Narrativa

Elvis Presley canta su último rock and roll

La noticia había impactado profundamente. Se suscitaron muchísimos comentarios alrededor del hecho. Supe que el protagonista era un antiguo alumno mío: Maikel Valié Luján. 

Diez años más tarde me lancé en su búsqueda. No se olvida tan fácil un profesor que tartamudea. Un día de 2005, después de tanto indagar, me encontré cara a cara con el protagonista de esta historia.

Yo nací enfermizo, por eso me criaron con lástima, con tanta lástima que llegué a sentir miedo por casi todo. Según el médico de la familia y otros que me consultaron en el Hospital Infantil mis padecimientos serían para toda la vida. Asma grado tres y un soplo en el corazón. Cuando menos lo esperaba, me entraba una falta de aire de pinga o continuas taquicardias.

En esos primeros años, llegué a pensar que en cualquier momento no llegaría vivo al cuerpo de guardia. Mamá le pedía ayuda a un vecino, que tenía un jeep, porque papá se iba por la madrugada y no regresaba hasta la noche. Lo veíamos llegar cuando ya mami nos estaba preparando la cama. Siempre de reuniones en reuniones, de visita en visita. Muchas veces se perdía para no sé dónde y se pasaba días fuera de casa.

Desde mi entrada al preescolar, ya era un agitao. Macaco se pasaba el rejodío día dándome empujones o poniéndome zancadillas. Una vez me botó el pomo de refresco. Para los demás aquello fue una fiesta.

El negrito era de tranca, bueno, criado al trozo, ya pueden imaginarse, pero lo del refresco no terminó ahí: mi hermano, que era mayor que yo y echaíto palante, me dijo: Dale, comemierda, cáele a patá a ese mono. Entonces se formó la grande, la pandilla de Macaco le fue arriba a mi hermano y se armó tremenda bronca.

Yo cogí una patá en los güevos que me dejó sin aire. Recuerdo que llegué berreando a la casa. Desde ese día, mi hermano me abandonó a la suerte.

—Búscate a otro que le sirva de vieja llorona a este pendejo —le advirtió a mamá.

—Pero, ¿qué les pasó ahora? —preguntó la vieja con el susto en la boca,

—Este, que es una cucaracha, un ratón de barbacoa.

La discusión se fue poniendo fea. Mario prefirió irse por ahí antes de seguir escuchando la cantaleta. Sentí que el mundo se rajaba delante de mí mismo y quise que la tierra me tragara con la tos y la taquicardia juntas.

Andaba tan cagado, que empecé a esconderme en el barrio o en los matorrales para no ir a la escuela. Lo único que me interesaba era no tener que tropezarme con mi feroz enemigo. Claro, eso duró solo dos días, pronto la maestra vendría a saber la causa de mis ausencias.

Mami, por supuesto, se estaba desayunando con la noticia. No me atreví a decir la verdad. Me daba vergüenza. Pero Mario, a quien nadie le había dado vela en ese entierro, le dijo que yo le tenía miedo, de seguro, a Macaco. No me dieron los gaznatones que esperaba mi hermano, pero la vieja me miró con cara de mierda y eso fue mucho peor.

Entonces empezó a llevarme al colegio. El monkey me hacía muecas por la espalda moviendo las manos como si fueran dos alas. La maestra se transformó en mi palo de salvación. Dejé de salir al recreo.

Hasta el cuarto grado no pasó nada importante en mi vida. Pero en ese curso apareció en la escuela un nuevo alumno, se llamaba León Cruz, estaba en quinto y fue mi mejor amigo hasta el día que decidí darle una puñalada en medio del pecho.

León y mi hermano Mario se hicieron socios fuertes, algo así como el chicle y la boca. Fue León quien me enseñó a armar rompecabezas y a jugar parchís. Cuando Mario no estaba, nos guerreábamos a los trompos. Creo que él, algunas veces, me dejaba ganar. Aunque mi hermano no estuviera de acuerdo, iba con ellos, lo mismo a la escuela, que a piratear por ahí. Le ronca andar con este para todas partes. Este es un llorón. Vira pa’ la casa; pero bastaba con que León abriera la boca para defenderme y mi viaje estaba seguro.

Mientras ellos se trepaban en las matas de mango o de coco, guindaba mi jaula en cualquier gajo y me escondía detrás de unos matojos para ver como los tomeguines iban cayendo en la trampa. Eso me daba una alegría tremenda. Luego los fiñes del barrio miraban con envidia la cantidad de pajaritos que revoleteaban entre las varetas.

Una vez los sorprendí manoseándose el rabo, pensé que iban hacer algo; pero León me dijo que eso era cosa de hombre, que cuando creciera tendría que hacerlo también, porque pajearse era riquísimo, y siguieron en lo mismo. Como no sentí nada raro en el mío, aunque le di, como ellos, palante y patrás, seguí en la cazadera de pájaros. Claro, no le quitaba los ojos de encima. Quería saber en que terminaba aquel jueguito. Al final, me quedé en esa.

Mi entretenimiento preferido era recoger caracoles con otros muchachos y echarlos a pelear. Posiblemente fue el único juego donde muchas veces gané de verdad.

León se hizo respetar muy pronto, ni el propio monkey se atrevía con él. Sabía algo de lucha y de boxeo, lo practicaba allá en su pueblo, sobre todo cuando en una jodedera le aplicó una llave y lo tiró al suelo. Mario también lo respetaba. Él se dio cuenta y algunas veces como que se lo daba a entender. Una vez jugando parchís, armaron una bronca, total por una comedura de mierda. Poco a poco se distanciaron y ocupé el lugar de mi hermano.

Comprendí que ese era el momento de quitarme de arriba la custodia de la maestra. Aunque era cierto que sentía admiración por el socio, también me jodía no tener valor para fajarme con cualquiera, que me diera tres cojones un trompón por la cara, que me hincharan un ojo o me despingaran la boca. León no lo pensaba dos veces: resolvía sus problemas a patás o a mordidas. Y eso me daba envidia.

Andando con él nadie se metía conmigo. Hasta mamá le recomendaba que me cuidara. Macaco me veía como algo muy lejos de su alcance. Ya salía al receso sin ninguna preocupación. Alguna que otra vez hinchaba el pecho; quería creer que me respetaban, pero no era así. El miedo era a León porque en el fondo yo seguía siendo igual. Se acabaron las zancadillas, los empujones y los refrescos botados.

Llegó el momento en que prácticamente nos separábamos solo para entrar al aula o a la hora de dormir. Casi sin salir el sol, ya él estaba tocando la puerta para irnos a la escuela. Como todavía era muy temprano, mamá compartía el desayuno nuestro con León. Mario, que siempre fue muy goloso, ponía mala cara, pero jamás abrió la boca ni para decir este pan es mío. Él sabía bien del palo que se rascaba.

Por las tardes, el amigo le pedía permiso a mi mamá para llevarme a un arroyo que pasaba cerca de la casa. A veces Mario también iba. Vengan antes que llegue su papá. El complejo de guapo de mi hermano jodió esos baños.

