Encrucijadas

Resumen del libro: "Encrucijadas" de Jonathan Franzen
En vísperas de las Navidades del año 1971, en Chicago se anuncia una gran nevada. Russ Hildebrandt, pastor en una iglesia progresista de un barrio residencial, está a punto de liberarse de un matrimonio que considera desdichado, salvo que su esposa, Marion, que también tiene sus secretos, se le anticipe. Clem, el primogénito, viene de la universidad infundido de un moralismo extremo que lo ha hecho tomar una decisión que causará estragos. Su hermana Becky, hasta entonces la reina de su clase en el instituto, ha virado bruscamente hacia la contracultura. El tercer hijo, el brillante Perry, que se ha dedicado a vender droga a sus compañeros de curso, se ha propuesto volverse mejor persona. Mientras que el más pequeño, Jay, intenta abrirse camino entre la incertidumbre y el asombro. Así, todos los Hildebrandt persiguen una libertad que los demás miembros de la familia, cada uno por su cuenta, amenazan con coartar.
ADVIENTO
El cielo de New Prospect, atravesado por robles y olmos desnudos, estaba lleno de promesas húmedas —un par de sistemas frontales sombríamente confabulados para traer una Navidad blanca— mientras Russ Hildebrandt hacía la ronda matinal en su Plymouth Fury familiar por los hogares de los feligreses seniles o postrados en cama. La señora Frances Cottrell, miembro de la congregación, se había ofrecido a ayudarlo esa tarde a llevar juguetes y conservas a la Comunidad de Dios, y aunque Russ sabía que sólo como pastor tenía derecho a alegrarse por el acto de libre albedrío de la mujer, no podría haber pedido un mejor regalo de Navidad que cuatro horas a solas con ella.
Después de la humillación que Russ había sufrido tres años antes, el párroco de la iglesia, Dwight Haefle, había aumentado su cuota de visitas pastorales. Qué hacía exactamente Dwight con el tiempo que le ahorraba su auxiliar, aparte de tomarse vacaciones más a menudo y trabajar en su largamente esperada colección de poesía lírica, Russ no lo tenía claro. Aun así, apreciaba el coqueto recibimiento de la señora O’Dwyer, a quien una amputación tras un edema severo había confinado en una cama de hospital instalada donde había sido el comedor de su casa, y en general la rutina de servir a los demás, en particular a quienes, a diferencia de él, no recordaban nada de lo sucedido tres años antes. En el asilo de Hinsdale, donde el olor a pino de las coronas navideñas mezclado con el de las heces geriátricas le recordaba a las letrinas del altiplano de Arizona, Russ le mostró al viejo Jim Devereaux el nuevo anuario parroquial, que últimamente usaban como pretexto para iniciar la conversación, y le preguntó si se acordaba de la familia Pattison. Para un pastor envalentonado por el espíritu de Adviento, Jim era el confidente ideal: un pozo de los deseos donde nunca resonaría el eco de una moneda al llegar al fondo.
—Pattison —musitó Jim.
—Tenían una hija, Frances. —Russ se acercó a la silla de ruedas del feligrés y buscó las páginas de la ce—. Ahora lleva el apellido de casada… Frances Cottrell.
Nunca hablaba de ella en casa, ni siquiera cuando habría sido lógico mencionarla, por temor a lo que su esposa pudiera adivinar en su voz. Jim se inclinó para ver mejor la fotografía de Frances y sus dos hijos.
—Ah… ¿Frannie? Sí que recuerdo a Frannie Pattison. ¿Qué fue de ella?
—Ha vuelto a New Prospect. Perdió a su marido hace un año y medio: una tragedia. Era piloto de pruebas en General Dynamics.
—¿Y dónde está ahora?
—Ha vuelto a New Prospect.
—¡Vaya, vaya! Frannie Pattison. ¿Y dónde está ahora?
