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Literatura cubana contemporánea

Policial

Itanam de las barcas

Este relato forma parte de la antología Confesiones (Nuevos Cuentos Policiales Cubanos) con selección y prólogo a cargo de Rebeca Murga y Lorenzo Lunar (Ediciones UNIÓN, 2011).

A Lucy Araujo y José Mariano Torralbas

—Lleva tres días sin dormir, rezándole a la Virgen del Cobre, solo ha querido tomar café y no hay quien la levante de la cama. ¡Y oyendo la radio! Con la emisora esa, esa misma, puesta día y noche. Fíjate que de la debilidad ya ni se le oyen los rezos y las ojeras la tienen sin rostro… de seguir así se muere. ¿José, tú diste el último?

—Los hijos nunca la piensan. ¿El último…? Ufss… hace rato. Oye, Cuca, ¿y qué dice Venerado?

—¿Él…? nada, tú sabes cómo es él de cerrado, hasta que se emborrache no dice nada.

—Luego me cuentas, Cuca, de aquí del pan voy a ver si llegó la prensa.

—Sí, sí, José, si yo voy todos los días a ver cómo está ella y darle ánimos. ¡La pobre…!

—¿Oye, Cuca, hoy es día de picadillo?

—Ay, si te digo te miento.

***

—Esa es la casa, vivía arriba.

—¡Habrá que sellarla pronto!

—No podemos, es solo un agrego.

—No me acuerdo de la cara del tipo.

—Bah, ya sabrás quién era, ahorita empiezan a llegar las fotos y pasan por tantos ojos que hasta nosotros las vemos.

—¡Está buena la casa!

—Tú sabes, Adolfo, yo nunca me imaginé que este tipo fuera a irse.

—Bueno, pero era amigo del Cura. Vamos.

—Sí, dale, este se la ganó y ahora es uno menos que preocupa.

***

—¿Te enteraste, José?

—¿De qué…?

—De qué va ser, no se habla de otra cosa que de la barbaridad que hizo el hijo de Venerado Fuentes.

—Sí, Gallega, no se habla de otra cosa esta mañana en el pueblo. Hoy tampoco va a llegar temprano el periódico, Tito, sí, ya fui…

—Yo sabía que ese muchacho. ¡Oye, si es que se le notaba!

—Qué, Gallega.

—Chico, que quería irse.

—Ramoncito no era mal muchacho, Gallega.

—¿Que no?

—Parece mentira que tú hables así, una inmigrante, Gallega.

—Que no era mal muchacho, y se llevó la puerca.

—Era suya.

—De Venerado, de la familia. ¡Cómo deben estar los pobres! Si ya ahorita es diciembre. Uy, por Dios, pero qué mala pinta tiene esa gandofia.

—¿Y Julia, cómo está?

—Esa… mal, muy mal. ¿Cómo quieres que esté? La casa tiene el frente lleno de hojas, ya ni la ven barrer; con lo presumida que siempre fue.

—Se acostumbrará, a todo uno acaba adaptándose.

—Ese muchacho se fue a pasar trabajo, eso si allá no se muere de hambre.

—Ay, Gallega, pero buen entrenamiento llevan de aquí ¿tú no crees?

—Ah no, José, hoy tú estás imposible. ¡Oye, mueve la mano que nos coge la noche!

—Sí, Gallega, deben ser los años.

—¿Qué dices, José? ¡Oye, Tito, no dejes que se te cuelen!

—Nada, Gallega, que de aquí vuelvo a ir a ver si ya llegó la prensa, la están trayendo tardísimo.

—Esa se coló. Tito dice que no, pero esa se coló, si yo la vi llegar. ¿Tú no?

—A mí que llegue temprano el periódico, Gallega, esta cola me da igual.

—Pero José, que el periódico no se come, hombre.

***

—Ay, Virgencita… que no le ocurra nada a mi hijo, que pronto digan su nombre y que llegó bien. Si me concedes ese milagro te juro que voy con una velita hasta El Cobre, yo invento el transporte y Venerado me acompaña. Ay, y dame fuerzas. ¿Cómo no me di cuenta, Dios mío? Si llevaba días mirándome alelado y más cariñoso que nunca.

—Julia, este caldo resucita. Bébetelo por tu hijo, para que te halle viva cuando regrese de visita.

—Ay, Cuca, a mí no me pasan por el gaznate estos… sopingones.

—Es un caldo, Julia. Aunque sea unas cucharadas, vamos ¿sí…?

Y en unos instantes las noticias del mediodía…

—¿Y el caldo, qué?

—¿Un caldo con arroz y picadillo…? ¡Cuca, eso es un sopingón!

—Está riquísimo, mija.

—Entonces cómetelo tú, chica. Y cállate.

Y con ustedes ya… Las noticias.

—¡Ay, Dios mío! ¡Mi Virgencita del cielo, que digan el nombre de mi hijo! Que llegó bien y a salvo, por favor. ¡Díganlo ya…!

—Caldo o sopingón, pero está bueno, tibiecito. No sé por qué tú no…

—¡Ay, chica cállate un minuto!

***

—¡Miren qué parque…! Y hoy es sábado. Esto parece un cementerio a las doce de la noche.

—Qué ruido va a haber, si los gorriones duermen y no estamos en zafra.

—¿Dónde habrá ron?

—¡Caballeros… y Ramoncito se la ganó!

—Chuchy, Adrián, Tito, Radel, Fausto y Robert, Julio y Osiris, Eduardito, Ángel Luis, Chavéz, Javier, Nono… ¡Coño, nos estamos quedando solos!

—Cuando un amigo se va… queda un espacio vacío.

—Oye, Tony, no te pongas sentimental. ¿Okey? Deja esas cancioncitas para cuando aparezca el ron.

