Logo de Isliada

Literatura cubana contemporánea

Narrativa

La lista del cubo

Agradecí haber escuchado la bendita alarma del despertador. La había programado para que tuviera una melodía grata

Agradecí haber escuchado la bendita alarma del despertador. La había programado para que tuviera una melodía grata y al menos fuera dulce mi despertar. A las cinco de la mañana, las notas musicales de The London Bridge is falling down interrumpieron la sucesión de imágenes y sonidos que se sucedieron dentro de las paredes de mi cabeza durante casi toda la noche.

Me sentía agotado, tenía un largo día de trabajo con Bob Esponja y El Mexicano, debía estar al volante de la furgoneta en un viaje de doscientos ochenta kilómetros y había decidido acostarme temprano la noche anterior. Me fui a la cama poco antes de las nueve de la noche y sin la ayuda de somníferos caí en el sueño con el peso de un bloque de acero y concreto. Pero cuando se está verdaderamente agotado no bastan ocho horas de sueño. Debes considerar los imprevistos aunque tu plan sea irte a la cama y dormir. Y un imprevisto es la hora de despertarse, por más que te prepares te toma por sorpresa. Por esa razón escogí la melodía de la alarma: The London Bridge is falling down. La bendita alarma. La dejé sonar. Eran las 5:00 a.m., me quedé acostado boca arriba tamborileando las notas musicales ejecutadas por el despertador, hasta que Janela me dio un codazo:

—Ten un poco de piedad, por amor de Dios. Apágala… hoy es domingo.

A pesar de haber elegido la melodía de la alarma, cuando sonó el despertador mi corazón latió a mil golpes por minuto, como tantas veces a lo largo de mi vida pasé toda la noche soñando. Y al igual que tantas veces a lo largo de toda mi vida, podía recordar el sueño. Pero esa vez amanecí con dolor de cabeza —uno de los que te taladra el cráneo de lado a lado—, y la clásica transpiración que mana del cuerpo cuando tienes el papel protagónico en una buena pesadilla. Era un agudo dolor. Como si un caballo me estuviera pateando la sien.

Fui al baño.

Del botiquín tomé un par de calmantes y me miré en el espejo. Intenté sonreír pero solo alcancé a duplicar una horrible mueca. Me lavé la cara. De la repisa tomé mi kit mágico: Gillette Mach 3 Turbo, crema hidratante Gillette y colonia Nivea. Tras el rasurado intenté una segunda sonrisa frente al espejo: lucía como la mierda, para colmo tenía un raro sabor en la boca.

Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora. Respiro. Y exhalo. No estoy solo, hay un hombre cruzado de brazos. Al parecer está esperando por mí. Hay poco menos de diez metros entre él y yo. Es negro. Una prenda cuelga del brazo de ese hombre, quizá sea un saco. Un saco gris. El negro no lleva corbata y mueve una de sus manos. Mientras camino a su encuentro ese hombre repite el mismo gesto. Al parecer me está pidiendo que huela, que respire profundo. Le devuelvo un gesto a manera de respuesta. Entonces inhalo, repleto así mis pulmones. Y suavemente exhalo toda aquella mezcla. Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora. Conozco el color, el olor y hasta el sabor de la arena del desierto. Pero nunca olí el ozono, al menos eso creo, tampoco he escuchado de alguien que lo haya paladeado. El negro camina hacia mí. Su saco cuelga del hombro. Los días de tormenta huelen a ozono, eso dicen, es el olor que se siente justo antes de comenzar la lluvia. A electricidad dicen que huele el ozono, el aroma azul de la descarga eléctrica. Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora. Los perros no se atreven a comer la carne podrida. Ese negro parece tener más de 60 años, lo delatan las canas y las pocas arrugas de su rostro. Cuando un negro tiene canas y arrugas ya está bien maduro. Me saluda con un guiño y una palmada en el hombro. Lo conozco de algún lugar. Caminamos en silencio, despacio. He visto a los perros huir con un pedazo de carne en la boca. Los he visto apurar el paso. Cierro los ojos, el negro viejo y yo y un par de perros estamos en una calle desierta. Es mediodía en Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya. Estamos en una calle donde solo se escucha el sonido del viento. Arrastra finos granos de arena, ladridos y el lejano estallido de las bombas. Buena parte de las viviendas están destruidas. Y los perros huyen con un pedazo de carne en la boca, pero no está podrida. Lo puedo asegurar. Los vi acercarse a los cuerpos sin vida de los civiles, las bajas del Ejército de Resistencia o a los soldados muertos. Dan un pequeño rodeo, olfatean el aire y el suelo. Lamen la sangre derramada en el asfalto cuando se aseguran de que no hay ningún peligro. Y también lamen las heridas. Devoran coágulos de sangre, los trozos de sesos o arrancan un pedazo de carne del cuerpo de los muertos. Como chacales. Como hienas. Pero es una carne que el calor del asfalto y el sol de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya todavía no han descompuesto.

