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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cartas de amor

Género: EnsayosMemoriasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Pendenciero, valiente, arrogante, librepensador, científico, matemático… Espadachín de arma tan afilada como su nariz o su lengua, Cyrano de Bergerac ha pasado a la historia gracias a la obra teatral de Edmond Rostand llevada varias veces al cine con enorme éxito. Esa fama legendaria ha ocultado su faceta real como escritor, autor de numerosa correspondencia, entre ella dieciséis cartas de amor que se traducen por primera vez al español en esta edición a cargo del filólogo y periodista David Felipe Arranz. Muchas de ellas las redactó por encargo, para enamorar con su pluma a las amantes de otros, como aquella Roxane a la que amaba en silencio y a la que emocionaba con su retórica, escondido bajo un balcón, para paliar la torpeza de un novio tan apuesto como parco en palabras.

Fragmento

CARTA I

A UNA DAMA PELIRROJA

SEÑORA,

Sé bien que vivimos en un país donde los sentimientos del vulgo resultan tan fuera de razón, que el color rojo sólo recibe desprecio entre aquellos que honran las más hermosas cabelleras; pero también sé que estos estúpidos, que sólo se alimentan de la espuma de las almas razonables, no sabrían juzgar como es debido las cosas excelentes debido a la distancia que media entre la bajeza de su espíritu y lo sublime de las obras, y emiten su juicio sin conocerlas; pero, cualquiera que sea la opinión malsana de este monstruo de cien cabezas, permitidme que hable de vuestros divinos cabellos como hombre de ingenio que soy.

Luminoso derivado de la esencia del más bello de los seres visibles; inteligente reflejo del fuego esencial de la Naturaleza; imagen del Sol, la mejor labrada… No soy en absoluto tan brutal como para no reconocer como mi reina a la hija de aquél que mis padres conocieron como su dios. Atenas lloró su corona derribada bajo los templos abatidos por Apolo; Roma dejó de mandar sobre la tierra cuando rehuyó la luz del incienso; y Bizancio puso entre hierros al género humano y de inmediato tomó por sus armas las de la hermana del Sol. Mientras el persa homenajeó este espíritu universal con el rayo que de él obtenía, ni cuatro mil años pudieron envejecer la juventud de su monarquía, y en lo tocante a verse adorado como ídolo, se salvó en Pekín de las ofensas de Babilonia. Parece ahora calentar a disgusto otras tierras que no sean las de los chinos y temo que si pudiera abstenerse un solo día de regalarnos las cuatro estaciones, fijaría arriba su hemisferio. No obstante, señora, Francia tiene en vuestro rostro unas manos que no le van a la zaga en fuerza a aquellas de las que se sirvió Josué para sujetarlo; vuestros triunfos, así como las victorias de este héroe, resultan demasiado ilustres para ser ocultados por la noche; más bien faltará en su promesa al hombre, pues se situará siempre en el lugar desde donde pueda contemplar a gusto la obra de sus obras: la más perfecta. Ved cómo por su amor calentó de tal modo el pasado verano los signos de un ardor tan prolongado y vehemente, que pensó en quemar la mitad de sus casas; y jamás podremos ya distinguir el invierno del otoño por su benignidad sin consultar el almanaque, porque, impaciente de volver a veros, no podrá decidirse a continuar su viaje hasta el Trópico. No penséis en modo alguno que este discurso pueda tratarse de una hipérbole. Si antaño la belleza de Clímene le hizo descender del cielo, vuestra belleza es de tanta consideración como para que se desvíe un poco de su camino: el equivalente de vuestras edades, la conformidad de vuestros cuerpos, la posible semejanza de vuestros humores, pueden volver a avivar bien en él este bello fuego.

Pero si sois hija del Sol, adorable Alexie, soy culpable de deciros que vuestro padre está enamorado de vos: él os ama en verdad y la pasión que le hace inquietarse por vos es la que le hizo suspirar por la desgracia de su Faetón y de sus hermanas, no la que le llevó a derramar lágrimas por la muerte de su Dafne. Este ardor en el que se inflama por vos es el mismo por el que antaño se desvivía todo el mundo, no aquél por el que él se abrasó. Os mira todos los días con los estremecimientos y las ternuras que le provoca la memoria del desastre de su hijo mayor. Sobre la Tierra sólo en vos se reconoce; si os decidís a atacar, «he aquí —dice— la misma generosa insolencia de quien marchó contra la serpiente Pitón»; si pensáis esparciros sobre las materias delicadas, «así es como hablo —dice— con mis hermanas en el Parnaso»; al fin, este pobre padre no sabe de qué forma manifestar la alegría que le causa en su imaginación el haberos engendrado: es joven como vos, sois bella como él, su temperamento y el vuestro son ambos de fuego. Da la vida y la muerte a los hombres y vuestros ojos, al igual que los suyos, también hacen lo mismo, ya que tenéis los cabellos rojos como él.

