fragmentos de saltos, visiones fugaces de esculturas de espuma deshaciéndose en el fondo del Pozo.

Mi salto.

De joven, vi una vez una reconstrucción del Templo de Atenea Nike. Me recuerdo examinando la estructura, la armonía interna del lugar. Imaginando la diosa de madera que dominaba el sitio. Esbozaba una figura tras otra, en diferentes posturas, estableciendo conexiones entre líneas de tensión visual, intención del gesto en su relación con el espacio.

En aquellos tiempos, todo significaba algo. Ningún gesto era casual.

Hoy cualquier cosa puede significar cualquier cosa, hecha o puesta de cualquier modo.

La Atenea Nike en madera, perdida desde tiempos para los ojos humanos desde…

En silencio, brindé en honor del yo en la panopantalla, con otra barra de chocolate.

La Atenea Nike renacida por unos segundos, antes de morir en despojos espumosos en el fondo del Pozo.

Tras el receso, se reanudaban los duelos.

Y era el turno de Muro, el campeón local, el imbatible, el invicto.

Me incliné hacia delante en el sillón.

Durante varios segundos, no sabía, o no quería saber, lo que veía.

Alguien llevó a Muro hasta la base de la plataforma, alguien lo acompañó hasta arriba y lo dejó en el borde. Alguien lo empujó al vacío.

Y Muro, una cabeza sobre un tronco carente de brazos y piernas, mordió suavemente los contactos —dispuestos en un aro en derredor de su cara— de sus lanzadores de espuma, para luego apartarlos con un gesto del cuello, y dar forma a su obra con amorosas caricias de su frente, su mentón y sus mejillas.

No recuerdo la obra que Muro eligió en aquella sesión. Sólo recuerdo su cara, una expresión de éxtasis, de sueño feliz, mientras dibujaba pliegues en la espuma con sus pómulos, escarbaba leves oquedades con su nariz, y ajustaba los detalles delicados con su lengua.

Yo siempre había creído que la espuma artística era tóxica. Al menos, eso decían las etiquetas de los tubos.

A Muro no parecía importarle.

La escultura al fin se desmoronó sobre el piso, y Muro quedó allí tendido entre las olas de espuma; un despojo inmóvil y sonriente. Alguien vino a recogerlo, alguien lo cargó hasta la puerta, alguien lo metió en un exoesqueleto cuadrúpedo.

Muro era aquel lisiado lujoso del parque infantil, con quien me diera de bruces el día anterior. Quise creer en una simple coincidencia. Qué otra cosa podía ser.

Me levanté para abandonar el cubículo pero, de momento, quedé en la intención. Cuatro manos me empujaron hacia adentro. La puerta volvió a cerrarse.

—¿Por dónde quieres que empiece esta vez, maricón?

—Bésame la uña —repliqué—. Estoy ganando bien. Podré pagar.

—¿Con intereses? ¿O prefieres que salgamos de eso ahora?

—Carajo, no hace falta…

—Nosotros decimos qué hace falta. Tú, cierra los ojos, si no quieres ver lo que vamos a hacerte.

Eran sólo dos perros. Pero le meneaban la cola a los hermanos Río, y eso me daba esperanzas:

—Puedo pagar intereses a sus jefes, y a ustedes una prima por el viaje.

—¿Crees que nos puedes comprar?

Un golpe me envió hacia la pared. Mi cráneo hizo bum. Alguien protestó desde el cubículo vecino. Traté de ignorar el dolor. Era sólo parte del protocolo.

—Es un regalo. A todos nos gusta recibir regalos.

—Tenemos regalitos mejores.

Otro golpe. Otro. Impactos sordos y secos. Protocolo. Simple y llano protocolo.

—Diez mil a cada uno.

Más protocolo.

—Quince mil.

—Treinta mil. Ahora mismo.

—Veinte mil. Veinte mil hoy. Treinta mil mañana, y cincuenta mil cuando termine aquí.

Más protocolo.

—Si me joden mucho, no podré ganar bien. Y ustedes salen perdiendo.

—Ahora.

Extendieron sus manos. Pasé mi muñeca sobre las de ellos, y les transferí el crédito.

—Estaremos mirando cómo vuelas, maricón. Quizás apostemos por ti.

—Harán bien.

Un protocolo cariñoso de despedida, y se fueron.

Esperé un poco, y salí rumbo a mi habitación, con las costillas resentidas, y la cabeza dando vueltas. Habían sido amables. Muy amables.

 

Elisa se había ido. Imposible saber si ofendida o no. Pero antes de marcharse, por lo visto, decidió jugar con las bondades de mi baño. Todo estaba mojado, la ducha goteaba, y sobre el borde del lavabo colgaba un diminuto sostén, completamente plano, digno de una mujercita de catorce años.

Lo miré durante un rato y lo dejé allí. Sólo cerré bien los grifos de la ducha, encargué un desayuno a habitación para el día siguiente, y me tiré en la cama, envuelto en mis habituales olores a espuma sintética, sudor de perros diplomáticos y perfume de puta barata.

 

IV

Mi posición en el rating de competencia me brindaba la posibilidad, todo un lujo, de saltarme aquella jornada.

Iba en el tercer puesto. Sólo Muro y otro personaje, una mujer subsidiada por varias cadenas de concentrados de pollo, me llevaban ventaja.

Pasé la mañana en mi palco, mordisqueando emparedados. Vi a Muro saltar de nuevo. No recordaba el nombre de la escultura, nunca fue de mis favoritas. Una mujer con un cervatillo. Completamente fascinado, durante todo su salto, quedé con un trozo de emparedado entre los dientes.

Muro no esculpía; soñaba.

