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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

El monje

Género: NovelasTerrorLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Ambrosio es un monje al que todo el mundo en Madrid venera. El se siente muy a gusto con un compañero llamado Rosario, pero éste tiene un secreto que, una vez confiese, hará que la vida de Ambrosio tome un giro de 180º. Y no sin razón, porque a partir de ese momento Ambrosio conocerá aquello que su vida dedicada a la religión no le permitió conocer: el gozo sexual y la brujería. Paralelamente el joven conde Raimundo le cuenta a su amigo Lorenzo de Medina que es el enamorado de su hermana, Inés de Medina, entregada a la religión para convertirse en monja. Al mismo tiempo la joven Antonia, de belleza sin igual, es la mujer que adoran dos hombres, uno que no tiene derecho por el oficio que profesa, y Lorenzo de Medina. Todas estas historias principales (y otras secundarias pero no menos importantes y alucinantes) confluyen en una en la que los protagonistas se relacionan íntimamente. Vivirán aventuras, sacrificios, tormentos, experiencias paranormales y conocerán la gran mentira de la religión más rígida.

Fragmento

Capítulo primero

—Lord Angelo is precise;
Stands at a guard with envy;
Scarce confesses That his blood flows, or that his appetite
Is more to bread than stone.
SHAKESPEARE, Medida por medida

Apenas llevaba sonando la campana del convento cinco minutos, y ya se encontraba la iglesia de los capuchinos abarrotada de oyentes. No creáis que la multitud acudía movida por la devoción o el deseo de instruirse. A muy pocos les impulsaban tales motivos; en una ciudad como Madrid, donde reina la superstición con tan despótica pujanza, buscar la devoción sincera habría sido empresa vana. El público congregado en la iglesia capuchina acudía por causas diversas, todas ellas ajenas al motivo ostensible. Las mujeres venían a exhibirse, y los hombres a ver a las mujeres; a algunos les atraía la curiosidad de escuchar a un orador afamado; a otros el no tener otro medio de matar el tiempo hasta que empezase el teatro; a otros, el habérseles asegurado que era imposible encontrar sitio en la iglesia; y la mitad de Madrid acudía allí esperando encontrarse con la otra mitad. Las únicas personas verdaderamente deseosas de oír al predicador eran unas cuantas viejas beatas y media docena de oradores rivales, dispuestos a encontrar defectos y a ridiculizar el discurso. En cuanto al resto del auditorio, de haberse suprimido totalmente el sermón, nadie se habría sentido defraudado, y muy probablemente ni habrían notado la omisión.

Fuera como fuese, lo cierto es que la iglesia capuchina jamás se había visto con una asistencia tan numerosa. Estaban llenos todos los rincones y ocupados todos los asientos. Incluso las imágenes que adornaban las largas naves habían sido utilizadas. Los chicos se habían encaramado en las alas de los querubines; San Francisco y San Marcos cargaban un espectador sobre los hombros; y Santa Águeda se vio en la necesidad de llevar dos. El resultado fue que, a pesar de toda su diligencia y premura, nuestras dos recién llegadas miraron inútilmente, al entrar en la iglesia, buscando algún sitio vacío.

Con todo, la más vieja siguió avanzando. En vano se elevaban de todas partes exclamaciones contra ella; en vano se le decía: «Os aseguro, señora, que aquí no hay sitio». «¡Por favor, señora, no me empujéis de manera tan desconsiderada!». «¡Señora, no podéis pasar por aquí! ¡Válgame Dios! ¡Qué pesada es la gente!»; la vieja, testaruda, seguía adelante. A fuerza de persistencia y de brazos robustos, se abrió paso a través de la multitud y logró hacerse sitio en el mismo centro de la iglesia, a no mucha distancia del púlpito. Su acompañante la había seguido con timidez y en silencio, al amparo de los esfuerzos de su guía.

—¡Virgen Santa! —exclamó la vieja en tono de contrariedad, mientras lanzaba una mirada interrogativa a su alrededor—. ¡Virgen Santa! ¡Qué calor! ¡Qué gentío! Me pregunto a qué se deberá todo esto. Creo que debemos regresar: no hay ni una silla, y no parece que haya ninguna persona amable dispuesta a cedernos la suya.

Esta descarada indirecta atrajo la atención de dos caballeros que ocupaban sendos taburetes a la derecha y apoyaban la espalda contra la séptima columna a partir del púlpito. Los dos eran jóvenes e iban ricamente vestidos. Al oír esta apelación a su cortesía hecha por una voz femenina, interrumpieron su conversación para mirar a la que había hablado. Esta se había apartado el velo para otear mejor en torno suyo. Tenía el pelo rojizo y era bizca. Los caballeros se volvieron otra vez y reanudaron la charla.

—¡Por favor! —exclamó la compañera de la vieja—; ¡por favor, Leonela, regresemos a casa inmediatamente; hace demasiado calor, y me horroriza tanta gente!

Estas palabras fueron pronunciadas en un tono de inmensa dulzura. Los caballeros interrumpieron de nuevo su charla, pero esta vez no se contentaron con mirar: se enderezaron ostensiblemente en sus asientos y se volvieron hacia la que había hablado.

La voz provenía de una dama cuya figura delicada y elegante inspiró a los jóvenes la más viva curiosidad por ver qué rostro tenía. No pudieron satisfacerla. Un tupido velo ocultaba su semblante. Pero la pugna con la muchedumbre se lo había ladeado lo bastante como para dejar al descubierto un cuello que por su simetría y belleza podía rivalizar con el de la Venus de Médicis. Era de la más deslumbrante blancura, realzada por el encanto adicional de las ondas de largo y rubio cabello que descendía sinuoso hasta la cintura. De estatura más bien por debajo de la media, su figura era grácil y etérea como la de una ninfa. Tenía el pecho cuidadosamente velado. Su vestido era blanco, sujeto por un ceñidor azul, y permitía asomar un piececillo de las más delicadas proporciones. Un rosario de gruesas cuentas colgaba de su brazo, y ocultaba su rostro bajo un velo de tupido y negro cendal. Tal era la dama, a quien el más joven de los caballeros ofreció al punto su asiento, mientras el otro creyó necesario brindar la misma atención a la acompañante.

La vieja dama, con grandes muestras de gratitud, pero sin ningún embarazo, aceptó el ofrecimiento y se sentó; la joven siguió su ejemplo, aunque sin otro cumplido que una sencilla y graciosa reverencia. Don Lorenzo (que así se llamaba el caballero cuyo asiento había aceptado ella) se colocó a su lado; pero antes susurró unas palabras a su amigo al oído, quien inmediatamente captó la intención y se dispuso a distraer la atención de la vieja de su hermosa custodia.

—Sin duda hace poco que habéis llegado a Madrid —dijo Lorenzo a su bella vecina—; es imposible que tales prendas hayan pasado inadvertidas tanto tiempo; y de no ser ésta vuestra primera aparición en público, la envidia de las mujeres y la adoración de los hombres os habrían hecho ya suficientemente notable.

Guardó silencio esperando una respuesta. Como sus palabras no la requerían, la dama no despegó los labios. Tras unos momentos, reanudó su discurso:

—¿Me equivoco al suponer que no sois de Madrid?

La dama vaciló; finalmente, en una voz tan queda que apenas era audible, consiguió decir:

—No, señor.

—¿Pensáis quedaros bastante tiempo?

—Sí, señor.

