El antropólogo inocente

Resumen del libro: "El antropólogo inocente" de Nigel Barley
El antropólogo inocente es un texto ciertamente insólito del que se dijo: «Probablemente el libro más divertido que se ha publicado este año. Nigel Barley hace con la antropología lo que Gerald Durrell hizo con la zoología» (David Holloway). El autor, doctorado en Antropología en Oxford, se dedicó durante un par de años al estudio de una tribu poco conocida del Camerún, lo que constituyó su primera experiencia con el trabajo de campo, y casi la última. Nigel Barley se instaló en una choza de barro con la intención de investigar las costumbres y creencias del pueblo dowayo. Conocía la teoría del trabajo de campo, pero, como descubrió enseguida, ésta no tomaba en consideración la escurridiza naturaleza de la sociedad dowayo, que se resistía a amoldarse a norma alguna. En esta crónica del primer año que pasó en África, Nigel Barley –tras sobrevivir al aburrimiento y a desastres, enfermedades y hostilidades varias– nos ofrece una introducción decididamente irreverente a la vida de un antropólogo social.
Después de esta experiencia, el autor se incorporó al Museo Británico, cuyo departamento de publicaciones editó este texto como una curiosidad. La excitación que causó entre sus primeros lectores motivó que se publicara después en la colección de bolsillo de Penguin con extraordinario éxito.
PRÓLOGO
Pocas veces se habrán visto reunidos, en un libro de antropología, un cúmulo tal de situaciones divertidas, referidas con inimitable humor y gracia, y una competencia etnográfica tan afinada, como las que Nigel Barley ofrece en esta minuta de su trabajo de campo entre los dowayos, realizado en 1978.
No suelen las monografías etnográficas ser libros especialmente divertidos, ni mucho menos descuellan por su humor, a pesar de la gran cantidad de equívocos y situaciones ridículas en que necesariamente incurre cualquier individuo que intenta apropiarse de convenciones que le son totalmente extrañas, como es el caso de cualquier etnógrafo en el seno de su correspondiente población exótica.
Serio e imbuido de su cuasisacerdotal responsabilidad teórica, el etnógrafo con frecuencia no llega a captar el humor de sus exóticos anfitriones (que con toda razón suelen hacerlo objeto de burla, por su impericia práctica y su minusvalía verbal), y muy raramente observa distanciadamente lo patético de su posición. Más habitual es que proyecte sus frustraciones sobre sus huéspedes, llenando sus diarios personales y los prólogos de sus monografías de quejas y denuestos contra los nativos, en un estilo que hoy ya resulta plenamente familiar desde la publicación de los diarios de Malinowski, y que Lévi-Strauss explicaba recientemente sin pelos en la lengua a Didier Eribon: «¿Sabe? Cuando se han perdido quince días con un grupo indígena sin conseguir sacar de ellos nada en claro, simplemente porque no les da la gana, uno llega a detestarlos.»
El nativo, convertido en pura veta informativa, carece de identidad personal (es además esto un presupuesto teórico de su ser como «primitivo»: la falta de individualidad, el primado del rito y lo grupal), salvo en el caso de ciertos informantes privilegiados, que han pasado a la historia de la antropología como casos señeros de individualización primitiva (el Ahuia de Malinowski, que terminó él mismo casi como etnólogo, el Jim Carpenter de Lowie, o el Ohnainewk de Carpenter), y que en general quedan reducidos a una presencia fugaz en el trabajo reconstructivo final del etnógrafo, donde se supone que es la sociedad misma, y no la anécdota individual, la que debe quedar reflejada.
La virtud del libro de Barley, en este sentido, es que está lleno de individualidades que evolucionan como verdaderos actores, con una vida propia cargada de colorido, y una profusión y variedad verdaderamente asombrosas, por cuanto dan la medida de un intrincamiento racial y cultural que pocas veces aparece en las monografías etnológicas, empeñadas habitualmente en mostrar la puridad del «aislado» cultural y demográfico sobre el que centran su atención.
Fulani, dowayo, koma, negros urbanizados, cristianos y musulmanes, misioneros católicos y protestantes, funcionarios negros y cooperantes blancos, todo el espectro de este detritus cultural que forma los márgenes de la Cultura-Mundo occidental, y cuyo mestizaje y entrecruce constituye hoy una de las principales preocupaciones de la antropología, se manifiestan como un bulle-bulle vívido y variopinto, que la pericia narrativa de Barley nos hace compartir, a la vez con humor implicado y crítica distancia.