Nada en él revelaba nervios mientras daba forma a la espuma con su cabeza y sus muñones. Todo su podado cuerpo era un cincel, una espátula, un punzón. Pegado por completo a su obra, parecía que los mismos latidos de su corazón bajo el pecho moldeaban áreas enteras, mientras sus mejillas acariciaban, más que formaban, las mejillas de la estatua. Su mentón abría las cuencas oculares, luego su nariz formaba los globos, y su boca remataba los detalles. Mientras raspaba con sus pronunciados arcos superciliares el cuello de la mujer, el mismo movimiento de su cabeza lograba que su oreja limpiase las clavículas. Aquel hombre era una herramienta óptima. Y siempre la expresión de éxtasis, mientras sus labios operaban con insoportable precisión sobre el rostro de la estatua, como si se tratase de una mujer real cubierta de espuma, y Muro se limitase a limpiarla. No necesitó ni un chorro extra, ni un movimiento de más. Para él, la obra estaba ahí desde el principio, dentro de la espuma, y sólo había que descubrirla, al igual que la obra original estuvo una vez dentro de un bloque de mármol o madera.

Lo vi quedar tendido, una vez más, sobre el fondo del Pozo, rodeado y cubierto de espuma. Un pedazo de hombre feliz allí tirado. Comprendí por qué nadie, jamás, había logrado vencerlo.

 

Más tarde, a mediodía, tuve visita.

—Hola, tirado.

—Jódete, Gacha.

Jaques se echó en el piso, en una esquina bajo la panopantalla, y me miró con tranquila animosidad.

—Carajo, qué te pasa.

—El Concilio se suspendió por unos días. Alguien —me miró de reojo— hizo algo, y por eso estamos todos recogidos, sacándonos los mocos y jugando al bridge.

Debo haberle puesto cara de idiota.

—No te hagas el don nadie —su cara enrojeció—. Información cree que alguien husmeó en sus archivos… Esas… espumitas tuyas… lo sabes bien, carajo… Y andan erizados. Hielos en todas las infovías, cazadores en todos los nichos… IAs militares monitoreando cada acceso. Sólo sentir cómo te respiran en la nuca… Es terrible.

Sacudí la cabeza:

—Jaques…

—Por cierto, traté de meter las narices en ese famoso proyecto “Prometeo C1000”, y por primera vez en mi vida salí con la nariz sin tizne. Era como volar en el vacío… Por alguna razón que no entiendo, y que me importa un bledo, la verdad, ese proyecto parece estar más encerrado que los planos de la red de milisats… —me miró con un brillo de interés, pero solo por un momento; sus ojos volvieron a apagarse— Me has jodido el viaje, el día y la semana… Llevo años esperando para entrar al Concilio… muchos llevamos años esperando, y de repente llegas tú y nos apagas el gran bombillo —me agarró del brazo—. Por lo menos, bájate una botella conmigo. Es lo menos que puedes hacer.

Qué podía responder a eso.

 

Bajamos tres botellas. Luego Jaques bajó al nivel del piso y quedó roncando en un rincón del bar. Le pagué a una mesera para que lo dejara allí. No tenía ganas de cargarlo.

Pero alguien sí tenía ganas de cargar conmigo.

 

Elisa me esperaba a la salida del bar. De algún modo, soportó mi peso hasta la habitación. Una vez allí, hurgué en mi equipaje y saqué un inyector. Casi me lo meto en un ojo. Elisa me lo quitó de las manos y lo aplicó de inmediato a mi cuello.

—Otro —pedí.

Repitió la dosis.

La droga empezó a devorar el alcohol en mi sangre, pero le llevaría tiempo. Me arrastré hacia la cama, trepé y cerré los ojos. Sentí que me aflojaban las ropas y me quitaban los zapatos. Tuve ganas de vomitar, pero al minuto lo olvidé. Un rato después lo olvidé todo.

 

Mi primera reacción al despertar fue comprobar si aún seguía vestido. Me tranquilicé a medias. Elisa sólo había abierto mi camisa. Mi segunda reacción fue comprobar si ella seguía vestida. Me tranquilicé del todo.

Jugueteaba con el inyector, sentada en una silla:

—No te entiendo. Si te gusta envenenarte, para qué llevas el antídoto contigo.

—Porque el veneno sabe bien. ¿Nunca te ha dado un empacho de helados?

—Nunca me ha dado un empacho de nada.

—Eso se nota —reí, y fui al baño.

El efecto secundario de una buena limpieza alcohólica es sentir una limpieza total, en cuerpo y mente. Para reforzar la sensación, me duché a conciencia. Al terminar, dejé el agua caer sobre mí durante varios minutos. Iba a cerrar los grifos, cuando Elisa habló, desde muy cerca:

—¿No vas a saltar hoy?

Con sobresalto, miré las esquinas de la cortina. Pero no.

—Ni siquiera sé si hoy es todavía hoy, o si ya es mañana.

—Es todavía hoy.

Su voz se acercó más, y entonces su silueta se recortó al trasluz en la cortina. Reconocí la falda, el poncho, las botas, hasta el sombrero de copa que no se había quitado.

Me sentía extraordinariamente despierto, con los nervios y la sangre a flor de piel. Y al mismo tiempo aturdido. Como si esperase algo.

Pero no estaba seguro de querer esperar lo que esperaba.

Una mano de Elisa se extendió hacia la cortina. Sus dedos asieron un pliegue. Tuve destellos de nuestro encuentro en el bar infantil, sus muslos, sus brazos, su cintura… También pensé en el sostén sobre el lavabo. Elisa no parecía una de esas personas que dejan cosas así olvidadas. No, sin duda, no era una de esas personas. El agua seguía cayéndome arriba, y de repente estaba muy fría.

Su mano aferró el pliegue de la cortina. Su codo se movió, luego el brazo. La anilla del extremo más lejano de la cortina se corrió un centímetro sobre el tubo, sin un sonido.

—Elisa, ¿cuántos años tienes?

No reconocí mi propia voz.

—Trece —dijo ella.

También su voz sonaba distinta.

Soltó la cortina y se alejó.

Minutos después, algo relajado, espié el baño de un vistazo. No estaba allí. Salí de la ducha y cerré la puerta con seguro. Me reí de mí mismo y luego me maldije; no había traído conmigo ropas limpias. Podía salir en toalla, pero rechacé la idea. Abrí la puerta de nuevo y asomé la cabeza. Elisa tampoco estaba en la habitación.

Mis mejillas ardían.

Miré la hora. Apenas media mañana. Tenía tiempo de sobra para saltar. Y, de hecho, quería hacerlo.

Eso, o tres botellas más.

Preferí el salto.