—Me consideraría afortunado si pudiese contribuir a hacer agradable vuestra estancia. Soy muy conocido en Madrid, y mi familia posee cierta influencia en la corte. Si puedo seros de algún servicio, no podríais honrarme ni complacerme más que permitiéndome serviros.

«Sin duda —se dijo para sus adentros—, no podrá ya contestarme con un monosílabo; ahora tendrá que decir algo».

Lorenzo se equivocó, pues la dama contestó tan sólo con un asentimiento de cabeza.

Hasta ahora, había descubierto que su vecina no era muy comunicativa; pero no sabía si su mutismo se debía a orgullo, discreción, timidez o estupidez.

Tras una pausa de unos minutos, dijo:

—Sin duda se debe a que sois forastera, y no estáis familiarizada con nuestras costumbres, el que sigáis llevando ese velo. Permitidme que os lo retire.

Al mismo tiempo, avanzó la mano hacia el velo: la dama alzó la suya para impedírselo.

—Nunca me quito el velo en público, señor.

—¿Qué mal hay en ello, dime? —terció su acompañante con cierta aspereza—; ¿no ves que las otras damas se han quitado todas el velo, sin duda para honrar el santo lugar en el que estamos? ¡Yo me he quitado ya el mío; y si expongo mi rostro a la observación general, no tienes motivo tú para sentirte tan prodigiosamente alarmada! ¡Virgen María! ¡Cuánto embarazo y tribulación por una carita! ¡Vamos, vamos, criatura! Descúbrela; te aseguro que nadie te la robará.

—Querida tía, ésa no es la costumbre en Murcia.

—¡En Murcia, no! ¡Santa Bárbara bendita! ¿Pero eso qué significa? No haces más que recordarme esa detestable provincia. Lo único que nos importa es si es costumbre en Madrid, así que es mi deseo que te quites el velo inmediatamente. Obedéceme al punto, Antonia, pues sabes que no soporto que me contradigan.

La sobrina se quedó callada, pero no opuso resistencia a los esfuerzos de don Lorenzo, quien alentado por la sanción de la tía se apresuró a retirarle el velo. ¡Qué cabeza de serafín se ofreció a su admiración! Más que hermosa era arrobadora; su encanto residía no tanto en la perfección de sus rasgos como en la dulzura y sensibilidad de su gesto. Consideradas las diversas facciones por separado, distaban mucho de ser hermosas; pero contempladas en su conjunto, eran adorables. Su piel, aunque blanca, no estaba enteramente limpia de pecas, sus ojos no eran muy grandes, ni sus pestañas especialmente largas. Pero sus labios eran de la más sonrosada frescura, su cabello rubio y ondulante, sujeto con una simple cinta, descendía hasta más abajo de su talle con gran profusión de rizos; su cuello era lleno y hermoso en extremo; sus manos y brazos estaban formados con la más perfecta simetría; sus tiernos ojos tenían la dulzura de los cielos, y el cristal con que se movían centelleaba con todo el esplendor de los diamantes. Parecía tener escasamente quince años; una sonrisa traviesa, jugando en su boca, delataba una vivacidad que el exceso de timidez reprimía de momento. Miró a su alrededor con ojos vergonzosos, y al encontrarse accidentalmente con los de Lorenzo, los bajó en seguida ruborizada y empezó a desgranar sus cuentas, si bien su actitud mostraba evidentemente que no sabía lo que se hacía.

Lorenzo la contempló con una mezcla de sorpresa y admiración; pero la tía consideró oportuno excusar la mauvaise honte de Antonia.

—Es una niña —dijo— que ignora totalmente el mundo. Se ha criado en un viejo castillo de Murcia, sin otra compañía que la de su madre, la cual, ¡Dios la perdone!, no tiene otro juicio que el necesario para llevarse la sopa a la boca. Sin embargo, es mi propia hermana, de padre y madre.

—¿Tan poco juicio tiene? —dijo don Cristóbal con fingido asombro—; ¡qué extraordinario!

—Muy cierto, señor, ¿verdad que es extraño? Sin embargo, así es; ¡y mirad la suerte de algunas personas! A un joven noble, de condición muy principal, se le antojó que Elvira no carecía de cierta belleza: bueno, pretensiones, ha tenido bastantes; ¡pero belleza…! ¡Ojalá me hubiese tomado yo la mitad de sus trabajos en acicalarme…! Pero esto no tiene nada que ver. Como iba diciendo, señor, un joven noble se prendó y se casó con ella sin que lo supiese su padre. Mantuvieron su unión en secreto casi tres años, hasta que llegó a oídos del marqués, a quien, como ya podéis suponer, no agradó mucho la noticia. Partió a toda prisa para Córdoba, decidido a coger a Elvira y mandarla a algún lejano lugar, de forma que no se supiese de ella nunca más. ¡San Pablo bendito! ¡Cómo se enfureció al encontrarse con que había escapado con su esposo, y que habían embarcado los dos para las Indias! Nos maldijo a todos como si estuviera poseído por el demonio; arrojó a mi padre, el zapatero más honrado y trabajador de toda Córdoba, al calabozo; y al marcharse, tuvo la crueldad de quitarnos el niño de mi hermana, de apenas dos años entonces, al que se había visto ella obligada a dejar con la precipitación de la huida. La desventurada criaturita debió de recibir de él un trato despiadado, pues unos meses después recibimos la noticia de su muerte.

—¡Válgame Dios, qué viejo más terrible, señora!

—¡Oh, espantoso! ¡Y además totalmente carente de gusto! ¿Creeréis, señor, que cuando intenté apaciguarle me llamó bruja, y deseó que, para castigar al conde, se volviese mi hermana tan fea como yo? ¡Fea! ¿Os dais cuenta?

—¡Ridículo! —exclamó don Cristóbal—. Evidentemente, el conde se habría considerado afortunado de haber podido cambiar una hermana por la otra.

—¡Oh, Jesús! Señor, sois demasiado galante. Sin embargo, me alegro de que el conde pensara de otro modo. ¡Con lo mal que lo ha debido de pasar la pobre Elvira! ¡Después de pelear y sudar en las Indias durante trece largos años, muere su esposo y regresa a España sin una casa que le dé cobijo, ni dinero para procurárselo! Antonia era entonces muy pequeñita, y la única hijita que le quedaba. Se encontró con que su suegro se había vuelto a casar, que seguía irreconciliable con el conde, y que su segunda esposa le había dado un hijo, del cual se dice que es un joven muy gallardo. El viejo marqués se negó a ver a mi hermana y a su hijita, pero le envió su palabra de que, a condición de no oír hablar de ella nunca más, le asignaría una modesta pensión y podría vivir en un viejo castillo que poseía en Murcia, y allí ha permanecido hasta hace un mes.

—¿Y qué la trae ahora a Madrid? —inquirió don Lorenzo, a quien la admiración por la joven Antonia le inspiraba un vivo interés por la historia de la vieja charlatana.

—¡Ay, señor!; al morir su suegro recientemente, el administrador de sus propiedades murcianas se ha negado a seguir pasándole la pensión. Ahora ha venido a Madrid con el propósito de suplicarle a su hijo que se la renueve. ¡Pero creo que podía haberse ahorrado la molestia! Los jóvenes nobles tienen siempre demasiadas cosas que hacer con su dinero, y no están dispuestos muy a menudo a sacrificarlo a las viejas. Yo aconsejé a mi hermana que enviase a Antonia con su petición; pero no ha querido hacerme caso. ¡La muy terca! ¡Bueno! Ya sentirá no haber seguido mi consejo: la niña tiene una carita preciosa, y podía haber conseguido mucho más.

