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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Cumbres borrascosas

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Como dijo Virginia Woolf, Emily Brontë era capaz de liberar la vida de su dependencia de los hechos; con un par de pinceladas podía retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo; al hablar del páramo, conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera. La magnífica traducción de Carmen Martín Gaite vierte al castellano toda la pasión y verdad poética contenidas en esta gran obra. «Cumbres borrascosas», que se convertiría en una de las novelas más indiscutibles del siglo XIX, tuvo una acogida decepcionante cuando se publicó en 1847, pues los lectores victorianos se sintieron incomodados por lo que consideraron una descripción demasiado cruda de pasiones sin control. Al igual que «Jane Eyre», de la hermana de Emily, Charlotte Brontë, «Cumbres borrascosas» se basa en la tradición de novela gótica de finales del XVIII, con apariciones sobrenaturales, noches sin luna y efectos de misterio y terror. Pero la novela trasciende ampliamente el género gracias a sus penetrantes observaciones y a su complejidad, así como, por encima de todo, a sus inolvidables caracterizaciones. La trágica historia de amor entre la apasionada Catherine y el atormentado Heathcliff es sin duda uno de los romances más inolvidables de la literatura de todos los tiempos.

Fragmento

Capítulo I

1801

Vuelvo ahora de hacer una visita a mi casero, el solitario vecino con quien voy a tener que lidiar. ¡Realmente es hermosa esta comarca! No creo que hubiera podido encontrar en toda la faz de Inglaterra un lugar para vivir más apartado que este del mundanal ruido. Es el edén pintiparado para un misántropo, y el señor Heathcliff y yo formamos la pareja ideal para compartir semejante desolación. ¡Gran compañero! Lo que seguramente no ha podido imaginarse es la simpatía que despertó en mi corazón cuando descubrí, según me acercaba cabalgando hacia él, el aprensivo replegarse de sus ojos negros bajo las cejas y cómo luego, al escuchar mi nombre, sus dedos se hundían más profundamente en los bolsillos del chaleco, refugiándose allí con celosa determinación.

—¿El señor Heathcliff? —pregunté.

Inclinó la cabeza por toda respuesta.

—Verá usted, caballero; soy el señor Lockwood, su nuevo inquilino. He querido venir a visitarle en cuanto he llegado para decirle que espero no haberle causado demasiada extorsión al insistir tanto en que me alquilara la Granja de los Tordos. Ayer oí comentar que tenía usted la idea…

—La Granja de los Tordos es mía, señor —interrumpió encrespado—, y a poco que pueda evitarlo, no consentiré que nadie me cause extorsión alguna. ¡Pase!

Pronunció el «¡pase!» con los dientes cerrados, como si estuviera diciendo «¡váyase al infierno!», y ni siquiera la verja contra la que se apoyaba pareció mostrar el menor movimiento de solidaridad para con sus palabras. Creo que fueron precisamente esas circunstancias las que me decidieron a aceptar su invitación.

Sentí un vivo interés por aquel hombre que se mostraba mucho más acentuadamente insociable que yo.

Cuando advirtió que mi caballo hacía un leve ademán de empujar la valla, alargó la mano para franquearnos el portillo y me precedió por el camino con aire de pocos amigos.

—¡Joseph! —gritó al llegar a la casa—. ¡Hazte cargo del caballo del señor Lockwood y sube un poco de vino!

«No debe tener más criado que ese para todo —pensé al oír aquel doble mandato—, así que no me extraña que la hierba crezca entre la juntura de las losas y que sea el ganado quien tenga que encargarse de igualar el nivel de los setos.»

Joseph era un hombre de aspecto envejecido, mucho, casi un anciano, aunque robusto y nervudo.

—¡Vaya por Dios! —masculló en un tono de fastidio y contrariedad, mientras me cogía las bridas del caballo y me miraba tan atravesadamente que me dio pena pensar lo mucho que iba a costarle aquel día hacer la digestión. Pero me negué a relacionar su piadosa jaculatoria con mi visita intempestiva.

Cumbres Borrascosas es el nombre de la finca del señor Heathcliff. Se trata de una denominación de toponimia local y el adjetivo «borrascosas» alude significativamente a las perturbaciones atmosféricas a que por su situación se ve sometida cuando el tiempo se pone de tormenta. Aunque, desde luego, aire libre y ventilación no creo que le falten nunca: a juzgar por la exagerada inclinación de unos cuantos abetos desmedrados que hay al final de la casa y por la fila de raídos espinos orientando todas sus ramas en el mismo sentido, como implorando una limosna del sol, es fácil imaginar el poderío del viento norte cuando sopla trasponiendo estos límites. Afortunadamente el arquitecto de la casa debió de tener esto en cuenta para edificar sólidamente. Las angostas ventanas están profundamente empotradas en los muros y todas las esquinas protegidas por bloques saledizos de piedra.

