Narrativa

Las paradojas de la muerte

Irene scopre l’Informale, por Nicola Samorì

Para mi amigo, el periodista filósofo Mauricio Escuela

Una vez depositados los botones de gladiolo en cada uno de los sepulcros donde acostumbraba hacerlo, el doctor Jorge San Juan e Iturralde leyó con sorpresa sobre la tapa de uno de los nichos, que no recordaba haber visto nunca en esos treinta años de visita al camposanto, la siguiente nota: “A la memoria del ilustre doctor Jorge San Juan e Iturralde, de sus familiares y amigos. Ɨ E.P.D”. Y a continuación se percató de que solo aparecía la fecha de nacimiento: 22 de julio de 1922. Y se asustó de la coincidencia de nombre y año de alumbramiento. Releyó el homenaje por si había cometido la imprudencia de no haberse ajustado bien los espejuelos.

No ―se dijo―, está bien claro. No hay error. Luego intentó a vuelo de pájaro repasar si en algún lugar de los archivos del Registro había leído alguna vez este nombre en otra persona, porque desde que tenía uso de razón, solo su padre y él gozaban de compartir el mismo nombre. Pero su padre no se había inscrito en la isla, pues ya lo había hecho en su natal Extremadura, allá en la Península, y luego hubo que pagar una fortuna para embarcar sus despojos: ese, invariablemente, había sido su último deseo.

El doctor Iturralde había entrado aquella mañana al cementerio, como todos los días de los fieles difuntos. En muchos años no había dejado de cumplir con los familiares y amigos que guardaban sus restos en el único cementerio del pueblo. Cierto que en las primeras visitas nunca había sentido esos suaves estertores que, según colegas y camaradas, acompañan siempre el alma de los que visitan el lugar más sagrado de la tierra. Pecadores y castos lograban convivir allí bajo el mismo principio del silencio.

Verdad era también que el insigne doctor tenía que contar ya los pasos desde su casa hasta los muros de la necrópolis: los años habían limitado los movimientos armónicos de sus piernas y ni siquiera su columna lograba hacer el trayecto en la posición real del homo sapiens. Pero aun con todos esos achaques no dejó de cumplir con la litúrgica de los dos de noviembre.

Así que por mucho que le abrasó el sol de la isla su cabeza, pintada ya por el blanco cenizo, no logró traer a su memoria ninguna coincidencia. En ese momento sintió un sobresalto angustioso. Las rodillas se le doblaron, perdió parte de la visión y notó que el sudor le bajaba por el cráneo inundándole las mejillas y la nariz para luego desplazarse cuello abajo. El ilustre doctor San Juan conoció el miedo, acaso por primera vez en sus ochenta años.

Después de vivir una de sus infrecuentes excitaciones, decidió pesquisar con el administrador del cementerio acerca del hallazgo de la mañana. Si pensó que resolvería muy rápido el enigma, se equivocó. El hombre ―nuevo en la dirección―, no tenía ideas del nicho y mucho menos de sus dueños, razón por lo que revisó el libro de control de cada finado y de cada parcela de tierra en intramuros. Ninguna información rara sobre esa bóveda. El administrador le prometió seguir indagando, pero le sugirió además preguntar a los anteriores jefes e incluso en los archivos de la iglesia.

El doctor San Juan, reconocido por los caballeros y damas del pueblo por su estilo refinado cuando escribía cartas de amor por encargo, pasó el resto del día perturbado. Indagó con los vecinos más viejos del barrio en busca de alguna información que le brindara alguna luz para solucionar el misterio. Nadie pudo darle ninguna pista. Por último revisó en su inmenso epistolario de amor, que por años había escrito por encargo de los enamorados del pueblo y que luego hubo de enviar muchas de esas copias a un concurso que daba vida a la tradición, allá por una de las villas del centro de la isla, concurso que había ganado en varias de sus versiones. Pero ninguno de los galanes llevaba su nombre. Todos los caminos conducían a la familia San Juan e Iturralde. No le quedó otro remedio que esperar al día siguiente e intentó dormir la siesta dominical con la ayuda de la soprano de sus idilios juveniles.

Jorge San Juan, doctor en leyes, jubilado, pero activo aún en el Registro Civil, notó que la sopa de la tarde le había caído pesada en la digestión y temió por una reapertura de su úlcera duodenal. No estaría dispuesto a volver al quirófano. Se acostó temprano; sin embargo, hacia la medianoche el sueño lo abandonó por completo. Ante la desazón provocada por las alucinaciones, el doctor decidió abandonar la cama, tomarse un té de violeta. Luego se vistió para zambullirse en la papelería de su despacho.

