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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cuentos completos

Género: RelatosLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

La ironía, la honda melancolía y la inconfundible mirada desencantada de Oscar Wilde impregnan cada una de estas páginas, erigiéndose como un monumento paródico y duramente crítico hacia la sociedad victoriana de finales del siglo XIX. Todo ello esbozado con un estilo único, patente desde las sátiras de «El crimen de lord Arthur Savile» y «El fantasma de Canterville» hasta los cuentos de hadas como «El Príncipe Feliz», «El ruiseñor y la rosa» y «El gigante egoísta». El presente volumen reúne toda la narrativa breve del autor irlandés, vertida por el maestro Julio Gómez de la Serna. Precede a los relatos, además, la introducción del renombrado escritor y ensayista Gonzalo Torné. Jorge Luis Borges dijo… «”El crimen de lord Arthur Savile” está con toda gracia más allá del Bien y del Mal.»

Fragmento

El crimen de lord Arthur Savile

Una reflexión sobre el deber

1

Era la última recepción que daba lady Windermere antes de Semana Santa, y los salones de Bentinck House se hallaban más concurridos que nunca. Acudieron seis ministros, tras hacer acto de presencia en el evento del presidente de la Cámara de los Comunes, ostentando sus cruces y sus bandas, y todas las mujeres bonitas lucían sus prendas más elegantes. Al final de la galería de retratos se encontraba la princesa Sophia de Carlsrühe, una gruesa dama de aspecto tártaro, con ojillos negros y unas esmeraldas maravillosas, chapurreando francés con voz muy aguda y riéndose sin mesura de todo cuanto se decía. Realmente se apreciaba allí una singular mezcolanza de personas. Espléndidas esposas de pares del reino charlaban cortésmente con virulentos radicales; predicadores populares se codeaban con inveterados escépticos; una banda de obispos seguía la pista, de salón en salón, a una corpulenta prima donna; en la escalera se agrupaban varios miembros de la Real Academia, disfrazados de artistas, y se decía que el comedor se vio por un momento abarrotado de genios. En pocas palabras: era una de las más deslumbrantes veladas de lady Windermere, y la princesa se quedó hasta cerca de las once y media.

Justo después de su marcha, lady Windermere volvió a la galería de retratos, en la que un famoso economista estaba explicando con aire solemne la teoría científica de la música a un virtuoso húngaro espumeante de indignación, y se puso a hablar con la duquesa de Paisley. Lady Windermere estaba maravillosamente bella con su esbelto cuello marfileño, sus grandes ojos azules color nomeolvides y sus espesos bucles dorados. Cabellos de or pur, no como esos de tono pajizo que usurpan hoy día su refinada denominación, sino cabellos de un oro como tejido con rayos de sol o bañados en un ámbar insólito; cabellos que encuadraban su rostro con un nimbo de santa y, al mismo tiempo, con la fascinación de una pecadora. Lo cierto es que lady Windermere constituía un curioso caso psicológico. Desde muy joven descubrió en la vida la importante verdad de que nada se parece tanto a la ingenuidad como el atrevimiento; y, por medio de una serie de aventuras despreocupadas, del todo inocentes en su mayoría, logró todos los privilegios de una personalidad. Había cambiado varias veces de marido. En el Debrett aparecía con tres matrimonios en su haber, pero nunca cambió de amante, así que el mundo había dejado de chismorrear a cuenta suya desde hacía tiempo. En la actualidad contaba cuarenta años, no tenía hijos y poseía esa pasión desordenada por el placer que constituye el secreto de la eterna juventud.

De repente, miró con ansiedad a su alrededor, y preguntó con su clara voz de contralto:

—¿Dónde está mi quiromante?

—¿Su qué…, Gladys? —exclamó la duquesa con un estremecimiento involuntario.

—Mi quiromante, duquesa. Me es imposible vivir ya sin él.

—¡Querida Gladys! Usted siempre tan original… —murmuró la duquesa, intentando recordar qué era exactamente un quiromante, y confiando en que no sería lo mismo que un manicuro.

—Viene a leer mi mano dos veces por semana —prosiguió lady Windermere—, y le interesa muchísimo.

«¡Dios mío! —pensó la duquesa—. Debe de ser una especie de manicuro. ¡Es atroz! Supongo que por lo menos será extranjero. Así no resultará tan desagradable».

—Tengo que presentárselo a usted —dijo lady Windermere.

—¡Presentármelo! —exclamó la duquesa—. ¿Quiere usted decir que está aquí?

Empezó a buscar a su alrededor tras su abanico de carey y su chal de encaje antiquísimo, como preparándose para huir a la primera alarma.

—Claro que está aquí; no se me ocurriría dar una reunión sin él. Dice que tengo una mano esencialmente psíquica, y que si mi dedo pulgar fuera un poquito más corto, sería yo una pesimista convencida y estaría recluida en un convento.

—¡Ah, sí! —profirió la duquesa, ya más tranquila—. Dice la buenaventura, ¿no es eso?

—Y la mala también —respondió lady Windermere—, y muchas cosas por el estilo. El año próximo, por ejemplo, correré un gran peligro, en tierra y por mar. Tendré pues que vivir en globo. Todo eso está escrito aquí, sobre mi dedo menique… O en la palma de mi mano, no recuerdo bien.

—Pero realmente eso es tentar a la providencia, Gladys.

—Mi querida duquesa: la providencia puede resistir, seguro, a la tentación en estos tiempos. Creo que todos deberían hacerse leer sus manos una vez al mes, con objeto de enterarse de lo que les está prohibido. Claro es que todos seguirían haciendo lo mismo, pero ¡resulta tan agradable saber lo que va a ocurrir! Si no tiene nadie la amabilidad de ir a buscar ahora al señor Podgers, iré yo misma.

