El Librero Semanal

El piloto ciego

El piloto ciego - Giovanni Papini

Resumen del libro: El piloto ciego:

Jorge Luis Borges aseguraba que de Giovanni Papini, uno de sus escritores predilectos, pervivirían algunos aforismos, algunas páginas, algunos cuentos… Y entre ellos figuran sin duda varios de los que componen ‘El piloto ciego’, una de las grandes obras de la literatura fantástica de principios del siglo XX que, inexplicablemente, desde hace décadas no ha sido reeditada en español. Maestro de Dino Buzzati y discípulo de Edgar Allan Poe, «si los cuentos papinianos no reflejan el terror o la morbosidad de la temática de Poe, es evidente que en ellos se desborda la extrañeza y la reflexión metafísica, tratadas con mayor o menor grado de ironía y sarcasmo junto a una magnífica práctica del suspense, que acaba provocando en el lector un efecto abrumador de sorpresa, desconcierto y turbación».

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Fragmento:

Dos imágenes en un estanque

¿Sólo para volver a ver mi rostro en un estanque muerto, lleno de hojas muertas, en un jardín estéril, me detuve, después de tanto tiempo, en la pequeña capital? Cuando llegué allí no pensaba tener otra razón que ésta.

Volviendo del mar y de las grandes ciudades de la costa, sentía el deseo de las tierras escondidas, de las calles estrechas, de los muros silenciosos y un poco ennegrecidos por las lluvias. Sabía que encontraría todo eso en la pequeña capital, donde, durante cinco años, había estudiado las ciencias más germánicas y más fantásticas.

Recordaba con frecuencia la querida ciudad, tan sola en medio de la llanura, como una desterrada (he pensado siempre que también hay ciudades exiliadas de su verdadera patria), sin río, sin torres ni campanarios, casi sin árboles, pero toda tranquila y resignada en torno al gran palacio rococó, en que charla y duerme la corte. Por las calles, cada cien pasos, hay un pozo, y cerca del pozo, una fuente, y encima de cada fuente, un guerrero de barro cocido, pintado de azul y de rojo descolorido.

Recordaba también la casa donde viví durante los años de mi noviciado científico. Mis ventanas no daban sobre la plaza, sino sobre un gran jardín encerrado entre casas, donde había, en un ángulo, un estanque ceñido por rocas artificiales. Nadie se preocupaba del jardín: el viejo señor estaba muerto y la hija, aburrida y devota, consideraba los árboles como otros tantos descreídos, y las flores, como tentadoras vanidosas.

También el estanque estaba muerto por su culpa. Ya no salía de su seno ningún surtidor. El agua parecía tan inmóvil y cansada como si fuera la misma desde quién sabe cuántos años. Por otra parte, las hojas de los árboles la cubrían casi enteramente, y también las hojas parecían caídas allí dentro en los otoños de siglos pasados.

Este jardín fue el lugar de mis alegrías mientras viví en la pequeña capital. Tenía libertad de poder entrar en él a cualquier hora; apenas terminada la escuela, me sentaba con algún libro cerca del estanque y, cuando estaba cansado de leer o faltaba la luz, intentaba ver mis ojos reflejados en el agua, o contaba las viejas hojas y seguía con estática ansia sus lentos viajes bajo la respiración desigual del viento. Algunas veces, las hojas se abrían o se reunían todas hacia el fondo, y entonces veía dentro del agua mi rostro, y lo miraba tan largamente que me parecía que ya no existía por cuenta mía, con mi cuerpo, sino que era solamente una imagen fijada en el estanque para la eternidad.