La noche estaba todavía muy caliente y solo, de cuando en cuando, el chirrido de algún grillo en busca de apareamiento, o los ladridos de los perros callejeros, rompían la abulia nocturna. El guardia se asombró de ver en la puerta al viejo San Juan y pensó que algo serio debía de estar ocurriendo para que el hombre de leyes se apareciera a esas horas en el Registro.

―Nada de qué morirse ―respondió él ante la cara de asombro del guardia―. Simplemente necesito revisar unos archivos. Prefiero hacerlo ahora en que los clientes disfrutan de su soberana paz. De seguro trabajaré el resto de la noche.

Tuvo a bien no aceptar el café recalentado. En sus años de escritor de cartas de amor había abusado de él, y ahora en la vejez su estómago pagaba las consecuencias.

San Juan pasó un peine fino a cada página de los archivos y no encontró otro Jorge San Juan e Iturralde que no fuera él. Convencido de que en los papeles con huellas de trazas no hallaría nada de lo que buscaba, abrió la computadora. Línea sobre línea, de arriba abajo y de abajo arriba peinaron los ojos del ilustre, nombre a nombre, cada fichero. Al final nada. Dormido sobre el montón de carpetas lo encontró la moza de limpieza.

Al entrar al baño de su casa para el aseo, San Juan repasó cada detalle de sus pesquisas. Lo inundó el desasosiego. La cuchilla rasgó su cara mientras se afeitaba. Un hilo de sangre se encharcó en el borde del lavamanos. La Colonia ardió más esta vez. Decidió cambiar el café por el té de violetas, tan generosamente obsequiado por un narrador de buenas novelas policialesde Santa Clara, y se tumbó en la cama.

Apenas cerró los ojos, comenzaron de nuevo las ensoñaciones de la noche anterior y el pecho se le apretó con la misma impotencia de un niño que no sabe la causa de su intranquilidad. Prefirió dejar la cama y tomar la calle. Se dejó llevar por el rumbo de sus pasos. Cuando levantó los ojos, advirtió que se encontraba frente a frente al portón del cementerio. Los dos empleados desyerbaban algunas parcelas. Se sentó sobre uno de los tocones en los cuales los trabajadores solían descansar. Los dejó hacer. Luego vino la conversación. El de mayor edad le confesó que desde hacía más de veinte años laboraba en la necrópolis, y que sí, que el nicho de los San Juan e Iturralde estuvo siempre en ese lugar. Pero juró que jamás lo había visto abrirse.

El otro empleado apenas acumulaba un par de años y de ese asunto poco sabía. Con la llegada del administrador el ilustre San Juan recibió ciertas sugerencias. Pasó la jornada visitando antiguos administradores y empleados, vecinos del camposanto, oficinas de Servicios Comunales y al final ningún hallazgo. El propio jefe del sectorial, medio en broma, le recomendó hacer el papeleo y adueñarse de esa parcela, que tal vez alguno de sus ancestros, de quién sabe que época, le hubo donado. El doctor prefirió no responder, se encerró en su mutismo y se fue.

Se marchó empujado por el cansancio y una fiebre que debió sorprenderle en la necrópolis misma. Apuró el paso, ya que estaba a punto de sufrir un vahído. No obstante, próximo a llegar a su casa se derrumbó como una res que acaba de ser mordida por el filo de un cuchillo. Cuando reabrió los ojos, se hallaba tendido en una de las salas del puesto médico. El suero estaba próximo a concluir su faena intravenosa. La señora que atendía los quehaceres domésticos lo cuidaba. La fiebre persistía.

Fue la jefa del Registro quien le sugirió que se comunicara con el Archivo Nacional y con el registro o la parroquia de Extremadura para ver si encontraba alguna pista. El doctor San Juan e Iturralde tuvo cierta sensación de bienestar, estaba seguro de dar al fin con la solución del misterio del sepulcro con su nombre en el cementerio local. Luego de varias semanas de espera y aprovechando su amistad con colegas de la isla o el interés de cooperación que caracterizaba a los profesionales de este gremio, viviera donde viviera, confió en que ya pronto dejaría de sufrir por tan increíble circunstancia. Contó los días, las semanas y hasta los meses, y la liebre no saltó por ningún lado. Nadie en el mundo estaba inscrito con su mismo nombre, excepto su padre. Entonces se preguntaba cada noche antes de irse a dormir y cada amanecer: ¿quién fue este San Juan que se le ocurrió nacer mi mismo día y morirse sin dejar rastros?

