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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Arsenio Lupin y la Aguja Hueca

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Esta entrega de la serie del famoso ladrón de guante blanco, empieza con una escena nocturna muy inquietante y sitúa desde el primer momento al lector en un estado de gran tensión, lo que supone una distracción para que el lector pueda aplicar su ingenio a descubrir el verdadero misterio que se plantea, el enigma que permitió a César ocupar la Galia y posteriormente a los normandos iniciar en Francia su despliegue por Europa. Se trata de una gran mole calcárea frente a la costa que oculta un secreto y, según cuenta la leyenda, un inmenso tesoro. Tan divertido como siempre, pero de una lógica deslumbrante, es sobre todo la tensión emocional lo que probablemente ha hecho de esta entrega de la serie la más y mejor valorada por los aficionados al misterio.

Fragmento

CAPÍTULO UNO

El disparo

Raimunda aguzó el oído. De nuevo y por dos veces consecutivas aquel ruido se hizo escuchar lo bastante claro para poder diferenciarlo de los demás ruidos confusos que violaban el silencio de la noche; pero era a la vez tan débil que ella no hubiera sabido decir si su origen había sido próximo o lejano, si se producía dentro de los muros del vasto castillo o bien fuera, entre los rincones tenebrosos del parque.

Se levantó despacio. Su ventana estaba entornada y la abrió de par en par. La claridad de la luna descansaba sobre un tranquilo paisaje de céspedes y bosquecillos donde las ruinas dispersas de la antigua abadía se recortaban formando siluetas trágicas, columnas truncadas, ojivas incompletas, esbozos de pórticos y fragmentos de arbotantes. Un ligero vientecillo flotaba sobre la superficie de las cosas, deslizándose por entre las ramas desnudas e inmóviles de los árboles, pero agitando las hojas recién nacidas de los macizos.

Y de pronto, el mismo ruido… Provenía del lado de la izquierda y por encima del piso en que ella vivía, es decir, de los salones que ocupaban el ala occidental del castillo.

Aun siendo valiente y fuerte, la joven sintió la angustia del miedo. Se puso sus ropas de noche y tomó las cerillas.

—Raimunda… Raimunda…

Una voz débil como un suspiro la llamaba desde la habitación vecina, cuya puerta no estaba cerrada. Se dirigió hacia allí a tientas, cuando Susana, su prima, saltó a su encuentro y se arrojo sobre sus brazos.

—Raimunda…, ¿eres tú?… ¿Has oído?…

—Sí… ¿Entonces no duermes?

—Creo que es el perro el que me ha despertado… hace ya largo tiempo… Pero después no ha vuelto a ladrar. ¿Qué hora será?

—Deben ser aproximadamente las cuatro.

—Escucha… Alguien anda caminando por el salón.

—No hay peligro. Tu padre está allí, Susana.

—Pero hay peligro para él. Duerme al lado del salón pequeño.

—El señor Daval está allí también…

—Pero está al otro extremo del castillo… ¿Cómo quieres que oiga?

Dudaron, no sabiendo qué resolver. ¿Llamar? ¿Pedir socorro? Pero no se atrevían, hasta tal extremo el ruido de sus propias voces parecía infundirles miedo. Pero Susana, que se había acercado a la ventana, ahogó un grito en su garganta.

—Mira…, un hombre cerca del estanque.

En efecto, un hombre se alejaba con paso rápido. Llevaba bajo el brazo un objeto de dimensiones bastante grandes, cuya naturaleza las dos jóvenes no lograron discernir, y que al golpearle a cada paso sobre la pierna le dificultaba el caminar. Vieron que el hombre pasaba cerca de la antigua capilla y que se dirigía hacia una pequeña puerta existente en el muro. Esta puerta estaba entreabierta, pues el hombre desapareció súbitamente, y además las jóvenes no oyeron el rechinamiento habitual que producían los goznes de la misma.

—Venía del salón —murmuró Susana.

—No, la escalera del vestíbulo lo hubiera llevado mucho más a la izquierda… a menos que…

Las agitó una misma idea. Se inclinaron hacia el exterior de la ventana. Por encima de ellas había una escala erguida contra la fachada y apoyada sobre el primer piso. La luz alumbraba el balcón de piedra. Y otro hombre, portador también de otro objeto, cabalgó sobre ese balcón, se dejó deslizar por la escala y huyó por el mismo camino.

Susana, espantada y sin fuerzas, cayó de rodillas, balbuciendo:

—¡Llamemos!… ¡Pidamos auxilio!…

—¿Y quién vendría?… Tu padre… ¿Y si hay más intrusos y se arrojan contra él?

—Podríamos avisar a los criados… Tu timbre comunica con el piso de ellos.

—Sí…, sí…, quizá… es una buena idea… A condición de que ellos lleguen a tiempo.

Raimunda buscó junto a su cama el timbre eléctrico y apretó el botón con un dedo. Allá arriba vibró el timbre, y las dos jóvenes sintieron la impresión de que abajo debía de haberse escuchado claramente el sonido.