—¿Encontraste la felicidad en tu vida…? —dice el negro viejo; está parado frente a mí, vestido con una camisa blanca, pantalón gris, el saco lo lleva colgado del hombro; ese negro es Morgan Freeman, estaba seguro de que lo conocía de algún lugar—, ¿la encontraste?

Mientras sonríe miro a los lados. Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora. Estamos, Morgan y yo, sentados en unas butacas muy cómodas. Todo es silencio. Solo hay nubes a nuestro alrededor. El cielo, o lo que se alza sobre nuestras cabezas, tiene una tonalidad que alterna el gris y el amarillo tenue. Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora. Respiro profundo. Y exhalo. Espero a que pasen las nubes. Si digo que impresiona cuanto alcanzo a ver no es justamente por la belleza del panorama. Es solo por la altura. Desde mi butaca todo Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya es un horrible escenario. Las nubes van a la deriva unas detrás de otras, es una suerte, avanzan despacio, muy despacio. ¿Cúmulos, nimbos, cirros? Qué más da, son solo nubes muy gruesas y es una verdadera suerte que apenas permitan ver cuanto sucede abajo. Pero a nuestras butacas llega el olor de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya. Sé del acre olor de la pólvora.

—¿Tu vida les llevó felicidad a otros…? —dice; debo volver la cabeza hacia atrás, Morgan está parado detrás de mi butaca, el saco cuelga de una de sus manos.

¿Mi vida les llevó felicidad a otros?