 

V

El rostro de la Victoria de Samotracia me contempló un instante antes de romperse contra mis pies. Creí, o quise creer, que su expresión era de agradecimiento, por revelar su rostro. El rostro que nadie había vuelto a ver durante miles de años.

Mi puntuación: 9850.

Demoró un poco en salir. Imaginé otra guerra de opinión entre IAs, otro asalto a los archivos de Información, otro revuelo corporado, otros millones de créditos pasando de manos, y se me antojó un orgullo ingenuo de que todo aquello ocurría por mi causa.

En todo caso, no por mi voluntad, pensé también. Ni siquiera sabía por qué me ocurrían esas cosas. Algún ángel habría posado su mano sobre mi cabeza. En silencio, bendije a ese ángel, y me dirigí a la puerta del Pozo. Al llegar me sentía razonablemente más humilde, y le extendí la mano al espumador que salía a hacer su tarea. El hombre me soltó una palabrota, y no devolvió el gesto. Me molesté bastante, supongo que mis nervios aún seguían saltones.

Comprobé el rating. La mujer subsidiada por los concentrados de pollo había fallado en su salto de la jornada. Un shock nervioso en pleno vuelo. Por lo visto, consumía drogas demasiado fuertes. Muro y yo íbamos a la cabeza, separados del resto por amplio margen. Y con sólo 50 puntos de distancia entre ambos.

Le recé a mi ángel. Un día más de milagros, por favor. Sólo un día.

 

Los perros de los hermanos Río me encontraron en una tienda de lencería. Tenía la idea nebulosa de comprarle algo a Elisa, y al tiempo la idea no menos nebulosa de que aquello era estúpido.

—Los jefes quieren su crédito. Ya debes tenerlo justo.

—Demasiado justo —rezongué—. Esperen a mañana.

—Tenemos órdenes de regresar ya —dijo uno de ellos, y se me acercó, con aires de confidencia—. Apostamos por ti, ganamos un buen mazo, y por eso hoy nos caes estrellita. Los jefes nos mandaron a buscar de corre-corre, y eso significa problemas en Asimov Town. Si quieres tener una idea, mira los noticieros y lee entre líneas. De hecho, nos caes tan estrellita, que te aconsejamos que te vengas en nuestro mismo vuelo. El pasaje lo ponemos nosotros.

—¿De qué estás hablando…? Y del Yelmo no salgo. Ni hablar.

—Ya te dije, mira los noticieros… Por otro lado, nos vamos ya. Así que…

Tenía casi dieciséis megas. Les di quince. Ellos mascullaron algo, como disculpándose, sobre los intereses de sus jefes, y les di el resto. Un ultimátum, por amable que sea, es un ultimátum.

—Entonces, ¿te quedas? —preguntaron por última vez.

—Váyanse por ahí.

Ellos se encogieron de hombros, me soltaron sendas palmadas protocolares en los hombros y se largaron.

Quedé en medio de la tienda, rodeado de piezas bonitas y delicadas, sin un céntimo en el chip ID. Nada nuevo. Al menos, ya no tendría a los Río y sus perros tras mis espaldas.

Alguien se movió a mi lado. Miré con sobresalto. Ruccia Phalco vestía de nuevo lo que ya se me antojaba un uniforme:

—¿Saldando cuentas?

—Limpiándome con el mundo —asentí—. ¿Viene de compras aquí a menudo?

—No me gusta la ropa interior —sonrió—. Y tú, ¿vienes a menudo?

—Sólo estaba mirando.

—Hay lugares en el Yelmo donde puedes mirar lo mismo. Y tocarlo, con lo que lleva dentro. Y hasta comértelo con pepinos encurtidos. Aquí tenemos para todos los gustos.

—Soy de gustos estándar.

—¿A eso llamas gustos estándar?

Señalaba hacia una esquina de la tienda. Miré, y vi un sombrero de copa desaparecer corriendo tras unos holomodelos.

—No lo digo por la edad, claro —ella hizo una mueca—. No soy tan anticuada. Pero esa forma de vestir… En eso sí soy chapada a la antigua. Esa niña debe estar mal de la cabeza. En general, todos los jóvenes andan mal de la cabeza.

—Es una amiga —repliqué, mirándola a los ojos.

—Buscas amigos extraños —me tomó del brazo.

Me dejé llevar por ella hasta la puerta de la tienda.

Y vi a Muro.

Su exoesqueleto deambulaba lentamente por el gran salón que hacía las veces de plaza pública del enclave. Poco a poco, meditabundo y sombrío, abriendo una brecha en la multitud que iba de aquí para allá, se acercaba a la fuente central, donde se bañaban unos pájaros.

Allí, fuera del Pozo, Muro era un lisiado más, un despojo inútil.

De repente alzó la cabeza y gritó algo.

Al instante, alguien llegó corriendo y acercó su rostro al suyo. Hablaron unas pocas palabras. Muro cerró los ojos, la otra persona sacó unos guantes de telecontrol, se los puso y los activó. El exoesqueleto se movió, echó a andar con parsimonia hacia un pasillo. La otra persona lo siguió, controlando su marcha.

Esa otra persona era Elisa.

Ruccia Phalco me apretó el brazo más aún, y me arrastró hacia ellos. Tontamente, me dejé llevar de nuevo. La mujer me cruzó en el camino del exoesqueleto, y tuve que retroceder un paso para que no me atropellase. Segundos después, Elisa pasó ante mí, casi rozándome, como si no me viera. Sólo cuando desaparecieron en el pasillo, Ruccia me soltó el brazo:

—Que pases un buen día. Vuela bien mañana.

Se alejó. Junto con ella, se movieron también diez o doce segurantes que hasta entonces no había notado entre la gente.

Con el chip ID en blanco no tenía modo de agenciarme una botella, ni siquiera un trago.

 

Averigüé dónde se hospedaba Jaques y llamé a su puerta. Tras un primer gesto de confusa sorpresa, él me cedió el paso.

Dentro se reunían una veintena de hombres y mujeres con pinta de pelacebollas aficionados. Ya se sabe; vestidos con shorts, camisetas, sandalias, y colores alegres. El piso estaba lleno de caramelos de anfetas. A juzgar por sus caras, me reconocieron al instante. Eran caras asesinas.

