Elogio de la sombra

Elogio de la sombra, un ensayo de Junichiro Tanizaki

Resumen del libro: "Elogio de la sombra" de

En Occidente, el más poderoso aliado de la belleza fue siempre la luz; en la estética tradicional japonesa lo esencial está en captar el enigma de la sombra. Lo bello no es una sustancia en sí sino un juego de claroscuros producido por la yuxtaposición de las diferentes sustancias que va formando el juego sutil de las modulaciones de la sombra. Lo mismo que una piedra fosforescente en la oscuridad pierde toda su fascinante sensación de joya preciosa si fuera expuesta a plena luz, la belleza pierde toda su existencia si se suprimen los efectos de la sombra. En este ensayo clásico, escrito en 1933, Junichirô Tanizaki va desarrollando con gran refinamiento esta idea medular del pensamiento oriental, clave para entender el color de las lacas, de la tinta o de los trajes del teatro ‘nô’; para aprender a apreciar el aspecto antiguo del papel o los reflejos velados en la pátina de los objetos; para prevenirnos contra todo lo que brilla; o para captar la belleza en la llama vacilante de una lámpara y descubrir el alma de la arquitectura a través de los grados de opacidad de los materiales y el silencio y la penumbra del espacio vacío.

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Un amante de la arquitectura que quiera construirse en la actualidad una casa en el más puro estilo japonés tendrá que prepararse a sufrir numerosos sinsabores con la instalación de la electricidad, el gas y el agua, y, aunque no haya pasado personalmente por la experiencia de construir, bastará con que entre en la sala de una casa de citas, de un restaurante o de un albergue para apreciar el esfuerzo empleado en integrar armoniosamente tales dispositivos en una estancia de estilo japonés. A menos que se sea uno de esos aficionados al té que tratan con presuntuoso desdén los adelantos de la civilización científica y que establecen su «choza» en lo más profundo de cualquier apartado rincón campestre, si se está al frente de una familia de cierta importancia y se vive en la ciudad, no veo por qué volver la espalda, so pretexto de que se quiere una casa lo más japonesa posible, a los calefactores, luces, instalaciones sanitarias, elementos todos ellos inseparables de la vida moderna. Por supuesto, un hombre medianamente meticuloso se devanará los sesos por la menor cosa, el teléfono por ejemplo, al que relegará bajo la escalera o en un rincón del pasillo, donde llame menos la atención. Enterrará los cables eléctricos en el jardín, camuflará los interruptores en los armarios, bajo los anaqueles, extenderá las líneas interiores al amparo de los biombos, de tal manera que a veces, al cabo de tanta inventiva, sientes cierta irritación ante ese derroche de artificio. Una lámpara eléctrica es ya algo familiar a nuestros ojos, entonces ¿para qué esas medias tintas, en lugar de dejar la bombilla al aire con una sencilla pantalla de cristal delgado y blanquecino que dé una impresión de naturalidad y simplicidad? A veces por la noche, al contemplar el campo desde la ventanilla de un tren, he podido percibir, a la sombra de los shōji1 de una granja, una bombilla que brillaba, solitaria, bajo una de esas delgadas pantallas pasadas de moda y lo he encontrado de un gusto exquisito.

Sin embargo, el ventilador es otra cosa, porque ni su ruido ni su forma se adaptan fácilmente al estilo de una vivienda japonesa. Si no te gusta, en una casa corriente puedes prescindir de él, pero en un establecimiento que tiene que recibir clientes en verano no pueden prevalecer en exclusiva los gustos del propietario. A mi amigo, el dueño del Kairakuen, que sabe mucho de arquitectura, le horrorizaban los ventiladores y durante mucho tiempo se negó a instalarlos en las habitaciones; sin embargo todos los años, cuando llegaba el verano, tenía que soportar las quejas de los clientes y terminó cediendo.