Pienso en Gunila y un dolor muy agudo se clava en mi sien. “Gunila” —digo—. Mi enorme y dulce gata tirada en un callejón, a media noche; su falda desgarrada, los moretones en los brazos y muslos, una herida en su cuello. Como un fogonazo, la imagen de esta mujer llega a mi memoria. ¿Por qué la muerte de Gunila estalla en mi memoria? ¿Acaso es cierto que no hice nada por ella? Dios tiene un plan para cada uno de nosotros y no nos pone ante pruebas que no seamos capaces de superar. Eso dicen. Y siento unas palmadas en mi hombro. Siento un leve apretón. Morgan me guiña un ojo. Y sonríe. Pienso en Janela da Alma y el mismo dolor me taladra la cabeza. “Janela” —digo—. Sus largas uñas pintadas de rojo, tirabuzones de falso cabello rubio, un feto sanguinolento en sus manos. Como un fogonazo la imagen de esta mujer llega a mi memoria. Vuelvo a crisparme. Janela me llamó hiena y asesino cuando intenté convencerla de que por el momento en nuestra relación no cabía una tercera persona y era mejor un aborto. ¿Habrá servido para algo que uno de los caimanes blancos de ojos azules la mirara directamente a los ojos? Janela me pidió visitar La Tierra de los Caimanes y así lo hice. Una amiga le comentó lo de la buena fortuna que podrías recibir si uno de esos caimanes te mira a los ojos. Si te miran debes pedirles algo, y tu petición se cumplirá. Janela insistió. Le pedí el Ford a El Mexicano. Y la llevé a ese parque. Eran cuatro caimanes de color marfil y unos ojos de un profundo azul. Cuatrocientos kilos de puro músculo y más de tres metros de largo. Colmillos, garras, una piel como de escamas de piedra reseca y blanca. Unos ojos de un profundo y frío azul. ¿Cómo es posible que un animal tan bien parecido pueda darte buena fortuna? No éramos los únicos que habían ido a visitar a los caimanes blancos. Nos costó llegar y pararnos junto al enrejado que rodea al estanque de Los Cuatro Fantásticos. Una de esas bestias se movió en dirección a nosotros y levantó su enorme cabeza. Primero miró a Janela, luego a mí. Vi el rostro de Janela luego de que el caimán la mirara; parecía haber hablado con el mismo Jesús. Y me abrazó. De regreso a casa me confesó lo que había pedido al caimán: estar juntos por siempre, tener un bebé. ¿Exactamente cuándo se está listo para la llegada de un bebé? Una vez estuve enamorado de una mujer tres años mayor que yo. Y ella de mí. O quizá estuvimos viviendo dentro de una burbuja de gas alucinógeno durante poco menos de ocho meses el mismo año en que regresé de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya. Cierro los ojos y me veo en un apartamento en las afueras de la ciudad. “Jazmín” —digo, y su imagen es un fogonazo en mi memoria—. Una bella mujer con un nombre de flor; árabe o persa su nombre, a tono con la mitad de sus genes. Pero no éramos solamente ella y yo. Tenía una camada: dos hijos. Me habló de Dios, de su familia, de su realidad —su realidad era el trabajo como veterinaria en el Departamento de Control y Cuidado de Animales, su realidad también era su camada—. Me habló del sacrificio. Solo pude hablarle de mi realidad y de lo que yo entendía por sacrificio —mi realidad era mis primeros trabajos con El Mexicano, el ojo de cristal y El Albatros; ¿mis sacrificios?: mis primeros trabajos con El Mexicano, el ojo de cristal y El Albatros—. Estábamos enamorados y dijo que bien podía regalarme la posibilidad de tener un hijo si pensábamos en serio nuestra relación. ¿Estábamos listos para hacer más grande su camada? En caso de arrepentirme el aborto no era una opción a tener en cuenta. Jazmín me volvió a comentar la posibilidad de tener un hijo. Solo le pregunté si estaba segura de cuanto me proponía. Aquella mujer sonrió: “Tener un bebé es un regalo de Dios. Dios no creó la muerte, Dios nos da vida abundante” —dijo cuando quisimos definir qué tipo de relación teníamos y hacia dónde nos estábamos moviendo—. Estábamos enamorados. Pero una burbuja de gas alucinógeno es solo una burbuja de gas. “Jazmín” —digo para que en mi memoria perdure el halo de luz tras el fogonazo.

La mano de Morgan Freeman palmea suavemente mi hombro, también me regala un suave apretón. Pero qué es el amor. ¿El amor es elección? ¿Es libre elección? Y ante mí sonríen Janela, Gunila y Jazmín. ¿Y qué es la soledad? ¿Es libre elección el amor? Pienso en la fatalidad. “Janela, Gunila, Jazmín” —digo—. El amor sería algo así como la libre elección de la fatalidad. “Fatalidad” —digo—. Es el haber dado de cara con nuestra parte más secreta y fatal y jodida de nuestra existencia, de nuestro torcido ser. ¿Qué es la soledad? Es una burbuja de gas el amor. Gas alucinógeno. O aparentemente alucinógeno. Entrar en la burbuja. Repletar tus pulmones. ¿De eso se trata la felicidad? Jazmín, Gunila y Janela caminan alrededor de mí. “Jazmín, Gunila, Janela” —digo—. Me acerco a ellas. Con el índice trato de tocar el rostro de cada una. Pero mi mano las atraviesa. Como si sus cuerpos estuviesen hechos de gas. Cuando Janela pasa frente a mí doy un salto hacia ella. Entro en ella. Respiro profundo. “Janela” —digo—. Repletar mis pulmones con ese gas que es mi Janela del alma. Creo que el amor es pura mezcla química. Creo que la felicidad es pura mezcla química. Ketamina y cerveza, mi amor. Special K y Beck’s, mi amor.