Antes de trasponer el umbral, me paré a contemplar una serie de toscas inscripciones pródigamente repartidas por la fachada y sobre todo cerca de la puerta principal, encima de la cual, entre una amalgama de monstruos deteriorados y niños impúdicos, pude divisar la fecha «1500» y el nombre «Hareton Earnshaw». Me hubiera gustado iniciar algún comentario o pedir algún resumen de la historia de aquel sitio a su desdeñoso propietario, pero su actitud allí en pie junto a la puerta parecía estarme exigiendo que entrara en seguida o me marchara de una vez, así que no quise acentuar su impaciencia antes de inspeccionar el interior.

Un escalón nos introdujo en el cuarto de estar, sin más vestíbulo o pasillo que lo antecediera. Aquí, por antonomasia, a esta pieza la llaman «la casa». Suele incluir la sala y la cocina, pero me parece que en Cumbres Borrascosas la cocina debía de haber sido relegada a otra parte. Por lo menos percibí un susurro de conversación que llegaba del fondo junto con un sonar de utensilios culinarios, y no pude encontrar en todo el espacio de la amplia chimenea señales de que se hubiera guisado, asado o cocido nada en ella, así como tampoco ningún brillo de espumaderas de cobre o pucheros de estaño colgados de las paredes. Pero en una de ellas, en cambio, la luz y el calor arrancaban destellos de una profusa vajilla metálica entreverada de jarras y copas de plata, amontonadas hasta el techo de la habitación en los estantes de un enorme aparador de roble. El techo no tenía cielo raso y exhibía ante los ojos de cualquier indiscreto su desnuda anatomía, excepto allí donde un esqueleto de madera cargado de tortas de avena y multitud de jamones, piernas de vaca y de cordero conseguía ocultarla. Encima de la chimenea había algunas escopetas desparejadas y viejas, un par de pistolas de arzón y, a manera de adorno, tres botes de latón pintados de colores chillones y alineados sobre la repisa. El suelo era de piedra blanca caliza, las sillas de alto respaldo y diseño anticuado estaban pintadas de verde y había dos negras, más grandes y sólidas, medio escondidas en lo oscuro. En un hueco, debajo del aparador, estaba echada una enorme perra de caza de pelaje brillante rodeada de una camada de cachorros bulliciosos; y había también otros perros pululando por la casa.

Nada habría llamado la atención como chocante ni en el aposento ni en los muebles si su dueño hubiera sido un vulgar granjero del norte de contextura robusta y talante decidido, vestido por más señas con pantalones bombachos y polainas. Este tipo de individuo, sentado en su butaca y con una jarra de cerveza espumeante sobre la mesa, es fácil de encontrar en cualquier excursión que se haga cinco o seis millas a la redonda de estas lomas, si cae uno por allí a la hora oportuna, después de comer. Pero el estilo de vida del señor Heathcliff ofrece un singular contraste con su vivienda. Es un gitano de tez aceitunada con el aspecto, el atuendo y modales de un caballero, todo lo caballero, naturalmente, que puede ser cualquier señor afincado en el campo: un poco desaliñado tal vez, pero sin que ofenda su desaliño, porque tiene buena planta y es guapo, aunque algo taciturno. Puede que alguien tendiera a achacarle cierto orgullo de raza, pero siento en mi interior un acorde de simpatía hacia él que me dice que no se trata de eso. Conozco por instinto que su reserva nace de una aversión a exhibir sus sentimientos y a las manifestaciones de mutua amabilidad. Debe de amar y odiar de la misma manera encubierta y es posible que sentirse amado u odiado también lo considere como una especie de impertinencia. Pero me estoy pasando de listo: le estoy cargando gratuitamente a él con atributos de mi propio ser. Seguramente el señor Heathcliff tendrá razones completamente distintas de las mías para replegarse ante la posibilidad de entablar nuevas amistades. Esperemos que las peculiaridades de mi manera de ser sean exclusivas. Mi madre la pobre siempre decía que estaba incapacitado para llegar a formar nunca un hogar acogedor, pero hasta el verano pasado no quedó demostrado que soy indigno de tenerlo.

Estaba pasando un mes en la playa y disfrutando de un tiempo espléndido cuando conocí a la criatura más encantadora del mundo. Mientras le fui indiferente se presentó ante mis ojos como una auténtica deidad. Nunca le declaré abiertamente mi amor, pero si las miradas hablan, el más tonto habría podido advertir que me tenía trastornado el juicio. Ella misma acabó por notarlo y por corresponder a mis miradas con las más dulces que quepa imaginar. ¿Y qué hice yo entonces? Me replegué fríamente dentro de mí mismo como un caracol, con vergüenza lo confieso, y a cada mirada de las suyas me mostraba más helado y distante. Hasta que por fin la pobre chica se vio obligada a dudar de su propia percepción y, abrumada ante su presunto error, convenció a su madre para que se fueran.

