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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

El misterio del Bellona Club

Sobre el autor:

Sobre el libro:

La novelista inglesa Dorothy L. Sayers supo crear uno de los mejores y más distinguidos detectives de los viejos tiempos: lord Peter Wimsey, segundo hijo del duque de Denver, bibliófilo, sibarita, dandy y seductor profesional, que en sus ratos libres se dedica a la investigación en el neblinoso Londres de los años treinta. Peter Wimsey es considerado unánimemente como uno de los grandes detectives de la literatura, a la par de figuras como Sherlock Holmes, Hercules Poirot y el inspector Maigret. En esta ocasión, la astucia y la obsesión por los detalles del detective más elegante de Inglaterra se pondrán al servicio de un enigma aparentemente insoluble: estamos en uno de los clubes frecuentados por el propio lord Peter, el Bellona, donde de pronto muere el nonagenario general Fentiman. Los detalles del fallecimiento, y en especial la hora exacta en que cesó de latir su corazón, serán decisivos para determinar quién se queda con la sustanciosa herencia que dejan él y su hermana, lady Dormer, muerta extrañamente ese día, casi al mismo tiempo. Con su habilidad y genuino estilo, Dorothy L. Sayers construye en esta novela una historia llena de matices donde importa tanto el desarrollo de la intriga como la arquitectura de los personajes, la evocación de los interiores, la luz de Londres o el sabor de los mejores vinos. Para introducirse en la saga de Peter Wimsey nada mejor que visitar el Bellona Club…

Fragmento

1

Cara de Musgo

—¿Qué demonios haces en este depósito de cadáveres, Wimsey? —preguntó el capitán Fentiman arrojando el Evening Banner como si se librase de algo tedioso.

—Bueno, yo no lo llamaría así —replicó Wimsey afablemente—. Más bien capilla ardiente. Fíjate en el mármol, en las cortinas y en todo lo demás. Fíjate en las palmas y en el casto desnudo de bronce del rincón.

—Sí, y fíjate en los cadáveres. Este sitio siempre me recuerda eso tan viejo de Punch… «Camarero, llévese a lord Nosecuántos. Lleva dos días muerto». Fíjate en Ormsby, roncando como un cerdo. Fíjate en mi venerable abuelito… Viene aquí todas las mañanas, a trancas y barrancas, a las diez, coge el Morning Post y el sillón junto a la chimenea y se queda como un mueble más hasta la noche. ¡Pobre viejo! ¿Me imaginas así un día de estos? Ojalá me hubiera quitado antes de en medio cualquier alemán. ¿De qué vale pasar por todo eso? ¿Qué quieres?

—Yo un Martini seco —dijo Wimsey—. ¿Y tú? Dos Martinis secos, por favor, Fred. Esta historia del día del recuerdo le pone a uno de los nervios, ¿no? Estoy convencido de que a la mayoría de nosotros nos encantaría mandar al cuerno tanta histeria colectiva si no fuera porque esos repugnantes periódicos no hablan de otra cosa. Pero no me atrevo a alzar la voz. Me echarían a patadas del club.

—Da igual lo que digas. Lo harían de todas maneras —replicó Fentiman, pesaroso—. Pero ¿qué haces aquí?

—Esperar al coronel Marchbanks —contestó Wimsey.

—¿Para cenar con él?

—Sí.

Fentiman asintió en silencio. Sabía que al hijo de Marchbanks lo habían matado en la batalla de la Colina 60, y que el coronel tenía por costumbre ofrecer a los amigos íntimos de su hijo una pequeña cena, sin etiqueta, el día del Armisticio.

—No tengo problemas con el viejo Marchbanks —dijo, tras una pausa—. Es buena persona.

Wimsey le dio la razón.

—Y a ti, ¿cómo te va? —preguntó.

—Pues un asco, como de costumbre. El estómago hecho trizas y sin dinero. ¿De qué sirve todo eso, Wimsey? Vas a luchar por tu país, te rompen las tripas, pierdes el trabajo, y lo único que te ofrecen es el privilegio de desfilar ante el cenotafio una vez al año y pagar cuatro chelines de impuesto sobre la renta. Sheila también está rara… La pobre chica trabaja demasiado. Es deplorable que un hombre tenga que vivir de lo que gana su mujer, ¿verdad? No puedo hacer nada, Wimsey. Me pongo enfermo y tengo que dejar el trabajo. El dinero… no me preocupaba el dinero antes de la guerra, pero te juro que hoy en día cometería cualquier delito con tal de hacerme con unos ingresos medianamente decentes.

Con el nerviosismo y la excitación, Fentiman elevó el tono de voz. Un ex combatiente, hasta entonces invisible en un sillón cercano, asomó indignado la enjuta cabeza, como de tortuga, y soltó un «chist» sibilante.