Yo estaba recogiendo unos caracoles cuando Mario revolvió el agua. León se encabronó. Eso es una mariconá, compadre. Ah, chico, tú te crees la mamita de este llorón. Ahí se formó la bronca. Mario salió del agua con un ojo amoratado. Eso no se queda así, prepárate. Eso se hincha, le dijo él, y empezó a reírse. Aun cuando se lo merecía, me dio pena con él, al fin y al cabo éramos de la misma sangre; además estaba lo otro, el que Mario siguiera apartándose de mí. Mamá nos soltó su buen regaño.

Se acabó el río. No quiero problemas con tu padre. Tú sabes, Maikel, que el agua ya empieza a ponerse fría y puede atacarte el asma. Al amigo le dio mucha pena. Mi vieja le tenía aprecio. Muchas veces León almorzó en mi casa y cuando no, ella le preparó buenas meriendas que el pobre no podía comerse en su casa porque allá hacían una sola comida. Así que mi socio andaba siempre guapeándose la jama. Comprendió que le estaba pagando mal a mamá. De todas formas yo le seguía teniendo miedo a la falta de aire y al tener que pasarme las noches de aerosol en aerosol. Si es así mejor, me resigné.

León vino a vivir a Encrucijada: sus padres se habían divorciado. Se comentaba que su mamá le había pegado los tarros al marido con un chofer del central donde ella trabajaba y, como vivía agregada, tuvo que recoger los bultos y volver para su casa. Al principio, él hablaba poco, siempre medio aislado. Seguro que le daba vergüenza: ya su mamá tenía fama de puta. Vaya, que es del carajo ser hijo de una mujer así. Por suerte la mía era muy buena, no me la imaginaba puteando con el primer macho que llegara. A ella no le hacía falta trabajar y eso que había estudiado Comercio, pero para qué meterse tantas horas detrás de un mostrador o en una oficina si en la casa no faltaba nada. Es verdad que el viejo, por su trabajo, era apenas una sombra; sin embargo, no había por qué aburrirse y uno de nosotros siempre estaba jodiendo.

La maestra hasta le cogió lastima a León, aunque eso lo digo yo, no estoy seguro de que fuera cierto. Una sola vez vi a su papá en la escuela, andaba con una carpeta y un par de espejuelos culo de botella. Parecía un hombre de esos que ni tiñen ni dan color.

No me gustaba ir a casa de su abuela. La vieja siempre estaba rezongando y llamándonos mataperros. Cuando abría la boca, era como si estuviera viendo a la bruja de Blancanieves: un solo diente, picado y amarillo de tanto mascar tabacos. Botaba unos escupitajos que me revolvían el estómago.

León era hijo único, pero no estaba criado con mariconería. Tampoco se enfermaba de nada. En menos de un curso se convirtió en el centro de toda la escuela, hasta los de sexto lo respetaban. También las muchachitas se enamoraban de él, mucho más después de aquel viernes cuando cantó una canción que hablaba del Che. Nunca imaginé que fuera cantante, y menos, tocador de guitarra.

Una vez quise recitar un poema dedicado a Camilo, pero me salió una mierda: en medio de la actuación se me olvidó una parte de la poesía y los muchachos se echaron a reír. La maestra trató de ayudarme, pero a mí se me había bloqueado el cerebro y tenía la cara ardiendo. Jamás lo volví a intentar. Comprendí que para ser artista había que nacer con ese don, así que pronto me olvidé de eso y dejé que la vida siguiera su curso. Ya seré algo cuando crezca, me dije.

A León le gustaba eso: que lo vieran distinto a los demás. Vaya, que se tiraba su peíto. Sin embargo, nunca lo adulé, le tenía miedo en lo de fajarme y su poco de envidia, es verdad; pero cada vez me convenzo más de que lo necesitaba mucho: fue mi compañía en las jornadas en que me atrapaba la tosedera y me pasaba todo el tiempo tragando pastillas como si fuera un pollo. Abría las ventanas y riendo me decía: Esto parece un hospital. Coge sol, compadre, que se va a poner más amarillo que un chino.

Siempre venía con un chiste diferente. El que más me gustaba era uno que hablaba de un negro que soñó con ser rey y el brujo lo convirtió en burro de carretón. Al amigo no le gustaban mucho los negros. Si por mí fuera los mandaría de regreso para su tierra, me confesó en uno de aquellos juegos. Esa tirria le venía por algunos chismes de la calle: su mamá andaba con un prieto que manejaba una rastra. Otras veces volvía con su guitarra y trataba de enseñarme canciones. Para que seas famoso, me decía soltando la carcajada.

La primera vez que León estuvo en mi casa, mamá descubrió que mi amigo tenía la misma cara de un tal Elvis Presley.

—¿Y ese quién es? —preguntamos con la vista y el gesto.

—Un cantante y actor norteamericano, uno de los músicos más populares allá por los años cincuenta y sesenta, el rey del rock and roll.

—Ah, vieja, eso es música de abuelos. Al socio le gusta otra cosa.

—¿Qué saben ustedes de Elvis y de la buena música? Esa voz que tenía y el atractivo físico lo convirtieron en el novio de todas las adolescentes de mi generación y lo catapultaron al mundo del cine. Cuando estudiaba Comercio en La Habana, tu padre y yo nos metíamos en la Cinemateca para verlo. ¡Las colas que se armaban! Y eso que las ponían después de las once de la noche. Ya se me han olvidado, pero cuando joven tarareaba algunas de sus canciones. Recuerdo algo de “Love me tender”, “Blue suede shoes” y “Hard headed woman”.

Noté que mamá se había puesto medio triste. Por eso la atajé:

—No me digas que vas a llorar por un hombre que ni conociste. A ver si papá llega…

—El fanatismo por Elvis Presley nos unió para siempre. Tú padre y yo conservamos casi todos sus discos. Cuando éramos novios prometimos, cosa de locos, claro, visitar la tumba de Elvis, que yace junto a su familia en un jardín de su casa, en la ciudad de Memphis. Desde su muerte en 1977, su impresionante colección de coches y trajes han atraído millones de visitantes. Todavía se venden, y mucho.

Quiso que León escuchara al menos una de sus canciones. Puso el disco en el viejo aparato ruso y la música del tal Elvis Presley se cogió la casa. Mamá empezó a bailar, y muy pronto el socio cogió el ritmo e hicieron pareja. Al principio, los miré medio embobado y hasta me dio risa. Sin embargo, vinieron a atacarme los celos y traté de ponerle fin al show.

Desde ese día comencé a llamar a León por el nombre del famoso ídolo de mis padres. Aunque él se dio cuenta de que lo hacía en tono de guasa, no se puso bravo, al contrario. El barrio, los muchachos de la escuela y hasta algunos maestros le cambiaron el nombre. Mamá le regaló algunos afiches del yuma para que los pegara en su cuarto, porque el socio, de seguro, no tenía un escaparate en su dormitorio.

Casi al final del curso aterricé con la bicicleta, me chivé una canilla y se me salió el tobillo. Me pusieron una bota de yeso. Pues mira, Elvis Presley era el único de los varones que venía a verme. Se pasaba horas en mi casa: jugábamos parchís, dama o futbolito y seguía haciéndome esos cuentos que él mismo inventaba. Cuando mami nos dejada solos, resolvía algunas de mis tareas, sobre todo las de Matemáticas, donde siempre he sido un cafre y donde él tampoco era muy filtro, pero ya lo había dado en el curso anterior.