Estas extrañas mudanzas de humor me han granjeado la fama de hombre deliberadamente insensible, pero solamente yo puedo decir lo injusta que es.

Tomé asiento en el extremo de la chimenea opuesto al que se disponía a ocupar mi casero, y por ver de llenar el silencio, hice amago de acariciar a la perra madre, que había abandonado a su prole y andaba olisqueando vorazmente por entre mis piernas, con la lengua fuera y los blancos colmillos dispuestos al mordisco.

Mi caricia provocó un gruñido prolongado y gutural.

—Por favor, deje a la perra en paz —gruñó casi al unísono el señor Heathcliff, mientras le daba un puntapié, como para apoyar con mayor rudeza sus palabras—. No está acostumbrada a los mimos ni es ningún faldero.

Luego, dirigiéndose a una puerta lateral, gritó de nuevo:

—¡Joseph!

A Joseph se le oía refunfuñar confusamente en las profundidades de la bodega, pero no daba señales de subir, así que su amo se precipitó escaleras abajo y me dejó frente a frente con aquella vil perra y dos perros de pastor peludos y feroces que con ella compartían la celosa vigilancia de todos mis movimientos.

Como no tenía gana ninguna de entrar en contacto con sus colmillos, permanecí inmóvil en mi sitio. Pero, pensando que difícilmente podrían entender aquellos animales los insultos tácitos, se me ocurrió ponerme a hacer guiños y visajes dirigidos a los tres, con tan mala fortuna que alguno de mis cambios de fisonomía irritó a la señora hasta el punto de hacerla montar en cólera y abalanzarse sobre mis rodillas. Yo la rechacé y traté de interponer la mesa entre los dos, pero mi conducta soliviantó a toda la jauría. Media docena de cuadrúpedos hostiles de diversos tamaños y edades acudieron desde escondidos rincones al centro de la refriega. Me di cuenta de que mis tacones y los faldellines de mi casaca eran los puntos predilectos del asalto y, al tiempo que me defendía de los principales asaltantes como buenamente podía con el atizador de la chimenea, me vi obligado a gritar pidiendo socorro a algún habitante de la casa, por ver de restablecer la paz.

El señor Heathcliff y su criado subieron las escaleras de la bodega con una lentitud insoportable. No creo que aceleraran sus movimientos ni un minuto más de lo que debían tener por costumbre, aunque la tempestad de gritos y ladridos había convertido aquel lugar en un auténtico campo de batalla.

Por fortuna, un ocupante de la cocina llegó más a tiempo. Una joven robusta con la falda arremangada, los brazos desnudos y las mejillas encendidas se plantó en medio de nosotros blandiendo una sartén; y esgrimió el arma y la lengua con tal eficacia que la tormenta se aplacó como por arte de magia, y cuando el amo entró en la habitación ya sólo quedaba la joven, alborotada como el mar después de un huracán.

—¿Qué diablos pasa? —preguntó Heathcliff, mirándome de una manera que a duras penas podía tolerarse después de su inhóspita acogida.

—¡Eso de los diablos tendría que decirlo yo! —mascullé—. Una piara de cerdos endemoniados no podría albergar peores intenciones que estas fieras suyas, señor. Es como si se le ocurriera a usted dejar a un extraño en medio de una manada de tigres.

—Nunca tocan a la gente si está quieta —contestó alargándome la botella y volviendo a colocar la mesa en su sitio—. La misión de los perros es vigilar. ¿Quiere un vaso de vino?

—No, gracias.

—Pero ¿le han mordido o no?

—De haberlo hecho, ya estaría el mordedor señalado con mi marca.

El semblante reservado de Heathcliff se relajó en una mueca.

—Vamos, vamos, señor Lockwood —dijo—, no se alborote. Hala, tome un poco de vino. Las visitas son aquí tan sumamente raras que ni mis perros ni yo (he de reconocerlo) tenemos ni idea de cómo hacerles los honores. ¡A su salud, señor!

Me incliné y acepté sus excusas. Empezaba a darme cuenta de que era una necedad seguir irritado por la descortesía de un puñado de perros; además me molestaba servir de pasto a la diversión de mi compañero, ya que había notado que su humor daba un quiebro en tal sentido.

Influido probablemente por sensatas consideraciones acerca de la inconveniencia de ofender a un buen inquilino, rectificó ligeramente su estilo lacónico de suprimir pronombres y verbos auxiliares y atacó el tema —que debió suponer interesante para mí— de las ventajas e inconvenientes de mi actual retiro.

A través de todo lo que dijo, me pareció persona muy inteligente, así que antes de despedirme ya estaba tan animado que había decidido repetir mi visita al día siguiente.

Era evidente que él no tenía ninguna gana de que renovase mi intrusión. Pero yo pensaba volver, a pesar de todo. Es sorprendente lo sociable que me encuentro en comparación con el señor Heathcliff.

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