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El hijo del lobo

El hijo del lobo, una novela de Jack London

El hijo del lobo es como llamaban los indios de Alaska al hombre blanco. Esta historia nos narra la aventura del joven Mackenzie, que tras sentir la imperiosa necesidad de encontrar pareja pone rumbo a las tierras de los stick. Publicado en 1900, fue el inicio de la prolífica carrera literaria de Jack London.

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El hombre raras veces hace una evaluación justa de las mujeres, al menos no hasta verse privado de ellas. No tiene idea sobre la atmósfera sutil exhalada por el sexo femenino, mientras se baña en ella; pero déjeselo aislado, y un vacío creciente comienza a manifestarse en su existencia, y se vuelve ávido de una manera vaga y hacia algo tan indefinido que no puede caracterizarlo. Si sus camaradas no tienen más experiencia que él mismo, agitarán sus cabezas con aire dubitativo y le aconsejarán alguna medicación fuerte. Pero la ansiedad continúa y se acrecienta; perderá el interés en las cosas de cada día, y se sentirá enfermo; y un día, cuando la vacuidad se ha vuelto insoportable, una revelación descenderá sobre él.

En la región del Yukón, cuando esto sucede, el hombre por lo común se provee de una embarcación, si es verano; y si es invierno, coloca los arneses a sus perros, y se dirige al Sur. Unos pocos meses más tarde, suponiendo que esté poseído por una fe en el país, regresa con una esposa para que comparta con él esa fe, e incidentalmente sus dificultades. Esto sirve, sin embargo, para mostrar el egoísmo innato del hombre. Nos lleva, también, al drama de «Cogote» Mackenzie, que tuvo lugar en los viejos días, antes de que la región fuera desbandada y cercada por una marea de che-cha-quo, y cuando el Klondike solo era noticia por sus pesquerías de salmón.

«Cogote» Mackenzie cargaba las marcas distintivas de un nacimiento y una vida en la frontera. Su cara llevaba el sello de veinticinco años de lucha incesante con la Naturaleza en sus manifestaciones más salvajes: los últimos dos años, los más salvajes y duros de todos, habían sido invertidos en buscar a tientas el oro que yace a la sombra del Círculo Ártico. Cuando el mal de la ansiedad se precipitó sobre él, no se sorprendió: era un hombre práctico y había visto a otros hombres sufrir el mismo golpe. Pero no dio ninguna señal de su enfermedad, excepto que trabajaba más duramente. Todo el verano luchó contra los mosquitos y lavaba en el río Suart las barras de metal, por una subvención doble. Luego, echó a flotar una balsa con troncos para casas, Yukón abajo hacia Forty Mile, y puso en ella una cabina de cuyo confort pudiera jactarse cualquiera que allí se alojara. De hecho, exhibía una promesa tan acogedora que muchos hombres elegían asociársele, y venirse a vivir con él. Pero él cortaba de cuajo sus aspiraciones con un discurso áspero, peculiar por su fuerza y brevedad, y compraba doble ración de comida en el puesto de mercancías.

Como se habrá notado, «Cogote» Mackenzie era un hombre práctico. Si necesitaba una cosa, usualmente la conseguía. Pero al hacerlo no se apartaba de su camino más de lo estrictamente necesario. Aunque era hijo del trabajo duro y de las dificultades, era contrario a una jornada de ochocientos kilómetros sobre el hielo, una segunda de tres mil kilómetros en el océano, y todavía otros cuatro mil quinientos kilómetros —o algo así— hasta alcanzar los últimos lugares escogidos, todo ello en la mera búsqueda de una esposa. La vida era demasiado corta. Así que amarró sus perros, ató una curiosa carga a su trineo, y se encaminó a través de la línea divisoria de aguas cuyas últimas vertientes hacia el Oeste eran drenadas por la cabellera del río Tanana.

JACK LONDON (1876-1916), apodo de John Griffith Chaney, su nombre verdadero, fue un novelista y cuentista estadounidense de obra muy popular en la que figuran clásicos como La llamada de la selva (1903), que llevó a su culminación la aventura romántica y la narración realista de historias en las que el ser humano se enfrenta dramáticamente a su supervivencia. Algunos de sus títulos han alcanzado difusión universal.

En 1897 London se embarcó hacia Alaska en busca de oro, pero tras múltiples aventuras regresó enfermo y fracasado, de modo que durante la convalecencia decidió dedicarse a la literatura. Un voluntarioso período de formación intelectual incluyó heterodoxas lecturas (Kipling, Spencer, Darwin, Stevenson, Malthus, Marx, Poe, y, sobre todo, la filosofía de Nietzsche) que le convertirían en una mezcla de socialista y fascista ingenuo, discípulo del evolucionismo y al servicio de un espíritu esencialmente aventurero.

En el centro de su cosmovisión estaba el principio de la lucha por la vida y de la supervivencia de los más fuertes, unido a las doctrinas del superhombre. Esa confusa amalgama, en alguien como él que no era precisamente un intelectual, le llevó incluso a defender la preeminencia de la «raza anglosajona» sobre todas las demás.

Su obra fundamental se desarrolla en la frontera de Alaska, donde aún era posible vivir heroicamente bajo las férreas leyes de la naturaleza y del propio hombre librado a sus instintos casi salvajes. En uno de sus mejores relatos, El silencio blanco, dice el narrador: «El espantoso juego de la selección natural se desarrolló con toda la crueldad del ambiente primitivo». Otra parte de su literatura tiene sin embargo como escenario las cálidas islas de los Mares del Sur.