—Permítame que me encargue de ello, lady Windermere —dijo un muchacho alto y distinguido que las acompañaba y seguía la conversación con sonrisa divertida.

—Muchas gracias, lord Arthur; pero temo que no le reconozca usted.

—Si es tan extraordinario como usted dice, lady Windermere, no podrá escapárseme. Dígame solo cómo es, y dentro de un momento se lo traeré.

—Bien, no tiene nada de quiromante; quiero decir que no tiene nada de misterioso, nada esotérico, ningún aspecto romántico. Es un hombrecillo grueso, con una cabeza cómicamente calva y grandes gafas de oro; un personaje entre médico y notario pueblerino. Siento que sea así, pero no tengo yo la culpa. ¡Es tan absurda la gente! Todos mis pianistas tienen aspecto de poetas, y todos mis poetas, aspecto de pianistas. Recuerdo ahora que la última temporada invité a comer a un tremendo conspirador, un hombre que había hecho volar con dinamita a infinidad de gente y que vestía siempre una cota de malla y un puñal escondido en la manga. Pues bien; sepan ustedes que, a pesar de todo, tenía el total aspecto de un sacerdote bondadoso y anciano, y durante toda la noche se mostró muy chistoso; lo cierto es que resultó muy divertido, encantador; pero yo me sentí cruelmente desilusionada, y cuando le pregunté por su cota de malla, se contentó con reírse y me dijo que era demasiado fría para usarla en Inglaterra. ¡Ah, ya está aquí el señor Podgers! Bueno; desearía, señor Podgers, que leyese usted la mano de la duquesa de Paisley. Duquesa, ¿quiere usted quitarse el guante? No, el de la izquierda, no; el de la derecha.

—Mi querida Gladys: no creo que esto sea del todo correcto —dijo la duquesa, desabrochando con desgana un guante de cabritilla bastante sucio.

—Lo que es interesante no es nunca correcto —dijo lady Windermere—: on a fait le monde ainsi. Pero tengo que presentarles: señor Podgers, mi quiromante favorito; la duquesa de Paisley. Como le diga a usted que tiene el «monte de la luna» más desarrollado que el mío, no volveré a creerle nunca.

—Estoy segura, Gladys, de que no habrá nada de eso en mi mano —dijo la duquesa en tono grave.

—Su Excelencia está en lo cierto —replicó el señor Podgers, echando un vistazo sobre la manita regordeta de dedos cortos—: el «monte de la luna» no está desarrollado. Sin embargo, la línea de la vida es excelente. Tenga la amabilidad de doblar la muñeca… Gracias. Tres rayas clarísimas en la rascette. Vivirá usted hasta una edad avanzada, duquesa, y será extraordinariamente feliz. Ambición moderada; línea de la inteligencia sin exageración, línea del corazón…

—Sea usted indiscreto sobre este punto, señor Podgers —interrumpió lady Windermere.

—Nada sería tan agradable para mí —replicó el señor Podgers, inclinándose— si la duquesa diese lugar a ello; pero lamento anunciar que veo una gran constancia en su afecto, combinada con un sentido muy arraigado del deber.

—Tenga usted la bondad de seguir, señor Podgers —dijo la duquesa con aire satisfecho.

—La economía no es la menor de las virtudes de Su Excelencia —prosiguió el señor Podgers. Lady Windermere soltó una carcajada.

—La economía es una cualidad superior —observó la duquesa con agrado—. Cuando me casé, Paisley poseía once castillos y ni una casa presentable donde pudiéramos vivir.

—Y ahora es dueño de doce casas y no tiene ni un castillo —exclamó lady Windermere.

—Sí, querida —dijo la duquesa—; a mí me gusta…

—La comodidad —terminó el señor Podgers—, y los adelantos modernos y el agua caliente en todas las habitaciones. Su Excelencia tiene perfecta razón. La comodidad es lo único bueno que ha producido nuestra civilización.

—Ha descrito usted de forma admirable el carácter de la duquesa, señor Podgers. Tenga usted la bondad de contarnos ahora sobre lady Flora.

Y, respondiendo a una señal de la sonriente anfitriona, una muchachita de cabellos rojos de escocesa y hombros aupados se levantó con torpeza del sofá y mostró una mano larga y huesuda, con dedos aplastados como espátulas.

—¡Ah, ya veo que es una pianista! —dijo el señor Podgers—. Una excelente pianista, aunque no sea quizá una música excepcional. Muy reservada, tímida y dotada de un exaltado amor a los animales.

—¡Completamente cierto! —exclamó la duquesa, volviéndose hacia lady Windermere—. Exacto del todo. Flora posee dos docenas de perros en Macloskie, y convertiría nuestra casa de Londres en una verdadera casa de fieras si su padre lo permitiese.

—Pues eso es justo lo que hago yo los jueves por la noche —replicó lady Windermere, echándose a reír—. Solo que yo prefiero los leones a los perros.

—Es su único error, lady Windermere —dijo el señor Podgers con una inclinación ceremoniosa.

—Si una mujer no puede hacer deliciosos sus errores, es una criatura infeliz —le respondió—. Pero es preciso que lea usted otras manos. Acérquese, sir Thomas, y enséñele la suya al señor Podgers.

Un señor viejo de figura distinguida, que vestía frac azul, se adelantó y ofreció al quiromante una mano ancha y ordinaria, con el dedo medio muy largo.

—Carácter aventurero; cuatro largos viajes en el pasado, y uno en el porvenir. Ha naufragado tres veces… No, solo dos; pero corre el peligro de naufragar durante el próximo viaje. Firme conservador, muy puntual; tiene la manía de coleccionar curiosidades. Una enfermedad grave entre los dieciséis y los dieciocho años. Heredó una gran fortuna a los treinta. Gran aversión por los gatos y los radicales.

—¡Extraordinario! —exclamó sir Thomas—. Tiene usted que leer también la mano de mi mujer.