Yo estaba allí, embebecido en mi carta, adorable señora, cuando un censor me arrancó la pluma en contra de mi voluntad y me dijo que era malo recrearse con un panegírico escrito en alabanza de una hermosa joven, si ésta era pelirroja. Al no poder castigar a este orgulloso de otra forma más visible que a través del silencio, tomé otra pluma y continué así:

Una hermosa cabeza bajo una peluca roja es el Sol en medio de sus rayos y el mismo Sol no es sino un gran ojo bajo la peluca de una pelirroja; aunque todo el mundo lo piensa, muy poca gente tiene la gloria de serlo: apenas lo es una de entre cien mujeres, que siendo enviadas por el Cielo para mandar, hay necesidad de que haya más individuas que caballeros. ¿No vemos que todas las cosas en la Naturaleza resultan ser más o menos nobles según sean más o menos rojas? Entre los elementos, el que contiene más esencia y menos materia es el fuego por su color rojo: el oro ha recibido de él la belleza de su tintura, la gloria de reinar sobre los metales, y de todos los astros el Sol es el más estimado, no sólo por ser el más rojo. Los cometas con cabellera que aparecen surcando el cielo cuando acontece la muerte de un gran hombre, ¿no son acaso los bigotes pelirrojos de los dioses, que se los arrancan de pesar? Cástor y Pólux, estas pequeñas luces que permiten a los marineros predecir el fin de la tempestad, ¿qué otra cosa pueden ser sino los cabellos rojos que Juno le envía a Neptuno en prueba de amor? Por fin, sin el deseo que tuvieron aquellos hombres de poseer el vellón de una oveja pelirroja, la gloria de treinta semidioses yacería aún en la cuna de los nonatos, cierto navío sería todavía sólo una entelequia y Américo jamás nos habría contado que la Tierra tiene cuatro partes. Apolo, Venus y Amor, las divinidades más bellas del Panteón, son tontas hasta enrojecer, y Júpiter es moreno sólo por accidente a causa del humo de su rayo, que lo ha ennegrecido. Pero si los ejemplos de la mitología no satisfacen vuestra incredulidad, que lo haga la historia. Sansón, quien tenía toda su fuerza prendida en los cabellos, ¿no había recibido la energía de su milagroso ser en el rojo colorido de su cabellera? ¿Acaso los destinos no supeditaron la pervivencia del imperio de Atenas a un solo cabello rojo de Nisos? Y Dios ¿no les habría dado a los etíopes la luz de la fe, de haber encontrado entre ellos a un solo pelirrojo? De ningún modo pondríamos en duda la dignidad eminente de aquéllos si consideráramos que todos estos hombres —que no han sido hechos por otros hombres, sino que el mismo Dios escogió y amasó la materia para fabricarlos— siempre fueron pelirrojos. Adán, que habiendo sido creado por la mano del mismo Dios debería ser el más acabado de los hombres, fue pelirrojo; y toda filosofía que se precie de válida debe aprender que la Naturaleza, tendente a lo más perfecto, cuando modela a un hombre trata siempre de formar un pelirrojo, igual que aspira a obtener oro cuando fabrica el mercurio; porque, aunque sea raro de encontrar, al igual que no es considerado torpe un arquero que, lanzando treinta flechas en la misma dirección, consigue que cinco o seis den en el blanco, así el temperamento mejor equilibrado es el que se encuentra en medio del flemático y del melancólico; hay que tener mucha suerte para conseguir justo un punto indivisible: a un lado están los rubios y al otro los morenos, es decir, los volubles y los porfiados; entre los dos se encuentra el medio, donde la virtud se ha inclinado en un juicio favorable hacia los pelirrojos; también su carne es mucho más delicada, su sangre más sutil, sus espíritus más depurados y, por consiguiente, más acabado su intelecto a causa de la mezcla perfecta de las cuatro calidades. Por esta razón los pelirrojos encanecen más tarde que los morenos, como si la Naturaleza se enfadara al destruir aquello que le causó placer fabricar.

De verdad, jamás veo una cabellera rubia que no me recuerde a una mata de pelo mal recogida; sólo deseo que las rubias, cuando son jóvenes, sean agradables: pareciera que tan pronto como sus mejillas comienzan a algodonarse, su carne se divide en filamentos formando una barba. No me refiero en absoluto a las barbas negras, porque bien se sabe que cuando el diablo está en la puerta, la barba sólo puede ser muy prieta. Así que, ya que todos hemos de someternos a la esclavitud de la belleza, ¿no valdría más que perdiéramos nuestra libertad bajo cadenas de oro que apresados con cuerdas de cáñamo o entre barrotes? Todo lo que deseo para mí, oh mi bella señora, es que, a fuerza de pasear mi libertad dentro de estos pequeños laberintos de oro que os sirven de cabellos, termine pronto por perderla allí y, cuando la haya perdido, no la recupere jamás: es todo lo que deseo. ¿Querríais prometerme que mi vida no será en absoluto más larga que mi servidumbre? ¿Y que no os enfadaréis cuando diga para mis adentros: «Hasta la muerte»? Señora,

vuestro no sé qué.

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