Logo de Isliada

Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cuentos de los tres hemisferios

Sobre el autor:

Sobre el libro:

El irlandés Lord Dunsany (pseudónimo de Edward John Moreton Drax Plunkett, XVIII Barón de Dunsany, Londres, 1878 – Dublín, 1957), autor admirado por H. P. Lovecraft y Jorge Luis Borges y uno de los más originales fundadores de la llamada «fantasía heroica», es conocido sobre todo por sus cuentos, aunque no sean para nada desdeñables sus novelas, teatro, poesía y los tres volúmenes de sus memorias. José Ortega y Gasset acogió en su Revista de Occidente los Cuentos de un soñador (1924), su primera publicación española. Estos Cuentos de los tres hemisferios que ahora presentamos, traducidos por Victoria León y prologados por Luis Alberto de Cuenca, habían permanecido hasta el momento inéditos en su conjunto, a pesar de ser uno de los volúmenes más representativos del autor y de su mundo.

Fragmento

EL ÚLTIMO SUEÑO DE BWONA KHUBLA

Descendiendo por las neblinosas tierras bajas hacia el ecuador, allí donde estallan las orquídeas monstruosas, donde los escarabajos del tamaño de ratones se acomodan sobre los amarres de las tiendas de campaña y las luciérnagas resplandecen como pequeñas estrellas fugaces en medio de la noche, los viajeros atravesaron bosques de cactus durante tres días hasta alcanzar las llanuras abiertas que habitan los antílopes.

Mucho celebraron haber llegado a aquella charca —que un solo hombre blanco había visitado con anterioridad y los nativos conocían como el campamento de Bwona Khubla— y descubrir agua en ella. Ésta se hallaba a tres días de camino de la zona húmeda más cercana, y Bwona Khubla, cuando viajó hasta allí tres años atrás entre los temblores de la malaria y descubrió para su terrible decepción que estaba seca, había decidido quedarse a morir, determinación que es siempre fatal en aquel lugar del mundo. Estaba abocado a morir de todas formas, pero hasta entonces su asombrosa resolución, así como esa terrible firmeza de carácter que tanto había admirado a sus porteadores, le habían mantenido vivo prolongando su safari.

Sin duda tendría un nombre, algún nombre común de esos muchos que cuelgan a las puertas de docenas de tiendas londinenses, pero hacía mucho que nadie lo recordaba, y ninguno permitía ya identificar su recuerdo para distinguirlo del de cualquier otro muerto sino el nombre que le habían dado los kikuyus, «Bwona Khubla». Sin duda sería un hombre temible; un hombre cuya fuerza sería temida aun cuando su brazo ya no fuera capaz de levantar el kiboko, aun cuando todos los suyos supieran que estaba muriéndose; un hombre al que incluso hasta hoy mismo se teme a pesar de estar muerto.

Aunque la malaria y el sol tropical habían agriado su temperamento, nada podía quebrantar su voluntad, que siguió conservando su fuerza impositiva hasta el último momento, según el testimonio de los kikuyus. Y cualquiera que fuese el país de donde hubiera llegado Bwona Khubla, había de ser sin duda un país de leyes férreas para haberlo obligado a salir de él.

En la mañana del mismo día en que iban a llegar al campamento de Bwona Khubla, todos los porteadores se dirigieron a las tiendas de los viajeros a pedir «dow». El «dow» es la medicina del hombre blanco, que cura todos los males y, cuanto peor sabe, mejor es. Querían «dow» aquella mañana para espantar a los diablos, pues se hallaban cerca del lugar donde había muerto Bwona Khubla. Y los viajeros accedieron a darles quinina.

Con la puesta de sol llegaron al campamento de Bwona Khubla y encontraron agua. De no haberla hallado, muchos de ellos habrían muerto irremediablemente. Sin embargo, ninguno mostraba gratitud alguna hacia el lugar, que parecía demasiado siniestro, demasiado impregnado de fatalidad, demasiado hostigado por un algo a la vez inevitable e invisible.

Tan pronto como estuvieron levantadas las tiendas, todos los nativos fueron de nuevo a pedir «dow» para protegerse de los últimos sueños de Bwona Khubla, que, según ellos, se habían quedado allí cuando el último safari recuperó su cuerpo para llevarlo hasta la frontera de la civilización y demostrar así a los blancos que ellos no le habían dado muerte, pues los blancos no podían saber que ellos jamás habrían osado matar a Bwona Khubla.