—¡Ah, señora! —interrumpió don Cristóbal simulando un aire apasionado—; si lo que conviene es una cara bonita, ¿por qué no ha recurrido a vos vuestra hermana?

—¡Oh! ¡Jesús! ¡Mi señor, os juro que me abrumáis con vuestra galantería! ¡Pero os aseguro que sé muy bien el peligro de tales misiones para ponerme a merced de un joven noble! No, no; hasta ahora he conservado mi reputación sin tacha ni reproche, y siempre he sabido mantener a distancia a los hombres.

—De eso, señora, no tengo la menor duda. Pero permitidme una pregunta: ¿es que tenéis aversión al matrimonio?

—Esa es una pregunta muy atinada. No puedo por menos de confesar que si se presentase un amable caballero…

Aquí intentó lanzar a don Cristóbal una mirada tierna y significativa; pero dado que bizqueaba de la manera más abominable, la mirada cayó sobre su compañero: Lorenzo creyó que el cumplido iba dirigido a él, y respondió con una profunda reverencia.

—¿Puedo preguntar —dijo— el nombre de ese marqués?

—Es el marqués de las Cisternas.

—Le conozco bastante. No está en este momento en Madrid, pero se le espera de un día para otro. Es uno de los hombres más buenos; y si la encantadora Antonia me da permiso para ser su abogado ante él, no dudo que podré presentarle un informe favorable de su causa.

Antonia alzó sus ojos azules, y agradeció el ofrecimiento con una sonrisa inefable de dulzura. La satisfacción de Leonela fue mucho más sonora y audible: en efecto, mientras su sobrina se mostraba callada en compañía, ella se consideraba en la obligación de hablar por las dos; cosa que hacía sin dificultad, ya que raramente se quedaba sin palabras.

—¡Oh, señor! —exclamó—. ¡Toda nuestra familia quedará en la mayor deuda con vos! Acepto vuestro ofrecimiento con toda mi gratitud, y os doy mil gracias por la generosidad de vuestra proposición. Antonia, ¿por qué no dices nada, criatura? ¡Mientras este caballero dice toda clase de cosas amables, tú sigues callada como una estatua, sin una palabra de agradecimiento, buena, mala o indiferente!

—Mi querida tía, comprendo muy bien que…

—¡Vaya, sobrina! ¿Cuántas veces te he dicho que no debes interrumpir a una persona cuando está hablando? ¿Son éstos los modales de Murcia? ¡Válgame Dios! Jamás podré hacer de esta niña una persona bien educada. Pero os lo ruego, señor —prosiguió, dirigiéndose a don Cristóbal—, decidme, ¿por qué se ha congregado hoy tanta gente en esta catedral?

—¿Es posible que ignoréis que Ambrosio, abad de este monasterio, pronuncia un sermón en esta iglesia todos los jueves? Todo Madrid pregona sus alabanzas. Hasta ahora sólo ha predicado tres veces; pero todos los que le han oído se sienten tan embargados por su elocuencia, que es tan difícil coger sitio en la iglesia como en la primera representación de una comedia. Desde luego, su fama debería haber llegado a oídos vuestros…

—¡Ay! Señor, hasta ayer, no tuve la suerte de ver Madrid; y en Córdoba estamos tan poco informados de lo que ocurre en el resto del mundo, que el nombre de Ambrosio jamás se ha mencionado allí.

—Pues en Madrid lo encontraréis en boca de todos. Parece tener fascinados a todos sus habitantes, y aunque yo mismo no he asistido a sus sermones, me asombra el entusiasmo que ha despertado. La adoración que le tributan los jóvenes y los viejos, los hombres y las mujeres, es sin igual. Los grandes le colman de regalos; sus esposas se niegan a tener otro confesor, y en toda la ciudad se le conoce con el nombre de «Hombre santo».

—Sin duda, señor, será de noble origen…

—Esa cuestión aún permanece confusa. El difunto superior de los capuchinos le encontró en la puerta de la abadía cuando era aún muy pequeño. Todos los intentos por descubrir quién le había dejado allí resultaron infructuosos, y el propio niño fue incapaz de informar sobre sus padres. Se educó en el monasterio, donde ha residido desde entonces. Muy pronto manifestó una fuerte inclinación por el estudio y el recogimiento, y tan pronto como alcanzó la edad pronunció los votos. Nadie ha venido a reclamarle, ni a disipar el misterio que envuelve su nacimiento; y los monjes, conscientes del favor que reporta a su institución el respeto hacia él, no han dudado en proclamar que es un regalo que les ha enviado la Virgen. En verdad, la singular austeridad de su vida da cierto fundamento a la historia. Ahora tiene treinta años y cada hora de su vida la ha pasado en estudio, completo aislamiento y mortificación de la carne. Hasta hace tres semanas, en que fue elegido superior de la comunidad a la que pertenece, nunca había traspasado los muros de la abadía: incluso ahora no los traspone más que los jueves, para pronunciar su sermón en esta catedral, a la que Madrid entero acude a escucharle. Dicen que su sabiduría es de lo más profunda, y su elocuencia de lo más persuasiva. En el curso de toda su vida, jamás ha infringido una sola regla de su orden, ni se ha descubierto la más leve mancha en su persona; y se dice que es tan estricto observador de la castidad que desconoce en qué consiste la diferencia entre el hombre y la mujer. Así que las gentes le tienen por un santo.

—¿Un santo por eso? —preguntó Antonia—. ¡Válgame Dios! Entonces, ¿lo soy yo también?

—¡Santa Bárbara bendita! —exclamó Leonela—. ¡Qué pregunta! ¡Calla, criatura, calla! Esos temas no son apropiados para las jóvenes. Sería como pretender que no recuerdas que en el mundo existen los hombres, e imaginar que todos son del mismo sexo que tú. Prefiero que des a entender a las personas que sabes que un hombre no tiene pechos, ni caderas, ni…

Afortunadamente para la ignorancia de Antonia, que la conferencia de su tía habría tardado muy poco en disipar, un murmullo general en la iglesia anunció la llegada del predicador. Doña Leonela se levantó de su asiento para verle mejor, y Antonia siguió su ejemplo.

Era un hombre de noble ademán y presencia imponente. Era de estatura elevada, y tenía las facciones singularmente hermosas. Tenía la nariz aguileña; los ojos grandes, negros y centelleantes, y las cejas oscuras y casi juntas. Su tez era morena, aunque el estudio y la vigilia habían privado a sus mejillas enteramente de color. En su frente tersa y sin arrugas imperaba la serenidad; y el contento que denotaba cada rasgo parecía revelar a un hombre igualmente ajeno a las tribulaciones y a los crímenes. Saludó con humildad al auditorio: sin embargo, había cierta severidad en su mirada y continente que inspiraba un temor universal, y pocos se atrevieron a sostener la mirada inflamada y penetrante de sus ojos. Éste era Ambrosio, abad de los capuchinos, y apodado «el Hombre santo».