—Ha vuelto a casa. Ahora se llama Frances Cottrell. —Russ la señaló en la foto y repitió—: Frances Cottrell.
Iban a verse en el aparcamiento de la Primera Reformada a las dos y media. Como un niño incapaz de esperar hasta Navidad, Russ llegó allí a la una menos cuarto, sacó la fiambrera y comió dentro del coche. En los días malos, que habían sido muchos en los tres años anteriores, recurría a un intrincado rodeo —entraba por la sala de actos de la iglesia, subía una escalera y recorría un pasillo flanqueado por pilas de cantorales proscritos, cruzaba un almacén donde se guardaban atriles desvencijados y un belén expuesto por última vez once Navidades atrás, un batiburrillo de ovejas de madera y un buey manso encanecido por el polvo con el que sentía una desolada fraternidad; a continuación, tras bajar una escalera angosta donde sólo Dios podía verlo y juzgarlo, accedía al templo por la puerta «secreta» que había en el panel trasero del altar para salir al fin por la entrada lateral del presbiterio— con tal de no pasar por el despacho de Rick Ambrose, el director del programa juvenil. Los adolescentes que se agolpaban delante de su puerta eran demasiado jóvenes para haber asistido en persona a su humillación, pero seguro que conocían la historia y él no podía mirar a Ambrose sin delatar su fracaso a la hora de perdonarlo siguiendo como debía el ejemplo del Redentor.
Aquél era un día muy bueno, sin embargo, y los pasillos de la iglesia estaban aún desiertos. Fue directamente a su despacho, puso papel en la máquina de escribir y empezó a rumiar el sermón para el domingo siguiente a Navidad, cuando Dwight Haefle estaría otra vez de vacaciones. Se arrellanó en la butaca, se peinó las cejas con las uñas, se pellizcó el caballete de la nariz, se toqueteó la cara de perfiles angulosos que, como había comprendido demasiado tarde, muchas mujeres (no sólo la suya) encontraban atractivos e imaginó un sermón sobre su misión navideña en los barrios del sur de la ciudad: predicaba con demasiada frecuencia sobre Vietnam o sobre los navajos. Atreverse a decir desde el púlpito las palabras «Frances Cottrell y yo tuvimos el privilegio de…» —pronunciar su nombre mientras ella escuchaba desde un banco en la cuarta fila y los ojos de la congregación, quizá con envidia, la conectaban con él— era un placer desdichadamente coartado por su esposa, que leía los sermones de antemano, también se sentaría en un banco de la iglesia e ignoraba su encuentro de aquel día con Frances.
En las paredes de su despacho había un póster de Charlie Parker con su saxo y otro de Dylan Thomas con su cigarrillo, una foto más pequeña de Paul Robeson enmarcada junto a un programa de mano de su presentación en la iglesia de Judson en 1952, el diploma del seminario bíblico de Nueva York donde estudió y una foto ampliada de él y dos amigos navajos en Arizona en 1946. Diez años antes, cuando asumió como auxiliar del párroco en New Prospect, esas señas de identidad tan sagazmente elegidas sintonizaban con los jóvenes cuyo crecimiento en Cristo era parte de su labor pastoral. En cambio, para los chicos que últimamente atestaban los pasillos de la iglesia, con sus pantalones de campana, sus petos vaqueros y sus pañuelos en el pelo, sólo significaban antigüedad obsoleta. El despacho de Rick Ambrose, aquel muchacho de greñas morenas y lustroso bigote a lo Fu Manchú, recordaba a un parvulario: las paredes y las estanterías engalanadas con las toscas efusiones pictóricas de sus jóvenes discípulos, con los amuletos de piedra, los huesos blanqueados y los collares de flores silvestres que le regalaban, con los carteles serigrafiados de conciertos benéficos sin vínculos discernibles con ninguna religión que Russ reconociera. Después de la humillación se había escondido en su despacho para sufrir entre los emblemas desvaídos de una juventud que a nadie, salvo a su esposa, le parecía ya interesante. Y Marion no contaba porque fue ella quien lo empujó a ir a Nueva York, fue ella quien le descubrió a Parker, a Thomas y a Robeson, fue ella quien se entusiasmó con las historias de los navajos y quien lo apremió a seguir su vocación religiosa. Marion era inseparable de una identidad que había demostrado ser humillante y que sólo la llegada de Frances Cottrell había conseguido redimir.