Los viajeros volvieron a darles quinina, esta vez en cantidad que resultaba perniciosa para sus nervios. Sin embargo, aquella noche alrededor de las hogueras no hubo ninguna grata conversación. Todos hablaban al mismo tiempo de la carne que habían comido y del ganado que cada uno poseía, pero un silencio sombrío pendía sobre cada fuego y sobre cada refugio de lona. Dijeron a los blancos que la ciudad de Bwona Khubla, la que había sido su último pensamiento (donde los nativos pensaban que había sido rey), y sobre la que había estado delirando hasta que la soledad puso fin a sus delirios, se había asentado alrededor de todos ellos. Aquella extraña ciudad los aterrorizaba, y por ello necesitaban más «dow». Los dos viajeros, una vez más, les dieron quinina, pues pudieron ver auténtico temor en sus rostros y sabían que, de lo contrario, podían huir y abandonarlos en aquel lugar que también a ellos, sin saber por qué, había empezado a inspirarles casi el mismo terror. A medida que iba avanzando la noche, aquella especie de mal presentimiento fue haciéndose cada vez más intenso, y ello a pesar de compartir casi tres botellas de champagne que tenían intención de haber reservado para cuando hubieran matado un león.

Ésta es la historia que cada uno de estos dos hombres contó y que corroboran sus porteadores, si bien es cierto que un kikuyu nunca dirá sino lo que se espera oír de él.

Los dos viajeros se habían acostado e intentaban en vano dormir a causa de aquel mal presentimiento. El más espantoso de todos los gritos salvajes, el de la hiena, que semeja el lamento de un alma maldita, extrañamente había dejado de oírse. La noche avanzaba hacia la hora en que Bwona Khubla había muerto tres o cuatros años antes, soñando con «su ciudad» entre delirios febriles. De pronto, empezó a oírse un ruido, suave como el sonido del viento primero, como un rugido de bestias después, y finalmente, como el inconfundible sonido de unos motores, de motores y más motores de autobuses. Entonces los viajeros dicen que pudieron ver, con una claridad que no dejaba lugar a dudas, en aquel desolado lugar donde el ecuador escapa del bosque y trepa por las montañas dentadas, que ante ellos aparecía la ciudad de Londres.

Puede que aquella noche no hubiera luna, pero dicen que el cielo estaba plagado de estrellas. La niebla había ido escalando durante la tarde las cumbres rojas, aún inexploradas, que se arracimaban en torno al campamento, pero añaden que más tarde pudo haberse disipado… Sea como fuere, ambos juran que pudieron ver Londres, que la vieron y oyeron su rugido. Y ambos afirman que la vieron, no tal como la conocían, degradada por centenares de miles de carteles publicitarios, sino transfigurada en una ciudad de casas magníficas, chimeneas coronadas por majestuosos pináculos, plazas extensas repletas de árboles hermosos… Pero, aunque transfigurada, seguía siendo Londres. Las ventanas, cálidas y alegres, resplandecían en la noche; extensas hileras de lámparas ofrecían su bienvenida acogedora; las tabernas eran lugares amables y elegantes; y, a pesar de todo, aquella ciudad, sin ninguna duda, seguía siendo Londres. Dicen que podían respirar los olores de Londres, que podían oír las canciones de Londres, aunque no fuera el Londres que ellos conocían. Era como ver el rostro de una mujer con los ojos de su amante, pues de todas las ciudades de la tierra y de (odas las ciudades de las fábulas, de todos los lugares del mundo, santos o no santos, aquella ciudad que tenían ante sí era con mucho la más deseable.

Dicen que muy cerca de donde se encontraban se oía un órgano callejero y un cantante interpretaba una melodía con acento cockney, aunque, sin embargo, había algo en su canción que no podía ser de ninguna canción de este mundo. Ambos coincidían en que habrían podido llorar, pero los embargaba un sentimiento demasiado profundo como para mover al llanto. Creían que la nostalgia de aquel hombre dominante, capaz de dirigir un safari con sólo una mirada y aterrorizar a los nativos sin levantar una mano, había sido tan poderosa al final de su vida como para imprimir aquella huella profunda en la naturaleza y engendrar un espejismo que tal vez no se desvanecería durante años.

Mediante mis preguntas traté de descubrir la verdad o el engaño de esta historia, pero África había mermado en tal medida los nervios de aquellos dos hombres que difícilmente podían prestarse a un interrogatorio. Ni siquiera eran capaces de precisar si las hogueras del campamento seguían encendidas. Decían haber visto las luces de Londres a su alrededor desde las once hasta la media noche, haber oído las voces de Londres y el ruido del tráfico con absoluta claridad y, por encima de todo, quizás envuelta en una ligera bruma, pero inequívocamente, afirmaban que habían visto surgir la gran metrópolis de Londres.

Hacia la medianoche, la ciudad empezó a temblar y su imagen fue volviéndose paulatinamente más vaga. El sonido del tráfico comenzó a decrecer, las voces fueron haciéndose cada vez más lejanas, y todo volvió a una perfecta quietud cuando el espejismo se hubo desvanecido por completo y un rinoceronte irrumpió bufando en aquel silencio para beber en el Carlton Club.

Contenido relacionado