Mario comenzó la secundaria y prácticamente no se relacionaba con nosotros. Le encantaba hacerse el hombre y hablar mucha mierda. Nos decía fiñes. De vez en vez, lo provocábamos con aquello de que con ese uniforme parecía un caldero de chícharo o diarrea de niño. Claro, el socio pensaba becarse y usar el uniforme azul. No quería pensar en el momento en que Elvis se becara, tendría que pasarme quince o veinte días sin verlo, y a decir verdad, yo no había hecho muchos amigos ¿Con quién iba a mataperrear por ahí?

Yo prefería seguir estudiando cerca, porque es muy sabroso comer y dormir en la casa y no en esas literas, ni jamarse esas comidas mal hechas y servidas en bandejas donde come un montón de gente. Pero Elvis Presley sí quería. Allá, me explicaba, dan ropa y puedo comer tres veces. En mi casa no salimos del arroz con frijoles y alguna tortilla ¿Tú crees que es fácil? Mami a veces ni por las noches viene, y los achaques de mi abuela ya no hay quien los soporte. Y la escupidera, agregué. Eso sí podía entenderlo bien: mejor vivir solo que mal acompañao.

Estuve a punto de decirle a mi mamá que le diera almuerzo a su Elvis Presley para que no tuviera que irse a pasar trabajo, total, si ya ella le había regalado algunas de mis ropas. Pero no me alcanzó el valor. Esa decisión habría que contarla con mi papá, y ya podía oírlo: Claro, ustedes ni se imaginan lo que cuesta comer en esta casa, para encima de eso tener un invitado diariamente. Mamá muchas veces le recordaba que ya él no era el mismo de cuando estudiaban en La Habana. El guajirito se me está creyendo Dios.

Quise ayudar a León de muchas formas, pero casi nunca aceptaba. Era orgulloso. Bueno, a los hombres no nos gusta que nos cojan lástima. Eso está bien para las mujeres. Solo aceptaba los regalos de mi madre. Aunque ahora me dé risa, llegué a creer que el socio se estaba enamorando de mi mamá y hasta ahí no podían llegar las cosas. Es verdad que nadie tiene la culpa de que mi madre en esa fecha todavía rompiera corazones y corojos en el aire.

A mediados de curso vinieron a captar alumnos para la escuela de arte ¡Pobre León! No lo escogieron. Andaba triste, imagínate, se le estaba cayendo el cartelito de artista. Después de aquello lo notaba medio furioso.

Iván, el bizco, quería fajarse conmigo. Yo le di la baba. El miedo es del carajo, macho, no te deja, caballo, no te deja. Presley salió en mi defensa y le puso la cara que daba lástima. Luego se viró para mí y me gritó: A ver si aprendes a fajarte, cualquier día los cabrones estos te van a coger el culo. El coro se echó una carcajada; yo por poco me rajo a llorar. Casi le pido: Deja, no me defiendas. Pero el horno no estaba para galleticas. El caballo por manso que sea de vez en cuando suelta sus patadas, era el dicho de mi abuela.

Elvis me enseñó un poco de su boxeo y unas llaves de lucha. Un día me dio tremendo susto. Me confesó: quiero ahorcarme. Por poco se me van los pelos de la cabeza. No me mires así, tú vives muy sabroso. Tu mamá es muy buena. A veces creo que a la mía se le olvida que abuela y yo existimos. Últimamente siempre tengo hambre y abuela no hace más que llorar. Cualquier día se muere pal carajo.

No quería imaginarme al músico colgado de una soga. Los muertos me daban mucho miedo. Cuando abuelita brincó el charco, estuve como dos meses durmiendo en la cama de los viejos. La sentía andando por toda la casa y hasta tropezando con los muebles, porque la pobre estaba medio cegata.

Sudaba a chorros debajo de la colcha: no me atrevía a sacar la cabeza. Creía que la iba a ver sentada en la cama o halándome los dedos gordos de los pies. Entonces apretaba bien los ojos para quedarme dormido. Pero nada, el sueño se me había ido al carajo y mi abuela seguía ahí, esperando a que sacara la cabeza para enseñarme la lengua o hacerme otras muecas. Me pasaba el día repitiendo: los muertos no salen, los muertos no salen. Incluso, con los trajines hasta se me olvidaba un poco la abuelita, pero cuando llegaba la hora de dormir volvíamos a las mismas funciones. Yo, a esconderme debajo de la colcha, y ella a esperar el momento para sacarme la lengua.

Debe ser del carajo eso de querer uno morirse siendo niño. Algo tendría qué hacer, León no podía morirse ahora cuando más lo necesitaba. ¿Con quién iba a pasear, jugar, hablar de novias, joder por los campos con las yeguas de los guajiros, bañarme en el río a escondidas y secarme con la toalla del amigo para que mamá no se diera cuenta y no me bajara un regaño con su respectivo castigo, porque volverían las noches de tos y falta de aire?

Fueron muchas las veces que Elvis Presley me acompañó a darme aerosol cuando la crisis era leve. Con Mario mami no podía contar para eso. Este es más blandito que un frijol en olla, se convirtió en la burla permanente de mi hermano, por eso prefería a León en las noches de cuerpo de guardia.

Pensé que lo mejor era contárselo a mi mamá. Debíamos salvar al pobre amigo. Además, no quería tener otro muerto rondándome en las noches, bastante había tenido con la abuela.

No sabía qué decir ni qué consejos darle, nunca fui inteligente para eso. Cuando se lo conté, ella me quitó la preocupación prometiéndome que los niños no se ahorcan, ni le creas.

 ***

Mamá no sabrá nunca las veces que estuve a punto de quitarme la vida. La cárcel es un sitio para tipos que tienen más de dos cojones, y cuando me tocó a mí era todavía un muchacho. En mi galera había cuatro diablos a los que les llamaban Los Chicos de Liverpool. Los demás presos les guardaban el café, menos Astromán. La cárcel de menores es la gloria comparado con aquel lugar. Es verdad que los instructores están a la viva y evitan todo lo que pueden a base de celdas de castigo o repartiendo tranca de todos los colores a los más hijos de puta, pero no es fácil. El Fan era el jefe del cuarteto. Se paraba delante de mí o por el lado y con cara guasona decía: Muchachos, no es verdad que está bello este chico. Y trataba de acariciarme. Yo sentía temblores por las piernas y un frío enorme en la barriga. Me quedaba callado, así era mejor. Mientras no pasara de las caricias, uno se hace el bobo. Pero entre rejas siempre se está en vigilia, sabes que un día será la grande. Y te empiezas a preparar para el momento. Lo que casi nunca nadie sospecha es eso mismo, lo que vendrá. Y en mi caso vino una noche.

Los hombres no se andan mirando en los espejos, sin embargo, yo no era feo, un muñeco como decía una chica del preuniversitario cada vez que me veía: Papito, crece pronto, para ser tu novia. Lo que ella jamás supo fue las veces que me quedé bajo sus escaleras para verla subir y vacilarle las nalgas, que quedaban ante mi vista. Entonces corría para el baño para gozarla en mi mente.

