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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cuentos completos de La Comedia Humana

Género: RelatosLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Un escritor inmenso para un inmenso proyecto: Balzac escribió en apenas veinte años los casi cien títulos que componen una obra sin parangón en la historia de la literatura, «La Comedia humana». En ella nos encontramos con una descripción totalizante de la sociedad, un estudio psicológico, político y vital, un análisis certero de la vida en la ciudad y en el campo. No existe un conjunto de ficciones que, por ahora, haya sido capaz de revisar con tanto acierto una sociedad, y ninguno tan ambicioso. Reunidos, traducidos y editados por MAURO ARMIÑO, este volumen aglutina todos aquellos cuentos breves y relatos extensos que BALZAC incorporó a su vasto proyecto. Aquí aparecen las principales venas temáticas de su obra, y descubrimos los gozos y los desastres del pensamiento enfrentado a una sociedad que sustituyó los valores por los intereses, con el oro por icono de las relaciones sociales. Se trata sin duda de un atractivo corpus, dependiente e independiente al mismo tiempo, que constituye una de las cumbres de la narrativa breve. En esta edición están todos los cuentos de una verdadera comedia humana. Inmenso BALZAC

Fragmento

La bolsa

A SOFKA

¿No ha observado usted, señorita, que, cuando colocaban dos figuras en adoración a ambos lados de una bella santa, los pintores o los escultores de la Edad Media nunca dejaron de imprimirles un parecido filial? Al ver su nombre entre los que me son queridos y bajo cuya protección pongo mis obras, acuérdese de esa conmovedora armonía, y encontrará aquí no tanto un homenaje como la expresión del fraternal afecto que le profesa

Su servidor
DE BALZAC.

Hay para las almas fáciles a la efusión una hora deliciosa que sobreviene de improviso en el momento en que todavía no es de noche y ya no es de día; el fulgor crepuscular lanza entonces sus suaves colores o sus extraños reflejos sobre todos los objetos, y favorece una ensoñación que armoniza vagamente con los juegos de la luz y de la sombra. El silencio que casi siempre reina en ese instante lo vuelve más especialmente grato a los artistas que se recogen, se distancian unos pasos de sus obras en las que no pueden seguir trabajando, y las juzgan embriagándose con el tema cuyo sentido íntimo se manifiesta entonces ante los ojos interiores del genio. Quien no haya permanecido pensativo al lado de un amigo durante ese momento de poéticos sueños comprenderá a duras penas sus indecibles beneficios. Merced al claroscuro, las argucias materiales empleadas por el arte para hacer creer en las realidades desaparecen por completo. Si se trata de un cuadro, los personajes que representa parecen hablar y andar: la sombra se vuelve sombra, la luz es luz, la carne está viva, los ojos se mueven, la sangre corre por las venas y las telas proyectan tonos irisados. La imaginación ayuda a la naturalidad de cada detalle y entonces solo se ven las bellezas de la obra. En ese momento, la ilusión reina despóticamente: ¿despierta acaso con la noche? Para el pensamiento, ¿no es la ilusión una especie de noche que nosotros amueblamos de sueños? La ilusión despliega entonces sus alas, arrastra el alma al mundo de las fantasías, mundo fértil en caprichos voluptuosos donde el artista olvida el mundo positivo, la víspera y el día siguiente, el futuro, todo, hasta sus miserias, tanto las buenas como las malas. En esa hora de magia, un joven pintor, hombre de talento, y que en el arte no veía más que el arte mismo, estaba subido en una escalera de mano que le servía para pintar un enorme y alto lienzo casi terminado. Allí, criticándose, admirándose de buena fe, nadando en el curso de sus pensamientos, se sumía en una de esas meditaciones que arroban el alma y la acrecientan, acarician y consuelan. Su ensoñación duró mucho tiempo sin duda. Llegó la noche. Sea que quisiera bajar de la escalera, sea que hubiese hecho un movimiento imprudente creyéndose en el suelo, el hecho no le permitió tener un recuerdo exacto de las causas de su accidente, se cayó, su cabeza fue a dar contra un taburete, perdió el conocimiento y permaneció inmóvil durante un lapso de tiempo cuya duración no pudo apreciar. Una dulce voz le sacó de la especie de embotamiento en que estaba sumido. Cuando abrió los ojos, el fulgor de una luz intensa se los hizo cerrar al instante; pero, a través del velo que envolvía sus sentidos, oyó el cuchicheo de dos mujeres y sintió dos jóvenes, dos tímidas manos entre las que reposaba su cabeza. Pronto recuperó el conocimiento y pudo percibir, a la luz de una de esas antiguas lámparas llamadas de doble corriente de aire, la más deliciosa cabeza de joven que nunca había visto, una de esas cabezas que a menudo pasan por un capricho del pincel, pero que de pronto hizo realidad para él las teorías de ese bello ideal que cada artista se crea y del que proviene su talento. El rostro de la desconocida pertenecía, por así decir, al tipo fino y delicado de la escuela de Prudhon, y poseía también esa poesía que Girodet daba a sus figuras fantásticas. La frescura de las sienes, la regularidad de las cejas, la pureza de las líneas, la virginidad fuertemente impresa en todos los rasgos de aquella fisonomía, hacían de la joven una creación perfecta. El talle era esbelto y delgado, las formas frágiles. Sus ropas, aunque sencillas y limpias, no anunciaban fortuna ni miseria. Al volver en sí, el pintor expresó su admiración con una mirada de sorpresa y dio las gracias balbuciendo. Notó su frente oprimida por un pañuelo y reconoció, a pesar del peculiar olor de los talleres de pintor, el fuerte aroma del éter, empleado sin duda para sacarlo de su desvanecimiento. Luego terminó viendo a una anciana, que se parecía a las marquesas del Antiguo Régimen, y que sostenía la lámpara mientras daba consejos a la joven desconocida.

