Fiebre de caballos

Resumen del libro: "Fiebre de caballos" de

Fiebre de caballos es el punto de partida de la obra novelística de Leonardo Padura, uno de los escritores cubanos más reconocidos de las últimas décadas. Escrita entre 1983 y 1984 y publicada en 1988, esta primera novela es un testimonio del talento en ciernes de un autor que más tarde conquistaría lectores internacionales con su célebre serie policial protagonizada por el detective Mario Conde. Aun en sus inicios, Padura demuestra aquí su capacidad para construir atmósferas cargadas de lirismo y profundidad emocional.

Ambientada en La Habana de los años 70, la novela entrelaza una historia de amor con una búsqueda existencial, en la que los protagonistas transitan entre la pasión y la incertidumbre. La ciudad, con su luz y sus sombras, se convierte en un personaje más, reflejando los anhelos y desencuentros de sus habitantes. Hay en esta obra una sensibilidad poética que remite a los ecos de la Matanzas decimonónica, tejiendo un puente entre tiempos y sentimientos.

Más que una simple narración romántica, Fiebre de caballos es el reflejo de una juventud que sueña, que se deja arrastrar por sus emociones, pero que también se enfrenta a la dureza de la realidad. La prosa de Padura, aunque aún en formación, ya deja entrever el rigor y la pasión que caracterizarían su producción posterior. Con el tiempo, el autor perfeccionaría su estilo y ampliaría sus horizontes temáticos, pero esta primera novela conserva el encanto de los comienzos: la pulsión de quien descubre la escritura como un desafío inagotable.

Libro Impreso EPUB

Para Zaida del Río,
que (todavía) sabe de la enfermedad de los caballos.

Para Lucía López Col
por lo (mismo) de siempre.

A veces sucede una llamada nocturna
y tengo que desandar la trama de las hojas
hasta llegar a ese punto donde solo tú eres posible,
animal entrampado bajo su desnudez de miedo.

ALEX FLEITES, Alguien enciende las luces del planeta

—Vamos.
—Adiós —dijo Alice.
Ciertamente tenía una voz hermosa.
—Adiós —dije yo.
—¿Adónde van, muchachos? —preguntó el cocinero.
—En dirección contraria a la tuya —repuso Tom.

ERNEST HEMINGWAY, La luz del mundo

TREINTA AÑOS DESPUÉS

Fiebre de caballos es mi primera novela y, todavía hoy, no me avergüenzo de ella.

Cuando comencé a luchar con este libro, poco después de haber vencido mi licenciatura universitaria y haber pasado tres años trabajando como periodista en el mensuario cultural El Caimán Barbudo, yo solo era un aprendiz de escritor y de persona que se impuso una meta complicadísima: escribir una novela. Aunque ya había acumulado unas cuantas lecturas, asumido algunas influencias, definido ciertos gustos, en el proceso de intentar escribir Fiebre de caballos descubrí que aún me faltaba mucho para saber cómo es que se escribe una novela. Treinta años después, con otras nueve novelas escritas, publicadas y traducidas a casi veinte idiomas, aquel terrible descubrimiento juvenil no me asombra en absoluto: hoy sé que ni entonces ni ahora tengo suficientemente claro cómo se escribe una novela. Salvo por una certeza: se escribe trabajando hasta el agotamiento.

Fiebre de caballos fue el resultado del mejor esfuerzo literario que podía realizar en aquellos cada vez más lejanos años 1983 y 1984. Entre el momento de su escritura y el de su edición transcurrieron otros cuatro años y, poco después de la edición del libro (1988), cuando dejé el periodismo diario y tuve tiempo y capacidad para volver a enfrentarme al reto de escribir una novela (Pasado perfecto, iniciada a finales de 1989, la obra en que doy vida al personaje de Mario Conde), yo era en realidad otra persona, Cuba era (o empezaba a ser) otro país, el mundo también empezaba a ser distinto, y yo había adquirido un oficio que me facilitaría muchísimo unas pocas cosas: de ahí todas las distancias estilísticas, formales, conceptuales y hasta filosóficas (es un decir) que separan a estas dos novelas. La distancia entre la inocencia festinada y la responsabilidad teñida con los colores del desencanto.

Fiebre de caballos, que ahora se reedita por segunda vez (ya lo hizo la editorial Letras Cubanas en 2002) es la novela que yo podía escribir en mi momento y resulta el reflejo de ese momento. Ahora mismo, mientras concibo estas breves líneas, entre introductorias y clamantes de indulgencia por parte de sus presuntos lectores, avanzo en la redacción de una novela en la cual aparecen como personajes un grupo de jóvenes, tan esencialmente diferentes de los románticos e inocentes protagonistas de Fiebre de caballos, que en realidad unos y otros parecen seres provenientes de planetas distantes, con adn irreconocibles entre sí. Porque entre personajes como Andrés y sus amigos y los jóvenes cubanos de hoy, la única relación existente es la de la paternidad, pero no la de la continuidad: entre una y otra generación se abrió un abismo, creado por el paso del tiempo pero, sobre todo, por el cambio de los valores y las expectativas de los jóvenes de uno y otro momento.