—¿Por qué me preguntas? —digo—, ¿a qué viene todo eso de la felicidad?

Morgan sonríe. Está parado frente a mí, poniéndose el saco. Este viejo me pregunta si luce bien y no solo quiere saber si el saco está cortado a su medida. Me confesó que estaba a punto de patear el cubo. Cáncer terminal en los pulmones. Le queda poco tiempo de vida y tiene una lista de dieciocho deseos a cumplir. Morgan quiere completar su Lista del Cubo y al parecer lo hará con estilo. Con mucho estilo. Debería darse un salto hasta La tierra de los Caimanes para visitar a Los Cuatro Fantásticos. Cuatrocientos kilos de puro músculo, más de tres metros de largo, una piel como de conchas de piedra blanca y ojos de un profundo y frío azul. Algo pasa cuando te miran.

—Luces estupendo, Morgan. ¿Por qué me preguntas?

Se atreve con unos pasos de baile. No lo hace mal para su edad, para el cáncer que le está devorando los pulmones. En realidad no es Morgan Freeman, sino Carter Chambers, uno de los protagonistas de The Bucket List, pero entiende que es consigo. Solo estamos él y yo.

Morgan levanta el índice, con un gesto me pide mirar a nuestro alrededor: dos butacas muy cómodas, nubes y cielo —o lo que se alza sobre nuestras cabezas.

—Los antiguos egipcios creían que al morir, cuando las almas llegaban al cielo, los dioses le preguntaban dos cosas —dice, está sentado en el brazo de mi butaca—. Las respuestas determinaban si el difunto entraba o no al cielo.

Sonrío.

—Hay dos butacas, nubes y cielo —digo; también intento mirar hacia abajo, pero no consigo ver a través de las nubes.

¿Entonces dónde estamos Morgan y yo? El cielo tiene una tonalidad que alterna el gris y el amarillo tenue. Morgan se alisa el pantalón, también el saco y me pide, con un gesto, respirar profundo.

Arena. Ozono. Carne podrida. Pólvora.

Arena. Sudor. Carne podrida. Ozono. Respiro profundo. Y despacio libero cuanto hay en mis pulmones. No estoy solo, hay un hombre sentado en el medio de la calle. Es blanco. Un saco beige cuelga de su hombro. Hay poco menos de diez metros entre ese hombre y yo. Espera por mí. Hace un gesto con el que me pide ir a su encuentro. No sé cómo puede soportar, sentado en el medio de la calle, el sol del mediodía. Con otro gesto me pide respirar profundo. Arena. Sudor. Carne podrida. Ozono. Aspiro. Y exhalo despacio. Estoy frente a él, los rasgos de su cara dicen que además de tener poco más de 60 años es Jack Nicholson o alguien muy parecido. Es el leve viento de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya al mediodía y entra por las ventanillas del todoterreno. Somos cinco: cuatro soldados y Jack. Vamos despacio. Arena, sudor, carne podrida y ozono es cuanto trae la brisa. Vamos en una pequeña caravana que avanza por una calle desierta. Escombros a la orilla de la calle. Fachadas destruidas. Cuerpos inertes bajo el sol. Arena. Sudor. Carne podrida. Ozono. Se escucha el ladrido de algún perro, el monótono sonido del motor, lejanos estallidos.

—¿Encontraste la felicidad en tu vida…? —dice Jack; está sentado al lado del chofer, viste una camisa blanca a medio abrochar, pantalón beige; el saco lo lleva sobre las piernas—, ¿la encontraste?