—De su segunda mujer —dijo con gravedad el señor Podgers, que seguía reteniendo la mano de sir Thomas en la suya—. Lo haré gustoso.

Pero lady Marvel, una dama de aspecto melancólico, con pelo negro y pestañas de persona sentimental, se negó en rotundo a revelar su pasado o su porvenir. A pesar de todos sus esfuerzos, lady Windermere tampoco pudo conseguir que consintiera en quitarse los guantes monsieur de Koloff, el embajador de Rusia. En realidad, muchas personas temieron enfrentarse con aquel extraño hombrecillo de sonrisa estereotipada, con gafas de oro y ojos de un brillo de azabache. Y cuando reveló a la pobre lady Fermor en voz alta y delante de todos que le interesaba poquísimo la música, pero que le volvían loca los músicos, pensaron todos que la quiromancia era una ciencia peligrosa, que no se podía avivar más que en un tête-à-tête.

Sin embargo, lord Arthur Savile, que no sabía nada de la desdichada particularidad de lady Fermor, y que seguía con vivísimo interés las palabras del señor Podgers, sintió una gran curiosidad por que leyese su mano. Como tenía cierta timidez en proponerse, cruzó la habitación, acercándose al sitio donde estaba sentada lady Windermere, y con una encantadora turbación, le preguntó si creía que el señor Podgers accedería a ello.

—Claro que sí —dijo lady Windermere—; para eso está aquí. Todos mis leones, lord Arthur, están amaestrados y saltan por el aro cuando yo quiero. Pero debo advertirle que se lo contaré todo a Sybil. Vendrá mañana a comer conmigo para hablar de sombreros, y si el señor Podgers descubre que tiene usted mal carácter, propensión a la gota o una mujer en Bayswater[5], no dejaré de hacérselo saber.

Lord Arthur inclinó la cabeza, sonriendo.

—Eso no me asusta —contestó—. Sybil me conoce tan bien como yo a ella.

—¡Ah! De veras que lo lamento. La mejor base del matrimonio es la incomprensión mutua. Y no es que yo sea cínica, solo que tengo experiencia, lo cual es, con mucha frecuencia, lo mismo. Señor Podgers, lord Arthur Savile se muere de ganas de que lea usted su mano. No le diga que es el prometido de una de las muchachas más bonitas de Londres, porque hace ya un mes que el Morning Post publicó esa noticia.

—Mi querida lady Windermere —exclamó la marquesa de Jedburgh—, tenga la bondad de permitir al señor Podgers que se quede aquí un minuto más. Está diciéndome que acabaré en un escenario, y esto me interesa en sumo grado…

—Si le ha dicho a usted eso, lady Jedburgh, no vacilaré en llamarle. Venga de inmediato, señor Podgers, y lea la mano de lord Arthur.

—Bueno —dijo lady Jedburgh, haciendo una leve moue mientras se levantaba del sofá—; si no me está permitido salir a escena, supongo que me dejarán asistir al espectáculo.

—Por supuesto; vamos a asistir todos a la representación —replicó lady Windermere—. Señor Podgers, continúe usted y díganos algo bueno de lord Arthur, que es uno de mis más estimados favoritos.

Pero en cuanto el señor Podgers examinó la mano de lord Arthur, palideció de un modo extraño y no dijo nada. Pareció recorrerle un escalofrío; sus espesas cejas temblaron de forma convulsiva con aquella singular contracción tan irritante que le dominaba cuando estaba turbado. Gruesas gotas de sudor brotaron entonces de su frente amarillenta, como un rocío envenenado, y sus manos carnosas se pusieron frías y viscosas.

Lord Arthur no dejó de notar aquellos extraños signos de agitación, y por primera vez en su vida tuvo miedo. Su primer impulso fue escapar del salón, pero se contuvo. Mejor era conocer la verdad, por mala que fuese, que permanecer en aquella incertidumbre.

—Estoy esperando, señor Podgers —dijo.

—Esperamos todos —exclamó lady Windermere con su tono vivo, impaciente; pero el quiromante no contestó.

—Creo que lord Arthur va a terminar en un escenario —dijo lady Jedburgh—, y que, después de oír a lady Windermere, el señor Podgers no se atreve a decírselo.

De pronto, el señor Podgers dejó caer la mano derecha de lord Arthur y le asió la izquierda con fuerza, doblándose tanto para examinarla que la montura de oro de sus gafas pareció rozar la palma. Durante un momento su cara fue una máscara lívida de horror; pero recobró enseguida su sangre fría, y mirando a lady Windermere, le dijo con una sonrisa forzada:

—Es la mano de un muchacho encantador.

—En efecto —contestó lady Windermere—; pero ¿será un marido encantador? Eso es lo que necesito saber.

—Todos los muchachos encantadores lo son también como maridos —repuso el señor Podgers.

—No creo que un marido deba ser demasiado seductor —exclamó lady Windermere—. Pero lo que quiero son detalles; lo único interesante son los detalles. ¿Qué le sucederá a lord Arthur?

—Pues que dentro de unos meses ha de emprender un viaje…

—Claro: el de su luna de miel.

—Y que perderá un pariente.

—Confío en que no será su hermana —dijo lady Jedburgh con tono compasivo.

—Seguro que su hermana no —respondió el señor Podgers, tranquilizándola con un gesto—. Será solo un pariente lejano.

—Bueno, me siento cruelmente desilusionada —dijo lady Windermere—. No podré contarle nada a Sybil mañana. ¿Quién se preocupa hoy de los parientes lejanos? Hace ya muchos años que pasaron de moda. A pesar de lo cual, supongo que Sybil hará bien en comprarse un vestido de seda negro; siempre podrá servirle para ir a la iglesia. Y ahora vamos a cenar algo. Se lo habrán comido todo, pero aún encontraremos una taza de caldo caliente. François preparaba antes un caldo riquísimo, pero ahora le veo tan preocupado por la política que nunca estoy segura de nada con él. De verdad quisiera que el general Boulanger se quedara callado. Duquesa, tengo la seguridad de que está usted fatigada.