Una noche Los Chicos vinieron a violarme. Armé tremenda gritería, todo el mundo se despertó. Pero nadie movió un dedo. El Fan sacó una cuchara con la punta amolada. Los guardias llegaron a tiempo. Se los llevaron al calabozo. Pasé unos días muy tensos. Se me “reventó” la vía respiratoria y estuve tosiendo veinticuatro por veinticuatro. La gente me decía que cuando salieran, de seguro se vengarían, que por mi pescuezo no daban ni una peseta y mucho menos por mi culito. El miedo aceleró el ritmo cardiaco y no me faltaron las taquicardias.

De mi mente no salía el muerto. Había matado al único hombre que sin pensarlo dos veces se hubiera lanzado al agua para tirarme un salve. Cuánto quise tener una foto suya o uno de sus huesos prendido al cuello para que me sirvieran de resguardo. La voz de un muerto, aprendí en la cárcel, es un arma poderosa contra los malos espíritus, que convierten las celdas en un infierno.

Yo podía permitir cualquier abuso, pero nunca que me cogieran de jeva, por eso una noche saqué el ribete negro del pantalón de preso. Eso da un trabajo de tranca. Amarré el listón de tela a un barrote. Estaba resuelto a guindarme. Pero siempre hay alguien despierto. Ese alguien dio la voz de alarma. Los guardias se llevaron el ribete y luego me buscaron. Estuve dos días en el calabozo. A pesar de la tos, tuve mucho tiempo para pensar qué debía hacer. Así que aproveché un alambrón y decidí cortarme la vena del cuello. De todas maneras tenía que salir de aquella angustia, de aquel miedo que no me soltaba. Para un hombre como yo, era mejor morirse antes de servir de carná a esa gente que uno se encuentra en las cárceles, tipos que viven solo para comer, hacerse pajas, cogerle el culo a un desgraciado o joderles los sentimientos a personas que luchan por no volverse un mierda dentro de esos muros. Aunque al final, sin darse cuenta, uno se va pudriendo también.

 ***

Elvis Presley trajo un muñeco de saco lleno de aserrín. Nos pasábamos las tardes dándole piñazos y patá de kárate. Fue la época en que me estiré como una vara de cazar gatos.

Cuando inicié la secundaria, Mario había terminado el octavo grado, Elvis Presley era el peor alumno de su año y yo comenzaba a sufrir por primera vez en mi vida. Papi se había marchado de la casa para no regresar nunca.

No tenía derecho a quejarme. Desde que nací lo tuve todo: una mansión de placa, televisor, cocina de gas, refrigerador y fibra en cantidades industriales, una mamá muy bonita y un padre que subía de cargos como la espuma. Con el jeep cuatro puertas que le dieron se acabó la cogedera de guagua, pero continuamos distanciándonos del hombre de la casa.

Pasábamos las vacaciones en la playa, en una casa propiedad de la empresa provincial donde trabajaba el viejo. Sus socios y él le metían al ron de etiqueta; para nosotros, los chamas, siempre había refrescos, maltinas y galleticas de muchos sabores y todo el tiempo que nos daba la gana para hacer lo que se nos ocurriera. En esos días de playa, papá se olvidaba de Mario y de mí. Ante cada pedido de permiso, repetía como un robot: Vean a su mamá. Vaya, como decía un socio, vivíamos como ricachones.

Ahora creo que lo del monkey era pura envidia. La existencia marchaba sabrosa, pero la felicidad no es completa. Con lo del carro, al viejo le llegó la vida de mujeriego. Eso es común entre los jefes: el dinero, los cargos y la gasolina halan más papayas en este país que todo el oro de un rajá en el harén. Pero es de tranca ver que a tu mamá la cambien por la primera puta con deseos de darse la buena vida. Desde ese día comencé a sentir picazón en las nalgas cada vez que el viejo llegaba del trabajo o andaba cerca de nosotros.

Me di cuenta de que las cosas no andaban bien entre ellos cuando sorprendí a mami llorando y no pudo darme una explicación muy clara. Andaba llorosa por los rincones de la casa y una noche escuchamos sus quejas. Parece que el puro andaba con otra mujer. Mi hermano y yo tratamos de cogerlo con las manos en la masa, pero no era posible. Siempre venía de la pincha con tres o cuatro mujeres en el carro.

Frente a mi casa, vivía una abogada, que trabajaba en Santa Clara. Oye, un bombón, lo más rico del barrio. Buenas pajas que me hice a su costilla cada vez que la vacilaba con sus nalgas a punto de explotar dentro de aquel short de mezclilla mientras tiraba agua en el portal. Para esa fecha ya al viejo le habían asignado un Lada, la abogadita cogía botella de ida y vuelta, hasta que pasó lo que se veía venir. Primero, las sospechas, el comentario, el copón divino y todo eso junto fue a parar en divorcio. Él se fue con su Lada y nosotros tres nos quedamos con la casona, Mario y yo más libres, y la vieja —esa era la parte jodía— siempre llena de lagrimones.

***

En la cárcel conocí a un tipo al que llamaban Astromán, se mandaba tremendo feo. Y hago esta historia para que sepan que si hubiera matado al puro por hacer sufrir a la vieja, hubiera sido rey en la galera. Allí lo único que se respeta es la madre, hasta los que son como yo se baten si le tocan el ser más querido. Pues mira, Astromán le dio un hachazo a su padrastro en la cabeza porque lo sorprendió dándole golpes a su mamá. El tipo no hablaba con nadie y le importaba un carajo lo que pasaba a su alrededor. Él era intocable.

 ***

Cuando mi hermano se graduó de noveno, papá se lo llevó para el Arcoíris y le llenó la barriga con buena jama y le mejoró el ropero con dos juegos de jeans y varios pulóveres. El próximo curso, Mario se becaría en el Tecnológico Azucarero de la provincia. Por entonces el amigo con nombre de cantante famoso estaba en manos del Consejo de Menores y yo había terminado el séptimo grado con muchas actas de advertencia y notas de sesenta y pico.

Como el viejo estaba echando chispas conmigo, ni por hipocresía me invitó al festín ni me trajo siquiera una pizza de dos cuarenta. Cágate en eso, vamos a robarnos un carnero en la cooperativa y que abuela lo prepare. Hoy comes en mi casa. Mami anda por La Habana con el rastrero y no se va a enterar, fue la invitación de mi camarada.

El robo no fue difícil, pues de cinco a seis de la tarde la guardia quedaba bey. León aprovechó que el viejo salió a discutirle al perro que había llevado como señuelo y metiéndose entre el guano, sacó un pichoncito. Salimos volando de allí. Por suerte, esos animales no berrean. No nos quedó más remedio que atravesar medio campo de cañas.

León justificó el robo contándole a la vieja una historia de deudas. La hartera fue vigueta. Así que me cagué en los dos paseantes. No acepté que le llevara chilindrón a mi mamá por dos razones: los celos, que me hacían ver fantasmas en todas partes, y por no levantar sospechas, pues a la mía era difícil pasarle gato por liebre.