Con un gesto nos pide que hagamos silencio y que miremos cuanto acontece fuera del todoterreno. Al parecer hay combatientes del Ejército de Resistencia apostados entre las ruinas, en las azoteas. Avanzamos despacio. No nos quedaba otro remedio. Si hay algo peor que el combate tal vez lo sea la aparente quietud en un terreno desconocido, donde hay quienes desean no verte jamás y están dispuestos a vestir una muda de ropas cortada o no a la medida, pero que sí incluye un par de accesorios: un detonador y explosivos —la combinación ideal para invitarte a un último baile.

Miro a los lados mientras Jack sonríe. Hay tres todoterrenos abandonados. A través de la ventanilla examino las fachadas y lo que puedo ver de algunas azoteas. El viento de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya penetra en mi nariz. Arena. Sudor. Carne podrida. Ozono. Cuento ocho soldados caídos. Para el chofer son nueve. Varios cuerpos están destrozados. Quizá le dispararon con un RPG-7 desde alguna azotea o una bocacalle. Algunos cuerpos se pudren dentro de los hierros torcidos de los tres todoterreno destruidos. Otros se hinchan al sol, sobre la calle. De los soldados muertos, dos aún agarran sus M16A2; aprietan los fusiles contra el pecho. Como si tras la muerte esperaran un nuevo combate, otra emboscada antes de ganar el cielo o lo que sea esperaban ganar.

Jack está parado en medio de la calle y mira a las azoteas, al cielo. Abre los brazos y sonríe. Respira profundo. Y traga una gran bocanada. Lleva el saco colgado al hombro. Me pide respirar profundo, basta con un gesto suyo para entenderlo. Conozco ese olor, el viento lo deja impregnado en la piel. Cierro los ojos y pienso entonces en Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya. “Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya’ —digo—. “Sam” —digo—. Y como si fuera un fogonazo a mi memoria llega la imagen de una mezquita al mediodía, el lejano estallido de una bomba, y ese alarido en el que se escucha: “Allahu akbar…” ¿Dios es grande? ¿Pero quién soy para negarlo? ¿O quién soy, sino un homúnculo, para negar que estamos hechos a su imagen y semejanza, que Él antepuso su muerte para darnos la vida a nosotros?

Muchas gargantas gritan: “Allahu akbar”. Un dolor agudo detona entre las paredes de mi cabeza. Siento unos golpecitos en mi casco, luego un apretón en mi hombro. Jack está sentado a mi derecha dentro del todoterreno, el saco cuelga sobre uno de sus hombros.

—¿Tu vida les llevó felicidad a otros…? —dice; con un gesto me pide que esté atento, que preste mucha atención a las azoteas.

—¿Por qué me lo preguntas?

En realidad este sesentón no es Jack Nicholson, sino Edward Cole, uno de los protagonistas de The Bucket List, pero entiende que es consigo. Lo he llamado de ese modo desde que me pidió ir a su encuentro. Jack se arregla el cabello y vuelve a sonreír.

¿Mi vida les llevó felicidad a otros? Entonces cierro los ojos y pienso en Sam. “Sam” —digo—. Y me sorprende un estallido. Un fogonazo. Quizá fue una mina sembrada en la calle. Quizá fue un disparo de un RPG-7 desde cualquier azotea. Jack me lo advirtió. Debíamos estar atentos. Ni los Abrams escapan al disparo de esos lanzacohetes.

El todoterreno pierde el rumbo y se impacta contra una fachada. El chofer es un amasijo de carnes, huesos, tela y sangre mezclado con trozos de acero. También el copiloto. El estallido viene acompañado de un fogonazo. Me taladran la memoria. Siento unas palmadas y un apretón. Me vuelvo. Jack está junto a mí:

—¿Tu vida les llevó felicidad a otros…?