—En absoluto, mi querida Gladys —respondió la duquesa, dirigiéndose hacia la puerta—. Me he divertido muchísimo; su manicuro, no, su quiromante, es de gran interés. Flora, ¿dónde podrá estar mi abanico de carey? ¡Oh, gracias, sir Thomas; mil gracias! ¿Y mi chal de encaje, Flora? ¡Oh, gracias, sir Thomas! Es usted muy amable.

Y la digna dama terminó de bajar la escalera sin dejar caer más que dos veces su frasquito de esencia.

Entretanto, lord Arthur Savile había permanecido en pie cerca de la chimenea, oprimido por el mismo sentimiento de terror, por la misma preocupación enfermiza respecto a un negro porvenir. Sonrió con tristeza a su hermana cuando pasó a su lado del brazo de lord Plymdale, luciendo preciosa su vestido de brocado rosa y sus perlas, y casi no oyó a lady Windermere, que le invitaba a seguirla. Pensó en Sybil Merton, y a la sola idea de que pudiera interponerse algo entre ellos dos, se le llenaron los ojos de lágrimas.

Quien le hubiese mirado habría dicho que Némesis se había apoderado del escudo de Palas Atenea, mostrándole la cabeza de la Gorgona. Parecía petrificado, y su cara presentaba el aspecto de un mármol melancólico. Había vivido la vida delicada y lujosa de un joven bien nacido y rico; una vida exquisita, libre de toda baja inquietud, de una bella despreocupación infantil. Y ahora, por primera vez, tomaba conciencia del terrible misterio del Destino, de la espantosa idea de la Fatalidad.

¡Qué disparatado y monstruoso le parecía todo aquello! ¿Podría ser que lo que estaba escrito en su mano con caracteres que él no sabía leer, pero que otro descifraba, fuese el terrible secreto de alguna culpa, el signo sangriento de algún crimen? ¿No habría escape? ¿No somos entonces más que peones de ajedrez puestos en juego por una fuerza invisible, más que vasijas que el alfarero modela a su gusto, por honor o descrédito? Su razón se rebelaba contra aquel pensamiento; y, sin embargo, sentía una tragedia suspendida sobre su vida, como si de repente estuviera destinado a soportar una carga intolerable. Los actores son gentes dichosas. Pueden elegir entre representar la tragedia o la comedia, el dolor o la diversión; entre hacer reír o hacer llorar. Pero en la vida real es muy distinto. Infinidad de hombres y mujeres se ven obligados a representar papeles para los cuales no estaban designados. Nuestros Guildenstern hacen de Hamlets, y nuestros Hamlets intentan bromear como el príncipe Hal. El mundo es un escenario, pero la obra tiene un reparto deplorable.

De pronto el señor Podgers entró en el salón. Al ver a lord Arthur se detuvo, y su carnosa faz ordinaria tomó un tinte amarillo verdoso. Los ojos de los dos hombres se encontraron, y hubo un momento de silencio.

—La duquesa se ha dejado aquí uno de sus guantes, lord Arthur, y me ha pedido que se lo lleve —dijo, por fin, el señor Podgers—. ¡Ah, allí lo veo, sobre el sofá! Buenas noches.

—Señor Podgers, no tengo más remedio que insistir en que me dé una respuesta categórica a la pregunta que voy a hacerle.

—En otra ocasión, lord Arthur. La duquesa me espera; debo reunirme con ella.

—No irá usted. La duquesa no tiene prisa.

—Las mujeres no acostumbran a esperar —dijo el señor Podgers con una sonrisa forzada—. El bello sexo es impaciente.

Los labios bellamente cincelados de lord Arthur se plegaron con altivo desdén. La pobre duquesa le parecía de poquísima importancia en aquel momento. Cruzó el salón, llegó hasta donde se había detenido el señor Podgers y le alargó su mano derecha.

—¡Dígame lo que ve usted aquí! ¡Dígame la verdad! Quiero saberla. No soy un niño.

Los ojos del señor Podgers parpadearon tras sus gafas de oro, y se balanceó con aire turbado sobre uno y otro pie mientras sus dedos jugueteaban nerviosamente con la brillante cadena de su reloj.

—¿Por qué cree usted, lord Arthur, que he visto en su mano algo más de lo que le he dicho?

—Sé que ha visto usted algo más, e insisto en que me lo diga. Le pagaré con un cheque de cien guineas.

Los ojillos verdes del señor Podgers relampaguearon durante un segundo, y luego volvieron a quedarse inexpresivos.

—¿Cien guineas? —preguntó, por fin, el señor Podgers en voz baja.

—Sí, cien guineas. Le enviaré un cheque mañana. ¿Cuál es su club?

—No pertenezco a ningún club; es decir, no por el momento. Pero mis señas son… Permítame que le dé una tarjeta.

Y sacando del bolsillo del pecho una cartulina de cantos dorados, se la alargó con una profunda inclinación a lord Arthur, que leyó lo siguiente:

SEPTIMUS R. PODGERS

Quiromante profesional

103a West Moon Street

—Recibo de diez a cuatro —murmuró el señor Podgers con un tono mecánico—, y hago descuentos a las familias.

—¡Dese prisa! —gritó lord Arthur, poniéndose muy pálido y tendiéndole la diestra.

El señor Podgers miró a su alrededor con gran agitación, y corrió la pesada portière sobre la puerta.

—La cosa durará un poco, lord Arthur. Mejor hará usted en sentarse.

—¡Dese prisa, caballero! —gritó de nuevo lord Arthur, colérico, pataleando con violencia el suelo encerado.

