Berta Isla

Berta Isla - Javier Marías

Muy jóvenes se conocieron Berta Isla y Tomás Nevinson en Madrid, y muy pronta fue su determinación de pasar la vida juntos, sin sospechar que los aguardaba una convivencia intermitente y después una desaparición. Tomás, medio español y medio inglés, es un superdotado para las lenguas y los acentos, y eso hace que, durante sus estudios en Oxford, la Corona ponga sus ojos en él. Un día cualquiera, «un día estúpido» que se podría haber ahorrado, condicionará el resto de su existencia, así como la de su mujer.
Berta Isla es la envolvente y apasionante historia de una espera y de una evolución, la de su protagonista. También de la fragilidad y la tenacidad de una relación amorosa condenada al secreto y a la ocultación, al fingimiento y a la conjetura, y en última instancia al resentimiento mezclado con la lealtad. Y es también la historia de quienes quieren parar desgracias e intervenir en el universo, para acabar encontrándose desterrados de él.

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Capítulo 1

Durante un tiempo no estuvo segura de si su marido era su marido, de manera parecida a como no se sabe, en la duermevela, si se está pensando o soñando, si uno aún conduce su mente o la ha extraviado por agotamiento. A veces creía que sí, a veces creía que no, y a veces decidía no creer nada y seguir viviendo su vida con él, o con aquel hombre semejante a él, mayor que él. Pero también ella se había hecho mayor por su cuenta, en su ausencia, era muy joven cuando se casó.

Estos eran los mejores periodos, los más tranquilos y satisfactorios y mansos, pero nunca duraban mucho, no es fácil desentenderse de una cuestión así, de una duda así. Lograba dejarla de lado durante unas semanas y sumergirse en la impremeditada cotidianidad, de la que gozan sin ningún problema la mayoría de los habitantes de la tierra, los cuales se limitan a ver empezar los días, y cómo trazan un arco para transcurrir y acabarse. Entonces se figuran que hay una clausura, una pausa, una división o una frontera, la que marca el adormecimiento, pero en realidad no la hay: el tiempo sigue avanzando y obrando, no solo sobre nuestro cuerpo sino también sobre nuestra conciencia, al tiempo le trae sin cuidado que durmamos profundamente o estemos despiertos y alerta, que andemos desvelados o se nos cierren los ojos contra nuestra voluntad como si fuéramos centinelas bisoños en esos turnos nocturnos de guardia que se llaman imaginarias, quién sabe por qué, quizá porque luego le parece que no hayan tenido lugar, al que se mantuvo en vigilia mientras dormía el mundo, si consiguió mantenerse en vigilia y no ser arrestado, o pasado por las armas en tiempo de guerra. Una sola cabezada invencible y por su causa se encuentra uno muerto, o es dormido para siempre. Cuánto riesgo en cualquier cosa.

Cuando creía que su marido era su marido no estaba tan sosegada ni se levantaba de la cama con demasiadas ganas de iniciar la jornada, se sentía prisionera de lo largamente aguardado y ya cumplido y no más aguardado, quien se acostumbra a vivir en la espera nunca consiente del todo su término, es como si le quitaran la mitad del aire. Y cuando creía que no lo era pasaba la noche agitada y culpable, y deseaba no despertarse, para no hacer frente a los recelos hacia el ser querido ni a los reproches con que se castigaba a sí misma. Le desagradaba verse endurecida como una miserable. En esos periodos en que decidía o lograba no creer nada, sentía en cambio el aliciente de la duda escondida, de la incertidumbre aplazada, porque antes o después esta volvería. Había descubierto que vivir en la certeza absoluta es aburrido y condena a llevar una sola existencia, o a que sean la misma la real y la imaginaria, y nadie escapa enteramente a esta última. Y que la sospecha permanente a su vez no es tolerable, porque resulta extenuante observarse sin cesar a uno mismo y a los otros, sobre todo al otro, al más cercano, y comparar con los recuerdos que jamás son fiables. Nadie ve con nitidez lo que ya no está delante, aunque acabe de suceder o aún floten en la habitación el aroma o el descontento de quien apenas se ha despedido. Basta con que alguien salga por una puerta y desaparezca para que su imagen empiece a difuminarse, basta con dejar de ver para ya no ver claro, o no ver nada; y con oír pasa lo mismo, y no digamos con el tacto. ¿Cómo puede uno, entonces, recordar con precisión y en orden lo ocurrido hace mucho tiempo? ¿Cómo puede representarse con fidelidad al marido de hace quince o veinte años, al que se acostaba en la cama cuando ella ya dormía hacía rato, y le penetraba con su miembro el cuerpo? También todo eso se desvanece y se enturbia, como las imaginarias de los soldados. Acaso es lo que se desvanece más pronto.

Berta Isla – Javier Marías

Javier Marías. (Madrid, 20 de septiembre de 1951 - Madrid, 11 de septiembre de 2022). Escritor, ensayista, traductor y editor español, Javier Marías, era el cuarto de cinco hijos de una familia acomodada, pasó su niñez e infancia en los Estados Unidos, donde su padre, el filósofo y miembro de la R.A.E. Julián Marías, encarcelado y represaliado por el régimen de Franco, era profesor de universidad, allí vive rodeado de escritores y poetas como Vladimir Nabokov o Jorge Guillén.

A su regreso a España, Marías estudió en el Colegio Estudio, y se licenció en Filosofía y Letras en la Universidad Complutense de Madrid, especializándose en Filología Inglesa. En 1968 se le publicó en el diario El Noticiero Universal de Barcelona, su primer cuento escrito con tan solo quince años. Tras pasar un año en París, publicó su primera novela Los dominios del lobo (1971), y más tarde vivió en Barcelona trabajando como asesor literario de la editorial Alfaguara, al tiempo de publicar relatos en el Diario de Barcelona.

En 1983, Marías comenzó a dar clases de Literatura Española en la Facultad de Lenguas Modernas y Medievales de la Universidad de Oxford, en donde continuó tras un paréntesis como profesor en el Wellesley College de Boston.

De vuelta a Madrid, fue profesor de Teoría de la Traducción en su Universidad Complutense, todo ello continuando con su actividad de creación literaria y su trabajo como traductor. Desde el año 1994, colabora habitualmente en el Suplemento Semanal de El País mientras sigue publicando sus novelas.

En 2002 publica la que sería su obra más ambiciosa, Tu rostro mañana, dividida en tres tomos debido a que su extensión era mayor a las 1500 páginas (Fiebre y lanza, 2002, Baile y sueño, 2004 y Veneno y sombra y adiós, 2007). Desde el año 2006, es miembro de la Real Academia Española de la Lengua ocupando el sillón R.

En el año 2011 publicó su novela Los enamoramientos, de género detectivesco pero con cuestiones filosóficas y éticas, siendo la primera novela del autor con un personaje femenino como narrador. Consiguió un gran éxito a nivel mundial y fue traducida a más de 18 idiomas.

Ha obtenido numerosísimos premios entre los que se encuentran el Nacional de Traducción en 1979, el Herralde de 1986, el de la Crítica en 1993, el Rómulo Gallegos de 1994 o el Fastenrath en 1995. En el año 2012 rechazó el Nacional de Narrativa de España, que le había sido otorgado por su novela Los enamoramientos.

De entre su obra habría que destacar títulos como Mañana en la batalla piensa en mí, Corazón tan blanco, Fiebre y lanza, Baile y sueño o Así empieza lo malo. Además, Marías ha desarrollado una interesante labor editorial al frente de Reino de Redonda.

Falleció en Madrid el 11 de septiembre de 2022 debido a una neumonía bilateral provocada por la covid.