—Bueno, yo que tú no lo haría —replicó Wimsey como si tal cosa—. Verás, el crimen requiere gran profesionalidad. Incluso una persona prácticamente idiota como yo puede jugar a los detectives con un Moriarty aficionado. Si estás pensando en ponerte un bigote postizo y cargarte a un millonario a martillazos, ni se te ocurra. Esa odiosa costumbre que tienes de fumarte los cigarrillos hasta el último milímetro te delataría en cualquier parte. Yo mismo, con solo una lupa y un calibrador, diría enseguida: «El asesino es mi querido y viejo amigo George Fentiman. ¡Deténganlo!». Igual no te lo crees, pero estoy dispuesto a sacrificar a mis seres más queridos con tal de ganarme el favor de la policía y que me dediquen un par de párrafos en la prensa.

Fentiman se echó a reír y aplastó la dichosa colilla en el cenicero que tenía más a mano.

—Me extraña que alguien quiera conocerte —dijo.

Su voz ya no tenía aquel tono de tensión y amargura, y parecía simplemente divertido.

—No quieren —replicó Wimsey—. Lo que pasa es que piensan que tengo demasiado dinero para encima ser inteligente. Es como si te enteras de que el conde tal o cual es el protagonista de una obra de teatro. Todo el mundo va a suponer que su actuación será espantosa. Te voy a contar mi secreto. Todas mis investigaciones criminológicas me las hace un «fantasma» por tres libras a la semana, mientras que yo aparezco en los titulares y me lo paso estupendamente con periodistas famosos en el Savoy.

—No veas qué alegría me das, Wimsey —dijo Fentiman con cierto abatimiento—. No eres precisamente ingenioso, pero tienes esa especie de gracia que me recuerda las revistas musicales menos exigentes.

—Es la autodefensa de la mente de primer orden ante la persona superior —dijo Wimsey—. Oye, lamento lo de Sheila. No quisiera ofenderte, pero ¿por qué no me permites…?

—Muy amable de tu parte —replicó Fentiman—, pero no quiero. Sinceramente, no existe la más remota posibilidad de que pudiera devolvértelo, y aún no he llegado al extremo de…

—Aquí viene el coronel Marchbanks —lo interrumpió Wimsey—. Ya hablaremos en otra ocasión. Buenas noches, coronel.

—Buenas noches, Peter. Buenas noches, Fentiman. Vaya día precioso que hemos tenido. No, nada de cócteles, gracias. Seguiré con el whisky. Siento mucho haberte hecho esperar, pero es que he estado un rato con el pobre Grainger ahí arriba. Me temo que está bastante fastidiado. Entre nosotros, Penberthy no cree que pase el invierno. Un hombre muy competente, ese Penberthy… Parece mentira que haya mantenido al viejo durante tanto tiempo, con los pulmones tan delicados que tiene. ¡En fin! A eso llegaremos todos. Pero ahí está tu abuelo, Fentiman… Es otro de los milagros de Penberthy. Debe de tener noventa años, si no más. ¿Me disculpáis un momento? Quiero hablar con él.

Wimsey siguió con la mirada la figura erguida del anciano mientras cruzaba el espacioso salón de fumadores, deteniéndose de vez en cuando para intercambiar saludos con los demás miembros del Bellona Club. Junto a la enorme chimenea había un gran sillón orejero de estilo victoriano. Dos piernas como alambres con botas impecablemente abotonadas al final y apoyadas sobre un escabel eran lo único visible del general Fentiman.

—Es curioso, ¿no? —murmuró su nieto—. Para el viejo Cara de Musgo la de Crimea sigue siendo la guerra, lo de los bóers lo pilló demasiado mayor. Le dieron el grado de oficial cuando tenía diecisiete años, y como lo hirieron en Mayuba…

Se calló. Wimsey no le prestaba atención. Seguía observando al coronel Marchbanks.

El coronel volvió donde estaban ellos, con pasos silenciosos y precisos. Wimsey se levantó y se dirigió hacia él.

—Mira, Peter —dijo el coronel, con su amable rostro profundamente preocupado—. Ven un momento. Me temo que ha ocurrido algo bastante desagradable.

Fentiman los miró; algo en su actitud lo impulsó a levantarse y seguirlos hasta la chimenea.

Wimsey se inclinó sobre el general Fentiman y con delicadeza le quitó el Morning Post de las sarmentosas manos, entrelazadas sobre el flaco pecho. Lo tocó en el hombro y con la mano rodeó la cabeza blanca acurrucada contra el sillón. El coronel lo observaba con angustia. Después, de un tirón, Wimsey levantó el cuerpo inerte. Se irguió entero, tieso como un muñeco de madera.

Fentiman se echó a reír, sin poder contener las histéricas carcajadas que casi lo atragantaban. Los escandalizados bellonianos se levantaron haciendo crujir sus pies gotosos, alarmados ante semejante descortesía.

—¡Lleváoslo de aquí! —gritó—. Lleváoslo. ¡Lleva dos días muerto! ¡Como vosotros, como yo! ¡Estamos todos muertos y no nos habíamos dado cuenta!

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