El señor Podgers sonrió, y, sacando de su bolsillo una lente pequeña, se puso a limpiarla cuidadosamente con el pañuelo.

—Ya estoy preparado y a su disposición —dijo.

2

Diez minutos más tarde, lord Arthur Savile, con la cara lívida de terror y los ojos enloquecidos de angustia, se precipitaba fuera de Bentinck House. Se abrió paso entre el tropel de lacayos, cubiertos de pieles, que esperaban bajo la marquesina del gran pabellón, y parecía no ver ni oír nada en absoluto. La noche era muy fría, y las lámparas de gas de alrededor de la plaza centelleaban, vacilantes, bajo los latigazos del viento; pero él sentía en sus manos un calor febril, y las sienes le ardían como brasas. Andaba zigzagueando por la acera, como un beodo. Un policía le miró con curiosidad al pasar, y un mendigo que surgió del quicio de un portal para pedirle limosna, retrocedió aterrado al contemplar un infortunio mayor que el suyo. En un momento dado, lord Arthur Savile se detuvo debajo de un farol y se miró las manos. Creyó ver la mancha de sangre que las delataba, y un débil grito brotó de sus labios trémulos.

¡Asesino! Esta era la palabra que había leído el quiromante en ellas. ¡Asesino! La noche misma parecía saberlo, y el viento desolado la aullaba en sus oídos. Los rincones oscuros de las calles estaban preñados de aquella acusación, que le sonreía desde los tejados.

Primero se dirigió a Hyde Park, cuyo boscaje sombrío parecía fascinarle. Se apoyó en la verja con aire extenuado, refrescando su frente con la humedad del hierro y escuchando el silencio rumoroso de los árboles. «¡Asesino! ¡Asesino!», se repitió, como si por dirigirse de nuevo la acusación pudiera atenuar el sentido de la palabra. El sonido de su propia voz le hizo estremecer, y, a pesar de ello, casi deseó que el eco lo escuchase y despertara de sus sueños a la ciudad adormecida. Sentía impulsos de detener al primer transeúnte que pasara y contárselo todo.

Después siguió su marcha vagando a lo largo de Oxford Street, adentrándose en callejuelas estrechas e ignominiosas. Dos mujeres de cara pintarrajeada se mofaron de él a su paso. De un patio lóbrego llegó hasta sus oídos un ruido de juramentos y de golpes, seguidos de gritos penetrantes. Y apretujadas bajo una puerta húmeda y fría, vio las espaldas arqueadas y los cuerpos agotados de la pobreza y la decrepitud. Le sobrecogió una extraña piedad. Aquellos hijos del pecado y de la miseria, ¿estaban fatalmente predestinados como él? ¿Acaso no eran, como él, muñecos de un guiñol monstruoso?

Y, sin embargo, no fue el misterio, sino la comedia del sufrimiento la que le conmovió con su absoluta inutilidad y su grotesca falta de sentido. ¡Qué incoherente y qué desprovisto de armonía le pareció todo! Le dejó atónito el desacuerdo entre el optimismo superficial de nuestro tiempo y la realidad de la vida. Era todavía muy joven.

Al cabo de un rato se encontró frente a la iglesia de Marylebone. La calle, silenciosa, parecía una larga cinta de plata bruñida, moteada aquí y allá por los oscuros arabescos de las sombras movedizas. A lo lejos se curvaba la línea de luces de los vacilantes faroles de gas, y ante una casita rodeada por un muro estaba detenido un solitario coche de alquiler, cuyo cochero dormía en el interior. Lord Arthur se dirigió con paso rápido en dirección a Portland Place, observando a cada momento a su alrededor, como si temiera que le siguiesen. En la esquina de Rich Street había dos hombres leyendo un anuncio en una valla. Un extraño sentimiento de curiosidad le dominó, y cruzó la calle. Ya cerca, la palabra «asesino», impresa en letras negras, hirió sus ojos. Se estremeció, y una oleada de rubor tiñó sus mejillas. Se trataba de un bando ofreciendo una recompensa a quien facilitase detalles que cooperasen a la detención de un individuo de estatura regular, de entre treinta y cuarenta años, que vestía un sombrero blanco de alas levantadas, una chaqueta negra y unos pantalones escoceses, y que tenía una cicatriz en la mejilla derecha. Lord Arthur leyó y releyó el anuncio. Se preguntó si aquel hombre sería detenido y cómo se había hecho aquella cicatriz. ¡Quizá algún día su nombre se vería expuesto de igual modo en los muros de Londres! ¡Quizá algún día pondrían también precio a su cabeza!

Aquel pensamiento le dejó descompuesto de horror, y, volviéndose sobre sus talones, huyó en la noche.

No sabía apenas dónde estaba. Recordaba confusamente haber vagado por un laberinto de casas sórdidas, perderse en una gigantesca maraña de calles sombrías, y empezaba a despuntar el alba cuando se dio cuenta, por fin, de que se hallaba en Piccadilly Circus. Al poco rato, cuando cruzaba por Belgrave Square, se encontró con los grandes camiones de transporte que se dirigían al mercado de Covent Garden. Los carreteros con sus blusas blancas y sus rostros agradables, bronceados por el sol, de revueltos cabellos rizados, apresuraban con vigor el paso restallando sus fustas y hablándose a gritos. Sobre el lomo de un enorme caballo gris, el primero de la recua, iba montado un mozo mofletudo con un ramito de prímulas en su sombrero de alas caídas, agarrándose con mano firme a las crines y riendo a carcajadas. En la claridad matinal los grandes montones de legumbres destacaban como bloques de verde jade sobre los pétalos rosados de una flor mágica. Lord Arthur experimentó un sentimiento de viva conmoción, sin que pudiese decir por qué. Había algo en la delicada belleza del alba que le emocionaba inefablemente, y pensó en todos los días que despuntan y mueren en medio de la tempestad. Aquellos hombres rudos, con sus voces broncas, su grosero buen humor y su andar perezoso, ¡qué Londres más extraño veían! ¡Un Londres preñado de los crímenes nocturnos y del humo del día; una ciudad pálida, fantasmagórica; una ciudad desolada de tumbas! Se preguntó lo que pensarían de ella y si sabrían algo de sus esplendores y sus vergüenzas, de sus goces soberbios, tan bellos de color, de su hambre atroz y de todo cuanto brota y se marchita en Londres desde la mañana hasta la noche. Tal vez para ellos era tan solo el mercado donde llevaban a vender sus productos, y en el que no permanecían más que unas horas a lo sumo, dejando a su regreso las calles todavía en silencio y las casas aún dormidas. Sintió un gran placer en verlos pasar. Por muy zafios que fuesen con sus zapatones claveteados y sus andares ordinarios, llevaban consigo algo de la Arcadia. Sintió que habían vivido con la Naturaleza, y que esta les enseñó la paz. Envidió todo aquello que ignoraban.