Pero entre ellos destacan, convertidos en verdaderos personajes novelescos, individuos como el estrafalario jefe Zuuldibo; o el viejo de Kpan, el misterioso y atrabiliario «jefe de lluvia», cuyos poderes expone Barley con una fascinación próxima a la de Castaneda por Don Juan; o el hábil traductor Matthieu, el dowayo semiaculturado, cuyo reencuentro años más tarde describe Barley en A Plague of Caterpillars, comparándolo humorísticamente con el principio de Sonrisas y lágrimas; o el histérico misionero Herbert Brown, afectado por el sol de los trópicos, y dotado de un curioso don de lenguas; cada uno de ellos perfectamente individualizado y construido con las trazas realistas de un personaje de novela, dentro de una tradición más propia del relato de viajes inglés que de la antropología social británica: en la línea más de Burton que de Evans Pritchard.
O, incluso, extremando las tintas, en la línea del viaje imaginario, pero totalmente adobado de elementos reales sarcásticamente deformados, que representa Merienda de negros, de Waugh. Hay un indudable toque Waugh en el libro de Barley, pero aplicado a un país y a una experiencia reales, lo que no ocurre con los libros de viaje propiamente dichos del viejo escritor neocatólico inglés, que sólo en la imaginaria Azania llegó a afilar convenientemente su mordacidad antiafricana.
Cierto es que todo esto es posible gracias a que Barley ha violentado en este libro la estructura clásica de la monografía etnológica (que debió redactar aparte en términos estrictamente académicos, como se deduce de las constantes alusiones que a este trabajo «formal» hace), pero también es cierto que hoy día son muchos los jóvenes antropólogos americanos que se ensayan en este tipo de etnografía informal (generalmente, como aquí, reconsideraciones personalizadas del trabajo de campo académicamente sancionado), sin conseguir el interés narrativo y la gracia bienhumorada que caracteriza la prosa de Barley.
…
Nigel Barley pertenece a esa rara estirpe de autores que convierten la observación en literatura sin perder el pulso de la vida real. Nacido en Kingston upon Thames en 1947, formado en Cambridge y Oxford, su trayectoria académica podría haberlo encerrado en el lenguaje hermético de la disciplina. Sin embargo, Barley eligió otro camino: el de narrar el mundo con ironía, curiosidad y una lucidez casi narrativa.
Su carrera como antropólogo —ligada durante años al British Museum— se desplegó en geografías lejanas, pero sobre todo en territorios humanos. En Camerún, entre el pueblo dowayo, y más tarde en Indonesia, especialmente en Tana Toraja, Barley no solo estudió costumbres: se dejó afectar por ellas. De ese encuentro nacen libros que parecen diarios de viaje, pero que en realidad son pequeñas disecciones de lo humano.
Fue con El antropólogo inocente donde su voz irrumpió con fuerza: un relato de campo que desmonta la solemnidad académica y revela el desconcierto, el humor y la fragilidad del investigador. En Barley, el antropólogo no es un observador distante, sino un personaje más, a menudo desbordado por aquello que intenta comprender. Esa mirada, a la vez crítica y cómplice, lo acerca más al narrador que al científico.
Más tarde, obras como Not a Hazardous Sport prolongan ese tono entre lo cómico y lo melancólico, donde cada anécdota encierra una pregunta más profunda sobre la cultura, la identidad y la mirada occidental. Incluso cuando se adentra en la ficción —como en Island of Demons, inspirada en la figura de Walter Spies— Barley mantiene ese pulso híbrido entre historia, viaje y reflexión.
Como crítico, resulta difícil no ver en Nigel Barley a un heredero peculiar de la tradición británica de literatura de viajes: ligero en la superficie, pero secretamente grave. Su prosa, ágil y aparentemente despreocupada, deja entrever una melancolía tenue, como si cada cultura descrita fuese también un espejo que devuelve preguntas al propio observador.
Hoy, repartido entre el Reino Unido e Indonesia, Barley sigue encarnando esa figura fronteriza entre el académico y el narrador. Y quizá ahí resida su valor: en recordarnos que comprender al otro no es un ejercicio de distancia, sino un arte delicado que exige, ante todo, saber reírse de uno mismo.