Jaques desistió de presentarme al grupo. Me sentó en una esquina y empezó a moverse inquieto de un lado a otro. Un par de pelacebollas se fueron al poco rato, seguidos en breve por otros cinco.

Desistí.

Sin haber probado un trago, abandoné la habitación. Tampoco me despedí de Jaques. Él sólo me miró de lejos, y extendió una mano cerrada hacia mí, con el pulgar alzado. No tuve ganas de devolverle el gesto.

 

Ya en mi habitación, puse las noticias, para hacer algo. O más bien, para sentir que hacía algo, sin tener que hacer nada.

Accidente en órbita; un crucero de lujo con fallas en el impulsor. Se sospechaba una acción terrorista, y dos escuadrones aeroespaciales de Ejército-Policía salían desplegados.

Nuevos hallazgos alienígenos en Marte. Posibles talleres de reparación de naves. Un convoy xenoarqueológico partía hacia allí. Vehículos capaces de transportar a la órbita terrestre grandes lascas de paisaje marciano, para su estudio intensivo.

Nuevas negociaciones triangulares entre los poderes corporados, las empresas independientes y el Yelmo de Odín. La Atenea Nike apenas se mencionaba, nadie la había empleado nunca como ID comercial, puesto que, oficialmente, ni siquiera su imagen existía. En cambio, la Victoria de Samotracia era más popular aún que la Venus de Milo como emblema de mercado. Todo lucía justo y adecuado en los noticieros corporados; créditos para aquí, sonrisas para allá. Pero los noticieros independientes comentaban, con alegre ingenuidad, sobre tal o mas cual cargamento de productos, comprados por el Yelmo, paralizado en tierra o en órbita a causa de una inspección de sanidad, errores de regulación de vuelo, o dudosa competencia de los pilotos y capitanes alquilados. A decir verdad, los corporados también hablaban de esto, pero como simples notas al margen noticioso, y mencionando apenas la meta de esos cargamentos.

El lenguaje de las Nueve era claro; el Yelmo tenía que dejar de jugar con la economía mundial. Más de quinientas empresas independientes estaban en quiebra. Y el fondo de las Corporaciones Consumo, Construcción y Medicina revelaba un déficit imprevisto de al menos cinco gigacréditos. Al menos cinco gigacréditos que ahora alimentaban, en parte, los fondos de Información. Y, a su vez, al menos cinco gigacréditos que Información había recibido del Yelmo de Odín. Eso significaba cinco o más gigacréditos ganados por el Yelmo como interés de todas las apuestas generadas en el reciente día de duelos a espuma.

Y mientras esos gigacréditos correteaban el plano solar, yo estaba acostado en una cama, mirando al techo y sin un centavo.

Era como sembrar un campo de trigo, de mil millas cuadradas de extensión, para luego morirme de hambre.

Completamente estúpido.

Como todo en mi vida.

 

Para muchos pueblos del mundo antiguo, la siesta era una tradición. Y lo usual entre los pueblos del mundo, tanto antiguo como moderno, es que siempre alguien rompa las tradiciones.

—Tienes cara de estúpido —dijo ella.

—¿Por eso te caí bien desde el principio? —mascullé, soñoliento aún.

—Entonces tenías cara de infeliz. Era distinto.

—Ya.

Abrí más la puerta, y Elisa entró con pasos cortos.

Tras cerrar, seguí por un rato de espaldas a ella, tratando de despertarme del todo, de pensar en algo bien duro que decirle. Pero qué se le puede decir, que sea tan duro, a una niña de trece años, sin que sea tan duro. Porque, después de todo, es una niña de trece años.

—Muro es mi padre —dijo ella.

Me volví.

Estaba sentada en la cama, mirándose las botas.

—Somos él y yo. Y nadie más. A mamá no la conocí. Muro dice que era una puta, que cuando él se quedó así, ella se fue con otro y nos dejó.

Asentí, desganadamente.

—Él era obrero orbital. Ya saltaba y hacía espumas, dicen todos que era muy bueno… Construían el Olympus Hilton. Se le desprendió el umbilical, y fue a la deriva. Chocó con varias estructuras. Estaba en un caparazón, pero con los miembros fuera, en protección normal. Los fue perdiendo uno por uno, mientras rebotaba… Yo tenía dos años. Mamá se fue. Y a él sólo le quedó la espuma. Se entrenó para hacerlo como fuera. Lo consiguió. Se hizo el mejor.

Levantó la mirada y la paseó por la habitación:

—En los últimos años, cuando aprendí a manejar su exoesqueleto por remoto, sólo se dedica a dormir cuando no salta. Yo lo paseo de un lado a otro. A veces despierta, come, caga, mira el mundo un rato, y vuelve a dormir…

Me miró a los ojos:

—Tiene orgasmos cuando salta. Mientras moldea las esculturas, sobre todo si son mujeres… Tiene orgasmos, y después tengo yo que limpiar la ropa.

Traté de sostenerle la mirada.

—Una vez me vio mientras limpiaba su ropa, después de saltar. Me vio y se echó a reír.

De repente, sentí que necesitaba un trago. Me senté en la alfombra, ante ella, y crucé las piernas.

—Él me lo compra todo. A veces me da unos créditos para chucherías, sólo para no tener que comprármelas él mismo.

—Con el dinero que tiene —dije al fin—, podía haberse puesto ya unos miembros sintéticos, o incluso cultivados. Tiene de sobra para eso.

—Pero no quiere, ¿lo entiendes? —Elisa se inclinó hacia mí— No quiere. Le gusta ser como es. Le gusta así. Ser llevado y traído. Ser admirado. Eso es su vida ahora. Así es como lo prefiere. Todo el mundo lo sabe… Los otros muchachos —siguió— sólo me preguntaban sobre las cicatrices de Muro, sobre el régimen de entrenamiento de Muro, sobre los trances místicos de Muro, los diálogos del genial Muro con Papá Dios, sobre lo que comía, bebía y decía… Ya no hablo con los demás muchachos. Ni con nadie. Todos quieren saber lo mismo. Y no quieren saber lo que yo sé. Por eso tampoco me hablan. No quieren saberlo. Nadie quiere. Muro es Dios. La gente quiere hablar con el portero de Dios, o con su ayuda de cámara, o con su secretario… No con quien le limpia la mierda. Nadie quiere saber que Muro se caga a cada rato en su exoesqueleto si no me apuro y…

—Entonces, ¿por qué carajo hablas conmigo?