—Señor –respondió la joven a una de las preguntas hechas por el pintor cuando todavía se encontraba presa del aturdimiento producido en sus ideas por la caída–, mi madre y yo hemos oído el ruido de su cuerpo al caer al suelo, y hemos creído oír un gemido. El silencio que ha sucedido a la caída nos asustó, y nos hemos apresurado a subir. Al encontrar la llave en la cerradura, felizmente nos hemos permitido entrar y lo hemos visto tendido en el suelo, inmóvil. Mi madre ha ido a buscar todo lo necesario para hacer una compresa y reanimarle. Está herido en la frente, aquí, ¿lo nota?

—Sí, ahora sí –respondió.

—Bah, no será nada –dijo la anciana–. Por suerte, su cabeza ha ido a dar contra este maniquí.

—Me siento infinitamente mejor –respondió el pintor–, solo necesito un coche para volver a casa. La portera irá a buscarme uno.

Quiso reiterar su agradecimiento a las dos desconocidas; pero, a cada frase, la anciana le interrumpía diciendo:

—Mañana, señor, procure ponerse sanguijuelas o hacerse una sangría, beba unas tazas de vulneraria, cuídese, las caídas son peligrosas.

La joven miraba a hurtadillas al pintor y los cuadros del taller. Su actitud y sus miradas revelaban un recato perfecto; su curiosidad podía tomarse como distracción, y sus ojos parecían expresar ese interés que las mujeres muestran, con una espontaneidad llena de gracia, por todo lo que es una desgracia para nosotros. Las dos desconocidas parecían olvidar las obras del pintor en presencia del pintor doliente. Cuando las hubo tranquilizado sobre su estado, se retiraron tras examinarlo con una solicitud tan desprovista de énfasis como de familiaridad, sin hacerle preguntas indiscretas ni tratar de inspirarle el deseo de conocerlas. Sus acciones estuvieron marcadas por el sello de una naturalidad exquisita y por el buen gusto. Sus modales nobles y sencillos produjeron al principio poco efecto sobre el pintor; pero más tarde, cuando recordó todas las circunstancias de aquel suceso, se sintió vivamente impresionado. Al llegar al piso sobre el que estaba situado el taller del pintor, la anciana exclamó con voz suave:

—Adélaïde, te has dejado abierta la puerta.

—Ha sido para ir a socorrerme –respondió el pintor con una sonrisa de agradecimiento.

—Madre, usted ha bajado hace un momento –replicó la joven sonrojándose.

—¿Quiere que lo acompañemos hasta abajo? –dijo la madre al pintor–. La escalera está oscura.

—Se lo agradezco, señora, estoy mucho mejor.

—¡Agárrese bien a la barandilla!