Papá estuvo berreado conmigo todas las vacaciones. Se chivó hasta el viaje a la playa. No fueron esas las notas que esperé de ti. Dan pena, coño, ¿a quién saliste con esa cabeza torcida? Mucho que tenemos que luchar tu madre y yo. Mami es la que se jode con nosotros. Me caminó pa’ arriba con la intención de bajarme una galúa. Me encogí todo lo que pude para soportarlo. Paró la mano en el aire. Se montó en su Lada. Llevaba un señor berrinche.

Mi madre hizo lo posible por separarme de su ídolo musical. Si cuando pequeño lo aceptaba sin miramientos, ahora lo culpaba de mi mala actitud. Nos pasábamos el día mataperreando por ahí, hasta nos robamos una yegua. Bueno, la idea fue de él. Cuando nos cansamos de comer mierda con la bestia, la íbamos a soltar sin soga, pero a mi socio se le ocurrió que nos la debíamos pisar. Era la primera vez que me templaba a alguien. El camarada aguantó la yegua y un minuto después sentí que me venía todo ¡Qué rico! Se me había olvidado que era una bestia y hasta le besé el lomo. Elvis Presley, que tuvo el honor de templarse primero la yegüita, por poco se muere de risa. Entonces agarré un peñasco y le hice jurar que no se lo contaría a nadie.

En noveno grado, él mejoró su disciplina y con ella las notas. Se puso a cantar en un grupo musical de Cultura, pero el director le advirtió que, si no cumplía con el compromiso, adiós a la música. Entró solito por el aro. Tenía mucho éxito con las muchachitas. Cambiaba de novia como las quinceañeras de ropa. Recuperó su orgullo de artista.

Poco a poco se fue buscando otros socios, apenas nos reuníamos. Los fines de semanas, se iba con el grupo para Calabazar, El Santo o El Purio. Cogió tremendo peo con la música, con el pelo largo y el dormilón en la oreja. Fue una época en que estuve en baja y para remachar el clavo mamá se echó un marinovio.

El tipo me caía mal, pero mal y de gratis, porque, al fin y a cabo, nunca se metió conmigo. No estaba dispuesto a compartir lo mío con nadie, mucho menos la casa. De verdad creí que el hombre lo que andaba buscando era adueñarse del gao; además, después de la separación de León, mamá era lo único bueno que me quedaba. Por eso me sorprendí muchísimo cuando estuvo a punto de sonarme una galleta en pleno rostro, total por una verraquencia mía. En realidad, nunca hubiera sido capaz de matar a mi hermano, y mucho menos por celos mierderos. En esta casa la palabra matar está prohibida hasta para pensarla, fue su última advertencia.

***

La pobre, no sabe que en la cárcel matar se convierte primero en un manojo de sustos, de nervios acaballándote la existencia, luego se transforma en una necesidad casi urgente, un sálvese quien pueda, un da tú primero, en una agonía. Cuando Los Chicos de Liverpool fueron trasladados, todos pensamos que después de la tempestad, vendrían tiempos mejores. Y así habría sido si no hubieran llegado esos tres en una cordillera vía Habana: el General y sus dos guardaespaldas. Se aparecieron de improviso, con sus fuertes torsos desfigurados por enormes tatuajes que mostraban mujeres con sus papayas abiertas al gozo. Ellos exigieron que los nombraran como los Zapadores. Pronto comenzaríamos a sufrir la gran hijoeputada que fue el enviarnos ese “regalo”.

Desde su llegada dejaron claro que para que la paz reinara en tierras del Señor solo debíamos obedecer: comida y dejarse explorar sexualmente, pues debían informar al Estado Mayor de las condiciones físicas en que se hallaban sus soldados para los próximos combates. Se respiraba tanta ironía en su cháchara que se me pusieron los pelos de punta.

El miedo se me empegostó en el pellejo como tizne en los calderos. Ahora sí que me jodí. Y maldije mil veces el destino que me había tocado. Con ese miedo, nos acostamos. Apenas un par de horas y ya Los Zapadores emprendían su primera obra. ¿La víctima?, un pobre diablo que había caído en canas por rajarle la cabeza a un policía con un ladrillo y cortarle, de cuajo, el brazo derecho al padre, por encontrárselo dándole una tunda de golpes a su madre. Nos contó cómo los dedos del brazo se movían aún en el suelo.

El General, el peor de los tres, atrapó por el pescuezo a mi camarada de litera y de un estrellón lo derribó de la cama. Los compinches lo dejaron desnudo en medio de la galera. Cada vez que iba a chillar le apretaban el pescuezo hasta dejarlo sin aire. De una patada lo pusieron en cuatro patas y lo amarraron de una cama. Aquello era de pinga, pero nadie salió a defender al muchacho. Con tiras de sábanas, hicieron una cuerda y le sujetaron los pies. El primero que se bajó los pantalones fue el jefe, quien se pajeó allí mismo. Pero el martirio no terminaba. Fueron más lejos. El General, siempre primero, lo vaciló recorriéndole la espalda y las nalgas con la lengua y con la “estaca”. Cuando se la clavaron, el socio dejó escapar unos bufidos de buey capado a macetazo.

El tipo se portó como un mártir: tres punzonazos por la cloaca al duro y sin guante y no dijo ni pío. Esa noche comprendí que los días de paz se habían ido volando. Había llegado la guerra. Satisfechos, los bugarrones se fueron a dormir. El show olía a muerto.

Pasé la noche en un puro temblor y llorando como una Magdalena. Pronto me tocaría a mí y nadie movería un dedo para defenderme. Astromán ni siquiera se molestó en mirar el espectáculo. Una sola esperanza rondaba mis pensamientos: que se metieran con el “intocable” y este les ajustara las cuentas.

Pero no fue así. La noche siguiente atraparon al Nene, una yegua zamba y revigía. Se rió con la primera patá por el culo y se reía como una puta cuando cada zapador se lo templó. ¡Maricón!, grito uno de ellos, no sirves pa’ na. Y lo despidieron con otra patá.

Como no quedaron contentos, buscaron a otro desgraciado. Una manaza me atrapó por la cabeza. Del susto me fui en meao. Quise gritar, pero la voz no me salía. La llave por el cuello me asfixiaba y empecé a halar en dirección contraria para ver si lograba el milagro de quitarme la vida. Sin embargo, ellos no estaban dispuestos a perder su presa. El miedo me atrapó por el cuello y sentí que se me paralizaba el cuerpo. La historia de la noche anterior se iba a repetir conmigo. Quise gritar, llorar, pero no pude. Necesitaba que alguien me demostrara lástima.

Caí de panza contra el piso. Recibí una golpiza tan grande, que llegué a creer que me habían astillado cada uno de los huesos. Ya después supe poco de mí. La jalea apestosa me la echaron en la boca.

Me zambulleron la cabeza en el excusado y la mierda me cegó. De cabeza fui a parar contra la pared. Cuando me dejaron en paz, era prácticamente un trasto.

Aquello fue el principio del mal. El General cambió mi nombre de pila por el de “Perrita pekinesa”. Peki, peki, me llamaba y yo debía lo mismo enjabonarlo que secarle los pies con mi toalla.

