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El último magnate

El último magnate, una novela de Francis Scott Fitzgerald

Monroe Stahr es el productor más influyente y poderoso de Hollywood. Su mujer, Minna Davis, una actriz de un talento y belleza excepcionales, de la cual él estaba profundamente enamorado, ha muerto. Stahr vive ahora solo para el cine. Una noche, a causa de un terremoto, los estudios se inundan y él ve de lejos el salvamento de dos mujeres que estaban visitando los platos. Una de las dos se parece extraordinariamente a Minna. Identificada la misteriosa joven, Kathleen, Stahr iniciará una intensa y desesperanzada relación amorosa con ella. La habilidad de sus movimientos de seducción no serán menores que el empeño que pone en lograr la perfección en las escenas de sus películas. Fitzgerald quedó fascinado por el mundo del cine y ambicionó escribir la gran novela de Hollywood. Murió el 21 de diciembre de 1941 de una crisis cardiaca, dejándola inacabada.

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PRÓLOGO

Scott Fitzgerald murió repentinamente de un paro cardíaco el 21 de diciembre de 1940, un día después de haber escrito el primer episodio del capítulo 6 de esta novela. El texto que presentamos a continuación es un borrador elaborado por el autor tras numerosas revisiones, pero en ningún caso se trata de una versión acabada. En los márgenes de cada uno de los episodios, Fitzgerald había escrito comentarios —algunos de los cuales forman parte de las anotaciones— que expresaban su insatisfacción respecto a éstos o indicaban ideas para revisarlos. Su intención era escribir una novela tan concentrada y tan cuidadosamente hilvanada como El gran Gatsby y, sin duda, habría agudizado el efecto de gran parre de las escenas que nos legó, mediante recortes y subidas de color. Inicialmente, había planeado una novela de alrededor de 60000 palabras, pero para el día de su muerte ya había escrito cerca de 70000 palabras, habiendo desarrollado apenas la mitad de la historia, como se pudo observar en su esquema. Había calculado, cuando empezó, reservar un margen de 10000 palabras para recortes; pero todo parece apuntar a que la novela habría excedido las 60000 palabras que se había propuesto. El tema era mucho más complejo que el de El gran Gatsby, se requiere más espacio para presentar el retrato de los estudios de Hollywood que para recrear el ambiente de la vida de embriaguez de Long Island. Los personajes necesitaban un margen de maniobra más amplio para su desarrollo.

Este borrador de El último magnate representa ese momento en el trabajo del artista en el que éste ya ha recogido y organizado su material y ha conseguido zambullirse en el tema, pero sin dotarlo de un enfoque definitivo. Es admirable que, bajo tales circunstancias, la historia tenga tanta fuerza y el personaje de Stahr surja con tal intensidad y realismo. Este productor de Hollywood, en su miseria y esplendor, es sin duda una de las figuras centrales de la obra de Fitzgerald mejor resueltas y al que mejor había logrado comprender. Sus anotaciones muestran cómo había convivido con el personaje durante un periodo de tres o más años, ultimando las idiosincrasias de Stahr y trazando la red de relaciones con los diferentes departamentos de sus negocios. Armory Blaine y Antony Patch fueron proyecciones románticas del autor; Gatsby y Dick Diver fueron concebidos de un modo más o menos objetivo, pero no fueron explorados en profundidad. Monroe Stahr está creado totalmente desde dentro, al mismo tiempo que es criticado por una inteligencia que ha llegado a sentirse segura de sí misma y sabe cómo otorgarle el lugar que le corresponde en un plano más amplio de las cosas.

El último magnate es, por tanto, incluso en su estado de imperfección, la obra más madura de Fitzgerald. Se distingue de sus novelas anteriores por el hecho de tratar por primera vez con seriedad una profesión u oficio. Sus otros libros trataban de debutantes y universitarios, de la vida vertiginosa de desenfrenados derrochadores de los años veinte. Las principales actividades de la gente en estas historias, su leitmotiv, son las grandes fiestas en las que eclosionan como fuegos de artificio y de las que salen probablemente destrozados. Sin embargo, las fiestas en El último magnate son fortuitas y carecen de importancia. Monroe Stahr, a diferencia de cualquiera de los héroes de Scott Fitzgerald, se dedica en cuerpo y alma a una industria de la cual ha sido uno de sus creadores y cuyo destino se verá alterado por su tragedia. La industria cinematográfica americana se analiza desde muy cerca, se estudia con esmero y se dramatiza con sagacidad conjugándose con otros elementos narrativos de un modo inaudito en ninguna de las otras novelas sobre este tema. El último magnate es, con mucho, la mejor novela que se ha escrito sobre Hollywood y la única que nos transporta a su interior.

Ha sido posible complementar esta versión inacabada con un esquema del resto de la novela tal y como Fitzgerald pretendía desarrollarla, y con fragmentos de las anotaciones del autor que describen a menudo vívidamente, a los personajes y escenas.

Merece la pena leer El gran Gatsby en relación con El último magnate porque el primero muestra todo aquello que Fitzgerald pretende conseguir en este último. Si la concepción del tema en Suave es la noche había cambiado en el proceso de escritura por lo que las partes de tan fascinante novela no siempre eran consistentes, había recuperado aquí Fitzgerald la unidad de tal propósito, el convencimiento de la artesanía, que aparecía en la historia anterior. Al repasar el sinfín de borradores y notas que el autor había realizado para esta novela, uno constata y se reafirma en su impresión de que se conocerá a Fitzgerald por destacar como una de las figuras de primera clase en la literatura americana de su tiempo. Las últimas páginas de El gran Gatsby se encuentran ciertamente, tanto desde un punto de vista dramático como desde un punto de vista de la prosa, entre lo mejor de la narrativa de nuestra generación. T. S. Eliot dijo acerca del libro que Fitzgerald había dado el primer paso importante en la novela americana desde Henry James. Indudablemente, El último magnate, a pesar de su carácter inconcluso, se halla entre los libros que imponen un canon.

EDMUND WILSON (1941).

Francis Scott Key Fitzgerald (Saint Paul, 24 de septiembre de 1896 - Hollywood, California, 21 de diciembre de 1940) fue un novelista estadounidense de la «época del jazz».

Su obra es el reflejo, desde una elevada óptica literaria, de los problemas de la juventud de su país en los años que siguieron a la Primera Guerra Mundial. En sus novelas expresa el desencanto de los privilegiados jóvenes de su generación que arrastraban su lasitud entre el jazz y la ginebra (A este lado del paraíso, 1920), en Europa en la Costa Azul (Suave es la noche, 1934), o en el fascinante decorado de las ciudades estadounidenses (El gran Gatsby, 1925).

Su extraordinaria Suave es la noche narra el ascenso y caída de Dick Diver, un joven psicoanalista, condicionado por Nicole, su mujer y su paciente. El eco doloroso de la hospitalización de su propia mujer, Zelda, diagnosticada esquizofrénica en 1932, es manifiesto. Este libro define el tono más denso y sombrío de su obra, perceptible en muchos escritos autobiográficos finales.

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