El príncipe y el mendigo

El príncipe y el mendigo - Mark Twain

Resumen del libro: "El príncipe y el mendigo" de

Un príncipe y un mendigo, dobles idénticos, se conocen y súbitamente se ven situados cada uno en el papel del otro; a ninguno de ellos se les cree cuando tratan de enmendar la confusión; ambos son llevados por caminos inesperados hasta que cada uno aprende una valiosa lección.

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I – Nacimiento del príncipe y del mendigo

En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un niño a una familia pobre, de apellido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tudor, que sí lo deseaba. Toda Inglaterra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tanto a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de alegría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mundo se tomó un día de fiesta; encumbrados y humildes, ricos y pobres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches. De día Londres era un espectáculo digno de verse, con sus alegres banderas ondeando en cada balcón y en cada tejado y con vistosos desfiles por las calles. De noche era de nuevo otro espectáculo, con sus grandes fogatas en todas las esquinas y sus grupos de parrandistas alegres alborotando en torno de ellas. En toda Inglaterra no se hablaba sino del nuevo niño, Eduardo Tudor, Príncipe de Gales, que dormía arropado en sedas y rasos, ignorante, de todo este bullicio, sin saber que lo servían y lo cuidaban grandes lores y excelsas damas, y, sin importarle, además. Pero no se hablaba del otro niño, Tom Canty, envuelto en andrajos, excepto entre la familia de mendigos a quienes justo había venido a importunar con su presencia.

El príncipe y el mendigo – Mark Twain

Hablar de Mark Twain es hablar de la conciencia irónica de Estados Unidos. Bajo ese seudónimo —que en el argot fluvial del Misisipi significa “marca dos”, la profundidad segura para navegar— vivió y escribió Samuel Langhorne Clemens (1835-1910), narrador, humorista, conferenciante y cronista de un país que crecía entre la épica y la contradicción. Twain no solo retrató América: la desenmascaró con una sonrisa ladeada.

Nacido en Florida, Misuri, y criado en Hannibal, a orillas del río Misisipi, convirtió su infancia en materia literaria. Aquel paisaje de barcos de vapor, esclavitud y supersticiones populares se transformó después en el territorio mítico de Las aventuras de Tom Sawyer y Las aventuras de Huckleberry Finn. En esas páginas late la memoria de un país dividido, la amistad, la libertad y una crítica social que sigue siendo incómoda. No es casual que William Faulkner lo llamara “el padre de la literatura estadounidense”.

Antes de consagrarse como escritor, Twain fue aprendiz de impresor, periodista itinerante y piloto de barco en el Misisipi. Aquella experiencia fluvial —riesgo, técnica, intuición— moldeó su estilo: preciso, atento al detalle, pero siempre dispuesto a la digresión humorística. Cuando en 1865 publicó el relato La célebre rana saltarina del condado de Calaveras, el país descubrió una voz nueva, irreverente y profundamente americana. Twain había encontrado su vocación: el humor como bisturí moral.

Su obra combina sátira, crítica social y aventura. Títulos como El príncipe y el mendigo o Un yanqui en la corte del Rey Arturo revelan su fascinación por el juego de identidades y el contraste entre épocas. En ellos, la ficción histórica y la ucronía se convierten en herramientas para cuestionar el poder, la desigualdad y la hipocresía política. Twain entendía que la risa no es evasión, sino una forma superior de lucidez.

Fue también un viajero incansable. En libros como Los inocentes en el extranjero y Vida en el Misisipi transformó la crónica de viajes en literatura moderna: observación aguda, ironía cultural y mirada crítica sobre el imperialismo y la identidad estadounidense. Con el tiempo, su pensamiento se volvió más radical; denunció la expansión colonial y defendió posturas antiimperialistas, confirmando que su compromiso cívico iba más allá de la página impresa.

El éxito literario no le libró del desastre financiero. Invirtió fortunas en inventos fallidos y acabó en bancarrota. Sin embargo, lejos de huir, emprendió giras de conferencias por todo el mundo para saldar sus deudas. Esa mezcla de orgullo, responsabilidad y teatralidad consolidó su figura pública: Twain era tan brillante en el escenario como en el papel.

Su vida estuvo marcada por tragedias personales —la muerte de varios hijos y de su esposa— que oscurecieron su tono en los últimos años. El humor se volvió más ácido, más metafísico, más desencantado. Aun así, conservó hasta el final una dimensión casi legendaria: nació con el paso del cometa Halley y murió en su siguiente regreso, como si su biografía necesitara también un toque de fábula cósmica.

Mark Twain encarna la literatura estadounidense en estado puro: lenguaje coloquial, crítica social, realismo, sátira, aventura y reflexión moral. Su legado atraviesa los siglos XIX, XX y XXI, y sus novelas siguen dialogando con debates contemporáneos sobre racismo, libertad, identidad y poder. Leer a Twain es escuchar la risa de América… una risa que, cuando se apaga, deja pensando.

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