Antonia, mientras le miraba ansiosa, sintió en su pecho el estremecimiento de un placer hasta ahora desconocido para ella, y al que en vano se esforzó en encontrar explicación. Esperó con impaciencia a que empezase el sermón; y cuando finalmente habló el fraile, el sonido de su voz pareció penetrar hasta el fondo de su alma. Aunque ninguno de los oyentes sentía las violentas sensaciones de la joven Antonia, todos escucharon con interés y emoción. Aun aquellos que eran insensibles a los méritos de la religión se sintieron encantados con la elocuencia de Ambrosio. Todos se hallaban irresistiblemente atraídos mientras él hablaba, y en las naves atestadas reinaba el más profundo silencio. El propio Lorenzo sucumbió también al encanto: olvidó que Antonia estaba junto a él, y escuchó al predicador con toda la atención puesta en sus palabras.

Con lenguaje nervioso, claro y simple, el monje se extendió en las bellezas de la religión. Explicó algunos pasajes oscuros de los textos sagrados en un estilo que logró la convicción general. Su voz a la vez clara y profunda estaba cargada de todos los terrores de la tempestad, al arremeter contra los vicios de la humanidad y describir los castigos a ellos reservados en un estado futuro. Cada oyente reflexionaba sobre sus pasadas culpas, y temblaba: parecía desatar el trueno cuyo rayo estaba destinado a aplastarle y a abrir el abismo de eterna destrucción a sus pies. Pero cuando Ambrosio, al cambiar de tema, habló de la excelencia de una conciencia inmaculada, de la gloria futura que la eternidad ofrecía al alma exenta de reproche y de la recompensa que le aguardaba en las regiones de gloria eterna, los oyentes sintieron que les volvía el ánimo insensiblemente. Suplicaron confiados la clemencia de su juez y se acogieron a las palabras consoladoras del predicador; y mientras su voz llena se henchía de melodía, se sintieron todos transportados a aquellas regiones dichosas que él describía con colores tan brillantes y esplendorosos.

El discurso fue de considerable longitud; no obstante, al concluir, el auditorio lamentó que no hubiese durado más. Aunque el monje había dejado de hablar, aún reinó un silencio entusiasta en la iglesia; por último, el encanto se disipó gradualmente y comenzó a expresarse la general admiración en términos audibles. Al descender Ambrosio del púlpito, sus oyentes se agolparon a su alrededor, le colmaron de bendiciones, se arrojaron a sus pies y besaron el borde de su hábito. Avanzó lentamente con las manos devotamente cruzadas sobre su pecho, hasta la puerta que daba a la abadía, en la cual aguardaban sus monjes para acogerle. Subió los peldaños y luego, volviéndose hacia los que le seguían, les dirigió unas palabras de gratitud y exhortación. Mientras hablaba, su rosario, hecho de gruesas cuentas de ámbar, resbaló de su mano y cayó entre la multitud que le rodeaba. Los espectadores se apoderaron ansiosamente de él y se lo repartieron inmediatamente. Todo el que logró coger una cuenta se la guardó como si fuese una sagrada reliquia; de haber estado bendecido tres veces por el propio San Francisco, no se lo habrían disputado con mayor viveza. El abad, sonriendo ante esta avidez, les bendijo y abandonó la iglesia con la humildad reflejada en cada gesto. ¿Reinaba ésta también en su corazón?

Los ojos de Antonia le siguieron con ansiedad. Al cerrarse la puerta tras él, le pareció haber perdido a alguien esencial para su dicha. Una lágrima rodó en silencio por su mejilla.

«¡Está separado del mundo! —dijo para sus adentros—. ¡Puede que no vuelva a verle más!».

Al enjugarse la lágrima, Lorenzo observó su gesto.

—¿Os ha satisfecho nuestro orador? —preguntó—. ¿O creéis que Madrid sobrevalora su talento?

El corazón de Antonia estaba tan lleno de admiración por el monje que al punto aprovechó la ocasión para hablar de él: además, puesto que ya no consideraba a Lorenzo un completo extraño, se sintió menos confundida por su extrema timidez.

—¡Oh! Sobrepasa con mucho lo que yo me esperaba —contestó—; hasta este momento no tenía idea del poder de la elocuencia. Pero cuando se ha puesto a hablar, su voz me ha inspirado tal interés, tal estima, casi puedo decir que tal afecto por él, que yo misma me asombro de la hondura de mi sentimiento.

Lorenzo sonrió ante la vehemencia de sus palabras.

—Sois joven y acabáis de entrar en la vida —dijo—; vuestro corazón tierno para el mundo y, lleno de calor y sensibilidad, recibe sus primeras impresiones con anhelo. En vuestra sencillez, no sospecháis engaño alguno de nadie; y al contemplar el mundo a través de vuestra propia sinceridad e inocencia, consideráis que todos los que están a vuestro alrededor merecen vuestra confianza y estima. ¡Qué lástima que estas visiones alegres se tengan que ver tan pronto disipadas! ¡Qué lástima que tengáis que descubrir tan pronto la bajeza de la humanidad, y guardaros de vuestros semejantes como de vuestros enemigos!

—¡Ay, señor! —replicó Antonia—. ¡Las desgracias de mis padres me han traído ya demasiados ejemplos de la perfidia del mundo! Sin embargo, en el presente caso el calor de la simpatía no puede haberme engañado.

—En el presente caso, reconozco que no. La reputación de Ambrosio es totalmente irreprochable; y un hombre que ha pasado toda su vida entre los muros de un convento no puede haber tenido ocasión de caer en culpa alguna, aun cuando poseyera tal inclinación. Pero ahora que, obligado por los deberes de su condición, debe entrar en el mundo y caminar por la vía de la tentación, ahora es cuando le corresponde demostrar el esplendor de su virtud. La prueba es peligrosa; se le presenta precisamente en esa etapa de la vida en que las pasiones son más vehementes, indomables y despóticas; su reconocida fama le convertirá en una víctima ilustre para la seducción; la novedad le prestará un encanto más de los halagos del placer; y el mismo talento con que la naturaleza le ha dotado contribuirá a su ruina, facilitando los medios de conseguir su objeto. Muy pocos vuelven victoriosos de una contienda tan grave.

—¡Ah!, sin duda Ambrosio será uno de ellos.

—De eso no tengo ninguna duda: En todos los respectos, es una excepción en la humanidad, y en vano tratará la envidia de manchar su reputación.

—¡Señor, me tranquilizáis con esta seguridad! Eso me anima a confirmarme en mi opinión en su favor; ¡y no sabéis con cuánto valor habría tenido que reprimir este sentimiento! ¡Ah!, tía querida, convenced a mi madre para que le elija como nuestro confesor.

—¿Convencerla yo? —replicó Leonela—; te prometo que no haré semejante cosa. No me gusta el tal Ambrosio lo más mínimo; hay un aire de severidad en todo él que me hace temblar de pies a cabeza: si fuera mi confesor, no sería capaz de revelarle ni la mitad de mis pecadillos, y entonces, ¡bonita situación! En mi vida he visto un hombre de aspecto más austero, ni espero verlo. ¡Qué descripción del diablo! ¡Dios nos bendiga! Casi me vuelvo loca de miedo; y cuando hablaba de los pecadores, parecía que se los iba a comer…

—Tenéis razón, señora —contestó don Cristóbal—; la excesiva severidad se dice que es el único defecto de Ambrosio. Como él está exento de las debilidades humanas, no es bastante indulgente con los demás; y aunque estrictamente justo y desinteresado en sus decisiones, su gobierno de los monjes ha dado ya alguna prueba de su inflexibilidad. Pero la multitud casi se ha dispersado: ¿Permitís que os acompañemos a vuestra casa?

