Literatura cubana contemporánea

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El Librero Semanal

El barrio maldito

El barrio maldito, una novela de Félix Urabayen

Género: DramaNovelasLibros

Resumen del libro:

Escrita en 1925, El barrio Maldito trata sobre los agotes, una minoría étnica de origen incierto que habitaba en algunos valles navarros. También refleja el ambiente de la Navarra de hace un siglo, los Sanfermines, etc. Es una novela lírica y realista simultáneamente, que se lee con gran interés. Igualmente sugestivas resultan sus novelas de ambiente vasco Centauros del Pirineo, La última cigüeña, Estampas del camino, y Los robles navarros. Las demás novelas son de ambiente netamente toledano.

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Fragmento:

SONETO DE ÉGLOGA

Contad si son catorce, y está hecho.
Lope.

El valle del Baztán se compone de catorce pueblos blancos, pulidos y enjoyados de nostálgica dulzura, como los catorce versos de un perfecto soneto, clásicamente cincelado…

Cada uno de estos pueblos, tiene su inicial mayúscula representada por la torre de la iglesia, el mejor observatorio para estudiar los paisajes y las almas. Desde ella se divisan los penachos rojos de los tejados, las enhiestas veletas, salpicadas acá y allá sobre la verdura del fondo y los ondulantes caminos, que engalanan las arrugas del terreno con la elegancia de ciertas pausas prosódicas, melancólicamente prolongadas…

Los catorce renglones del soneto han quedado impresos en el paisaje de una manera desigual, pero siempre artística. Y así hay aldeas que se yerguen coquetilmente sobre planicies de exuberante verdura, mientras otras tratan de esconderse aprovechando las arrugas de una loma. Las hay que sólo después de escalar las cimas se detienen en el alcor más sombrío, rejuveneciéndole con sus blancas vestiduras y la roja herida de sus tejados; y no faltan barriadas enteras que ansiando dormir mejor, buscan el abrigo de la hendedura para escuchar la trova embrujada de la única arteria dinámica del valle: el Bidasoa…

¡Catorce versos forman el soneto geórgico de este valle suave, mimoso, envolvente y acariciador de los bajos Pirineos!… Y entre la verde página de su tierra húmeda, cada pueblo, como verso, es libre, y como fragmento del soneto es un trozo esclavo de las leyes administrativas del valle.

Baztán significa «todos son unos; todos son de la misma calidad». Así, las catorce células corporativas tienen sus bienes comunales; un solo alcalde y un solo Ayuntamiento para todo el valle; iguales pastos e idéntico blasón heráldico, representado por un tablero de ajedrez, que históricamente nos cuenta, según parece, «que los baztaneses supieron poner en las batallas sus vidas al tablero».

Pero aparte la esclavitud administrativa —rima necesaria en todo soneto clásico—, nada existe más libre, aislado e independiente que estos rengloncitos dulces, saturados de paganismo…

La primera estrofa del valle conserva el matiz augusto impreso por los dioses al forjar el Pirineo. Son cuatro renglones de sabor druídico, ennegrecidos por la tradición y rezumando poesía milenaria. Ciga, cumbre arriba, forma una rodela casi perfecta. Berroeta se interna aún más en el hayedo espeso que busca el puerto de Velate; y a horcajadas sobre el alto monte contempla con soberano desprecio el deleite indiano de los pueblos bajos, esmaltados de quintas y modernos palacetes. Aniz, diminuto y arisco, se oculta por completo entre la recia cabellera de los robles; en tanto, Almándoz se humaniza, dejando rasgar su rugosa piel por la carretera que baja a Mugaire.

Forman estos cuatro pueblos el mirador del valle; y tan altos y apartados quedan, que ni aun el oro americano ha logrado aliñar las ancestrales paredes primitivas; y si por añoranza vuelve algún indiano, pronto se va a vivir a Elizondo.

Poco más abajo empieza la segunda cuarteta, la mejor quizá a los ojos del artista. Casi aplastado entre dos enormes pirámides forradas de verdura se descubre a Garzain, exacto a un grabado en boj; pulido, coquetón, romántico. Tiene la melancolía de todo lo que vive muy hondo, y la mirada ha de abarcarlo desde la altura, si intenta poseerlo por entero. Garzain recuerda una doncella que, rendida de cansancio, esconde sus carnes blancas entre la hoya de dos montes; pero como se acuesta boca abajo y a estilo aldeano, se ven desde arriba sus piernas redondas, con los talones mirando al cielo…

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