Apenas puedo verlo. Logro quitar un poco del líquido que me nubla la vista. Sangre. La sangre es la sede de la vida —eso dice El Mexicano—, la sangre no debe ser derramada; perder sangre es perder algo de vida. Pero la fe no es clara con la vida eterna. ¿O sí? Es sangre y quizá fue un chorro que manó de la cabeza del chofer o del cuerpo del copiloto. Y siento un agudo dolor. Es mi ojo. Ahora lo sé. Una esquirla se clavó en mi ojo derecho. Con un leve gesto Jack me dice que debo salir del todoterreno, señala hacia una puerta abierta y corro hacia allí. El resto de la caravana ha sido destruida. Unos pocos logramos salir medio vivos. Estamos dispersos, medio vivos y solos, cada cual parapetado donde alcanzó a refugiarse. ¿Dios está con nosotros? ¿Quién soy para decir lo contrario? Dios no creó la muerte. Dios nos da vida, vida abundante. Eso dicen. Y Jack me mira. Sonríe. Eso sí, el trance de la vida a la muerte es bien doloroso —eso dice El Mexicano—. Disparos. Arena. Sudor. Carne podrida. Ozono. Conozco el olor y el sabor de la arena de Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya. La calma en un lugar como Al-Jumhuriya al-‘Iraqiya tiene un raro y tenue olor. Así debe oler el ozono. La calma que se rompe tiene el aroma azul del arco eléctrico. Conozco el agrio sudor cuando el sol cae vertical y nos va cocinando desde las tripas. Es bien salado el sudor. Olemos como si ya estuviéramos muertos. Cuerpos que se agarrarán a sus fusiles incluso después de la muerte. Cuerpos a la espera de la última emboscada, esa que quizá nos impida ganar el cielo o lo que creemos vamos a ganar. “Sam” —digo cuando Jack me da un codazo e indica que algo se mueve allá en el todoterreno—. Sam grita. Intento salir para sacarlo del todoterreno y traerlo conmigo, pero el sesentón y las balas que estallan en la fachada me lo impiden. Sam grita. No puede moverse. Está atorado entre los hierros. Dios nos da vida en abundancia, pero es muy doloroso el tránsito de la vida a la muerte. Eso dicen. Y Sam parece estar varado en la mitad del camino entre la vida y la muerte. ¿Acaso no es justo que El Padre, El Hijo, o El Espíritu Santo hagan algo por este chico? Solo bastaría un rápido pase de manos de la Santísima Trinidad para que saque a Sam de ese atolladero. Pero Sam me mira a mí. Sus alaridos están dirigidos a mí. ¿Por qué a mí? ¿Por qué no le pide a su Dios? ¿Acaso este era el plan de Dios diseñado para este chico? Quizá no fue dócil, quizá no se dejó guiar. Pobre Sam pecador. Dice El Mexicano que los cristianos tienen mesa común, pero no lecho o cama común. ¿Qué habrás hecho, Sam? Dios escribe derecho pero con renglones torcidos. Es muy jodido el relato que Dios ha escrito para ti, Sam. ¿Qué habrás hecho? Siento un puntapié en mi pantorrilla. Jack está de pie. Las balas impactan contra el todoterreno y la fachada de la casa donde nos hemos ocultado. Con un gesto Jack me pregunta cómo luce. Este sesentón no solo quiere saber si el saco está cortado a su medida. Me confesó estar a punto de patear el cubo. Cáncer terminal en los pulmones. Le queda poco tiempo de vida y tiene un amigo que ha hecho una lista de dieciocho deseos a cumplir. Se llama Carter Chamber. Jack quiere que a su amigo se le cumplan cada uno de los deseos. Lo ayudará, lo acompañará, y al parecer lo hará con estilo. Con mucho estilo.

—Luces estupendo —digo—, ¿pero por qué me has hecho esas preguntas sobre la felicidad?

Se alisa el pelo. Sonríe. Y se atreve con unos pasos de baile. No lo hace nada mal para su edad, para el cáncer que le está devorando los pulmones. Levanta el índice y con un gesto me pide mirar otra vez hacia el todoterreno. Tomo el fusil. Dios escribe derecho pero con renglones torcidos. Y como soy zurdo y me han jodido el ojo derecho no necesito esforzarme para hacer un buen disparo. Es una vieja rutina. Aguantar la respiración, colimar, apretar el gatillo un par de veces. Y reviento la cabeza y el pecho de dos árabes que iban por Sam. ¿Acaso este era el plan de Dios diseñado para este chico? Aguantar la respiración, colimar, apretar el gatillo. Y con un par de disparos termino la agonía de Sam.