—¡Oh, Jesús! ¡Señor! —exclamó Leonela fingiendo ruborizarse—, ¡no lo permitiría por nada del mundo! Si yo regresase a casa acompañada de un caballero tan galante, mi hermana es tan escrupulosa que me echaría un sermón de una hora, y no pararía de oírla. Además, desearía no considerar vuestras proposiciones de momento.

—¿Mis proposiciones? Os aseguro, señora…

—¡Oh! Señor, creo que vuestras manifestaciones de impaciencia son muy sinceras; pero realmente necesito algún tiempo. No sería muy delicado por mi parte aceptar vuestra mano al primer día.

—¿Aceptar mi mano? Como espero vivir y respirar que…

—¡Oh, mi querido señor, si me amáis, no me presionéis más! Consideraré vuestra obediencia como prueba de vuestro afecto; mañana os enviaré noticias mías, de modo que adiós. Pero decidme, caballeros, ¿puedo preguntaros vuestros nombres?

—Mi amigo —replicó Lorenzo—, es el conde de Ossorio, y yo Lorenzo de Medina.

—Es suficiente. Bien, don Lorenzo, comunicaré a mi hermana vuestro gentil ofrecimiento, y os haré conocer la decisión con toda premura. ¿Adónde os la puedo enviar?

—Se me encontrará siempre en el palacio de Medina.

—Podéis confiar en que recibiréis noticias mías. Adiós, caballeros. Señor conde, permitidme suplicaros que moderéis el excesivo ardor de vuestra pasión; sin embargo, para probaros que no me desagradáis y evitar que os abandonéis a la desesperación, recibid esta muestra de mi afecto, y dedicad algún pensamiento a la ausente Leonela.

Diciendo esto, tendió su mano flaca y arrugada, que su supuesto admirador besó con tan poca gracia y aprensión tan evidente que Lorenzo tuvo que hacer esfuerzos para no echarse a reír. Leonela entonces se apresuró a abandonar la iglesia; la encantadora Antonia la siguió en silencio; pero cuando llegó al atrio, se volvió involuntariamente y dirigió una mirada hacia Lorenzo. Éste hizo una inclinación a modo de adiós; ella le devolvió el saludo y salió apresuradamente.

—¡Bueno, Lorenzo! —dijo don Cristóbal tan pronto como estuvieron solos—. ¡Bonita intriga me habéis procurado! Para favorecer vuestros planes con Antonia, le hago cortésmente unos cumplidos sin importancia a la tía, y al cabo de una hora ¡me encuentro al borde del matrimonio! ¿Cómo vais a recompensarme por haber sufrido de este modo por vos? ¿Qué puede retribuirme el haber besado la zarpa correosa de esa maldita bruja? ¡Diablos! Me ha dejado tal perfume en los labios que voy a oler a ajo durante todo este mes que viene. ¡Cuando vaya a pasear al Prado, me van a tomar por una tortilla ambulante o una enorme cebolla pasada!

—Reconozco, mi pobre conde —replicó Lorenzo—, que vuestro servicio se ha visto acompañado de peligro; pero estoy tan lejos de considerarlo superior a vuestras fuerzas, que probablemente os pediré que llevéis vuestros amores aún más adelante.

—De esta petición infiero que la pequeña Antonia ha causado alguna impresión en vos.

—No puedo expresaros lo hechizado que me tiene. Desde la muerte de mi padre, mi tío el duque de Medina me ha manifestado su deseo de verme casado; hasta ahora he soslayado sus insinuaciones, y no he querido darme por enterado. Pero lo que he visto esta tarde…

—¿Y bien? ¿Qué es lo que habéis visto esta tarde? ¡Vaya, don Lorenzo, no podéis estar tan loco como para pensar en convertir en vuestra esposa a la nieta del zapatero más honrado y trabajador de Córdoba!

—Olvidáis que es también nieta del difunto marqués de las Cisternas; pero sin entrar a discutir cunas ni títulos, os aseguro que jamás he visto mujer más interesante que Antonia.

—Es muy posible; pero no pretenderéis casaros con ella.

—¿Por qué no, mi querido conde? Poseo riqueza suficiente para los dos, y sabéis que mi tío tiene ideas muy liberales a ese respecto. Por lo que sé de Raimundo de las Cisternas, estoy seguro de que estará dispuesto a acoger a Antonia como sobrina. Su cuna, por tanto, no será obstáculo para que pida yo su mano. Me portaría como un miserable si pensase en otra cosa que no fuese el matrimonio; y en verdad, parece dotada de todas las cualidades que para mí debe tener una esposa. Joven, adorable, dulce, juiciosa…

—¿Juiciosa? ¡Pero si no ha dicho más que «sí» y «no»!

—No ha dicho mucho más, lo reconozco; pero siempre ha dicho «sí» y «no» en el momento adecuado.

—¿De veras? ¡Oh! ¡Os pido mil perdones! Eso es emplear un argumento de enamorado, y no seré yo quien discuta con tan profundo casuista. ¿Y si nos dirigiéramos al teatro?

—Yo no puedo. Llegué anoche a Madrid, y aún no he tenido ocasión de ver a mi hermana; como sabéis, su convento está en esta calle, y me dirigía allí cuando la multitud que vi agolparse en esta iglesia excitó mi curiosidad por saber qué ocurría. Ahora deseo proseguir hacia donde iba al principio, y probablemente pasaré la tarde con mi hermana en el locutorio.

—¿Vuestra hermana en un convento, decís? ¡Oh, claro!, lo había olvidado. ¿Y cómo está doña Inés? ¡Me sorprende, don Lorenzo, cómo se os pudo ocurrir encerrar a una joven tan encantadora entre los muros de un claustro!

—¿Que se me ocurrió, don Cristóbal? ¿Cómo podéis considerarme capaz de semejante barbaridad? Sabed que tomó los hábitos por propio deseo y que determinadas circunstancias la indujeron a retirarse del mundo. Empleé todos los medios a mi alcance para hacerla cambiar de decisión. Mi esfuerzo fue inútil. ¡Y perdí a mi hermana!

—En cambio, vos tuvisteis más suerte. Creo, Lorenzo, que ganasteis bastante con esa pérdida. Si no recuerdo mal, doña Inés tenía una dote de diez mil doblones, la mitad de los cuales habrán ido a parar a vos. ¡Por Santiago! Quisiera tener cincuenta hermanas de esa misma categoría. Me resignaría a perderlas todas sin demasiado pesar.

—¡Cómo, conde! —exclamó Lorenzo con voz irritada—. ¿Me suponéis tan bajo como para haber influido en el retiro de mi hermana? ¿Creéis que el despreciable deseo de convertirme en dueño de su fortuna ha podido…?

—¡Admirable! ¡Valor, don Lorenzo! Ya se ha puesto como una furia. ¡Quiera Dios que Antonia temple vuestro fogoso carácter, o acabaremos cortándonos el cuello antes de que termine el mes! Pero para evitar tan trágica catástrofe de momento, me voy y os dejo dueño del terreno. ¡Adiós, mi caballero del Etna! Moderad vuestro carácter inflamable, y recordad que cuantas veces sea necesario hacerle la corte a esa vieja arpía, podéis contar con mis servicios.

Y dicho esto salió precipitadamente de la catedral.