Cuando cruzó Belgrave Square el cielo era de un azul desvanecido, y los pájaros empezaban a piar en los jardines.

3

Cuando despertó lord Arthur estaba ya muy avanzada la mañana, y el sol de mediodía se filtraba a través de las cortinas de seda marfileña de su dormitorio. Se levantó y fue a mirar por el ventanal. Una vaga neblina de calor flotaba sobre la gran ciudad, y los tejados de las casas parecían de plata oxidada. Por el césped tembloroso de la plaza de abajo se perseguían unos niños como mariposas blancas, y las aceras estaban llenas de gente que se dirigía a Hyde Park. Nunca le pareció la vida tan hermosa ni tan alejada de él la maldad.

En aquel momento su ayuda de cámara le trajo una taza de chocolate sobre una bandeja. Después de tomársela, levantó una pesada cortina color albaricoque y pasó al cuarto de baño. La luz entraba con suavidad desde lo alto a través de unas delgadas hojas de ónice transparente, y el agua en la pila de mármol tenía el brillo apagado de la piedra lunar. Lord Arthur se sumergió con rapidez hasta que el agua rozó su cuello y sus cabellos; entonces metió de golpe la cabeza dentro del líquido, como si quisiera purificarse de la mancha de algún recuerdo infame. Cuando salió del baño se sintió casi serenado. El bienestar físico que había experimentado le dominó, como sucede a menudo a las naturalezas refinadas, pues los sentidos, como el fuego, pueden purificar o destruir.

Después de almorzar se tumbó en un diván y encendió un cigarrillo. Sobre la repisa de la chimenea, enmarcada con un brocado antiguo finísimo, descansaba un gran retrato de Sybil Merton, tal como la vio por primera vez en el baile de lady Noel. La pequeña cabeza, de un modelado delicioso, se inclinaba ligeramente a un lado, como si el cuello, delgado y frágil como una caña, no pudiese apenas soportar el peso de tanta belleza; los labios estaban un poco entreabiertos y parecían formados para la suave música, y en sus ojos soñadores se leían las sorpresas de la más tierna pureza virginal; ceñida en su vestido de blanco crespón de China, con un gran abanico de plumas en la mano, parecía una de esas delicadas figuritas que se encuentran en los bosques de olivos próximos a Tanagra; y había en su postura y en su actitud rasgos de gracia helénica. Sin embargo, no resultaba petite, sino proporcionada a la perfección, cosa rara en una edad en que tantas mujeres son, o más altas de lo debido, o insignificantes.

Contemplándola en aquel momento, lord Arthur se sintió lleno de esa terrible piedad que nace del amor. Comprendió que casarse con ella teniendo el fatum del delito suspendiendo sobre su cabeza sería una traición como la de Judas, un crimen peor que todos los que planearon los Borgia. ¿De qué felicidad gozarían cuando en cualquier momento podría verse forzado a ejecutar la espantosa profecía escrita en su mano? ¿Cuál sería su vida mientras el Destino mantuviese aquella terrible orden en su balanza? Era preciso a toda costa retrasar el matrimonio. Estaba completamente decidido a ello. Aunque amase con ardor a Sybil, aunque el simple contacto de sus dedos, cuando se sentaban juntos, hiciese estremecer de exquisito goce todas las fibras de su ser, no dejaba de reconocer cuál era su deber, y estaba del todo convencido de que no tenía derecho a casarse con ella mientras no cometiera el crimen. Una vez ejecutado podría presentarse ante el altar con Sybil Merton y depositar su vida en manos de la mujer amada, sin temor a remordimientos. De este modo podría estrecharla entre sus brazos, sabiendo que ella no tendría nunca que sentirse avergonzada. Pero antes tenía que cometerlo: cuanto antes lo hiciera sería mejor para ambos.

Muchos, en su caso, hubiesen preferido el sendero florido del amor a la cuesta escarpada del deber; pero lord Arthur era demasiado escrupuloso para colocar el placer por encima de sus principios. En su amor no había solo una simple atracción sensual: Sybil simbolizaba para él cuanto hay de bueno y de noble en el mundo. Durante un momento sintió una repugnancia instintiva hacia la tarea que el Destino le obligaba a realizar; pero enseguida se desvaneció aquella impresión. Su corazón le dijo que aquello no era un crimen, sino un sacrificio; y su razón le recordó que no le quedaba ninguna otra salida. Era preciso elegir entre vivir para él o vivir para los demás, y por terrible que fuera en realidad aquella tarea que le estaba impuesta, sabía, no obstante, que no debía permitir que el egoísmo venciera al amor. Más tarde o más temprano se nos está obligado resolver ese mismo problema, ya que a cada uno de nosotros se plantea la misma cuestión. A lord Arthur se le planteó muy pronto en la vida, antes de que el cinismo corrompiese su carácter y le convirtiera en un calculador en la edad madura, o antes de que le corroyese el corazón el egoísmo frívolo y elegante de nuestra época, y él no vaciló en cumplir su deber. Por fortuna para él, no era un simple soñador o un diletante ocioso. De serlo, habría dudado, como Hamlet, permitiendo que la irresolución destruyese su propósito. Pero era un hombre esencialmente práctico. Para él la vida representaba acción antes que pensamiento. Poseía ese don tan raro entre nosotros que se llama sentido común.