En eso me habían convertido, en un miserable perro faldero. El dolor de saberme una caraira me rompió lo poco de bueno que aún me quedaba. No era ese el destino con el que había soñado. Al hijo del jefe con Lada y querida, persona muy respetable, lo habían violado, lo desmoralizaron, le jodieron su hombría y, ¿quién iba a aceptar a la oveja negra de la familia?

Dios dejó que me descojonaran. La duda se borró: Él me estaba castigando, por eso me parecía verlo riéndose de mi pendejería.

El General me protegía de los demás: se convirtió en mi dueño. Ya me estaba acostumbrando, por miedo, a esa idea cuando una nueva preocupación vino a darse de frente conmigo: Astromán me regaló uno de sus entices de cuchilla.

 ***

Con el Período Especial había perdido las fibras en cantidades industriales, aunque el viejo conseguía tubos de jamón o de mortadella y galletas, que sacaba —como un mago— de su gran sombreo de empresario. En mi aula había muchachos que nunca desayunaban y rara vez tenían almuerzo en sus casas. La situación se había puesto de “chupa y déjame el cabo”.

En el receso nos perdíamos buscando las famosas yucas convertidas en viandas rellenas o croquetas tumba empastes. Encima de todos esos males, las colas larguísimas que le permitieron al gordo fritero convertirse en uno de los personajes más importantes del pueblo, y a nosotros tener la posibilidad de faltar a muchos turnos de clase.

Yo también tenía que empujarme las colas y aquella bazofia porque papá decía que esas meriendas de ricos eran para la casa. En la escuela sería inmoral comérselas. Elvis marcaba varios turnos en la misma cola. La gente protestaba y él se hacía el sueco. De ahí nos íbamos para la cancha deportiva del INDER a echar piñas de baloncesto o jugar al quiquimbol.

León, que siempre estaba pasmao con el baro, logró un bisne con el fritero: traerle yuca para sus croquetas si pagaba el saco a cien cañitas. Al tipo le convenía el negocio y ni se preocupó por las formas de que se valdría Presley para conseguirla. Así que muy pronto nos vimos, sacos al hombro, metiéndonos en los campos del autoconsumo del central, de las cooperativas y los sitios de los guajiros, halando cangres. León miraba para el cielo y decía: Son para una buena obra, aleja a los guardias. Muchas veces tuvimos que dejar los sacos botados en pleno surco porque ya los perros y los guardias estaban al cogernos; otras, meternos en los cañaverales hasta que llegara la noche. León gozaba mirando mi cara blanca del susto. La robadera duró hasta que el número de delincuentes en el pueblo preocupó a los de la fiana y comenzaron a meterle cuatro años de cárcel a la gente que no trabajaba ni estudiaba por alta peligrosidad. León le cogió miedo a esos juicios, y yo solo no seguía ni muerto.

Un día me presentaron al profesor de taekwondo. Me dijo que sí, que podía formar parte del equipo, pero me advirtió: este deporte no es para guapos. El tipo exigía duro, duro. Muchos problemas que me busqué por estar agitando a los chamacos, bajándoles velocidad. Ahora comprendo que no era guapería, era el deseo de vencer ese miedo con el que había nacido y me aprovechaba de la técnica.

El profesor se enteró de la mierda que yo andaba haciendo por ahí e hizo la sesión de entrenamiento conmigo. Me sonó durísimo.

—Estás expulsado del equipo, no te quiero ver de nuevo sobre el tatami —me sopló a quemarropa.

El empingue que monté no tenía nombre. Por suerte nunca supe quién fue el trompeta.

Hubo un momento en que quise cambiar: fue cuando vi a Mario llegar a la casa manejando el carro del viejo. Pero había nacido para vivir en la mierda, así que me fui olvidando de ese sueño, nunca me dejaría manejarlo. No obstante, a veces me ponía detrás del timón y lo obligaba a mover las ruedas delanteras, entonces se me iba erizando toda la piel y hasta se me encabritaba “el caballo”. ¡Coño, qué emocionante! Comprendí por qué la gente cambia tanto cuando maneja. Razón para borrar un poco la ojeriza que le tenía a mi padre. Además, templar es tan sabroso, que bien comemierda es al que se lo ponen en la boca y se hace el santo.

Pero el viejo aprovechó las circunstancias más que nadie. Tal vez fueron celos los que sentí. Me jodía mucho el hecho de que la abogada estuviera con él y no conmigo, que la velaba a todas horas, sobre todo los domingos, pues desde que sentía el primer cubo de agua en su portal me atrincheraba tras las persianas de mi cuarto. Cuando ella se doblaba para exprimir la colcha, la raja se le abría en dos y entonces Dios, la Virgen María y el Espíritu Santo me dejaban crucificados ante el espectáculo.

Mami me sorprendió en esa gracia, porque cuando noté su presencia me puse nervioso:

—Muchacho, ¿tú también? —bajé la cabeza por pena.

Comencé a pasarle el seguro a la puerta del cuarto.

Terminé la secundaria aprobando por los pelos. La vieja suspiró gordo cuando le entregaron mi diploma. El puro tuvo que bajarle tremenda muela al profesor de Historia para que rompiera el acta de conducta puesta en el expediente. Imagínate, el rollo había sido de madre. Yo le había halado por una navaja a un chama del grupo que, como a mí, le encantaba poner el dao malo. No lo iba a picar, solo quería asustarlo, pero alguien se fue de lengua y el profesor me llenó el acta de mierda esa.

Nunca le pedí la navaja, después me enteré que se la entregó al viejo. Como estaba casi en lo último del escalafón, y para colmo en séptimo grado, no fui a la escuela al campo por las crisis continuas de asma, pesqué un politécnico, pero no llegué a becarme porque unos días antes me metieron en el Centro de Menores, para un año después entrar en la cárcel de Manacas.

Yo tenía una jevita que era un caramelo, estaba metido, pero metido de verdad. Sabía que ella no era de esas a las que se les puede coger el culito así de fácil. Estaba obligado a representarla y a proteger mi moral: no quería que la canalla me cogiera para el bonche.

Un día me fajé con Presley, necesitaba probarme. Había soñado montones de veces que era un tipo con los cojones bien puestos. Esta era mi oportunidad y decidí no perderla. Si lograba machucar al bárbaro de la escuela, sería como coger cien puntos en Matemática. Me convertiría en el tipo a quien todo el barrio tendría que rendirle cuentas.

Lo primero que hice fue provocarlo, ya él no era el de antes, eso no le iba con su peo de artista. Se movía en un ambiente más distinguido, gente que, como él, se pasaban el día comiendo mierda en la Casa de Cultura, ensayando música, pegado a los bafles, oyendo rock y moviendo la cabeza como si fuera un loco. Esa porquería que nadie entiende ni un carajo, con sus pantalones llenos de parches, camisas sin mangas o pulóveres bataholas pintados con calaveras y otras cosas horribles. Cuando llegaba el festival Ciudad Metal, se pasaba esos días en Santa Clara durmiendo en las calles, los parques y haciendo coro en El Mejunje.

Un fin de semana se me ocurrió pedirle al viejo que dejara quedarme en su casa, pues quería ir a ese lugar.