Esperaron. El silencio se hacía espantoso, y la brisa había dejado de agitar las hojas de los arbustos.

—Tengo miedo…, tengo miedo… —repetía Susana.

Y de repente, en la noche profunda, por encima de ella, estalló un ruido de lucha con estrépito de muebles derribados, exclamaciones, y luego, horrible y siniestro, se escuchó un gemido ronco, los estertores de alguien que está siendo estrangulado…

Raimunda saltó hacia la puerta. Susana se aferró desesperadamente a su brazo.

—No…, no me dejes sola… tengo miedo.

Raimunda la rechazó y se lanzó hacia el pasillo, seguida inmediatamente de Susana, que se tambaleaba yendo de una pared a otra lanzando gritos. Raimunda llegó a la escalera, subió corriendo los peldaños y se precipitó sobre la puerta grande del salón, donde se detuvo de improviso, clavada en el umbral, mientras Susana se desvanecía a sus pies. Frente a ellas, a tres pasos, había un hombre sosteniendo en una mano una linterna. Con un ademán dirigió la linterna hacia las jóvenes, cegándolas con la luz, miró largamente sus rostros, y luego, sin prisa, con los movimientos más tranquilos del mundo, tomó su gorra, recogió un trozo de papel y unas briznas de paja, borró con ellas las huellas sobre la alfombra, se acercó al balcón, se volvió hacia las jóvenes, las saludó con gran reverencia y desapareció.

Susana fue la primera en echar a correr hacia el pequeño gabinete que separaba el salón de la habitación de su padre. Pero apenas entró quedó aterrada ante el horrible espectáculo que contemplaban sus ojos. A la luz oblicua de la luna se divisaban en el suelo dos cuerpos inanimados, tendidos uno al lado del otro.

—¡Papá!… ¡Papá!… ¿Eres tú?… ¿Qué te ocurre?… —gritó ella enloquecida e inclinándose sobre uno de ellos.

Al cabo de un instante, el conde de Gesvres se movió. Con voz quebrada dijo:

—No temas nada…, no estoy herido… Y Daval, ¿está vivo? ¿Y el cuchillo…, el cuchillo?

En ese momento llegaron dos criados con lámparas. Raimunda se arrojó ante el otro cuerpo tendido en el suelo y reconoció a Juan Daval, el secretario y hombre de confianza del conde. Su rostro tenía ya la palidez de la muerte.

Entonces la joven se irguió, volvió al salón, y de una panoplia adosada a la pared tomó una escopeta que sabía estaba cargada y corrió al balcón. Verdaderamente no hacía más de cincuenta segundos que el individuo había puesto el pie sobre el primer peldaño de la escala adosada a la fachada. Por consiguiente, no podía estar muy lejos de allí, tanto más cuanto que una vez abajo había tenido la precaución de apartar la escala del balcón para que nadie más pudiese servirse de ella. En efecto, la joven percibió en seguida al individuo que iba bordeando las ruinas del antiguo claustro. Raimunda se echó el arma a la cara, apuntó tranquilamente e hizo fuego. El hombre cayó.

—¡Ya está!… ¡Ya está!… —gritó uno de los criados—. Ya tenemos a ése. Voy allá.

—No, Víctor, ya se está poniendo en pie otra vez… Baje por la escalera y diríjase a la puerta pequeña. Sólo puede escapar por allí.

Víctor se apresuró, pero antes ya de que llegara al parque, el hombre había vuelto a caer. Raimunda llamó al otro criado.

—Alberto, ¿lo ve usted allí abajo…, cerca del arco grande?

—Sí… Está arrastrándose por la hierba…, está perdido…

—Vigílelo desde aquí.

—No tiene medio de escapar. A la derecha de las ruinas está el césped descubierto…

—Y Víctor guarda la puerta a la izquierda —dijo ella, empuñando de nuevo la escopeta.

—No vaya usted, señorita.

—Sí, sí —replicó ella con acento resuelto y gesto brusco—. Déjeme…, me queda otro cartucho… Si se mueve…

Salió. Unos momentos después, Alberto la vio dirigiéndose hacia las ruinas. El criado le gritó desde la ventana:

—Se ha arrastrado por detrás del arco. Ya no lo veo más… Cuidado, señorita.

Raimunda dio la vuelta por el antiguo claustro para cortarle la retirada al desconocido y en seguida Alberto la perdió de vista. Al cabo de unos minutos, al no verla reaparecer de nuevo, comenzó a inquietarse, y, sin dejar de vigilar las ruinas, en lugar de bajar por la escalera intentó alcanzar la escala. Cuando lo consiguió bajó rápidamente y corrió derecho hacia la arcada cerca de la cual el desconocido había desaparecido la primera vez. Treinta pasos más allá encontró a Raimunda, que buscaba a Víctor.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó Alberto.

—Imposible echarle mano —respondió Víctor.

—¿Y la puerta pequeña?

—Vengo de allí… Aquí está la llave.

—Sin embargo…, es preciso que…

—¡Oh!, ya lo tenemos seguro… De aquí a diez minutos será nuestro ese bandido.