Supongo que no lo pude evitar. Ya me tenía harto.

Ella balanceó las piernas. Sonreía, pero las comisuras le temblaban de llanto:

—Porque me caes bien. Tú… Tú me gustas.

—¿No será porque tal vez me convierta en el millonario del día?

De repente soltó una carcajada. Una carcajada de verdad:

—Imbécil. Todavía no he crecido como para que mi cabeza funcione así. Dentro de unos años, a lo mejor. Pero todavía no… Además, ¿cómo iba a saberlo, aquel día?

No supe qué replicar. Quizás no era posible hacerlo.

—No voy a seguir con él —dijo ella—. Me voy. Que se muera solo.

—Pero…, él depende de ti. Para todo.

—Lo que yo hago por él puede hacerlo cualquier otra persona. Cualquier otra mujer. Cualquier puta de pasillo lo hará aunque no le pague por ello. Cualquiera querría ser el asistente de Muro, el gran Muro, el famoso Muro, el imbatible Muro…

Pensé que era injusto que una niña de trece años tuviera una voz tan dura.

Traté de no rendirme:

—Aún así, él depende de ti. Eres su hija.

—Imbécil —dijo ella—. Estúpido.

Se levantó y se fue.

Cuando me alcé a mi vez, sentí calambres en las piernas. Reparé en que había tenido el cuerpo tenso todo el rato. Miré la cama con desgano.

Estaba demasiado vacía.

 

Más de cien gigacréditos revoloteaban sobre la mesa de juegos de las Corporaciones, el Yelmo y las empresas independientes.

De aquellos cien gigacréditos, unos cincuenta megas bailarían dentro de mi chip ID, si vencía en el siguiente —y último— duelo. Podría salir del Yelmo en mi propio transbordador. Y no tenía dudas sobre la victoria. Ya no tenía dudas sobre nada. Soñaba sin el más remoto deseo de despertar. Era llevado en las alas de un viento desconocido, y me encantaba dejarme llevar.

Supongo que todos hemos de sentirnos así al menos una vez en la vida.

Si no, lástima de nosotros.

En cuanto a las dudas…, bien, estoy mintiendo, por supuesto.

Siempre queda alguna pequeña duda.

Pequeña y molesta.

Inquietante.

 

La puerta de Jaques estaba abierta. Lo encontré tirado a los pies de la cama, con una resaca total. Lo arrastré bajo la ducha y abrí los grifos, sin desvestirlo. Una fila india de botellas vacías se alineaba en el piso, bajo el lavabo. Quise meterlas en un nylon y dejarlas con la basura en el pasillo, pero Jaques me atajó entre gemidos:

—Deja eso ahí, demonios. Los empleados pensarán que soy un mierdero alambique. Yo mismo las tiraré en el cesto de otra habitación.

—Vine a gastar una hora de picnic contigo —dije—. Pero si estás remojado, puedo volver más tarde.

—¿Para qué? —inclinó la cabeza, abrió la boca bajo el chorro, y estuvo a punto de ahogarse. Entre toses y reniegos, soltando agua por la nariz, salió a gatas de la ducha y se sentó a mis pies— Me siento muy lindo. Sólo un poco…

Vomitó de golpe, y yo salté a un lado, sin lograr poner mis zapatos del todo a salvo. Hice una mueca, que él no vio, y miré mi reloj. Debería estar durmiendo ya. Tras una tarde y una noche malgastadas en deambular sin rumbo y tontamente, me encontraba a pocas horas de mi último duelo, a primera hora de la mañana siguiente, y tenía que mantener mis reflejos en forma.

Al instante me pregunté para qué querría tener mis reflejos en forma. Diablos, ya no necesitaba ni reflejos, ni habilidad, ni mucho menos talento. La magia lo haría todo.

De repente sentí envidia de Jaques, y el impulso de ir al bar más cercano a negociar a crédito un par de botellas.

—Podemos gastar un buen rato, por supuesto… —Jaques se incorporó a medias y se limpió la camisa, embarrada de vómito, con las manos— Esto es un desastre —empezó a desnudarse—. Oye, en la nevera hay huevos… ¿Podrías hacerme una tortilla mientras me baño? También hay pescado, y manzanas…

Lo dejé murmurando y fui a la cocina. No tenía ganas de hacer nada que no fuese emborracharme como un cerdo y tirarme en el medio del pasillo. Era un iluminado, ¿qué de malo podía acontecerle al portador de una epifanía tan brillante como la mía? No obstante, preparé una tortilla de pescado, elegí seis manzanas que puse en un plato, y recalenté un cuarto de litro de Kiscafé que encontré en una jarra. Llevé todo aquello al baño, y allí estaba Jaques, desnudo en la ducha, dejando que el agua le corriese por el cuerpo y mirándose a los pies.

Nuestras miradas se encontraron, y probamos fuerzas. Gané yo. Salió secándose con una toalla sucia, que luego se ató en la cabeza. Nos sentamos en la sala, sobre una alfombra. Jaques le frunció el ceño al Kiscafé, probó un sorbo, y lo dejó a un lado. Hizo el gesto de escupir, pero se contuvo y me miró sonriente:

—Bueno, gastemos un buen rato. ¿Has traído combustible?

—¿No piensas comerte eso?

—Ahora, ahora mismo. Antes necesito una fuma… ¿Qué tal si bajamos hasta el bar un segundo y buscamos…?

—En realidad, quería consultar un asunto contigo.

—Pues venga el asunto —encendió un crunch y puso los ojos como platos.

—Mira… Hay esta muchacha…

—Ajá.

—¿Qué?

—Nada. Continúa.

—Esta muchacha… Se llama… Eso no importa ahora…

—Claro.

—¿Eh?

—Por supuesto, por supuesto. ¿Y?

