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Literatura cubana contemporánea

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Kafka, el costumbrismo y yo

Hace poco más de un año y medio, leía yo un cuento de Ronaldo Menéndez. Un cuento antologado y por tanto de dudoso origen

Colgaron un paisaje moribundo/
donde el árbol estira una mano esquelética/
en medio de un aire detenido.
Raúl Hernández Novás

…puede que haya ido a la Universidad; pero eso no lo mejora,/
 y como cree que sigue siendo un hombre/
y que está vivo, es un canalla, ruin como tú/
 y como todos.
Ángel Escobar

Hace poco más de un año y medio, leía yo un cuento de Ronaldo Menéndez. Un cuento antologado y por tanto de dudoso origen. De ahí que lo leyera en dos ocasiones, y posiblemente en tres. Luego, algo aturdido, me levanté de la cama (yo leo acostado) y me puse a mirar, a través de la ventana de mi cuarto, algunos edificios de La Habana.

Así estuve durante un rato —alrededor de treinta minutos—, hasta que repentinamente la noche se desplomó sobre la ciudad y ya no pude mirar nada o no pude mirar lo que yo quería y entonces supe que en ese preciso instante algo de suma importancia no marchaba sobre ruedas, es decir, no funcionaba como debía.

Ahora no, pero cuando uno tiene la edad con que yo contaba la tarde que leí el relato en cuestión, o sea, menos de veinte años, cualquier escritor cubano, y más contemporáneo, está sentenciado de antemano. Es una ley justa y severa y que yo cumplí a cabalidad hasta que, si se me está permitido hablar en tales términos, me dejé vencer por el peso de los años.

Primero me gustó Ángel Escobar, que es la pureza de Rimbaud, la fragilidad de Casal y la expansión de Vallejo resumida en el cuerpo de un negro peligroso y esquizofrénico. Y después me gustó Novás, que aún no sé qué es y del que a veces sin previo aviso se me aparece su fantasma, pero no de madrugada ni en situaciones de excepción, sino mientras como potaje y picadillo, o boniato hervido y calamar en el comedor de F y 3ª, un comedor con historia, francamente no muy higiénico pero con evidentes rasgos de historia, con rasgos de algo que de a poco, sin que lo notemos, empieza a ser.

Dos poetas son una carga comprensible, que yo estaba y aún estoy dispuesto a bandear, inclusive a asumir, sobre todo si tenemos en cuenta que ambos poetas murieron totalmente indefensos. Se suicidaron a mediana edad. Aunque para el suicidio, las edades son tempranas o tardías, nunca medianas. Novás, de un disparo en la sien o en el mentón. Escobar, saltando al vacío, o a una acera dura y fría, desde la ventana de algún apartamento.

Pero un narrador, lo que se dice un narrador como Ronaldo Menéndez, cubano, contemporáneo y, por demás, muy vivo, no era algo que entrara dentro de mis cálculos, pero sí algo que en cierto modo, tras la lectura, logró abrir una brecha, una leve hendidura.

El cuento se ambienta en el período especial. El período especial, entre otras muchísimas cosas, funge como un juego y el cuento también. Solo que el período especial jugó y juega y en cierta medida jugará con nosotros quién sabe hasta cuándo y el cuento de Ronaldo Menéndez, sin dejar de ser fiel a los hechos, y sin dejar de coquetear con nuestras fatalidades, escaseces y limitaciones, juega al unísono con Borges, con Dios (de alguna manera son la misma cosa) y con las terribles e interminables noches de apagones de inicios de la década del 90. O eso quiero creer, pues la verdad me falla la memoria, y quizás el cuento de Ronaldo Menéndez no haya jugado con nada de eso, aunque sería bueno que así fuera.

Lo que sí narra el cuento (de eso estoy seguro), en uno o en varios pasajes, es la pesca de gatos por los cubanos en los techos de las casas coloniales, y en los techos de las casas de la República, y en los techos de las casas de la Revolución. Es decir, en los techos de las casas cubanas.