—Mira, cabrón, si fuera para ir al Sandino yo te llevaba, pero, para meterte en esa pajarera, ni lo sueñes.

—Elvis Presley va, y no se ha muerto.

—A lo mejor tu musiquito se está cambiando de bando. Ten cuidado, que de El Mejunje a la mariconería solo hay una puerta.

Empecé a reírme del pelo largo del socio, de su dormilón, y se me ocurrió decirle que parecía una gitana, una gitanita maricona. En medio de la bronca, logré darle una patá en la cara, por poco se cae; cuando iba a rematarlo, se me tiró a las piernas, me tumbó y me dio tremendo apretón en los güevos. Perdí el aire y la luz del día, luego sentí un montón de patás por todas partes, el miedo me atrapó de nuevo y solo atiné a quedarme quieto. Eres un lameculo (la voz me llegaba como desde muy lejos). ¡Ratona! Sabes, ratona, respeta a los hombres.

Elvis Presley había peleado sucio, pero se me había olvidado que no estábamos en el tatami y me convencí de que a los golpes nunca le ganaría al socio. El Mejunje no lo había ablandado. A partir de entonces fui para él la ratona. Me lo gritaba lo mismo en la calle que desde un camión, o en medio del parque.

Ojalá Yanetsy nunca lo hubiera oído. Es del carajo vivir sigilado por un nombrete que echa por el piso tu moral. No podía estar escondiéndome toda la vida, disimulando por esa cabrona pendejería. En la cárcel, el socio de litera hizo lo que tenía que hacer y san se acabó.

 ***

 La tarde estaba cayendo cuando, bajo un lloviznazo, nos llevaron a comer. El trío no se separaba ni para eso. Entre el General y los guardaespaldas iba siempre yo, para entregar la parte de mi jama. Sin tiempo para ninguna reacción, el socio, saliendo de detrás de la puerta, le clavó la cuchara al jefe del trío en medio del pescuezo. La sangre inundó el salón y me salpicó la cara. Aquel salvaje intentó sacarse el pincho e incluso caminó unos cuantos pasos, pero se derrumbó como un toro sobre sus propias patas.

Se armó tremendo correcorre. La policía del penal repartió trancazos de todos los colores. Aquel día nadie pudo jamar. El asesino fue arrastrado para una de las celdas de castigo.

Los guardias comenzaron a aplicar castigos más severos. Por cualquier alteración, la pandilla verdeolivo hacía acto de presencia, armada hasta los dientes. Según la gravedad del hecho, el castigo podía terminar rápido o no. Así de recojonudos eran.

La muerte del General volvió más agresivos a los otros; por tanto, eran los que más sanciones cogían. A esos no los endereza ni el recoño de su madre. Y como no tenían escrúpulos pronto uno de ellos me exigió convertirme en su puta fija. Cuando se lo llevaron a la celda de castigo —el muy desmadrado no tenía el coraje del muerto— el “intocable” me lanzó una mirada que no pude saber bien si era de lástima o de burla. Desde ese momento, juré que me vengaría a cualquier precio.

A la semana, el tipo estaba de regreso. Una noticia cayó en medio de todos como cubo de agua tibia en tiempo de frío: el segundo guardaespaldas se iba en la nueva cordillera. La vendetta se encontraba más cerca ahora.

Lo que no sospeché jamás era que el que se quedó apuntaba y banqueaba. Una noche, en que después de satisfacerse conmigo bajo el mosquitero, me amenazó con cortármela si no me lo pisaba, y la lengua si lo divulgaba. Le juré que nadie lo sabría, pero que me dejara ir al servicio primero. Volví en tiempo para que no recelara. Demostró ser un experto. Casi se le seca la lengua. Atrapó hasta la última gota. Mi nene lindo, decía mientras chupaba. Lo monté y comencé a vacilarle su orificio, invisible a esa hora de la noche, y cuando me la pidió le metí el entice de cuchillas por el mismísimo ojo del culo. El grito de aquel desgraciado despertó a toda la cárcel.

La cama se volvió un charco de sangre. Otra vez la pandilla de guardias, y para que no fuera la excepción de la regla recibí buenos bastonazos, pero pronto me hice el desmayado.

Mientras esperaba el nuevo juicio por intento de asesinato, me recluyeron en la misma celda de castigo del camarada de litera. Este lucía un bonito gorro de vendas por tirarle mierda al pasillero que repartía la jama en estas celdas. Como ya el excusado estaba repleto, el socio se cagaba en cualquier rincón de la celda. No podía tragarme la comida que nos tocaba a media tarde sin vomitarla después, debido a la peste que reinaba. En ese tiempo, me volví hueso y orejas.

Perdí poco a poco la belleza que traía locos a los bugarrones. Un mañana trajeron agua para que limpiáramos y nos aseáramos: el jefe del penal vendría de visita. Incluyeron en la mejoría sopa con patas de pollo y un vaso de agua con azúcar.

Para joder al Consejo, el compinche me hizo cómplice de una idea que, si resultaba, se iba a cagar el buey. Después del almuerzo, primera vez que lo recibía desde que estaba en castigo, llegó la comitiva. El plan consistía en tirarle por la cara al responsable del Consejo una caja de ajedrez llena de mierda. Pero, como una cosa piensa el borracho y otra el bodeguero, el primero que asomó fue el que más meaba en la prisión y recibió, por error, las plastas.

El castigo, celda totalmente tapiada, duró una semana. El amigo, como protesta, me pidió que le partiera los brazos. Mojó bien la toalla y con trozo de palo se los golpeé hasta que se les astillaron. Tuvieron que enyesárselos. Me convertí en su mamita particular.

Una noche me confesó que tenía muchas ganas, que estaba cansado de usar los cinco dedos a costa de todas las nalgas que veía a la hora de bañarse.

Me quedé esperando a ver hasta dónde pensaba llegar con sus insinuaciones. Y llegó al punto a donde nunca debió. Esta noche nos acordamos del cuento del león y el burro que se perdieron en la selva. Nadie lo sabrá, majestad. Cuando estemos en la calle ya tendremos tiempo de buscarnos jevas. Pero de aquí saldremos quién sabe cuándo.

Le hablé de la abogada, de las nalgonas tan ricas que tiene, de las tetas redondas y puntiagudas como el turquino, de su cara linda, de la papayona que se le marcaba a través del short. Solo quería calmarlo. Pero fue peor el remedio que la enfermedad. Ahora estaba más excitado.

No podía creer que ese muchachito, en tan poco tiempo, pensara ya como un viejo presidiario. Estuve un buen rato en silencio. Al final decidí que de todos modos un día iba a suceder, entre más rápido mejor.

Le dije que se desvistiera porque estaba muy animado. Con una alegría inusual, me pidió que le hiciera el trabajo o si se me había olvidado lo de los yesos. Los desvestí sin apuros. Parece que de solo imaginárselo, ya tenía el “caballo” como el asta de la bandera. Mámamela, me pidió con la baba saliéndosele como un río. Bueno, si te gusta, le respondí. La atrapé entre mis dedos y se la froté con tal fuerza que tuvo que soltarme un yesazo por la cabeza. Aproveché la confusión y lo empujé sobre el catre. Busqué el entice. Cuando comprendió qué le iba a suceder, dio un alarido tratando de que llegara un milagro salvador. Pero los guardias llegaron tarde…

Estuve la noche entera recordando cómo los mondongos pujaban por salirse del vientre, y eso me daba risa.