Yo, que personalmente derroché el año pasado una fortuna muy poco compatible con mi situación en la construcción de una casa, he tenido una experiencia similar; como me empeñé en ocuparme de todos los detalles, desde los tabiques móviles hasta el más mínimo accesorio, tropecé con muchas dificultades. Los shōji, por ejemplo: apelando al buen gusto, no quise ponerles cristales y decidí utilizar solo papel; pero entonces tuve problemas con la iluminación y además cerraban mal. Desesperado, se me ocurrió ponerles por dentro papel y por fuera cristal. Para ello tuve que poner marcos dobles a ambos lados y el gasto aumentó proporcionalmente; cuando por fin estuvieron colocados descubrí que, vistos desde fuera, no eran más que vulgares puertas de cristal y que vistos desde dentro, por culpa del cristal que había tras el papel, ya no tenían el ahuecado y la suavidad de los auténticos shōji; en una palabra, el efecto era bastante desagradable. Te dices entonces que hubiera sido mejor haber puesto unas sencillas puertas de cristal y acabas mordiéndote los puños; de otro nos reiríamos pero tratándose de uno mismo no es fácil admitir el propio error hasta que no se ha intentado todo.

En las tiendas, últimamente, se encuentran lámparas eléctricas con forma de linternas portátiles, colgantes, cilíndricas, o incluso con forma de candelabros, más en consonancia con una vivienda japonesa; sin embargo a mí no me gustan nada y, por mi parte, busqué en los anticuarios lámparas de petróleo, lamparillas de noche y linternas de otras épocas y les puse bombillas eléctricas.

Elogio de la sombra – Junichiro Tanizaki

Junichirō Tanizaki nació en 1886, en un Tokio aún atravesado por el perfume de las viejas casas de madera y la solemnidad heredada de los clanes. Creció en el seno de una familia acomodada que pronto comenzó a desmoronarse, como si la vida quisiera enseñarle desde niño la fragilidad del orden y la belleza. Aquel declive, marcado por la muerte del abuelo y la paulatina pérdida de privilegios, moldeó su sensibilidad y dio a su literatura ese tono de nostalgia, deseo y cruel lucidez que lo haría inconfundible.

En un hogar lleno de hermanos y en medio de mudanzas obligadas, Tanizaki aprendió a observar el mundo con fascinación y desconcierto. Las humillaciones tempranas —como la experiencia de ser relegado por enamorarse de una criada— sembraron en él una semilla oscura que luego florecería en personajes vulnerables, entregados a pasiones que los desbordan. Su adolescencia transcurrió entre la tradición popular japonesa y el gusto por las fiestas y rituales antiguos, un territorio donde la belleza convivía con la sombra.

Guiado por su maestro Inaba Seikichi, se empapó de literatura china y japonesa antes de adentrarse en la Universidad de Tokio para estudiar letras. Pronto descubrió que el periodismo no podía contener su imaginación. En 1910 publicó su primera pieza teatral, Nacimiento, y un ensayo crítico sobre Natsume Sōseki, lo que abrió el camino a una obra marcada por la experimentación y el cruce de influencias. Tanizaki, seducido primero por la literatura occidental, terminó regresando a la esencia de su país, explorando las tensiones entre lo moderno y lo ancestral, entre la luz eléctrica y el misterio de las sombras.

Su producción literaria abarcó relatos, novelas, teatro y ensayos, siempre guiados por una mirada que desafiaba las convenciones. Obras como Tatuaje, Naomi, Arenas movedizas, Hay quien prefiere las ortigas o Las hermanas Makioka lo consagraron como una figura central de la narrativa japonesa del siglo XX. Más tarde, títulos como La llave o Diario de un viejo loco escandalizaron por su audacia erótica, pero también revelaron su maestría para bucear en lo íntimo, lo perverso y lo vulnerable del alma humana.

Estilísticamente, Tanizaki rechazó el naturalismo y buscó capturar atmósferas, deseos y estados de ánimo más que detalles concretos. Su prosa es un puente entre Oriente y Occidente, entre la modernidad y la tradición, entre la delicadeza y la obsesión. Es, en definitiva, un escritor que convirtió el deseo, el poder, la sumisión, el fetichismo, la identidad y la belleza en instrumentos de exploración literaria.

A lo largo de su vida recibió reconocimientos fundamentales, como la Orden de la Cultura en 1949 y su ingreso en 1964 como miembro honorario de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, el primero para un autor japonés. Murió en 1965, dejando tras de sí una obra inmensa, vibrante y perturbadora. Su legado sigue brillando como una lámpara tenue en una habitación antigua: cálida, inquietante y profundamente humana.