La fe se le había esfumado. La música de la soprano le parecía ahora un fastidio. Se aferró a los somníferos, que lejos de relajarlo lo atribulaban más aún. El desgano lo había alcanzado en medios de las emociones y se pasaba casi todo el tiempo tumbado sobre la cama sin fuerzas para regresar a los archivos. La felicidad por el trabajo se transformó en una mueca despreciable.

Fue la señora que le hacía las labores domésticas quien le recomendó consultar a un espiritista. Primero se enojó con la mujer, jamás le había dado crédito a esas hechicerías de negros o blancos ladinos; luego se sobresaltó ante la idea de hallarse frente a un hombre que de pronto abandonaba su vida para tomar la de un muerto y revelar sucesos y noticias que le paraban los pelos de punta hasta el más guapo de los mortales.

Dos días después ―un viernes exactamente―, tomó el coche-motor de la madrugada que lo trasladaría a Cifuentes. Muy cerca de la línea del tren vivía el más connotado santero de la región. Marcó su cola y esperó. El traspatio estaba bien concurrido. Al filo del mediodía le tocó su turno. Cuando el émulo de Babalú Ayé lo vio entrar, puso las manos en cruz, y le gritó:

―¡Regrese, regrese a su mundo!¡Váyase, que aquí nadie tiene cuentas pendientes con usted, señor San Juan!

Otra vez tirado en su lecho, Jorge San Juan, doctor en leyes y escritor de epístolas de amor por encargo, dudó por primera vez en su vida si él era realmente un ser vivo o uno de esos misterios que Dios convirtió en hombre para deambular con sus pecados por el valle de lágrimas. Lloró, lloró sin consuelo. Se durmió y de un tirón estuvo diez horas sin dar muestras de vida. Con la última campanada de su viejo reloj de pared, regresó al mundo de los vivos. Y recordó con terror las últimas palabras del santero: “Abra su nicho y termine por corromperse en su sarcófago. Deje a los vivos en paz”.

Comprendió que el misterio estaba dentro de la cripta. No le quedaba otra opción. Destaparla y revisar. El cadáver tal vez todavía brindara alguna información, y de solo pensar en ese acto sintió que algo se rompía definitivamente en algún lugar de su espíritu.

Con un permiso especial, se presentó ante el jefe del Huerto del Señor. Los empleados retiraron la tapa del sepulcro y se apartaron. El doctor Jorge San Juan asomó su rostro al interior de la cripta. Quedó paralizado con lo que vio: dentro de la misma, sin sarcófago que lo protegiera, se encontraba él, correctamente vestido, conservaba los mismos anteojos que lo habían acompañado por años y sus mejillas lucían pulcramente rasuradas. Lo más horrible vino segundos después: el cuerpo comenzó a descomponerse irremediablemente exhalando un hedor insoportable.

La parálisis le recorrió cada célula de su cuerpo. El doctor Jorge San Juan e Iturralde rodó hasta el fango de la parcela y cayó muerto.

Amador Hernández. Encrucijada, 1960. Narrador y ensayista

Licenciado en Español y Literatura y Máster en Ciencias de la Educación. Miembro de la UNEAC. Ha obtenido, entre otros, los siguientes premios: Fundación de la Ciudad de Santa Clara 2002, por el libro testimonial Yo también maldije a Dios; Beca de Creación Sigifredo Álvarez Conesa 2003 y 2004, en el género testimonio, por los proyectos Cuando los sauces lloran y Sombras nada más; Premio UNEAC 2004 por el libro de testimonio La medianoche del cordero; Luis Rogelio Nogueras 2007, convocado por el Centro Provincial del Libro de La Habana, por la novela juvenil Nuestros años felices y Primera Mención en el Concurso UNEAC 2011 en el género de literatura testimonial. Ha publicado los siguientes libros: Las eras del caminante (ensayo, en coautoría con Alberto Rodríguez Copa, 2001); Yo también maldije a Dios (Editorial Capiro, 2003); La medianoche del cordero (Ediciones UNIÓN, 2005; Editorial Oriente, 2011 y El Barco Ebrio, 2012); Cleopatra, la reina de la noche (Capiro, 2006); Nuestros años felices (Editorial Extramuros, 2008) y Desnuda estoy ante Dios (testimonio, Capiro, 2010). Actualmente funge como Profesor Auxiliar Adjunto en la Universidad de Ciencias Pedagógicas Félix Varela de Villa Clara.