Desde entonces hice propia la filosofía de un viejo cascarrabias del barrio donde viví cuando niño: ojo por ojo, diente por diente. Los demás que se prepararan, porque ese era el principio de lo que estaba por venir.

 ***

 A veces despertaba asustado, pues en el sueño escuchaba a toda la escuela gritándome: ¡Ratona!, ¡Ratona!

En uno de sus pases, Mario se enteró y me lo soltó cuando íbamos a almorzar. Cogí un cuchillo y si no sale volando por una de las ventanas, se lo hubiera clavado en medio de la espalda. Mamá se puso las manos en la cabeza y clamó por Dios.

—¡Maikel! ¿Te volviste loco? Ese es tu hermano.

—Un hijo de puta es lo que es. Y lo voy a matar.

Mamá me arrebató el arma y me entró a piñazos. Nunca la había visto tan furiosa. Y no era para menos. La vida de Mario estuvo en el salto felino que dio con tanta precisión. En los últimos pases prefirió quedarse en casa del viejo.

El marinovio de mami no pudo seguir tolerándome y también cogió la puerta. No estaba para que un malcriado le hundiera un cuchillo por cualquier bobería. Otra vez ella y yo solos. Decidió coger el teléfono y pedir auxilio a mi padre. Ella tampoco podía más.

—O dejas de hacerte el guapo o yo mismo te denuncio a la Policía. Así que escoges —me amenazó el viejo.

—Me importa un pito lo que hagas. La cárcel se hizo para los hombres —le respondí sin saber la mierda que estaba diciendo.

—Así que para hombres, ¿no? —y terminando la frase se quitó el cinto. Aguanté sin soltar un ¡ay! la tunda que me dio.

Impotente y trágico se fue echando pestes. Cuando arrancó el Lada, supe que ya no tendría padre y que por primera vez el odio se me colaba por la parte más jodida. Entre mamá y yo se abrió un abismo. Perdieron el control sobre mí y quedé al garete.

Aquel apodo fue mi pesadilla, el que me jodió la existencia.

Fue un sábado. Casi toda la juventud que tenía un empate se metía en el dancing. Llegué con mi jevita como a las nueve de la noche. El amigo de otros tiempos se encontraba también con su “ligue” y otros socios. Cuando me vio en el ambiente, fue hasta mi mesa. Para evitar jodederas me le adelanté, para recordarle nuestra vieja amistad, con aquello de: ¿Y qué Presley? ¿Vacilando? Él se tomó mi trago. Puso cara de burla. Me preparé. El dao iba a ponerse malo. Me soltó en plena cara: ¿Y qué, Ratona? ¿Ya mami te deja salir solito? Cuando regresaba para su mesa se viró y, cambiando el tono, me dijo: Si le tienes miedo a las calles oscuras, yo te acompaño primero y después la llevo hasta su casa. Sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mi pecho. Decidí que Elvis Presley cantara esa noche su último rock and roll.

El mundo se me había borrado de un pestañazo. Vi a León como si en realidad fuera el Presley que había hechizado a mi madre, pero convertido en un muñeco de trapo, con una boca grande pintada de rojo haciéndome una mueca espantosa y bailando rock and roll. Yanetsy firmó la sentencia del amigo: ¡Ratona! Eh, ¿y por qué te dice así? Me quedé mudo. Ella insistía, pero ya no la escuchaba. ¿Por qué te dice Ratona? ¿Por qué? ¿Por qué? Me fui parando sin apuros.

 ***

 En la cárcel dejé la turbación a un lado y comencé a resolver mis problemas devolviendo el golpe: ojo por ojo. Aprendí a usar todo tipo de armas, desde un punzón hasta una cruz de aluminio para herir por tres o cuatro lados a la vez. Matar si era necesario, vengarme de cuanta porquería me hicieran. Para cogerme el culo ahora había que lincharme y eso si eran más rápidos que yo. Le fui perdiendo el miedo a la muerte y el amor a la vida. Solo mi víctima seguía en el mismo sitio de donde lo vi partir aquella noche.

Cuántas veces me desperté en la cárcel con unas pesadillas del carajo. Elvis delante de mí, riéndose, burlándose de mi miedo. A veces, tal y como lo recuerdo la última vez, otras, con la cara llena de sangre, pero sin dejar de reírse. Amanecía todo sudado. Cuando mandaban a dormir, comenzaban mis peores sufrimientos. León se me aparecía sin importarle si yo tenía los ojos abiertos o cerrados. Él persistía en estar ahí. Solo con el depié aliviaba un poco mi terror.

 ***

 La capacidad de pensar se me había paralizado. Perdí la noción del lugar. Fui caminando hasta su mesa como si cargara la bola del mundo sobre mis espaldas. Cuando llegué, él se paró retándome con la mirada. No nos dijimos ninguna palabra. Pasaría lo inevitable. León —a esa hora quise llamarlo por su nombre— se puso en guardia. Nunca sospechó lo que le tenía preparado. La punta le entró por debajo de la tetilla. Un chorro de sangre caliente me bañó la mano. Los ojos de quien fuera mi mejor amigo se quedaron fijos en los míos. Se fue cayendo contra la pared. Me quedé muy tranquilo. A él se lo llevaron volando para el policlínico, bajo una gritería espantosa. Yo regresé a mi mesa y me senté a esperar.

Siempre tuve la creencia de que al salir de la cárcel, después de diez interminables años, las pesadillas morirían entre las rejas. Pero no, ahora estoy seguro de que cargaré toda la vida con sus ojos, los ojos del muerto.

Amador Hernández. Encrucijada, 1960. Narrador y ensayista

Licenciado en Español y Literatura y Máster en Ciencias de la Educación. Miembro de la UNEAC. Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2002, por el libro testimonial Yo también maldije a Dios; Beca de Creación Sigifredo Álvarez Conesa 2003 y 2004, en el género testimonio, por los proyectos Cuando los sauces lloran y Sombras nada más; Premio UNEAC 2004 por el libro de testimonio La medianoche del cordero; Luis Rogelio Nogueras 2007, convocado por el Centro Provincial del Libro de La Habana, por la novela juvenil Nuestros años felices y Primera Mención en el Concurso UNEAC 2011 en el género de literatura testimonial. Ha publicado los siguientes libros: Las eras del caminante (ensayo, en coautoría con Alberto Rodríguez Copa, 2001); Yo también maldije a Dios (Editorial Capiro, 2003); La medianoche del cordero (Ediciones UNIÓN, 2005; Editorial Oriente, 2011 y El Barco Ebrio, 2012); Cleopatra, la reina de la noche (Capiro, 2006); Nuestros años felices (Editorial Extramuros, 2008) y Desnuda estoy ante Dios (testimonio, Capiro, 2010). Actualmente funge como Profesor Auxiliar Adjunto en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Félix Varela de Villa Clara.