Historias de San Petersburgo

Historias de San Petersburgo - Nikolái Gógol

Bajo el título genérico de Historias de San Petersburgo se reúnen los cinco relatos breves más sobresalientes de la obra de Nikolái Gógol (1809-1852), vinculados por el nexo común de estar situados en la capital de la Rusia imperial. Junto a piezas tan célebres como «La nariz» y «El abrigo», encontramos otras, como «La avenida Nevski», «El retrato» y «Diario de un loco», que representan lo más característico del modo de contar del autor, a saber, su deliciosa combinación de sátira social, fantasía, ternura y compasión.

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La avenida Nevski

Nada hay tan hermoso como la avenida Nevski, por lo menos en San Petersburgo; porque en San Petersburgo esa avenida lo es todo. Y, vamos a ver, ¿hay algo más gozoso, más brillante, más resplandeciente que esta bella arteria de nuestra capital? Tengo la seguridad de que ninguno de sus pálidos habitantes, ninguno de sus funcionarios públicos, cambiaría la avenida Nevski por todos los bienes de este mundo. No solo el joven de veintisiete años con su lindo bigote y su levita de corte impecable, sino el individuo de barba blanca y cabeza lisa como bola de billar…, sí, incluso ese se entusiasma con la avenida Nevski. ¿Y las señoras?… ¡Ah, en cuanto a las señoras la avenida Nevski es motivo de mayor gozo aún! ¿Pero hay acaso alguien que no se sienta conmovido y encantado por ella? Apenas se entra en la avenida Nevski se percibe su ambiente carnavalesco. Incluso si alguien tiene algún asunto importante y necesario a que atender, lo más seguro es que lo olvidará tan pronto como ponga el pie en ella. Este es el único lugar de la ciudad en que la gente no se encuentra en él por motivo de negocios, por necesidad o por el afán de lucro que parece haberse enseñoreado de todo San Petersburgo. Diríase que el individuo con quien se tropieza en la avenida Nevski es menos egoísta que otro a quien se encuentra en cualquier otra calle, donde la necesidad, la ambición y la avaricia pueden leerse en los rostros de los paseantes a pie, en carruaje o en coche de punto. La avenida Nevski es el centro de comunicación de todo San Petersburgo. Cualquiera que viva en San Petersburgo o en el distrito de Vyborg y que no haya visto durante años a un amigo en las Arenas o en la Barrera de Peaje de Moscú puede estar seguro de que allí tropezará con él. No hay guía callejera u oficina de información que facilite datos más exactos que la avenida Nevski. ¡Todopoderosa avenida Nevski! El único sitio de San Petersburgo donde un pobre hombre puede combinar el paseo con la diversión. ¡Qué impecablemente limpias están sus aceras y, Dios santo, cuántos pies dejan sus señales en ellas! Aquí está la huella que ha dejado la bota zafia y sucia de un exsoldado, bajo cuyo peso el granito mismo parece haberse resquebrajado; y aquí está otra que ha dejado el minúsculo zapato, ligero como pluma, de la deliciosa muchacha que vuelve su cabecita hacia el brillante escaparate como el girasol la vuelve hacia el sol; y aquí está el hondo arañazo que ha dejado el sable de algún ambicioso teniente… Todo deja su impronta en la acera, sea como indicio de fuerza o de debilidad. ¡Qué fugaz fantasmagoría pasa sobre ella en el curso de un solo día! ¡Cuántos cambios no experimentará durante tan solo veinticuatro horas!

Empecemos con la mañana temprano, cuando San Petersburgo entero exhala un aroma de pan caliente, recién salido del horno, y está lleno de viejas harapientas que acuden a las iglesias y piden limosna a los compasivos transeúntes. A esa hora la avenida Nevski está desierta: los rollizos comerciantes y sus dependientes están todavía dormidos en sus camisones de fino lienzo, o se están enjabonando las nobles mejillas, o están tomando café; los mendigos se agolpan a las puertas de las pastelerías, donde un soñoliento Ganimedes, que la víspera volaba como mosca de un sitio para otro con las tazas de chocolate, se arrastra ahora escoba en mano, sin corbata, y les arroja algunos pasteles rancios y otras sobras. Los trabajadores caminan por las calles: de vez en cuando atraviesan la avenida campesinos rusos, que van apresurados a su trabajo en botas tan sucias de cal que ni siquiera el agua del canal Yekaterinski, famosa por su limpidez, podría eliminar. A esa hora no es conveniente que las señoras salgan a pasear, porque a los obreros y los campesinos rusos les gusta expresarse en un lenguaje vigoroso que ni siquiera se oye en el teatro. De vez en cuando un funcionario público adormilado pasará de largo con una cartera bajo el brazo si el camino a su oficina requiere que cruce la avenida Nevski. De hecho, puede afirmarse categóricamente que a esa hora, o sea, hasta las doce, la avenida Nevski no es un fin, sino solo un medio; poco a poco se va llenando de gente que tiene sus propios quehaceres, sus propias preocupaciones, sus propios desengaños, pero que no piensa en absoluto en ella. El campesino ruso habla de los pocos kopeks que gana; los viejos y las viejas dan manotazos en el aire o hablan consigo mismos, a veces con gestos pintorescos, pero nadie les hace caso o bien se ríe de ellos, salvo quizá los chicuelos que en delantales de vivos colores corren a lo largo de la avenida Nevski con botellas vacías o botas remendadas. A esa hora puede usted ir vestido como le venga en gana. Puede llevar gorro en vez de sombrero, y aun si el cuello de su camisa sobresale de la corbata, nadie lo notará.

Historias de San Petersburgo – Nikolái Gógol

Nikolái Gógol. Es un escritor ucraniano en lengua rusa nacido en Soróchintsi el 1 de abril de 1809 y fallecido en Moscú el 4 de marzo de 1852. Es considerado como uno de los máximos exponentes de la literatura rusa del siglo XIX a pesar de que, por educación y cultura, podría ser considerado ucraniano. Perteneciente a una familia de la baja nobleza rural, Gógol se trasladó a San Petersburgo en 1828, donde entabló amistad con Aleksandr Pushkin. En la misma ciudad impartió clases de historia en la Universidad. Su comedia El Inspector (1836) lo convertiría en un autor popular, aunque debido al tono de la obra decidió trasladarse a Italia. Durante los cinco años que pasó en Europa occidental escribió la obra Almas muertas (1842), que es considerada por la crítica como la primera novela rusa moderna, y que al parecer responde a una idea planteada a Gógol por Pushkin.

En los últimos años de su vida abandonó totalmente la literatura para concentrarse en la religión, lo que le llevó a quemar la segunda parte de Almas muertas diez días antes de su muerte, aunque algunas páginas fueron salvadas y publicadas posteriormente.