Icono del sitio ISLIADA: Literatura Contemporánea

Ir a La Habana

Ir a La Habana

Resumen del libro:

Ir a La Habana de Leonardo Padura es mucho más que un libro de viajes. Es una declaración de amor a una ciudad que respira entre calles derruidas y plazas llenas de vida, un mapa íntimo de la memoria que mezcla lo autobiográfico con la ficción, el recuerdo personal con la historia colectiva. La Habana, aquí, no es escenario: es protagonista.

El recorrido comienza en Mantilla, el barrio donde Padura nació y creció, y desde allí el lector se adentra en los distintos rincones de la capital cubana. Cada espacio es acompañado por fragmentos de sus novelas, en una especie de diálogo entre la literatura y la experiencia vivida. La ciudad se convierte en un personaje con voz propia, cargado de matices, donde se cruzan la nostalgia, el desencanto y la belleza irreductible de lo cotidiano.

La segunda parte del libro reúne una serie de reportajes y crónicas que revelan aspectos menos conocidos de La Habana, sus sombras y resplandores. Allí se perciben los embriones de futuras historias, las semillas de los casos del inspector Mario Conde y los fantasmas de un pasado que nunca deja de volver. El autor abre ventanas al lector para que explore la ciudad desde perspectivas sorprendentes, con un pulso narrativo que convierte la crónica en literatura.

Leonardo Padura, Premio Princesa de Asturias de las Letras y reconocido internacionalmente por su saga de Mario Conde, es uno de los escritores que mejor ha sabido retratar la vida cubana. Con un estilo directo y envolvente, ha conseguido que La Habana sea, en sus páginas, un personaje universal. Su mirada mezcla la dureza de la realidad con la ternura de la memoria, logrando que cada relato sea un puente entre lo íntimo y lo social.

Ir a La Habana es, en definitiva, un libro que invita a caminar la ciudad con ojos atentos, a descubrir su geografía física y emocional, y a entender por qué Padura se ha convertido en su cronista más fiel. Una obra que funciona a la vez como guía, memoria y homenaje, y que confirma que no hay mejor manera de conocer La Habana que seguir los pasos de quien la ha narrado como nadie.

Preliminar

Este es un libro que siempre quise escribir. Solo realizando semejante ejercicio de exorcismo podría satisfacer una de mis más persistentes obsesiones. Y suelo ser bastante obsesivo. Este libro es el canto de amor a la ciudad en la que nací y vivo, escribo y padezco, el sitio del mundo al que pertenezco, como una bendición o una fatalidad inapelables: como el agua que en esta isla nos rodea por todas partes. Es un libro que comenzó a escribirse, sin yo saberlo, hace ya más de cuarenta años, cuando garabateé mis primeros textos narrativos y periodísticos de atmósfera, ambientes, personajes, historias y lenguaje habaneros. O quizás empezó a redactarse mucho antes, la primera vez que escuché a mis padres decir «hoy vamos a La Habana» y entendí (o no entendí) lo que su intención expresaba. ¿Ir a La Habana? ¿Acaso Mantilla, mi barrio, no estaba en La Habana?

A lo largo de todos mis años de vida, gastados en un porciento abrumador en esta ciudad y en mi barrio, la pertenencia habanera ha sido un proceso en movimiento que, como un péndulo, ha pasado del descubrimiento a la asimilación, del deslumbramiento al rechazo, del amor a momentos de aversión, de la complicidad de la cercanía a ese estado de extrañamiento cuando se produce el choque entre lo deseado o recordado y lo realmente encontrado, esa sensación que me gusta llamar «ajenitud». Pero siempre con la certeza de la posesión.

De esa relación compleja y dialéctica trata este libro en el que he buscado fijar mis conexiones con la ciudad, tanto a través del desarrollo de mi propia vida de habanero periférico como en los modos e instantes en que he procurado expresar ese proceso con mi literatura. Por ello, junto a la reflexión diacrónica sobre una existencia citadina de ya casi siete décadas, he creído necesario apoyarla con las evidencias literarias capaces de ilustrar la concreción artística de semejante posesión y pertenencia: de ahí los fragmentos de novelas y relatos que acompañan al ensayo biográfico y que, espero, lo iluminen y complementen su lectura.

En la segunda mitad del libro, como complemento necesario, he querido reunir una serie de textos periodísticos, escritos en diversos momentos (desde la década de 1980 hasta casi ayer mismo) en los que recorro historias, personajes, lugares y preocupaciones habaneras, en un ejercicio de revelación y conocimiento que resultó indispensable en todo el proceso de acercamiento a mi espacio urbano vital.