Las sensaciones crueles y violentas de la noche anterior se habían borrado ahora por completo, y pensaba, casi con un sentimiento de vergüenza, en su loca caminata de calle en calle, en su terrible agonía emotiva. La misma sinceridad de su sufrimiento lo hacía ahora pasar por inexistente ante sus ojos. Se preguntaba cómo había podido ser tan loco para indignarse y desbarrar contra lo inevitable. La única cuestión que ahora parecía turbarle era cómo llevaría a cabo su obra, pues no era tan obcecado como para negar el hecho de que el crimen, como las religiones paganas, exige una víctima y un sacerdote. Como lord Arthur no era un genio, no tenía enemigos y, por otro lado, comprendía que no era ocasión de satisfacer un rencor o un odio personales; la misión de la que estaba encargado era de una grave y elevada solemnidad. Por consiguiente, hizo una lista de sus amigos y parientes en una hoja de un libro de notas, y después de un minucioso examen se decidió en favor de lady Clementina Beauchamp, una estimable dama, ya de edad, que vivía en Curzon Street, y que era una prima segunda por parte de su madre. Tuvo siempre un gran afecto por lady Clem, como la llamaba todo el mundo; y como era él muy rico, pues una vez alcanzó la mayoría de edad entró en posesión de la fortuna de lord Rugby, quedaba descartada la sospecha de que le acarreara ningún despreciable beneficio económico la muerte de aquella pariente. En efecto, cuanto más lo reflexionaba, más veía en lady Clem la persona que le convenía escoger; y pensando que todo aplazamiento era una mala acción con respecto a Sybil, decidió ocuparse al punto de los preparativos.

Lo primero que debía hacer, sin duda, era saldar cuentas con el quiromante. Así pues, se sentó ante una mesita de Sheraton colocada frente a la ventana y escribió un cheque por ciento cinco libras, pagadero a la orden del señor Septimus Podgers; después lo metió en un sobre y ordenó a su criado que lo llevase a West Moon Street. Enseguida telefoneó a su cochero ordenando que enganchasen el cupé y se vistió para salir. Antes de salir de la habitación, dirigió una mirada al retrato de Sybil Merton, jurándose que, pasase lo que pasase, no le diría nunca lo que iba a hacer por su amor, y que guardaría el secreto de su sacrificio en el fondo de su corazón.

De camino hacia el club de Buckingham se detuvo en una tienda de flores, y envió a Sybil un ramo de narcisos de bellos pétalos blancos y de pistilos parecidos a ojos de faisán. Llegado al club, fue directamente a la biblioteca, tocó el timbre y pidió al camarero que le trajese una limonada y un tratado de toxicología. Había decidido que el veneno era el instrumento que más le convenía utilizar para su enojoso trabajo. Nada le desagradaba tanto como un acto de violencia personal, y además le preocupaba mucho asesinar a lady Clementina con algún medio que pudiese llamar la atención, pues le horrorizaba la idea de convertirse en el hombre de moda en casa de lady Windermere, o de ver su nombre figurar en los sueltos de los periódicos que lee el vulgo. Necesitaba también tener en cuenta a los padres de Sybil, que, como pertenecían a un mundo un poco anticuado, podrían oponerse al matrimonio si se producía algún escándalo; aunque estaba seguro de que, si les contara todos los incidentes del suceso, serían los primeros en comprender los motivos que le impulsaban a obrar así. Tenía, pues, perfecta razón al decidirse por el veneno. Era inofensivo, seguro, silencioso, y actuaba sin necesidad de escenas penosas, por las cuales sentía él profunda aversión, como muchos ingleses.

Sin embargo, no conocía nada en absoluto de la ciencia de los venenos, y como el criado era, por lo visto, incapaz de encontrar algo en la biblioteca que no fuera la Ruff’s-Guide o la Bailey’s Magazine, examinó por sí mismo los estantes llenos de libros y acabó por encontrar una edición muy bien encuadernada de la Pharmacopeia y un ejemplar de la Toxicology de Erskine, editada por sir Mathew Reid, presidente de la Real Academia de Medicina y uno de los miembros más antiguos del Buckingham Club, para el que fue elegido por confusión con otro candidato, contratiempo que disgustó tanto a la junta que, cuando el candidato auténtico se presentó, fue derrotado por unanimidad. Lord Arthur se quedó desconcertadísimo ante los términos técnicos empleados en los dos libros, y empezaba a recriminarse no haber concedido más atención a sus estudios en Oxford cuando en el tomo segundo de Erskine encontró una explicación acertadísima y muy completa de las propiedades de la aconitina, redactada en un inglés clarísimo. Le pareció que aquel veneno le convenía en todos los sentidos; era muy activo, por no decir casi instantáneo, no causaba dolores y, tomado en forma de cápsula de gelatina, como recomendaba sir Mathew, era insípido al paladar. Se anotó en el puño de la camisa la dosis necesaria para causar la muerte, devolvió los libros a su sitio y se encaminó por Saint-James Street hasta Pestle & Humbey’s, el establecimiento de esos grandes farmacéuticos. El señor Pestle, que servía siempre personalmente a sus clientes de la aristocracia, se quedó muy sorprendido por su petición, y con tono amabilísimo murmuró algo respecto a la necesidad de una receta médica. Sin embargo, no bien lord Arthur le explicó que era para dárselo a un perro gran danés, del cual se veía obligado a desembarazarse porque presentaba síntomas de hidrofobia, habiendo intentado por dos veces morder a su cochero en una pantorrilla, pareció satisfecho por completo, y después de felicitar a lord Arthur por sus extraordinarios conocimientos de toxicología, confeccionó de inmediato la preparación.