Quienes se atrevan a leer Fiebre de caballos, pensando a Cuba desde el presente, podrían concluir que mis personajes de entonces y sus conflictos eran complacientes con la realidad. Y puede ser una apreciación cierta; pero solo si se entiende que esa era su realidad, esos sus conflictos (el tabú todavía presente de la virginidad, llegar a poseer un blue-jean, etc.). Y que yo no tenía ni capacidad ni perspectiva histórica para escribir algo muy diferente… El tiempo, la vida, la historia, la sociedad se han encargado de fijar aquellos conflictos y actitudes en su tiempo para dar origen a otros, no peores, pero sin duda muy diferentes (la búsqueda de la libertad individual, la obsesión por migrar, el derribo de convenciones morales y sexuales).

El asunto de esta novela es tan simple como su estructura y su lenguaje: se trata de una sencilla historia de amor. Solo que escribir una sencilla historia de amor en aquellos albores de la década de 1980 era ya de por sí una toma de posiciones respecto a la literatura, la sociedad y la política, que aún exigían —con voces que cada vez escuchábamos menos— la creación de un arte combativo y politizado, como correspondía a las exigencias de un socialismo en auge. Mi actitud y la de muchos de mis colegas narradores y poetas, fue huir silenciosamente de esos reclamos y comenzar a escribir de nosotros mismos, sin intenciones de politizar abiertamente nuestro trabajo y, a la vez, con la pretensión de dejar constancia de lo que éramos o queríamos ser, al menos en aquellos momentos.

Como ya dije en el prólogo a la edición de 2002, a Fiebre de caballos le suenan demasiados tornillos. Es una novela de aprendizaje, en todos los sentidos. Pero, al menos para mí, representa sobre todo la fijación de lo que sería y es mi mayor interés literario: escribir sobre Cuba y mi generación con la mayor sinceridad y libertad a la que cada momento he podido acceder. Y sobre todo por eso no me avergüenzo de sus torpezas e impericias literarias, de ese aire de inocencia que la recorre de principio a fin.

Confío en que los lectores asuman la novela desde todas las condiciones antes enumeradas, que la vean como un esfuerzo denodado de un escritor en ciernes, que descubran en ella las claves iníciales de mis obras posteriores y, si no fuera mucho pedir, que la juzguen con la indulgencia que, creo, me merezco.

Leonardo Padura
Todavía en Mantilla,
Verano de 2012.

«Fiebre de caballos» de Leonardo Padura

Leonardo Padura es una de las voces más sólidas y reconocibles de la literatura cubana contemporánea. Nacido en La Habana en 1955, su obra ha sabido combinar con naturalidad la vocación literaria, el pulso periodístico y una mirada crítica sobre la historia reciente de Cuba. Padura escribe desde la isla y sobre la isla, pero con una ambición narrativa que trasciende fronteras y convierte lo local en universal.

Crecido en el barrio de Mantilla, un espacio humilde y profundamente habanero, Padura ha hecho de esos escenarios una geografía moral y emocional que atraviesa gran parte de su obra. La Habana no es en sus novelas un simple telón de fondo, sino un personaje vivo: desgastado, contradictorio, melancólico y conversador. Esa ciudad, que conoce palmo a palmo, se filtra en su escritura con una mezcla de amor, ironía y desencanto.

Formado en Literatura Latinoamericana en la Universidad de La Habana, Padura comenzó su trayectoria como periodista cultural en los años ochenta. El oficio periodístico dejó una huella decisiva en su estilo: precisión narrativa, atención al detalle y una clara conciencia histórica. Antes de consolidarse como novelista, aprendió a observar la realidad cubana desde dentro, a escuchar voces diversas y a convertir la experiencia cotidiana en materia literaria.

Su consagración llegó con la serie de novelas policiacas protagonizadas por el detective Mario Conde, un personaje ya emblemático de la literatura hispanoamericana. Conde es un policía atípico: desencantado, melancólico, amante de los libros y del ron, más interesado en comprender la vida que en imponer la ley. A través de él, Padura renovó la novela negra, incorporando una crítica social profunda y una reflexión sobre las frustraciones, los sueños rotos y las contradicciones de una generación cubana.

La narrativa de Padura se nutre de la tradición del género policial, pero va mucho más allá del enigma criminal. Influido por autores como Hammett, Chandler o Vázquez Montalbán, utiliza la investigación como excusa para indagar en la memoria, la identidad y la corrupción moral. Sus novelas retratan las grietas del sistema, los silencios impuestos y las zonas de sombra de la vida cotidiana en Cuba.

Más allá de Mario Conde, Padura ha demostrado una ambición literaria notable en novelas como La novela de mi vida o El hombre que amaba a los perros, donde aborda episodios clave de la historia cubana y del siglo XX. En esta última, su obra más internacional, entrelaza la tragedia de León Trotski, el estalinismo y el desencanto ideológico con una prosa sobria, dolorosa y profundamente humana.

Su trabajo como guionista ha ampliado el alcance de su universo narrativo, especialmente con la adaptación televisiva de Las cuatro estaciones para Netflix, que acercó su obra a nuevos públicos. Sin embargo, Padura ha mantenido siempre una relación fiel con la escritura literaria, entendida como espacio de reflexión, memoria y resistencia.

Leonardo Padura sigue viviendo en Mantilla, el barrio donde nació, como una declaración de principios. Desde allí escribe sobre Cuba sin estridencias ni consignas, con una honestidad que incomoda y una lucidez que conmueve. Su literatura es la de un testigo crítico que no renuncia a la complejidad, ni a la belleza, ni a la conversación infinita que —como La Habana— nunca se agota.