—Ella… Es bonita, claro… Ella me dijo… —miré al techo, buscando algo que nunca estuvo allí— En fin, que me gustaría saber…

—Despelléjale la cebolla —dijo Jaques—. Sé un hombrecito crecido y usa los dientes. Asegúrate de que le duela.

Al instante se reclinó hacia atrás y empezó a roncar.

Lo miré durante un rato, un largo rato. Luego le quité el cigarrillo de la boca, y lo apagué en la alfombra. Boté el Kiscafé en el fregadero. Eché a la basura la tortilla y las manzanas, menos una, que fui mordiendo pasillo abajo.

 

Cuando sólo me quedaba el corazón en la mano, llegué ante mi puerta, y allí estaba Elisa, esperándome.

A Elisa cualquier cosa le sentaba bien. Unas botas militares, un poncho amarillo, un sombrero de copa, unos guantes de telecontrol…

Aquel vestido de noche, en plata y bronce, no era la excepción.

—Si se te embarra de helado, no me demandes —le advertí.

—No quiero helado, eso es de niños —alzó el mentón y estiró el cuello, tanto que temí que su cabeza despegara hacia el techo y rebotase contra mi cara—. Vamos al bar que más te guste. Yo pago esta vez.

Debí enarcarle una ceja, ustedes saben, pero los niños tardan en aprender ciertos lenguajes faciales.

También los viejos, en realidad.

 

Dudaba, ante su whisky en las rocas. Yo me divertía, sorbiendo mi batido de vainilla. Desde una esquina, una camarera nos miraba con lástima.

Al fin se decidió. Lo bajó de un golpe, antes de que yo lograse volcarle el vaso de un manotazo. Mis reflejos solo funcionan bien con la espuma.

Pero no era una niña tan pequeña. Ya no. Logró aguantar el buche hasta que la solté de rodillas ante el inodoro. La dejé allí, pasé el pestillo, y permanecí un rato con la frente pegada a la puerta antes de recogerla por los sobacos y sacarla a la cocina, donde le sumergí al cabeza en un lavaplatos lleno de agua sucia.

Se zafó de un tirón y cayó sentada sobre un cíberlimpiapisos apagado. Me incliné sobre ella:

—Hay más de esto allí de donde vengo. Puedes venir, si quieres.

—Puedo aguantarlo —me miró con rabia—. Puedo aguantar cualquier cosa. No me vas a doblar.

—Estúpida.

Salí de la cocina y abordé a la camarera. No quiso cobrar. Salimos del bar y buscamos un rincón. Elisa nos siguió unos doscientos metros. Después se detuvo, recogió del piso una lata de cerveza mediada y nos la arrojó. La lata dio en la pared y salpicó el delantal de mi acompañante, quien me soltó una bofetada y corrió en pos de Elisa. Ésta puso pies en polvorosa. Las vi doblar una esquina. Eso fue todo.

Un ataque de risa me dobló, y tuve que apoyarme en la pared.

Dios, que noche tan fenomenal.

 

VI

Una noche en vela no es lo más aconsejable antes del salto. Al menos, no si se trata de una vela a solas, imaginando caras pequeñas en las sombras de la habitación.

El último duelo sería simultáneo. Es la costumbre en los Pozos.

Muro parecía dormitar. Desde mi andamio creí ver cómo un hilo de saliva se le escurría por una comisura de la boca.

Separados por el diámetro del Pozo, esperábamos.

Al cruzarnos en la puerta, llevado él en brazos de un forzudo del servicio del Pozo, sus ojos me pasaron por encima fugazmente, igual que se mira a una mosca zumbando sobre la mesa. No esperé el manotazo para ahuyentarme, y fui de prisa hacia el ascensor.

Una vez arriba, no miré hacia abajo.

Ya conocía el truco, y confiaba en él. Miré a lo lejos, extraviando la mirada, y esperé por el timbre. Cuando llegó no me tomó de sorpresa. Había cruzado una de esas barreras invisibles de las que tanto hablan los místicos, y creía. No sabía, y aún no sé, en qué. Pero creía.

 

Media hora atrás, Jaques me había propuesto acompañarlo de regreso a Asimov Town:

—Un camarada me pidió que le sacara el pasaje, pero creo que alguien lo asaltó anoche. Está en terapia. Y no puedo devolverlo. Son en papel, mira… —me los mostró, riendo— Algo se jodió en las redes del Yelmo, nada sale ni entra. Por eso los vendieron así. ¿Y bien?

—¿Sale después del duelo?

—Un rato después, sí.

—Espérame en el hangar. No sé qué pueda pasar si gano. Tú sabes…

—Ya sé, ya sé… No firmes demasiados autógrafos o perderás el vuelo. Es una línea independiente, no responde al Yelmo, y al piloto no le importará salir volando con un pasajero de menos.

 

Timbre.

Impulso.

Salto.

Caída.

Mente en blanco.

Absolutamente en blanco.

Desierto de nieve, océano de cristales molidos.

Me resigné. No era mi día. Nunca lo había sido.

Miré a Muro.

Íbamos a mitad de altura, y ya él ponía punto final a su Moisés de Miguel Ángel. Su lengua ajustaba los pliegues en la barba del bíblico viejo.

Mirándolo, volví a ver la luz.

Era tan claro. Todo era tan claro.

No me importaba si las IAs lo aceptarían o no. Desconocía cualquier antecedente. Pero tenía sentido. Al menos para mí, tenía sentido.

Disparé mis espumas.

 

Muro tocó el piso antes que yo, unos segundos antes. Suficientes para envolverse en el reguero de espumas en que se deshizo su Moisés. Suficientes para voltearse y ver cómo mi obra tocaba el piso.

Era Muro, el propio Muro, y no Jesús, quien yacía en el regazo de mi Piedad. Un Muro completo, con sus piernas y sus brazos, los ojos muy abiertos, la expresión pasmada una réplica de la suya propia.

Yo puse pies en firme, riendo, mientras la Piedad se desmoronaba a mis espaldas.

Pude escuchar el silencio. No el silencio habitual del vacío Pozo del Yelmo, sino el silencio tras cada panopantalla en la Luna, en la Tierra, en las estaciones orbitales, en los enclaves planetarios…

Las IAs no se hicieron esperar.