Para que pueda comprenderse todo lo que esta escena podía tener de estimulante y de inesperado para el pintor, hay que añadir que solo hacía unos pocos días había instalado su taller en el sobrado de aquella casa, situada en el lugar más oscuro, y por tanto el más lleno de barro, de la calle de Surène, casi ante la iglesia de la Madeleine, a dos pasos de su piso, que se encontraba en la calle de los Champs-Élysées. La celebridad que le había ganado su talento y lo había convertido en uno de los artistas más apreciados en Francia, empezaba a alejarlo de la necesidad y disfrutaba, según su expresión, de sus últimas miserias. En vez de ir a trabajar a uno de esos talleres situados cerca de los arrabales y cuyo módico alquiler se hallaba antes en relación con la modestia de sus ganancias, había satisfecho un deseo renovado a diario, ahorrándose una larga caminata y la pérdida de un tiempo que para él se había vuelto más precioso que nunca. Nadie en el mundo hubiera inspirado tanto interés como Hippolyte Schinner si hubiera consentido en darse a conocer; pero no hacía a la ligera la confidencia de los secretos de su vida. Era el ídolo de una madre pobre que lo había educado a costa de las más duras privaciones. La señorita Schinner, hija de un granjero alsaciano, nunca había estado casada. Su alma tierna fue lastimada cruelmente en el pasado por un hombre rico que no se preciaba de poseer gran delicadeza en amor. El día en que, joven y en todo el esplendor de su belleza, en toda la gloria de su vida, sufrió, a expensas de su corazón y de sus bellas ilusiones, ese desencanto que nos alcanza tan despacio y tan deprisa, porque queremos creer lo más tarde posible en el mal y siempre nos parece que llega demasiado pronto, ese día fue todo un siglo de reflexiones, y fue también el día de los pensamientos religiosos y de la resignación. Rechazó las limosnas del que la había engañado, renunció al mundo y convirtió en gloria su falta. Se entregó por entero al amor maternal pidiéndole, a cambio de los goces sociales de los que se despedía, todas sus delicias. Vivió de su trabajo, acumulando un tesoro en su hijo. Y más tarde, en un día, en una hora, este le pagó los largos y lentos sacrificios de su indigencia. En la última exposición, su hijo había recibido la cruz de la Legión de Honor. Los periódicos, unánimes a favor de un talento ignorado, aún resonaban con elogios sinceros. Los artistas mismos reconocían a Schinner por un maestro, y los marchantes cubrían de oro sus cuadros. A los veinticinco años, Hippolyte Schinner, al que su madre había transmitido su alma de mujer, había comprendido mejor que nunca su situación en el mundo. Queriendo devolver a su madre los goces de que la sociedad la había privado durante tanto tiempo, vivía para ella, esperando a fuerza de gloria y fortuna verla un día feliz, rica, considerada, rodeada de hombres célebres. Por eso, Schinner había elegido sus amigos entre los hombres más honorables y más distinguidos. Exigente en la elección de sus relaciones, quería elevar todavía más su posición, que su talento ya había llevado tan alto. Obligado a permanecer en la soledad por aquella madre de elevados pensamientos, el trabajo al que se había consagrado desde su juventud le había permitido conservar las bellas creencias que adornan los primeros días de la vida. Su alma adolescente no desconocía ninguno de los mil pudores que hacen del joven un ser aparte cuyo corazón rebosa felicidad, poesía, esperanzas vírgenes, débiles a ojos de la gente que se cree de vuelta de todo, pero profundos porque son sencillos. Estaba dotado de esas maneras dulces y corteses que tan bien sientan al alma y seducen incluso a quienes no las comprenden. Era de buena figura. Su voz, que salía del corazón, removía en el de los demás sentimientos nobles, y daba muestras de verdadera modestia por cierto candor de su acento. Al verle, se sentían arrastrados hacia él por una de esas atracciones morales que los sabios, por suerte, aún no saben analizar: encontrarían en ellas algún fenómeno de galvanismo o la secuela de no sé qué fluido, y formularían nuestros sentimientos mediante proporciones de oxígeno y de electricidad. Quizás estos detalles permitan comprender a la gente de carácter audaz y a los hombres pagados de sí mismos por qué, durante la ausencia del portero, al que había enviado en busca de un coche a la esquina de la calle de la Madeleine, Hippolyte Schinner no hizo a la portera pregunta alguna sobre las dos personas cuyo buen corazón se había desvelado por él. Pero aunque respondiese con sí y no a las preguntas, naturales en tal circunstancia, que le fueron hechas por aquella mujer sobre su accidente y sobre la oficiosa intervención de las inquilinas que ocupaban el cuarto piso, no pudo impedir que obedeciese al instinto de los porteros; le habló de las dos desconocidas de acuerdo a los intereses de su política y según los juicios subterráneos de la portería.