Lord Arthur colocó la cápsula en una linda bombonera de plata que adquirió en una tienda de Bond Street, tiró la basta cajita de Pestle & Humbey’s y se encaminó hacia la casa de lady Clementina.

—Y bien, monsieur le mauvais sujet —le espetó la vieja señora al entrar él en su salón—, ¿por qué no ha venido usted a verme en todo este tiempo?

—Mi querida lady Clem, no tengo nunca un rato de soledad —replicó lord Arthur con una sonrisa.

—Supongo que querrás decir que te pasas los días con la señorita Sybil Merton, comprando chiffons y diciendo tonterías. No acabo de comprender por qué la gente se alborota tanto para casarse. En mis tiempos no hubiéramos pensado nunca en exhibirnos y en bullir tanto en público y en privado por cosa tan vulgar.

—Le aseguro que no he visto a Sybil desde hace veinticuatro horas, lady Clem. Que yo sepa, pertenece por completo a sus modistas.

—¡Claro! Ese es el único motivo que puede traerte por casa de una mujer vieja como yo… Me extraña que vosotros los hombres no escarmentéis. On a fait des folies pour moi, y aquí me tienes hecha una pobre reumática, con pelo postizo y mal humor. Bueno, y si no fuese por esa querida lady Jansen, que me manda las peores novelas francesas que puede encontrar, no sé cómo serían mis días. Los médicos no sirven más que para sacar dinero a sus clientes. Ni siquiera pueden curar mi enfermedad del estómago.

—Le traigo un remedio para ella, lady Clem —dijo con gravedad lord Arthur—. Es una cosa maravillosa, inventada por un estadounidense.

—No me gustan nada los inventos estadounidenses, Arthur; no me gustan en absoluto. He estado leyendo hace poco varias de sus novelas y eran verdaderas insensateces.

—¡Oh! Esto no es ninguna insensatez, lady Clem. Le aseguro que es un remedio infalible. Tiene usted que prometerme que lo probará.

Y lord Arthur sacó de su bolsillo la bombonera, y se la ofreció a lady Clementina.

—¡Pero es deliciosa esta bombonera, Arthur! Una verdadera joya. Eres amabilísimo. Y aquí está el remedio; parece un bombón. Voy a tomarlo ahora mismo.

—¡Por Dios, lady Clem! —exclamó lord Arthur, deteniéndola—. ¡No haga usted eso! Es una medicina homeopática. Si la toma usted sin tener dolor de estómago le sentaría mal. Espere a que se presente un ataque y entonces tómesela. Quedará asombrada por el resultado.

—Querría tomarla ahora —dijo lady Clementina, mirando al trasluz la capsulita transparente, con su burbuja flotante de aconitina líquida—. Estoy segura de que es deliciosa. Te lo confieso: detesto a los médicos, pero adoro las medicinas. Sin embargo, la guardaré para mi próximo ataque.

—¿Y cuándo cree usted que sobrevendrá ese ataque? —preguntó lord Arthur, impaciente—. ¿Será pronto?

—No lo espero hasta dentro de una semana. Ayer pasé un día malísimo, ¡pero vaya usted a saber!

—¿Está usted segura entonces de padecer un ataque antes de fin de mes, lady Clem?

—Mucho me lo temo. ¡Pero cuánto afecto me demuestras hoy, Arthur! La verdad es que la influencia de Sybil te resulta muy beneficiosa. Y ahora debes marcharte. Ceno con gente gris que carece de conversación bulliciosa, entretenida, y sé que si no duermo un poco antes me será imposible permanecer despierta durante la cena. Adiós, Arthur. Cariños a Sybil y un millón de gracias por tu remedio americano.

—No se olvidará usted de tomarlo, ¿verdad, lady Clem? —dijo lord Arthur, levantándose.

—Claro que no me olvidaré, tunante. Encuentro muy amable que te preocupes por mí. Ya te escribiré si necesito más cápsulas.

Lord Arthur salió de casa de lady Clementina lleno de bríos y sintiéndose reconfortado.

Aquella noche tuvo una entrevista con Sybil Merton. Le dijo que se veía de pronto en una situación horriblemente difícil, ante la cual no le permitían retroceder ni su honor ni su deber. Le explicó que era preciso aplazar la boda, pues hasta que no se encontrase exento de aquel compromiso no recobraría su libertad. Le rogó que confiase en él y que no dudase del porvenir. Todo marcharía bien, pero era necesario tener paciencia.

La escena tuvo lugar en el invernadero de la residencia del señor Merton, en Park Lane, donde cenó lord Arthur como de costumbre. Sybil no se mostró nunca tan dichosa, y hubo un momento en que lord Arthur sintió la tentación de portarse como un cobarde y de escribir a lady Clementina revelándole lo de la cápsula, dejando que se produjera el casamiento, como si no existiese en el mundo el señor Podgers. No obstante, su buen criterio se impuso enseguida, y no flaqueó ni al arrojarse Sybil llorando a sus brazos. La belleza que hacía vibrar sus sentidos despertó del mismo modo su conciencia. Comprendió que perder una vida tan hermosa por unos cuantos meses de placer era realmente una acción feísima.

Estuvo con Sybil hasta cerca de medianoche, consolándola y recibiendo ánimos de su parte. Y al día siguiente, muy temprano, salió para Venecia, después de haber escrito al señor Merton una carta varonil y entera respecto al aplazamiento necesario de la boda.

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