El Moisés de Muro: 9950.

Mi Piedad: 9975.

Fin del juego.

 

Unos segurantes se llevaron a Muro. Parecía ciego y sordo. Parecía muerto.

 

Apenas traspasé la puerta del Pozo, la señora gris, Ruccia Phalco, me tomó del brazo:

—Supongo que no podré convencerte para que te conviertas en nuestro campeón.

—Supones bien. ¿Y supongo que no podré convencerte para que me pagues lo que acabo de ganar?

—Todo es negociable.

—¿Cuánto suma?

Ella dudó. Entrecerró los ojos, inclinando un poco la cabeza. Mis nervios andaban tan en punta que creí escuchar las infovoces dentro de su cráneo.

—Ochenta megas —dijo al fin.

Me conmovió menos de lo que esperaba.

Extendí la mano:

—Lo quiero ahora.

—No lo tengo en mi cuenta.

—Por supuesto que lo tienes.

—Me basta con mover un dedo para que seas historia. Lo sabes bien.

Miré en derredor. El pasillo estaba atestado de gente. Nos rodeaban, manteniendo una dolorosa distancia de respeto. Cientos de imbéciles que morirían por solo tocarme las manos. Sólo ahora reparaba en ellos. Sonreí:

—A mí me basta con gritarles que te hagan polvo los huesos para que lo hagan. Soy un dios, ellos lo saben, y tú también.

—Pues, linda situación —retrocedió un paso.

—Sí, muy bonita —avancé hacia ella, sin dejar de sonreír.

El piso se movió bajo mis pies. Caí de nalgas. Ruccia chocó con la pared. La multitud gritó y se armó el caos. Todos corrían de un lado a otro. Tras ser pisoteado durante un minuto demasiado largo, logré incorporarme. Ruccia Phalco no estaba allí.

Lo mejor que se puede hacer en una estampida civil en un enclave lunar es correr en contra de la marea. Las descompresiones, no sé si por alguna razón lógica, o simple y puta coincidencia, siempre siguen al rebaño. Además, la persona que necesitaba encontrar se movía, y esto lo sabía por lógica, en contra del rebaño.

Logré llegar a la plaza. Alguien me cogió de la camisa.

—¿Qué está pasando? ¿Gacha, qué está pasando?

Elisa. No era precisamente a quien buscaba. Y me retrasaría. Me deshice de su agarre y la así por lo hombros:

—No te lo puedo explicar ahora —imposible explicar lo que no se sabe—. Ve al hangar y localiza a alguien llamado Jaques. Tiene pinta de borracho y de pelacebollas de mala muerte. ¿Entiendes? Dile que me espere. Me esperan los dos. No tardo.

La despedí con una palmada por la espalda y volví a correr. La mayor ola de gente salía de los pasillos que llevaban a los niveles soterrados. Tomé ese camino.

 

Al rato, distinguí unas ropas grises desaparecer en el interior de un comercio, seguidas por dos trajes elegantes. Corrí hacia allí, saltando por sobre algunos cadáveres. Era extraño, ¿desde cuándo había muertos a mi alrededor? Las luces fallaban. Creo que sólo entonces empecé a preguntarme qué estaría pasando.

Aminoré la marcha para inclinarme sobre un par de cuerpos. Impactos de láser. Luego reparé en un bulto opaco, parecido a una araña gigante. Intenté voltearlo con el pie, pero era demasiado pesado. No obstante, logré ver las insignias. Comandos de Asalto. División Vercingetórix de Ejército-Policía. Traté de sacar alguna de sus armas, pero los soportes tenían sellos de genes. Sólo logré, con mucho esfuerzo, terminar de partir el extremo de una de los manipuladores. Palpé el trozo de plastiacero; tenía un borde bastante afilado.

 

El interior del comercio estaba a oscuras, pero oí voces. Entré pegándome a las cajas de mercancías. Los vi.

Ruccia daba órdenes a sus dos segurantes de traje y corbata. Armas empuñadas, miradas nerviosas. Logré acercarme sin ser notado hasta llegar a unos metros de ellos. Entonces me mostré.

Los segurantes me encañonaron al instante. Ruccia dijo una palabrota, y sacudió la cabeza:

—¡Serás cabezón!

—Mira —empecé—, sé que es mi culpa…

—Imbécil —ella avanzó hasta colocarse entre sus dos guardaespaldas—. Las Corporaciones no nos están atacando por tu culpa. Sólo fuiste la excusa. Planean esto desde hace años, pero les faltaba un buen motivo. Últimas noticias, espumador; el proyecto “Prometeo C1000” nunca existió. Todos los juicios de nuestras IAs fueron falseados. Todo fue un teatro. Lo siento, Gacha, pero no eres el genio artístico que crees ser…

Tiempo después pensé en todo aquello, y nunca logré entenderlo del todo. Mi cabeza parecía volar entre nubes cuando lo intentaba. Pero en aquel momento lo menos que necesitaba era pensar:

—Quiero mi dinero.

—¿No me estás oyendo? Gracias a las apariencias que ellos han construido, somos los culpables de la crisis económica allá abajo. Con la venia del voto ciudadano, al fin logran meterse aquí amparados por la Constitución Legal. Te han usado para destruirnos, Gacha. Todos esos jaleos de derechos, IDs comerciales, negociaciones… Toda esa farsa…

—No te estoy escuchando. Quiero mi dinero.

—Mejor vete, espumador. Mientras estás a tiempo. Pronto harán un desembarco en toda regla…

—No te estoy escuchando —repetí, y disparé los turbos de mi arnés.

Pasé como una exhalación entre los segurantes, llevándome a la Phalco en brazos. Sólo atinaron a disparar dos veces, y no acertaron. Doblé algunas esquinas, ascendí por pozos de elevadores, volé hasta regresar a la plaza.

Ahora estaba vacía y silenciosa. Algunos cadáveres, pero sin signos de impactos. Sólo pisoteados y golpeados.

Apreté el filo de plastiacero contra el cuello de la Phalco:

—Mi crédito.

Ella rozó su muñeca con la mía.

Ochenta megacréditos.