—Los antiguos egipcios creían que al morir, cuando las almas llegaban al cielo, los dioses le preguntaban dos cosas —dice, Jack está parado bajo el umbral de la entrada—. Las respuestas determinaban si el difunto entraba o no al cielo.

Sonrío. ¿Dónde estamos Jack y yo? Aspiro profundo. Dice El Mexicano que el temor a Dios debe ser traducido como temer alejarse de Dios, apartarse, olvidar sus consejos y ser un irremediable pecador. El Mexicano también dice que el pecado es una obra de muerte. Y exhalo todo el aire apresado en mis pulmones. El Dios que nos ha tocado en suerte debe ser todo amor. Quién soy para negarlo. Qué soy sino un homúnculo. Y Jack hace un gesto de negación mientras vuelve a sonreír, porque ve cómo aprieto el fusil contra mi pecho.

Terminé el desayuno: yogurt de frutas, café, un par de huevos y tostadas. Incluso me serví un pedazo de pastel de manzanas horneado por Janela. Pero a lo largo del desayuno persistió en mi cabeza el dolor, retazos del sueño y las preguntas de Jack y Morgan.

Fui al baño. Puse bastante Colgate de eucalipto en el cepillo e insistí sobre mi lengua. El sabor a carne podrida, arena, pólvora y ozono al levantarme era una mala pasada que quería jugarme mi cerebro. Incluso me cepillé dos veces la boca y tragué un poco de Colgate. Me esperaba una larga jornada de doscientos ochenta kilómetros tras el volante de una furgoneta y temía que volviera a sentir toda aquella mezcla de sabores y con ella el recuerdo de cada fragmento de mi sueño.

Contenido relacionado

Comentarios a: "La lista del cubo"

(*)Requeridos

Sobre el autor

  • Ahmel Echevarría

    . La Habana, 1974. Narrador. Ingeniero Mecánico. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). Obtuvo el Premio David 2004 en el género cuento con el libro Inventario (Ediciones UNION, 2007); el Premio Pinos Nuevos 2005 con la noveleta Esquirlas (Editorial Letras Cubanas, 2006); la Beca Fronesis de Creación Novelística 2007; Mención en el Premio UNEAC Cirilo Villaverde de Novela 2008 y Premio Franz Kafka de Novelas de Gaveta 2011 por la obra Días de entrenamiento; la Beca de creación Razón de Ser 2008 por el proyecto de libro de cuentos Las espirales del tiempo. En el 2010 obtuvo el accésit en el Premio de Cuento convocado por la revista La Gaceta de Cuba y la Beca Dador por la obra Pastel para pit bulls. En el 2011 obtuvo el accésit en el Premio de Cuento convocado por la revista La Gaceta de Cuba. En el 2012 obtuvo el Premio José Soler Puig de Novela con el libro Búfalos camino al matadero y el Premio de Novela Italo Calvino con la obra La noria. Sus cuentos aparecen publicados en las antologías Historia soñadas y otros minicuentos (Ediciones Luminaria, 2003); Los que cuentan. Una antología (Editorial Cajachina, 2007); La ínsula fabulante. El cuento cubano en la Revolución (1959-2008) (Editorial Letras Cubanas, 2008); La fiamma in bocca. Giovanni narratori cubani (Voland, 2009); Todo un cortejo caprichoso. Cien narradores cubanos (Ediciones La Luz, 2011); Ni + ni – gordas (Editorial Extramuros, 2011) y El martillo y la hoz y otros cuentos (Isliada Editores, 2011). Miembro del staff del e-zine de escritura irregular The Revolution Evening Post y del proyecto Rizoma(s). Columnista de la sección “Diálogos” del sitio web de la Asociación Hermanos Saíz (AHS). Actualmente trabaja como editor de los sitios web Centronelio y Vercuba. Textos suyos, tanto literarios como de opinión, han sido publicados en diversos periódicos y revistas.