El hombre que llegó a ser rey

El hombre que llegó a ser rey - Rudyard Kipling

Hubo un tiempo, en aquel mundo perdido de la infancia, en que algunos soñamos con volver a Kafiristán. Evocar su nombre, con ecos de una geografía esotérica de lugares lejanos y de difícil acceso, nos ponía en situación de comenzar una nueva y trepidante aventura. Aquellos lugares, entre la frontera del mundo conocido y el mito, pertenecen a nuestra primera educación sentimental, en la que habitan nombres de leyenda, como Danny Dravot y Peachey Carnehan, sin duda los protagonistas más emblemáticos, junto con Kim de la India, de los relatos de Rudyard Kipling. Esta es una de esas grandes historias que han llenado de sueños nuestras vidas, cuyos personajes nos han deslumbrado con sus pericias y proezas, hazañas llenas de valentía y coraje, de humor, romance y fabulosos tesoros; una de esas historias repletas de truhanes y aventureros que se ven envueltos en el «Gran Juego». Volver a Kafiristán supone adentrarse en lo desconocido, que nos atrae y fascina y donde, de seguro, nos aguardan la gloria y la fortuna, pero también la derrota y la tragedia.

Libro Impreso

Hermano de un príncipe y amigo de un mendigo con tal de que sea digno

La Ley, como dice la cita, establece una justa norma de vida que no es fácil de seguir. He sido muchas veces amigo de un mendigo, en circunstancias que a ambos nos impedían descubrir si el otro era digno. Todavía me falta ser hermano de un príncipe, aunque en una ocasión conocí de cerca a quién pudo haber sido un verdadero rey, y me prometieron la posesión de un reino: un ejército, un tribunal de justicia, rentas y principios políticos, todo de una vez. Pero ahora mucho me temo que mi rey esté muerto, y si quiero una corona tengo que buscarla por mi cuenta.

Todo empezó en un tren que hacía el camino entre Ajmir y Mhow. Un déficit de presupuesto me obligaba a viajar no ya en segunda clase, que sólo cuesta la mitad que la primera, sino en intermedia, que es realmente espantosa. En clase intermedia no hay cojines y, o bien la población es intermedia, es decir, eurasiática o nativa, lo cual resulta horrible durante un largo viaje nocturno, o bien se trata de una población de vagos, que es divertida pero que siempre anda ebria. Los de intermedia no compran nada en la cantina del tren. Llevan su propia comida en hatillos y tarros, y les compran dulces a los vendedores nativos, y beben agua en los charcos del camino. Éste es el motivo de que cuando llega el calor saquen a los de intermedia muertos de los vagones, y de que en cualquier estación la gente los mire por encima del hombro.

Mi vagón de intermedia estuvo vacío hasta que llegamos a Nasirabad, donde subió un caballero de oscuras y pobladas cejas negras. Iba en mangas de camisa, y mató el tiempo según la costumbre de los de intermedia. Era un viajero errante, un vagabundo como yo mismo, pero con una educada afición por el whisky. Contó historias sobre cosas que había visto y hecho, remotos rincones del Imperio en los que se había internado» y aventuras en las que había arriesgado su vida por la comida de unos pocos días.

-Si la India estuviera llena de hombres como usted y como yo, que no saben mejor que los cuervos de dónde van a sacar las raciones del día siguiente, la tierra no tendría que dar setenta millones, sino setecientos -dijo; y al mirarle la boca y el mentón me sentí inclinado a estar de acuerdo con él.

Hablamos de política -la política de la vagancia, que ve el envés de las cosas, donde nadie allana la escayola- y hablamos de acuerdos postales, porque mi amigo quería enviar un telegrama desde la siguiente estación con destino a Ajmir, el lugar donde la línea de Bombay se desvía hacia Mhow cuando uno viaja en dirección oeste. Mi amigo no tenía más dinero que ocho annas, que quería para comer, y yo no tenía dinero en absoluto, debido a las dificultades de presupuesto antes mencionadas. Más aún, iba hacia un desierto donde, aunque debería seguir en contacto con la Tesorería, no había oficinas de Telégrafos. Me veía, por lo tanto, imposibilitado para ayudarle de una u otra manera.

-Podríamos amenazar a un jefe de estación para que mande un cable de fiado -dijo mi amigo-, pero eso significa preguntas para usted y para mí, y en estos momentos tengo un montón de cosas entre manos. ¿Dijo usted que va a volver por esta misma línea en unos cuantos días?

-Dentro de diez días -contesté.

-¿No pueden ser ocho? -dijo él-. Este asunto es bastante urgente.

-Puedo enviar su telegrama dentro de diez días, si eso le sirve de algo -dije.

-No puedo estar seguro de que lo reciba, ahora que lo pienso. Verá, el sale de Delhì el 23 con dirección a Bombay. Eso quiere decir que pasará por Ajmir durante la noche del 23.

-Pero yo voy al Desierto Indio -expliqué.

-Bien está -dijo él-. Usted cambiará en Marwar Junction para entrar en el territorio dé Jodhpore, tiene que hacerlo, y el llegará a Marwar Junction a primeras horas de la mañana del 24 en el Correo de Bombay. ¿Puede estar en Marwar Junction para entonces? No será ningún inconveniente, porque sé que de esos Estados de India Central uno sólo saca desperdicios sin valor… incluso aunque pretenda ser corresponsal del Backwoodsman

-¿Ha usado., ese truco alguna vez?

El hombre que llegó a ser rey – Rudyard Kipling

Rudyard Kipling. Nació en Bombay en 1865, y allí pasó una primera infancia feliz. Sin embargo con seis años, fue enviado a Southsea (Inglaterra) donde permaneció interno durante cinco años en una residencia para hijos de funcionarios de las colonias. Su sufrimiento de aquella época sería recogido posteriormente en un relato. De regreso a la India en 1882 comenzó a trabajar como periodista en la Civil and Military Gazette de Lahore. La publicación de su primera colección de relatos, Cuentos de las colinas (1887), y otros en los dos años posteriores le darían fama de inmediato. Viajó por Asia y Estados Unidos, donde contrajo matrimonio con Caroline Balestier, estableciéndose en Vermont hasta 1903, año en que se mudó a Inglaterra. En 1907, con cuarenta y dos años, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Sus obras más importantes son El libro de las tierras vírgenes (1894), Capitanes intrépidos (1897), Stalky & Co. (1899) y, sobre todo, Kim (1901), reconocida mundialmente como una obra maestra. Kipling falleció en Londres el 18 de enero de 1936.