No había nada que comer y algunos sujetos astutos se trepaban en las alturas con cabezas de pescado como carnadas y sobras de ese tipo.

Aquello, sin ir más lejos, me puso a pensar. Me puso a reír y luego me puso a pensar (esa es la felicidad y también es la desdicha), y vislumbré en las escenas de inusual pesquería, bajo las estrellas de la noche insular y sobre las tejas decadentes o los canelones de prefabricado, el oleaje y las vicisitudes de una época, el fresco político, filosófico y económico de cuanto veníamos siendo los cubanos.

Y todo de una manera sencilla, muy ilustrativa y alegórica, sin estridencias, que es, demostrado está, el mejor tono para la literatura.

¿Pescar gatos? ¿Alguien ve la luz y la sombra y lo inexorable que se cuela por una hendija semejante? ¿Es eso lo que hemos hecho durante tantos años? ¿Pescar gatos? ¿Es ese el reflejo o el retrato de una época que va más allá (mucho más allá) y que viene más acá (cuánto más acá) de la década del 90? ¿Hemos, a la larga, pescado algún gato? ¿Tiene eso algo que ver con la Historia? ¿Algo que ver con Marx, o con Martí, o con Silvestre de Balboa? ¿Algo que ver con la subversión de ciertos órdenes y con el riesgo y con la locura y también, por qué no, con las más desmesuradas utopías? ¿La pesca de gatos tiene de absurdo, o de sublime? ¿Tendrá de los dos? ¿Son lo absurdo y lo sublime una misma cosa? ¿Las dos caras de nuestra moneda? (Una moneda que está en el aire y que por más que queramos y por más que enjuiciemos aún no sabemos de qué lado va a caer).

Una sentencia sabia sería decir que solo el tiempo conoce la respuesta. Pero yo no soy sabio, ni creo en la pertinencia de las frases hechas, y mucho menos en las soluciones del tiempo, por lo que no me molestaría decir que sí, y contestar afirmativamente a cada una de las preguntas, que son todas muy inquietas y que aunque lo parezca no se contradicen. Preguntas que no surgieron con la lectura ni con la relectura del cuento de Ronaldo Menéndez, claro está, pero que sí encontraron en el relato una imagen conciliadora, un estanque sereno donde descansar.

Preguntas que desde entonces se dedicaron a echar raíces y que en vez de consumirse o simplificarse se dedicaron al ocio y al apareamiento y que a lo largo de todo este tiempo han procreado una ralea chillona y las más de las veces insoportable.

Desde hace poco más de un año y medio he intentado olvidar. Por conflictivo y por provocador sepulté el cuento de la pesca de gatos y me dediqué, no sin pereza, a los haikus, al teatro de Arthur Miller y a los poemas de Fray Luis de León.

Pero recién leí, vuelto a las andanzas, que Ronaldo Menéndez estaba en La Habana, y que en una especie de tertulia literaria había impartido una especie de charla y tras una especie de interrogatorio cerrado había comentado acerca de su literatura más reciente.

Ahí me enteré de varias cosas. El hombre, contrario a lo que imaginaba, ya no vive en Cuba. Vivió en Perú, o en algún otro país de Sudamérica, y luego recaló en España. Sus editores, o sus lectores españoles lo tildan de realista mágico, porque sus personajes, además de, crían o criaron puercos en las bañeras de sus casas. Entonces vuelvo y me pregunto: ¿qué tiene que ver el realismo mágico con todo esto?, ¿la novela de quién somos nosotros?

Y me digo: se equivocan los españoles, nosotros no somos la novela de nadie, la literatura de Ronaldo Menéndez no tiene nada de realismo mágico, o al menos del famoso realismo mágico de los 60. La Cuba actual, más que de identidad tiene de coyuntura, aunque también tenga de identidad, como tiene de leyenda azteca y de hordas tribales y de folclor escocés.