«¡Qué atolondrado! —dijo don Lorenzo para sí—. Con un corazón tan excelente, ¡qué lástima que tenga tan poco juicio!».

La noche avanzaba rápidamente. Sin embargo, aún no habían encendido las lámparas. Los débiles destellos de la luna ascendente apenas conseguían traspasar la gótica oscuridad de la iglesia. Don Lorenzo no se sintió capaz para abandonar el lugar. El vacío que la ausencia de Antonia había dejado en su corazón, y el sacrificio de su hermana, que don Cristóbal acababa de recordarle, hicieron nacer en su espíritu una melancolía muy acorde con la religiosa oscuridad que le envolvía. Aún estaba apoyado contra la séptima columna del púlpito. Una brisa suave y fresca recorrió las naves solitarias. La claridad de la luna, penetrando en la iglesia a través de las pintadas vidrieras, tenía las bóvedas labradas y los gruesos pilares con mil matices diversos de luz y color: un silencio universal reinaba a su alrededor, turbado sólo por el cerrar de alguna puerta en la abadía contigua.

La calma de la hora y la soledad del lugar contribuyeron a fomentar la disposición de Lorenzo a la melancolía. Se dejó caer en el asiento que había junto a él y se abandonó a las ilusiones de su fantasía. Pensó en su unión con Antonia, y en los obstáculos que podían oponerse a sus deseos; y mil visiones cambiantes flotaron ante su imaginación, tristes, es cierto, aunque no desagradables. Insensiblemente, el sueño se fue adueñando de él, y la tranquila solemnidad que embargaba su espíritu momentos antes, siguió influyendo en sus sueños durante un rato.

Soñó que aún se encontraba en la iglesia de los capuchinos; pero ya no estaba oscura y solitaria. Multitud de lámparas de plata derramaban su esplendor desde el abovedado techo. Acompañada por el cántico lejano del coro, la melodía del órgano inundó la iglesia. El altar parecía adornado como para una fiesta señalada: estaba rodeado de un espléndido grupo de personas; y en el centro se encontraba Antonia, vestida de blanco, ruborizada con todos los encantos de su virginal modestia.

Esperanzado y temeroso, Lorenzo contemplaba la escena que tenía ante sí. De súbito, se abrió la puerta que conducía a la abadía, y vio avanzar, escoltado por una larga fila de monjes, al predicador que acababa de escuchar con tanta admiración. Se acercó a Antonia.

—¿Dónde está el novio? —preguntó el imaginario fraile.

Antonia pareció mirar con ansiedad por la iglesia. Involuntariamente, el joven avanzó unos pasos. Ella le vio. Un rubor de alegría afloró a sus mejillas. Con un gracioso movimiento de mano, le hizo seña de que se acercase. No se hizo esperar: corrió hacia ella y se arrojó a sus pies.

Ella retrocedió un instante. Luego, mirándole con un gozo inefable, exclamó:

—¡Sí! ¡Sois mi esposo! ¡Mi esposo prometido!

Y se arrojó a sus brazos. Pero antes de que él tuviese tiempo de recibirla, un desconocido se interpuso entre los dos. Su figura era gigantesca. Su piel, atezada; sus ojos, terribles y fieros; su boca exhalaba llamaradas de fuego; y su frente tenía escrito en caracteres legibles: «¡Orgullo! ¡Lujuria! ¡Crueldad!».

Antonia profirió un grito. El monstruo la cogió en sus brazos, y saltando con ella sobre el altar, la torturó con sus odiosas caricias. Ella luchó en vano por escapar de su abrazo. Lorenzo corrió en su socorro, pero antes de llegar hasta ella, se oyó un trueno espantoso. Instantáneamente la catedral pareció desmoronarse. Los monjes echaron a correr, gritando de terror. Se apagaron las lámparas, se hundió el altar, y en su lugar se abrió un abismo que vomitaba bocanadas de humo y de fuego. El monstruo profirió un grito espantoso y terrible, y se precipitó en el abismo, tratando de arrastrar a Antonia con él. Forcejeó en vano. Animada de unos poderes sobrenaturales, ella se zafó de su abrazo; pero su blanco vestido quedó en su poder. Al punto, un ala de brillante esplendor se desplegó de cada brazo de Antonia. Se elevó, y mientras ascendía gritó a Lorenzo:

—¡Amigo mío! ¡Arriba nos reuniremos!

En el mismo instante, se abrió la bóveda de la catedral; unas voces armoniosas resonaron en lo alto, y el resplandor que acogió a Antonia estaba formado por una luz tan deslumbrante, que Lorenzo no fue capaz de sostener la mirada. Le falló la visión y se derrumbó en el suelo.

Cuando despertó, se encontró tendido en el pavimento de la iglesia: estaba iluminada, y los cánticos sonaban a lo lejos. Durante un rato, Lorenzo no consiguió convencerse de que lo que había presenciado era un sueño, tan fuerte impresión había dejado en su mente. Una breve reflexión le convenció de su engaño. Durante su sueño habían encendido las lámparas, y la música que oía se debía a los monjes, que celebraban vísperas en la capilla de la abadía.

Se levantó Lorenzo, y se dispuso a dirigir sus pasos hacia el convento de su hermana. Había llegado ya cerca del atrio, con la mente ocupada en este sueño singular, cuando le llamó la atención una sombra al deslizarse por el muro opuesto. Miró con curiosidad, y descubrió a un hombre embozado en su capa, el cual pareció comprobar cautelosamente si eran observados sus movimientos. Muy pocas personas estaban exentas de curiosidad. El desconocido parecía deseoso de ocultar su entrada en la catedral, y fue esta misma circunstancia la que hizo que Lorenzo desease averiguar qué hacía.

Nuestro héroe sabía que no tenía derecho a espiar los secretos de aquel desconocido caballero.

«Me iré», se dijo Lorenzo. Pero se quedó donde estaba.

La sombra que proyectaba la columna le ocultaba del desconocido, que siguió avanzando con cautela. Finalmente, sacó una carta de debajo de su capa y la colocó apresuradamente bajo una colosal estatua de San Francisco. Luego, retirándose a toda prisa, se ocultó en un rincón de la iglesia, a considerable distancia de dicha imagen.

«¡Vaya! —se dijo Lorenzo—; creo que se trata de un vulgar asunto amoroso. Será mejor que me vaya, puesto que nada tengo que ver».

Lo cierto es que hasta ese momento no se le había ocurrido ni de lejos que pudiese tener algo que ver con él. Pero creyó necesario darse una pequeña excusa por haberse permitido esta curiosidad. Ahora hizo un segundo intento de retirarse de la iglesia: esta vez llegó al atrio sin ningún impedimento. Pero estaba destinado a encontrarse con otra visita esa noche. Al bajar la escalinata que conducía a la calle, chocó con él un caballero con tal violencia que a punto estuvieron de caerse al suelo los dos. Lorenzo echó mano a su espada.

—¿Qué significa eso, señor? —exclamó—. ¿A qué viene esta insolencia?

—¡Ah, sois vos, Medina! —replicó el recién llegado, en quien Lorenzo reconoció a don Cristóbal por la voz—. ¡Sois el hombre más afortunado del universo, por no haber abandonado la iglesia hasta mi regreso! ¡Entrad, entrad! ¡Mi querido muchacho! ¡Estarán aquí inmediatamente!

—¿Quiénes estarán aquí?

—La vieja gallina y sus preciosos pollitos. ¡Vayamos dentro, luego sabréis toda la historia!