—Ah –le dijo–, sin duda se trata de la señorita Leseigneur y su madre, que viven aquí hace cuatro años. Todavía no sabemos lo que hacen esas damas; por la mañana, y solo hasta mediodía, viene a ayudarlas una vieja sirvienta medio sorda y que no habla más que un mudo; por la tarde, dos o tres viejos señores, condecorados como usted, señor, uno de ellos con coche y criados, y al que se le suponen sesenta mil libras de renta, llegan a su casa, y a menudo se quedan hasta muy tarde. Por lo demás, son inquilinas muy tranquilas, como usted, señor; y además ahorrativas, porque viven con nada; en cuanto llega una carta, la pagan. Lo curioso, señor, es que la madre se apellida de distinto modo que la hija. ¡Ah!, cuando van a las Tullerías, la señorita va muy flamante, y nunca sale sin que la sigan unos cuantos jóvenes a los que ella da con la puerta en las narices, y hace bien. El propietario no toleraría…

El coche había llegado, Hippolyte dejó de oir y volvió a su casa. Su madre, a la que contó su aventura, vendó de nuevo su herida y no le permitió volver al día siguiente al taller. Consultado el médico, que le extendió varias recetas, Hippolyte se quedó tres días en casa. Durante esa reclusión, su imaginación desocupada le recordó vivamente, y como por fragmentos, los detalles que siguieron a la escena de su desvanecimiento. El perfil de la joven se dibujaba con fuerza sobre las tinieblas de su visión interior: veía de nuevo el rostro marchito de la madre o aún sentía las manos de Adélaïde, recuperaba un gesto que al principio le había impresionado poco, pero cuyas gracias exquisitas fueron puestas de relieve por el recuerdo; luego, una actitud o los sonidos de una voz melodiosa embellecidos por la distancia reaparecían de golpe, como esos objetos que hundidos en el fondo de las aguas vuelven a la superficie. Por eso, el día que pudo reanudar su trabajo, regresó temprano al taller; pero la visita que indiscutiblemente tenía derecho a hacer a sus vecinas fue la verdadera causa de su prisa; ya se le habían olvidado sus cuadros empezados. En el momento en que una pasión rompe sus mantillas, se encuentran placeres inexplicables que comprenden los que han amado. De ahí que algunas personas sabrán por qué subió el pintor despacio los escalones del cuarto piso, y conocerán el secreto de las pulsaciones que se sucedieron rápidamente en su corazón en el momento en que vio la puerta oscura del modesto piso habitado por la señorita Leseigneur. Esta joven, que no llevaba el apellido de su madre, había despertado mil simpatías en el joven pintor, que quería ver entre ella y él algunas semejanzas de situación, y la dotaba de las desgracias de su propio origen. Mientras trabajaba, Hippolyte se dejó llevar encantado por pensamientos amorosos, e hizo mucho ruido para obligar a las dos damas a ocuparse de él como él se ocupaba de ellas. Se quedó hasta muy tarde en el taller, comió allí; luego, hacia las siete, bajó a casa de sus vecinas.

Ningún pintor de costumbres se ha atrevido a iniciarnos, tal vez por pudor, en los interiores realmente curiosos de ciertas existencias parisinas, en el secreto de esas viviendas de donde salen, con vestidos tan frescos y elegantes, mujeres tan brillantes que, ricas en apariencia, dejan ver en cualquier parte de su casa los signos de una fortuna equívoca. Si la pintura queda dibujada aquí con demasiada franqueza, si el lector la encuentra de una extensión excesiva, no acuse a la descripción, que forma, por así decir, cuerpo con la historia, pues el aspecto del piso habitado por sus dos vecinas influyó mucho en los sentimientos y esperanzas de Hippolyte Schinner.

La casa pertenecía a uno de esos propietarios en los que preexiste un profundo horror por las reparaciones y las mejoras, uno de esos hombres que consideran su posición de propietario parisino como un estado. En la gran cadena de las especies morales, esa gente ocupa el lugar intermedio entre el avaro y el usurero. Optimistas por cálculos, todos ellos son fieles al statu quo de Austria. Si les habláis de mover de sitio una alacena o una puerta, de practicar el más indispensable de los respiraderos, sus ojos brillan, su bilis se remueve, se encabritan como caballos asustados. Cuando el viento ha derribado algunas tejas de sus chimenea, se ponen malos y dejan de ir al Gymnase o a la Porte-Saint-Martin a causa de las reparaciones. Hippolyte, que, a propósito de ciertas mejoras imprescindibles en su taller, había disfrutado gratis de la representación de una escena cómica con el señor Molineux, no se extrañó de los tonos negros y grasicntos, de los colores aceitosos, de las manchas y otros accesorios bastante desagradables que decoraban los revestimientos. Por otro lado, tales estigmas de miseria no carecen de poesía a ojos de un artista.

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