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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Aline y Valcour, o la novela filosófica

Género: EróticoNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Valcour, enamorado de Aline, recibe la noticia de que el padre de su amada, el perverso magistrado Blamont, un déspota sin escrúpulos al que ni la amistad, ni siquiera la familia, frenan en sus bestiales apetitos sexuales, llegando, incluso, a mezclar a sus hijas en sus morbosos deseos, ha concertado su boda. A través de las setenta cartas va avanzando la trama hasta alcanzar el drama final. Una apasionante y cruel trama, fiel exponente del estilo literario de uno de los escritores “malditos” más caracterizados de la sociedad occidental.

Fragmento

CARTA PRIMERA

Déterville a Valcour

París, 3 de Junio de 1778

Ayer cenamos, Eugénie y yo, en casa de tu divinidad, mi querido Valcour… ¿Qué hacías tú?… ¿Eran los celos?… ¿El enojo?… ¿El temor?… Tu ausencia fue para nosotros un enigma que Aline no pudo o no quiso explicarnos y cuya clave nos costó mucho esfuerzo descifrar. Iba a solicitar noticias tuyas cuando dos grandes ojos azules que reflejaban a la vez el amor y la decencia, vinieron a fijarse en los míos rogándome que disimulase… Me callé; poco después me acerqué; quise inquirir la razón de ese misterio. Las únicas respuestas que obtuve fueron un suspiro y un signo con la cabeza. Eugénie no fue tampoco más afortunada; no presionamos más; pero Mme. de Blamont suspiro y yo la oí, esa mujer es una madre deliciosa, amigo mío; no creo que sea posible tener mas ingenio, un alma mas sensible, tanta gracia en los modales ni tanta amenidad en las costumbres. Es extremadamente raro que con tantos conocimientos alguien sea al mismo tiempo tan amable. He observado casi siempre que las mujeres instruidas tienen en el mundo una cierta rudeza; una especie de afectación que hace que se compre muy caro el placer de su compañía. Parece como si solamente quisiesen mostrar su ingenio en su gabinete o que, al no encontrarlo nunca en cantidad suficiente en aquellos que las rodean, no se dignasen rebajarse a mostrar el que ellas poseen.

¡Pero qué diferente de este retrato es la adorable madre de tu Aline! En verdad no me extrañaría que una mujer así despertase aun grandes pasiones, a pesar de haber alcanzado los treinta y seis años.

Por lo que hace a M. de Blamont, ese indigno esposo de una mujer demasiado digna, fue tajante, sistemático y desabrido como si estuviese administrando justicia en nombre del rey; desencadenó una serie de invectivas contra la tolerancia , hizo la apología de la tortura, nos habló con una especie de regocijo de un desgraciado a quien sus colegas y él iban a infligir, al día siguiente, el suplicio de la rueda ; nos aseguró que el hombre era malo por naturaleza y que no había nada que debiera evitarse para hacerlo encadenar; que el temor era el resorte más poderoso de las monarquías y que un tribunal encargado de recibir delaciones era una obra maestra de la política. Seguidamente nos habló de unas tierras que acababa de comprar, de la sublimidad de sus derechos y, sobre todo, del proyecto que abriga de instalar en ellas una casa de fieras de las que, te lo garantizo, él será el animal más peligroso.

Pocos minutos antes de que fuese servida la cena llegó otro individuo, corto y cuadrado, cuyo espinazo se adornaba con una casaca de paño verde oliva, guarnecida de arriba a abajo con un bordado de ocho pulgadas de anchura cuyo dibujo me recordó al que llevaba Clovis en su manto real. Este hombre pequeño poseía un pie muy grande asentado sobre unos tacones altos en medio de los cuales se apoyaban dos piernas enormes. Si se intentaba buscar su cintura no se encontraba más que un vientre. ¿Interesaba una idea de su rostro? no se percibía más que una peluca y una corbata de cuyo centro se escapaba a veces un falsete discordante que permitía dudar si el gaznate del que emanaba era efectivamente el de ser humano o el de una vieja cotorra. Este ridículo mortal, absolutamente fiel al retrato que de el he trazado, se hizo anunciar como M. Dolbourg.

Un capullo de rosa que, en ese mismo instante, Aline lanzaba a Eugénie, vino a perturbar desafortunadamente las leyes de equilibrio que se había impuesto el personaje con la intención de deducir de ellas su reverencia de entrada. Tropezó con el capullo de rosa y definitivamente llegó hasta nosotros con la cabeza por delante. Este golpe inesperado, este súbito derrumbamiento de las masas, descompuso un poco sus postizos atractivos, la corbata voló por un lado, la peluca por otro y el infeliz, desparramado y desguarnecido de esta guisa, provocó a mi loca Eugénie un ataque de risa tan espasmódico que nos vimos obligados a conducirla a una sala contigua en donde llegue a creer que se desvanecería… Aline se contuvo, el presidente se enfadó, Mme. de Blamont se mordía los labios para no reventar de risa y se deshacía en señas de interés… Dos lacayos levantaron al hombrecillo que, como una tortuga volteada, no podía recobrar la elasticidad necesaria para restablecer su verticalidad. Se le enfundó en su peluca y se rehizo artísticamente el nudo de su corbata, Eugénie apareció y el anuncio de la cena vino a restaurar el orden general al obligar a cada cual a ocuparse en una sola idea.

Las exageradas cortesías del presidente hacia el hombrecillo, la noticia que recibí ulteriormente de que tenía cien mil escudos de renta, cosa que hubiera apostado con sólo verle la cara; el fastidio de Aline, el gesto afligido de Mme. de Blamont, los esfuerzos que hacía para distraer a su querida hija, para impedir que los demás percibiesen el malestar que la embargaba; todo me convenció de que ese desgraciado banquero era tu rival y rival tanto más peligroso por cuanto me pareció que el presidente estaba entusiasmado con él.

¡Amigo mío, qué alianza!… ¡Unir un mortal tan prodigiosamente ridículo a una joven de diecinueve años hecha como las Gracias, lozana como Hebe y más bella que Flora! Atreverse a sacrificar a la estupidez en persona el espíritu más dulce y más agradable; adaptar a un abultado volumen de materia el alma más sutil y más sensible; reunir la inactividad más plúmbea con un ser cuajado de talentos, ¡que atentado, Valcour!… ¡Oh! no, no…, o la Providencia es insensible o no lo permitirá jamás… Eugénie se lleno de tristeza en cuanto adivino la fechoría. Loca, atolondrada, e incluso un poco cruel, pero dispuesta a inmolar su sangre en aras de la amistad, pasó rápidamente de la alegría a la cólera mas extremada desde el momento en que la hice partícipe de mis sospechas… Miro a su amiga y las lágrimas vinieron a bañar sus mejillas rosas que la alegría acababa de encender. Aconsejó a su madre que se retirase temprano; no podéis soportarlo y si esa fechoría era real, no había nada, decía golpeando el suelo con sus pies, que ella no hiciera para impedirlo. Pero Aline se obstinaba en su silencio… Mme. de Blamont se limitaba a suspirar cuando yo la interrogaba; y optamos por retirarnos.

He aquí, mi querido Valcour, el estado en que dejé las cosas; en prenda de mi sincera amistad debes instruirme de todo lo que puedas averiguar; espéralo todo de la mía y de la de Eugénie y convéncete de que la felicidad que nos aguarda no puede realmente ser perfecta mientras sepamos que hay obstáculos entre la de Aline y la tuya.

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