Pasa que Cuba es cualquier cosa menos un país actual. Un país, por ejemplo, necesitado de economía y de periodismo, que son labores de estricta actualidad, un país demasiado en el aire incluso para la literatura, por eso se tiene la rara impresión de que después de Carpentier y Lezama nadie ha logrado nada digno de trascendencia. Porque nuestros libros —incluidos los fantásticos y los renovadores de la forma y los que beben de la tradición norteamericana y de la tailandesa— van todos (o casi todos, que no es lo mismo…) a ras de suelo, y terminan, por su encarnizada lucha contra las circunstancias, por su excesivo desprecio o por su excesivo amor hacia el país, siendo muy actuales, adolescentemente muy centrados y muy actuales, aun cuando existan grandes obras, solo que muy pocas gentes (yo no, por supuesto) las conocen. Por ahí, en una siniestra librería de municipio, debe empolvarse algún nuevo Paradiso.

¿Qué posibilidades de sobrevivir tiene la literatura cubana posterior a Carpentier y a Lezama?, ¿incluso la Cuba posterior a Carpentier y a Lezama, la Cuba posterior a los 60? ¿Incluso, si nos lanzamos a fondo, Lezama y Carpentier, o la Cuba de los 60, que ya son palabras mayores, qué posibilidades tienen de sobrevivir?

Cuando los editores y lectores españoles se ponen pedantes, o sea, cuando se ponen estereotipadamente europeos, Ronaldo Menéndez les dice que el problema no es literario, que el problema no estriba en la perpetuación de un estilo, de una forma, en el rescate o no del realismo mágico (que a la larga, por ser pura identidad, es pura literatura), sino que el problema es otro, mucho más sencillo, pues si Kafka hubiera nacido en Cuba, en, pongamos, 1970, y no en Praga, en 1883, habría sido un escritor costumbrista.

¡Si Kafka hubiera sido cubano, habría sido un escritor costumbrista! Qué esconde semejante frase: ¿un privilegio, un reto, una fatalidad? Después de esto, aunque con el cuento de la pesca de gatos me alcanzaba para considerarme su lector, me fui a buscar alguna otra cosa, alguna novela o algún otro relato de Ronaldo Menéndez.

Pero solo encontré crónicas de viajes. Que a mí me bastaron, porque yo soy un ferviente lector de crónicas, tanto o más que de poesía, aunque menos que de noticias. Entonces leí las notables promociones de lugares o islas como Florianópolis, Vulcano o el lago Titicaca.

Pero igual terminé pensando en Cuba, insosteniblemente en Cuba, que es la única isla y el único lago y el único chasquido que conozco. Y luego miré por la ventana del apartamento los edificios del Vedado y las luces de la calle G y sospeché que las luces, las cuales, lógicamente, eran eléctricas, luchaban por no apagarse, contra el viento que venía del mar, contra el polvo que subía del asfalto y también contra los edificios, que vistos a esa hora de la noche simulaban una maqueta, padecían de una terrible pequeñez.

Sí, es una maqueta, dijo alguien a mis espaldas, y no supe si se refirió a La Habana o a alguna construcción en específico. Me mantuve en silencio y no decidí virarme porque pensé que si me viraba y me esperaba una mujer, digamos, de piel blanca y olor de negra, o de caderas y vientre desactualizado, aquello sería una escena costumbrista y yo el personaje gris de un tenaz escritor.

Miré hacia abajo, hacia el vacío, desde la altura de un piso 21, y por última vez pensé en Novás y en Ángel Escobar y sin quitar la vista de la acera, más bien midiendo la distancia que me separaba de la literatura, sentí miedo, un poco de frío, y para consolarme me susurré a la boca: ¡qué clase de poetas, madre santa, qué dura estirpe se precisa para escribir versos así!

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