La desmayé, golpeando su cabeza contra una columna, y la dejé allí.

 

Volando, llegué a los hangares por conductos de ventilación, desollándome los hombros y las rodillas. Apenas salí a un lugar abierto, dejé el arnés y corrí hacia las escotillas.

De un vistazo, noté la multitud que se apretaba contra las paredes transparentes y blindadas que separaban los hangares del resto de la instalación. Golpeaban inútilmente y gritaban. Por supuesto, no podía oírlos. Caras deformadas, oprimidas contra la pared. Gente desmayada, asfixiada por la presión de quienes empujaban desde atrás. Muchos muertos, también, de seguro con el tórax aplastado y fracturas múltiples.

El piso temblaba. Naves con motores en marcha. Corrí entre los pocos afortunados que habían logrado entrar al hangar antes del cierre de las compuertas.

Las escotillas hacia las naves estaban custodiadas por tipos en armaduras y gatillos ligeros. Eran mercenarios al servicio de las compañías de transporte independientes, y sólo dejaban pasar a aquellos que agitaban sus pasajes, ridículos papelitos de salvación. Todo el que intentaba colarse por entre ellos era castigado con un empellón de rechazo, en el mejor de los casos. En el peor, un culatazo en la cara, o una descarga de pulso en la barriga.

—¡Gacha! ¡Aquí, tirado!

Jaques me esperaba, junto a Elisa, a pocos metros de una escotilla, cuyas luces verdes parpadeaban cada vez más rápido.

Elisa se trepó a mi cuello con un chillido.

Jaques me dio un cocotazo:

—¡Vaya fiesta, jefe! ¿Recuerdas lo del crucero de lujo saboteado? Pues una pantalla, para sacar los escuadrones a la órbita. ¿Y los hallazgos en Marte? ¡Una mierda! ¡Usaron el convoy de investigación para mover las tropas de desembarco sin que nadie lo supiese! ¡Vienen preparando esto desde hace semanas, Gacha, te lo puedo jurar…!

Del bolsillo de Jaques sobresalían las esquinas de dos papelitos acuñados. Y él casi brincaba de contento por lo que le tocaba vivir:

—Cuando el primer bombardeo, yo ya estaba aquí. ¡Si hubieras visto la que se armó! Dicen que ya metieron algunos comandos de cirugía para cortar la seguridad interna… ¡Carajo, hasta llegó uno diciendo que había visto un destacamento de línea marchando por la plaza…!

Las luces verdes de la escotilla dejaron de parpadear y quedaron fijas.

Un altavoz chirrió, muy cerca de nuestros oídos.

“Crucero Felipe II de la Nueva Antorcha. Salida en un minuto.”

Uno de los segurantes entró a la nave. El otro se paró en la misma escotilla, con un pie dentro, dispuesto a saltar al interior en el último segundo.

Las empresas independientes siempre son fieles al usuario. Siempre esperan hasta el último segundo.

—¡Vamos! —Jaques tiró de mi brazo— ¡Deja a esa bebé y mueve el culo! ¡E-P le ha dado vía libre a las espaciolíneas independientes! ¡Es ahora o nunca, tirado…!

Sin soltar a Elisa, que seguía colgada de mi cuello, senté a Jaques en el piso de un puñetazo, y lo puse KO de una patada antes de que reaccionara. En la última hora me había vuelto un experto en ese tipo de cosas.

Le saqué los dos boletos del bolsillo y fui hacia la escotilla, desde donde el segurante había contemplado la escena con bendita calma. Le di los papelitos. Él los miró de arriba abajo, asintió, los rasgó en dos y se apartó. Luego entró detrás de mí, empujándome con el pecho de su armadura, y cerró la escotilla.

Sólo solté a Elisa cuando llegamos a nuestros asientos. Despegamos suavemente. Todos se agolpaban en torno a las ventanillas. Yo cerré la nuestra.

—¡Mira, mamá, eso son cazas! —gritaba un niño.

Dos azafatas se movían ya por el pasillo con un carrito:

—¿Un refresco, señor?

—¿Apetece un bocadillo, joven?

—¿Verdad que esta es la mejor línea lunar que en que han volado nunca…? Sí, caballero, tenemos ginebra y brandy y… Ah, sí, los limones están frescos…

A mi lado, Elisa se miraba las rodillas. Con el ceño fruncido, trataba de estirar su minifalda para cubrirlas. Luego me miró desde abajo:

—Gacha… Mientras ibas por ahí, bueno, ¿no viste a…? Digo, por casualidad, ¿no encontraste a mi…?

—¿A quién?

Ella desistió y dejó tranquila su minifalda. Encaramó los pies en el respaldo del asiento de adelante, dejando que la pieza se corriese hasta el arranque de sus muslos. Que alguien me explique a esta juventud de hoy.

—A nadie —dijo—. Nadie. Nadie.

—Señorita, tenga la bondad de bajar sus pies de ahí. ¿Ella es su hija, señor? No es así como se educa… —la sonriente azafata asomó su busto generoso sobre nuestras personas— ¿Apetecen algo? Tenemos golosinas del Sector Europa. Pasteles de primera…

Miré a la azafata. Parecía una muñeca. Volví a mirar a Elisa. Entre todos los pasajeros sucios y golpeados, ambas parecían muñecas de porcelana.

—Un helado para mí —pedí—. Y un whisky en las rocas para la joven.

Elisa me miró con rabia. Yo eché a reír. Reí por largo rato.

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Sobre el autor

  • Michel Encinosa Fú

    . La Habana, 1974. Narrador y editor. Ha obtenido, entre otros, el Premio Ernest Hemingway 2002; el Premio Calendario 2006 por partida doble (Cuento y Ciencia Ficción); los Premios Cirilo Villaverde y Hermanos Loynaz 2008; el Premio de Cuento Fundación de la Ciudad de Matanzas 2008 y el Premio Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2011. Entre sus libros publicados están Sol negro (Extramuros, 2001); Niños de neón (Letras Cubanas, 2001); Dioses de neón (Letras Cubanas, 2006); Vivir y morir sin ángeles (Letras Cubanas, 2009) y Casi la verdad (Ediciones Matanzas, 2009).