El granjero y su hijo, despertados por el disparo de escopeta, venían desde la granja, cuyos edificios se levantaban bastante lejos a la derecha, pero dentro del recinto amurallado. No habían visto a nadie.

—¡Pardiez! —exclamó Alberto—. No, ese pícaro no ha podido abandonar las ruinas… Lo desenterraremos oculto en el fondo de cualquier agujero.

Organizaron una batida metódica, registrando cada matorral y apartando las espesas ramas de hiedra enroscadas en torno a las columnas. Comprobaron que la capilla estuviese bien cerrada y que ninguna de las vidrieras estaba rota. Dieron vuelta al claustro y visitaron todos los rincones y escondrijos. Pero la busca fue en vano.

Sólo hicieron un descubrimiento: en el mismo lugar donde el hombre había caído herido por el disparo de Raimunda recogieron una gorra de chofer de cuero leonado. Excepto eso, nada.

A las seis de la mañana fue avisada la gendarmería de Ouville-la-Riviere, la cual acudió al lugar de los hechos, después de haber enviado por correo exprés al Juzgado de Dieppe una breve nota relatando las circunstancias del crimen, la inminente captura del principal culpable y «el descubrimiento de su gorra y del puñal con el que había perpetrado su crimen». A las diez, dos automóviles bajaban la ligera pendiente que conduce al castillo. En uno de ellos venían el fiscal suplente y el juez de instrucción, acompañado de su secretario. En el otro, un modesto cabriolet, llegaban dos jóvenes reporteros de Prensa, representando al Journal de Rouen y a un gran diario de París.

El viejo castillo apareció a la vista de los viajeros. Antaño había constituido la residencia abacial de los priores de Ambrumésy, mutilada por la revolución y restaurada por el conde de Gesvres, al cual pertenecía desde hacía veinte años, comprendiendo un cuerpo de alojamientos que remonta un pináculo donde vela un reloj, y dos alas, cada una de las cuales está envuelta por una escalinata con balaustrada de piedra. Por encima de los muros del parque, y más allá de la planicie que sostienen los altos acantilados normandos, se divisa, entre las aldeas de Sainte-Marguerite y de Varengeville, la línea azul del mar.

Allí vivía el conde de Gesvres con su hija Susana, bella y frágil criatura de rubios cabellos, y de su sobrina Raimunda de Saint-Verán, a la cual él había recogido dos años antes, cuando la muerte simultánea de su padre y de su madre dejó huérfana a la joven. La vida discurría tranquila y ordenada en el castillo. Algunos vecinos venían allí de visita de cuando en cuando. En el verano, el conde llevaba a las dos jóvenes casi todos los días a Dieppe. El conde era de alta estatura, con un bello rostro grave y cabellos grisáceos. Siendo muy rico, llevaba él mismo la administración de su fortuna y vigilaba sus propiedades con ayuda de su secretario Daval.

Desde su llegada, el juez de instrucción comenzó a recoger las primeras pruebas del brigadier de la gendarmería de Quevillon. La captura del culpable, siempre inminente por lo demás, todavía no se había efectuado, pero estaban guardadas todas las salidas del parque. La fuga era, pues, imposible.

El pequeño grupo atravesó seguidamente la sala capitular y el refectorio, situados en la planta baja, y subió al primer piso, inmediatamente observaron que en el salón reinaba un orden perfecto. No había ningún mueble ni ningún objeto que no pareciese ocupar su lugar habitual, ni tampoco se observaba un lugar vacío entre esos muebles y objetos. A derecha e izquierda había colgados magníficos tapices flamencos de personajes. En el fondo, sobre paneles, estaban colocadas cuatro hermosas telas con marcos de época, y que representaban escenas mitológicas. Eran los célebres cuadros de Rubens, legados al conde de Gesvres, juntamente con los tapices de Flandes, por su tío el marqués de Bobadilla, grande de España. El señor Filleul, juez de instrucción, observó:

—Si el robo ha sido el móvil del crimen, en todo caso este salón no ha sido objeto de saqueo.

—¿Quién sabe? —respondió el fiscal suplente, que hablaba poco, pero que lo hacía siempre contradiciendo las opiniones del juez.

—Veamos, querido señor: la primera preocupación de un ladrón hubiera sido el apoderarse de los tapices y los cuadros.

—Quizá no dispuso de tiempo para ello.

—Eso es lo que nosotros vamos a averiguar.

En ese momento penetró el conde de Gesvres, seguido del médico. El conde, que no parecía sentir los efectos de la agresión de que había sido víctima, dio la bienvenida a los dos magistrados. Luego abrió la puerta del gabinete.

La estancia, donde nadie había penetrado después del crimen, salvo el médico, presentaba, al contrario del salón, el mayor desorden. Había allí dos sillas derribadas, una de las mesas estaba hecha añicos, y por tierra yacían otros diversos objetos, entre ellos un reloj de péndulo de viaje, un clasificador de correspondencia y una caja de papel de cartas. Y algunas de las hojas blancas esparcidas por el suelo presentaban manchas de sangre.

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