Lorenzo le siguió al interior de la catedral, y se ocultaron detrás de la estatua de San Francisco.

—Y ahora —dijo nuestro héroe—, ¿puedo tomarme la libertad de preguntar qué significa toda esta prisa y arrebato?

—¡Oh, Lorenzo! ¡Vamos a tener una gloriosa aparición! La priora de Santa Clara y todo su séquito de monjas van a venir aquí. Debéis saber que el piadoso padre Ambrosio (¡Dios le bendiga por ello!), no quiere salir bajo ningún concepto de su recinto; y dado que a todo convento de actualidad le es absolutamente necesario tenerle de confesor, las monjas se ven obligadas a visitarle en la abadía. Ya que la montaña no va a Mahoma, Mahoma irá a la montaña. Y la priora de Santa Clara, para evitar mejor miradas impuras como las de vuestros ojos y las de este humilde servidor, considera conveniente traer a confesar a su santa grey al anochecer; va a acceder a la capilla de la abadía por aquella puerta privada. La hermana portera, que es un alma bendita, y muy amiga mía, me acaba de asegurar que estarán aquí dentro de unos momentos. ¡Hay noticias para vos, bribón! ¡Vamos a ver a una de las caras más preciosas de Madrid!

—En verdad, Cristóbal, que no haremos tal cosa. Las monjas van siempre con velo.

—¡No, no! Lo sé mejor que vos. Al entrar en un lugar sagrado, se quitan siempre el velo por respeto al santo al que está dedicado. ¡Pero mirad! ¡Ya llegan! ¡Silencio, silencio! Observad y os convenceréis.

«¡Bien! —se dijo Lorenzo—; ¡tal vez averigüe a quién van dirigidas las promesas de ese misterioso desconocido!».

Apenas hubo dejado de hablar don Cristóbal, cuando apareció la priora de Santa Clara, seguida de una larga procesión de monjas. Cada una, al entrar, se levantaba el velo. La priora se cruzó las manos sobre el pecho e hizo una profunda reverencia al pasar frente a la imagen de San Francisco, el patrono de la catedral. Las monjas siguieron su ejemplo, y varias pasaron sin haber satisfecho la curiosidad de Lorenzo. Casi había empezado a desesperar de ver aclarado el misterio, cuando, tras rendir homenaje a San Francisco, una de las monjas dejó caer el rosario. Al inclinarse a recogerlo le dio la luz de lleno en la cara. Al mismo tiempo, recogió hábilmente la carta de debajo de la imagen, se la metió en el pecho y corrió a ocupar su puesto en la procesión.

—¡Ajá! —dijo Cristóbal en voz baja—; aquí hay alguna pequeña intriga, sin duda.

—¡Santo Dios, Inés! —exclamó Lorenzo.

—¡Cómo! ¿Vuestra hermana? ¡Diablos! Entonces supongo que alguien purgará nuestra curiosidad.

—Y la purgará sin demora —aseguró el enfurecido hermano.

La piadosa procesión había entrado en la abadía. La puerta se había cerrado ya, tras ella. El desconocido abandonó inmediatamente su escondite y se dispuso a salir de la iglesia. Antes de conseguirlo, descubrió a Medina cerrándole el paso. El desconocido retrocedió y se echó el sombrero sobre los ojos.

—No intentéis huir de mí —exclamó Lorenzo—; sabré quién sois y qué contenía esa carta.

—¿Qué carta? —replicó el desconocido—, ¿y con qué derecho me preguntáis eso?

—Con un derecho por el que ahora me siento avergonzado; pero no os corresponde a vos preguntarme a mí. O respondéis con detalle a mis preguntas, o tendréis que responderme con la espada.

—Ese último modo será el más breve —replicó el otro, sacando su arma—. ¡Vamos, señor bravucón! ¡Estoy preparado!

Furioso de rabia, Lorenzo se lanzó al ataque: habían cruzado ya los adversarios varias estocadas cuando Cristóbal, que en ese momento tenía más sensatez que ninguno de los otros dos, se interpuso entre sus armas.

—¡Deteneos! ¡Deteneos! ¡Medina! —exclamó—. ¡Recordad las consecuencias de un derramamiento de sangre en suelo sagrado!

El desconocido soltó inmediatamente la espada.

—¿Medina? —exclamó—. ¿Dios mío, es posible? Lorenzo, ¿habéis olvidado completamente a Raimundo de las Cisternas?

El asombro de Lorenzo aumentaba a cada instante. Raimundo avanzó hacia él, pero con una expresión de sorpresa retiró su mano, que el otro estaba dispuesto a estrechar.

—¿Vos aquí, marqués? ¿Qué significa todo esto? Vos envuelto en una correspondencia clandestina con mi hermana, cuyo afecto…

—Siempre ha sido mía, y aún lo es. Pero no es éste lugar apropiado para explicaciones. Acompañadme a mi palacio y os lo contaré todo. ¿Quién os acompaña?

—Alguien a quien creo que habéis visto antes —replicó don Cristóbal—, aunque no probablemente en una iglesia.

—¿El conde de Ossorio?

—El mismo, marqués.

—No tengo ninguna objeción en confiaros mi secreto, pues estoy seguro de que puedo fiar en vuestro silencio.

—Entonces la opinión que tenéis de mí es mejor que la mía propia, por lo que debo rogaros que os abstengáis de tal confianza. Seguid vuestro camino, que yo seguiré el mío. Marqués, ¿dónde puedo encontraros?

—Como siempre, en el palacio de las Cisternas; pero recordad que estoy de incógnito, y que si deseáis verme, debéis preguntar por Alfonso de Alvarada.

—¡Bien! ¡Bien! ¡Adiós, caballeros! —dijo don Cristóbal, y se marchó inmediatamente.

—¿Cómo, marqués? —dijo Lorenzo con voz de sorpresa—. ¿Vos Alfonso de Alvarada?

—El mismo, Lorenzo. Pero, a menos que vuestra hermana os haya contado mi historia, tengo que referiros cosas que os asombrarán. Así que seguidme a mi palacio sin más dilación.

En ese momento el portero de los capuchinos entró en la catedral para cerrar las puertas. Los dos nobles se retiraron al punto y se dirigieron apresuradamente al palacio de las Cisternas.

—¡Bueno, Antonia! —dijo la tía, tan pronto como salió de la iglesia—, ¿qué piensas de nuestros galanes? Don Lorenzo parece un joven realmente cortés: Tenía la atención puesta en ti, y nadie sabe qué puede resultar de ello. En cuanto a don Cristóbal, declaro que es el mismísimo Fénix de la cortesía. ¡Tan galante! ¡Tan educado! ¡Tan sensible y tan tierno! ¡Bueno! Si hay un hombre capaz de hacerme renunciar a mi voto de no casarme, ése es don Cristóbal. Ya ves, sobrina, que todo sale exactamente como yo te decía: que en el mismo momento en que me presentase en Madrid, me vería rodeada de admiradores. ¿Has visto, Antonia, el efecto que ha causado en el conde el haberme quitado el velo? Y cuando le he presentado mi mano, ¿has observado con qué pasión la ha besado? ¡Si alguna vez he visto un amor de verdad, ha sido en el semblante de don Cristóbal!

Antonia había observado el gesto de don Cristóbal al besarle la mano; pero como había sacado una conclusión muy distinta de la de su tía, creyó prudente guardar silencio, cosa que vale la pena decir aquí, ya que es el único caso conocido.