—Por mí, que se vayan, así hay más mujeres para uno.

—¡Sí, Manolito! ¿Y dónde carajo están?

—¿Quién va a ir a casa de Odalys la china para ver si tiene alcohol?

—Yo no tomo más eso, ¡pufs!

—¡Eh!, y qué quiere el niño, ¿Havana Club?

—No, Caribbean Club… Mi hermana trajo una botella que estaba buenísima.

—Ah, tu hermana… tu hermana.

—Si dices algo de mi hermana, gracioso, te parto la boca.

—¿Se enteraron que Santana vozdehombre se encontró siete bicicletas más en la costa? Ya van once.

—¡Vaya, pa un equipo de fútbol!

—¿Y eso? ¿Gente que las deja por la orilla y se va?

—¿Y qué hace Santana con tantos carros… tú?

—Las vende, dinero es dinero.

—Yandy me contó que un negro allá en La Habana le ofreció veinte mil pesos si lo traía y lo embarcaba para el Yuma.

—Ah, pero en la capital se creen que eso es así de fácil.

—Oye, Niche…, ¿por qué tú crees que de aquí del pueblo no se ha ido ningún negro?

—Compay, le tendrán más miedo al Ku Klux Kan. ¿No?

—Shiss… seguro que ninguno ha tenido suerte.

—¿Tú te irías?

—¿Yo…? Ustedes saben que a mí la playa ni me gusta.

—Este tiene miedo que lo confundan con un haitiano y lo regresen.

—Oye, que no es eso, tú. Esto es lo mío aunque este malo.

—Ya ven, que no soy el único que le gustaría quedarse a pesar de todo. Yo sin mis viejos no soy nadie. ¿Y tú, Tony?

—Yo vivo en París, en el París de 1920… Nada material me falta, solo los que se van…..

—Yo tampoco puedo ser como este, un soñador que ni bicicletas se encuentra en esas excursiones costeras.

—¡Ah, váyase para el carajo! Yo vivo en París y voy a la costa por otras razones.

—¡Coño, por qué no se dejan de hablar catibía! ¿Qué hacemos?

—Atiendan para acá lo que dijo el padre de Ramoncito: …Julia, por casualidad… hit… Ramoncito… Ramoncito… hit… le llevó la puerca a un verraco americano… hit.

—Jaja, ja, ja, ja, jaja, ja…

—¡Caballeros, dejen el chiste! ¿Quién busca el alcohol?

—A ver, una ponina para salvar la noche con noventa.

—Noventa qué, ¿grados o millas?

—Con alcohol, chistoso. A ver, caballero, ¿hacemos una ponina o qué…?

***

Al amanecer del día de hoy los Servicios de Guardacostas de Estados Unidos auxiliaron a un nuevo grupo de cinco cubanos. Los jóvenes, con profundas quemaduras del sol y casi deshidratados, dijeron haber zarpado de la isla hace una semana. El agua, acordaron todos, resultó insuficiente. A la hora del rescate solo les restaba para comer un bolso con azúcar parda. A continuación damos a conocer sus nombres:

***

—Y qué, Dolores, ¿cómo anda usted?

—Ahí, mijo, buscando el pan nuestro de cada día.

—Y de Javier… ¿ha sabido algo?

—¡Nada!, ese muchacho es un falso. Todos los demás escriben, mandan fotografías, ¡pero Javierito, no!

“Garzón, yo no voy a estar en la escribidera y las fotos. ¡De verdad!”

—Mire, Dolores, tenga calma, quizá pronto…

—Pero si lleva más de siete meses allá. El tío nos avisó que está bien, trabajando en un astillero…

“Ese estaba haciendo barcos desde aquí de Cuba.”

—¿Sí?

—…que ya vive solo y se compró un carro que es muy necesario para ir a trabajar y la mujer está embarazada. Pero yo estoy vieja, ya estoy picando los ochenta. El otro día me mandé a pie a la calle de los Chalets, a ver si una tal Oneyda, esposa de Titi el curro, me hacía el favor de enseñarme las fotos del hijo donde me dijeron salía Javierito, más gordo y sin bigote, ¡rosadito de buena salud! Y al llegar con este sol que cocina me dijeron los vecinos que esa familia se fue en un bote, completa, y que por la madrugada la gente se robó todo y dividieron la casa, en dos, unas familias que ya viven ahí. Todos andan como locos, chico.

—Si yo veo alguna foto en que salga Javier, la pido y se la traigo, Dolores, y si no le aviso o se la mando.

—Ay, sí, mijo, hazme ese favor, si ahorita llegan cartas y fotos hasta del hijo de Julia y Venerado, y de mi nieto aún nada.

—Adiós, Dolores.

—Hasta luego, mijo.

“No, Dolores; adiós.”

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Comentarios a: "Itanam de las barcas"

1 Comentario

  1. […] tanto que del narrador y poeta Nelton Pérez (Manatí, 1970), se puede leer en Isliada su texto “Itanam de las barcas”, que fuera incluido en la antología Confesiones. Nuevos cuentos policiales […]

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Sobre el autor

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    . Manatí, 1970. Narrador y poeta. Ha obtenido importantes premios a nivel nacional en los géneros cuento, novela y poesía. Ha publicado los libros de narrativa: El Viaje (Ediciones Áncoras); Desvaríos mágicos (Ediciones El Abra); Apuntes de Josué 1994 (Ediciones Coliseo de El Escorial, Madrid, España) y En la noche (Ediciones El Abra). Es autor, además, del poemario Soledades concurridas y de la novela El enigma y el deseo (Editorial Letras Cubanas, 2006). Varios de sus cuentos han aparecido en antologías de Cuba y el extranjero.