El Librero Semanal

El forastero misterioso

El forastero misterioso, una novela de Mark Twain

Género: NovelasSátiraLibros

Resumen del libro: El forastero misterioso

Novela póstuma de Mark Twain publicada en 1916 por el albacea literario del autor, Albert B. Paine, «El forastero misterioso» se sitúa en la vena satírica de su autor, y por lo tanto moral. La llegada durante la Edad Media a una población austriaca, dominada por el odio entre sus dos sacerdotes, de un extraño ángel que se hace llamar Satán, provoca el revuelo entre el vecindario. Y no sólo por su repertorio milagrero, sino por su énfasis en ridiculizar la condición humana, mucho más salvaje que la animal. Con un sentido del humor tan moderno como provocador, Twain se ríe de los ritos religiosos con la libertad de haber ambientado la acción muy lejos de su época.

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Fragmento:

Capítulo 1

Ocurrió en el año 1590… durante el invierno. Austria estaba muy lejos del mundo, dormida; todavía era la Edad Media en Austria y prometía quedarse así siempre. Algunos la situaban incluso más remotamente en el tiempo, hace siglos y siglos, y decían que según el reloj mental y espiritual corría entonces en Austria la Edad de la Fe. Pero lo proponían como halago y no como calumnia, y así lo entendíamos y nos sentíamos orgullosos por ello. Lo recuerdo muy bien, aunque yo solo era un muchacho, y recuerdo también el placer que me causaba.

Sí, Austria estaba muy lejos del mundo, y dormida; y nuestra aldea se encontraba en el centro de ese sueño, porque estaba en el centro de Austria. Dormitaba en paz en el profundo retiro de una soledad de montes y bosques donde raras veces llegaban noticias del mundo que perturbaran sus sueños, y se sentía infinitamente feliz. Delante de la aldea pasaba el río tranquilo con la superficie pintada con formas de nubes y reflejos de barcas y embarcaciones que transportaban piedras impulsadas por la corriente; detrás del río subían las laderas boscosas hacia la base de un elevado precipicio; desde la cumbre del precipicio miraba ceñudo un enorme castillo con sus largas filas de torres y baluartes cubiertas de una malla de enredaderas; más allá del río, a una legua hacia la izquierda, había una laberíntica extensión de montes selváticos hendidos por gargantas serpentinas, donde nunca penetraba el sol; y a la derecha un precipicio dominaba el río, y entre esta y los montes se extendía una ancha llanura con casas anidadas entre huertos y árboles umbríos.

Toda la región en varias leguas a la redonda era propiedad hereditaria de un príncipe, cuyos sirvientes mantenían el castillo en perfectas condiciones de habitabilidad, pero ni el noble ni su familia se presentaban allí con mayor frecuencia que una vez cada cinco años. Cuando venía, parecía que el señor del mundo había llegado, y había traído consigo todas las glorias de sus reinos; y, cuando se marchaba, dejaba tras de sí una tranquilidad tal como la del sueño profundo que sigue a una orgía.

Eseldorf era un paraíso para nosotros, los muchachos. No nos molestaban mucho en relación con los estudios. Principalmente nos entrenaban para que fuésemos buenos cristianos, y sobre todo para reverenciar a la Virgen, la Iglesia y los Santos. Aparte de esto, no nos pedían que supiésemos mucho, y, de hecho, no se nos permitía. El saber no era bueno para la gente común, y podía hacer que se sintieran descontentos con la porción que Dios les había asignado; y Dios no aguantaría el descontento con sus planes. Teníamos dos curas. Uno de ellos, el padre Adolf, era un cura muy piadoso y enérgico, muy considerado.

Quizás haya habido mejores curas, en algunos aspectos, que el padre Adolf, pero jamás hubo en nuestra comunidad otro a quien la gente tuviera tan profundo y reverente respeto. Y esto se debía al hecho de que no tuviese en absoluto miedo al Diablo. Era el único cristiano que he conocido de quien podía decirse eso realmente. La gente le tenía por esto un temor reverencial; pues pensaba que debía de haber algo sobrenatural en él, o de lo contrario no hubiera podido ser tan valiente y tan confiado. Todos los hombres hablan del Diablo con amarga desaprobación, pero lo hacen reverentemente, y no con impertinencia; pero la manera de hablar del padre Adolf era muy distinta; él le llamaba todos los nombres que le venían a la boca, y, cuando le escuchaban, hacía temblar a todos; muchas veces incluso hablaba de él con desprecio, con mofa y escarnio; entonces la gente se santigüaba y huía rápidamente de su presencia, temiendo que algo espantoso pudiera ocurrir.

El padre Adolf había encontrado ciertamente a Satanás cara a cara más de una vez, y lo había desafiado. Se sabía que era así. El mismo padre Adolf lo decía. Nunca lo había tenido en secreto, sino que hablaba con toda franqueza. Y había al menos una prueba de que era verdad lo que decía, porque esa vez discutió con el enemigo, e intrépidamente le tiró su botella, y allí, sobre la pared del estudio, quedó la mancha rojiza donde chocó y se rompió el recipiente.