La vieja dama siguió su discurso por este mismo derrotero hasta que llegaron a la calle donde estaba su alojamiento. Allí, una multitud congregada ante la puerta les obstruía el paso; de modo que se situaron al otro lado de la calle y trataron de averiguar qué había atraído a tanta gente. Unos minutos después, la muchedumbre se abrió en círculo, y Antonia descubrió en el centro a una mujer de extraordinaria estatura, la cual giraba repetidamente, una y otra vez, haciendo toda clase de gestos extravagantes. Su vestido estaba formado de trozos de sedas multicolores y lino fantásticamente combinados, aunque no sin gusto. Llevaba la cabeza cubierta con una especie de turbante, adornado con pámpanos y flores silvestres. Parecía muy tostada por el sol, y de piel aceitunada; tenía unos ojos llameantes y extraños, y llevaba en la mano una vara larga y negra con la que de cuando en cuando trazaba extrañas figuras en el suelo, alrededor de las cuales danzaba con todas las excéntricas actitudes de la locura y el desvarío. De repente, dejó de danzar, giró tres veces sobre sí con rápido movimiento, y tras detenerse un instante, cantó la siguiente balada:

LA CANCIÓN DE LA GITANA

¡Venid, dadme la mano! Mi arte supera
Cuanto ha conocido mortal alguno.

¡Venid, doncellas, venid! Mis mágicos espejos
Os mostrarán a vuestro esposo futuro:
Pues se me ha concedido el poder
De leer en el libro del destino;
Leer los designios que el cielo decreta
Y sumergirme en el porvenir.
Guío el carro plateado de la luna,
Sujeto los vientos con mágicas ligazones,
Hago dormir al dragón rojo
Que vigila sobre el oro sepultado:
Protegida con hechizos, indemne me aventuro

Hasta el aquelarre extraño de las brujas;
Sin miedo entro en el círculo del hechicero
Y sin daño camino sobre serpientes dormidas.
¡Mirad! Aquí están los hechizos poderosos
Que aseguran la fidelidad del marido,
Y éste, compuesto a media noche,
Despertará el amor del joven más frío:
Si una joven se ha entregado demasiado,
Este filtro puede reparar lo que perdió,
Remoza el rubor de la mejilla
Y éste vuelve blanco el oscuro color.
Escuchad en silencio, mientras descubro
Qué veo en mi espejo de la fortuna;
Y cada una, al término del año,
Verá cumplidas las palabras de la gitana.

—Tía —dijo Antonia cuando la extranjera hubo terminado—, ¿acaso está loca?

—¿Loca? No, criatura; únicamente es malvada. Es una gitana, una especie de vagabunda, cuya sola ocupación consiste en recorrer el país diciendo mentiras y sacándole el dinero a quien se le acerca honradamente. ¡Aléjate de ese bicho! Si yo fuese el rey de España, mandaría a la hoguera a todas las que no hubiesen salido de mis dominios en un plazo de tres semanas.

Pronunció estas palabras tan alto, que llegaron a oídos de la gitana. Ésta se abrió paso inmediatamente a través de la multitud y se acercó a las damas. Las saludó tres veces a la manera oriental, y luego se dirigió a Antonia.

LA GITANA

¡Señora! ¡Gentil señora! Sabed Que puedo adivinaros el futuro. Dadme vuestra mano, y no temáis. ¡Señora! ¡Gentil señora! ¡Escuchad!

—¡Tía querida —rogó Antonia—, permitídmelo esta vez! ¡Dejad que me digan la buenaventura!

—¡Tonterías, criatura! No te dirá más que mentiras.

—¡No importa; dejadme al menos oír lo que tenga que decir! ¡Vamos, querida tía! ¡Complacedme, os lo ruego!

—¡Bueno, bueno! Antonia, ya que tanto empeño tienes… Vamos, buena mujer, nos leerás la mano a las dos. Toma este dinero; ahora, dime la buenaventura.

Diciendo esto, se quitó un guante y le presentó la mano; la gitana la miró un instante, y luego le dio esta respuesta:

LA GITANA

¿La buenaventura? Sois tan vieja,
Buena señora, que ya está dicha:
Sin embargo, a cambio del dinero,
Os compensaré con un consejo.
Asombrados de vuestra infantil vanidad,
Vuestros amigos os tachan de loca,
Y sienten veros emplear vuestras artes
En cazar el corazón de algún joven.
Creedme, señora, que todo ha pasado
Cuando habéis llegado a los cincuenta y uno;
Los hombres rara vez querrán saber
Del amor de dos ojos que bizquean.
Seguid entonces mi consejo: dejad
Los afeites y lunares, la lujuria y el orgullo,
Entregad a los pobres esas sumas
Que tan inútilmente malgastáis.
Pensad en el Señor, no en los galanes;
En vuestras faltas pasadas, no en el futuro;
Y en que la guadaña del tiempo segará
El rojo cabello que corona vuestra frente.

El auditorio estallaba en risas durante el discurso de la gitana; y de boca en boca corrían «los cincuenta y uno», «ojos bizcos», «cabello rojo», «afeites y lunares», etcétera. Leonela se sentía casi sofocada de rabia, y cubrió a la maliciosa consejera con los más crueles reproches. La curtida profetisa la escuchó con sonrisa desdeñosa: finalmente, tras una breve respuesta, se volvió hacia Antonia:

LA GITANA

¡Id en paz, señora! Lo que os digo es cierto;
Y ahora, vos, mi joven y amable señora;
Dadme vuestra mano, dejadme ver
Vuestro futuro, y los designios del cielo.

Al igual que Leonela, Antonia se quitó el guante y presentó su blanca mano a la gitana, quien tras estudiarla un momento, con una expresión a la vez de compasión y de asombro, pronunció su oráculo con las siguientes palabras:

LA GITANA

¡Jesús! ¡Qué palma tenéis!
Casta y amable, joven y pura,
De espíritu y cuerpo perfectos,
Seríais la bendición de un hombre bueno.
Pero, ¡ay!, esta raya revela
Que la muerte se cierne sobre vos;
Un hombre sensual y un demonio taimado
Se unirán para labrar vuestro mal;
Y de la tierra, arrebatada por el dolor,
No tardará vuestra alma en ir al cielo.
Pero para diferir los sufrimientos,
Recordad lo que os digo.
Cuando veáis a alguien muy virtuoso
Y éste resulte ser hombre
Cuya alma no acosa ningún crimen
Ni se apiada de las flaquezas del otro,
Recordad lo que os dice la gitana:
Por bueno y amable que parezca,
¡Las obras buenas ocultan a menudo
Corazones repletos de lujuria y orgullo!
¡Hermosa doncella, con lágrimas os dejo!
No os apene mi predicción,
Sino someteos resignada,
Aguardad serena la desdicha inminente,
Y esperad la dicha eterna
En otro mundo mejor.

Dicho esto, la gitana giró sobre sí tres veces, y luego echó a correr por la calle con gesto frenético. La multitud la siguió; y despejada ya la puerta de Elvira, entró Leonela en la casa, irritada con la gitana, con su sobrina y con la gente; en suma, con todos menos consigo misma y con el caballero encantador. Las predicciones de la gitana habían afectado considerablemente a Antonia, también; pero no tardó en disiparse esta impresión, y unas horas después había olvidado la aventura tan completamente como si nunca hubiera tenido lugar.

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