…
Jonathan Franzen nacido en Chicago en 1959 y criado en la serenidad suburbana de Webster Groves, es una de las voces más incisivas y perseverantes de la literatura estadounidense contemporánea. Su trayectoria, tejida entre la observación social y la introspección casi quirúrgica, lo ha convertido en un narrador obsesionado con las fracturas íntimas y colectivas de su país. Formado en Swarthmore College y perfeccionado en Alemania gracias a una beca Fulbright, Franzen se nutrió de tradiciones literarias diversas, algo que más tarde impregnaría sus novelas de una amplitud cultural poco habitual. Hoy escribe desde el Upper East Side de Manhattan y colabora con The New Yorker, prolongando una mirada lúcida y crítica sobre la vida moderna.
Su debut literario llegó en 1988 con La ciudad veintisiete, una novela ambientada en el San Luis de su juventud que ya dejaba entrever su habilidad para mapear tensiones urbanas y conflictos emocionales. Cuatro años después publicó Movimiento fuerte, donde una familia disfuncional se derrumba al ritmo de terremotos que sacuden la Costa Este. Estas primeras obras conquistaron a la crítica, pero no al gran público, dejándole a Franzen la sensación de estar hablando desde una habitación vacía. Su situación económica empeoró tras su divorcio en 1994, lo que le llevó a la docencia, un trabajo que terminó sumiéndole en una profunda depresión ante el desinterés de unos alumnos ajenos a sus inquietudes literarias.
La fama verdadera aguardó paciente. En 2001 irrumpió Las correcciones, la novela que cambiaría para siempre su nombre dentro del panorama literario. Ganadora del National Book Award y convertida en un fenómeno internacional, la obra se adentraba en el corazón convulso de una familia estadounidense y ofrecía un retrato certero de la ansiedad cultural de fin de siglo. A partir de ahí, Franzen pasó a ser referencia, polémica y protagonista: un autor capaz de combinar densidad narrativa, crítica social y una precisión psicológica que desmonta con cuidado las ilusiones contemporáneas. En 2010 publicó Libertad, calificada de “obra maestra” por el New York Times y celebrada como una radiografía generacional sin concesiones.
La vida de Franzen también late fuera de los libros. Su pasión por la ornitología, iniciada en 1999 tras la muerte de su madre, se ha convertido en un refugio espiritual y un prisma desde el que mira el mundo. Las aves vuelan por sus novelas como símbolos de fragilidad, libertad y amenaza ecológica. Su presencia es evidente en Libertad o Pureza, donde la observación de la naturaleza se mezcla con los dilemas morales del presente. Franzen es ese tipo de escritor que necesita alejarse de las ciudades para poder pensar en ellas, y acepta festivales literarios sólo cuando un parque natural cercano promete nuevos avistamientos.
Su trayectoria ha sido ampliamente reconocida. Desde el Premio Whiting de 1988 hasta la Medalla Carlos Fuentes en 2012, pasando por el National Book Award, el James Tait Black y una portada de Time que lo consagró como figura literaria de referencia, Franzen ha construido una obra que combina ambición, solvencia técnica y una mirada crítica sobre la vida estadounidense. En conjunto, su biografía es la de un autor que escribe contra las inercias de su tiempo, atento a cada matiz, y que ha sabido convertir sus obsesiones —familia, sociedad, identidad, naturaleza— en literatura de alta intensidad. Un narrador incómodo, profundo y necesario.