Es necesario advertir que, para llegar a este volumen, antes cumplí otras faenas bibliográficas que me fueron conduciendo a lo que ahora se podrá leer. Bajo el sello de Aurelia Ediciones se editaron en el 2019 la selección de textos reunidos bajo el título de La Habana nuestra de cada día, ilustrado con un ensayo fotográfico del artista visual Carlos Torres Cairo y que concebimos como un homenaje íntimo a la villa que cumplía sus quinientos años de existencia. Luego, en 2021, editamos el pequeño volumen La ciudad y el escritor, cuyo cuerpo central era una larga entrevista que me había realizado el arquitecto Orlando Inclán para su programa de radio «Hablando de Espacio», y que también contó con fotos de Torres Cairo. En ambos volúmenes debo reconocer el trabajo de edición de Claudia Acevedo, ahora encargada de limpiar de excesos y entusiasmos o negaciones este volumen que, confío, sea solo provisionalmente definitivo. Porque la vida —⁠la mía y la de la ciudad⁠— espero que no se detengan. Al menos por un buen tiempo.

Tanto le hablé a mi editor español Juan Cerezo de mis peripecias habaneras cotidianas (que lo llevaban de la risa al asombro), tanto lo hice leer mis percepciones de la ciudad, que lo entusiasmé hasta el punto de que tomara la decisión de dar el sentido a mi relación con La Habana que finalmente ha adquirido Ir a La Habana. Así que la partida de nacimiento de esta aproximación a mi ciudad le pertenece también a Juan Cerezo, actual cabeza de Tusquets Editores, la casa con la que trabajo desde hace casi treinta años y que tanto ha hecho por mi producción literaria. Receptivo a mis obsesiones, Juan concibió el espíritu que debía tener el libro y me puso en el camino de darle el carácter híbrido que hoy tiene, con la pasión que hoy contiene.

Mientras, fue mi Lucía de siempre (López Coll, por más señas) la que se encargó del exhaustivo trabajo de buscar en catorce novelas publicadas los instantes que mejor apoyaran, iluminaran, complementaran el discurso ensayístico que yo iba escribiendo. Pudieron ser más y otros momentos de esas narraciones, pero Lucía, que ha visto nacer y crecer todos mis empeños literarios, supo cuáles eran los más apropiados al fin que cumplen en el cuerpo del volumen, y lo hizo de manera muy satisfactoria. Y en la realización de ese trabajo, mientras yo escribía lo que sería el texto central y ella lo iba revisando, también fue Lucía quien me propuso la estructura que ahora tiene su contenido, la forma definitiva del texto, sin duda la más adecuada para este empeño. Por eso, puedo hoy apropiarme de la dedicatoria que, en un poemario suyo, le dejó a Lucía el poeta visionario Eliseo Diego: «Para Lucía, tan lúcida».

Y por supuesto, tras este trabajo, confiriéndole pertinencia, están los textos sobre esta ciudad mía que cubanos y forasteros fueron legándonos a lo largo de dos siglos: desde el barón Alejandro de Humboldt, en los albores del siglo XIX hasta las novelas y ensayos de Cirilo Villaverde, Alejo Carpentier y Guillermo Cabrera Infante, entre muchos ilustres que contribuyeron a crear, fijar, definir la imagen, la historia y el espíritu de La Habana, sin olvidar las miradas reveladoras de varios de mis colegas contemporáneos, como Abilio Estévez o Amir Valle, por cometer el desatino de solo mencionar a dos de los varios posibles. A sus visiones habaneras me sumo, como el último en la cola, pero con el derecho inalienable que me da esa pertenencia que me define, como persona y como escritor.

Y nada más…, ahora vamos a La Habana.

Siempre en Mantilla, y en abril de 2024

Primera parte

Cómo llegué de Mantilla a La Habana

1

La ciudad y sus fantasmas

Un día, seguramente caluroso y posiblemente de 1965, un grupo de mis amigos del barrio y yo —⁠recuerdo a Jorge el Conejo, Danilo el Gordo y a Felicio el Negro⁠— nos atrevimos a realizar al fin una siempre planificada cacería de fantasmas y misterios: así, armados de palos y de piedras, como exigía la aventura, nos habíamos arriesgado a entrar en el lóbrego y en ese momento abandonado recinto donde, desde la segunda década del siglo XX, se levanta el llamado Castillo de Averhoff. Aquella intrépida incursión, que, para nuestra decepción, resultó infructuosa (al menos en su intención fantasmal), en cambio me reportó como ganancia una visión que resultaría premonitoria y que entonces no fui capaz de descifrar, porque no podía descifrarla y porque la premonición solo se cumpliría en un futuro que aún tardaría décadas en llegar.

Este edificio, ubicado en lo que en aquellos años todavía era el lindero meridional del poblado, es una especie de alcázar, ecléctico y plebeyo, concebido como morada burguesa. Con su estilo más o menos inglés, sus tejados rojos y suelos de mármol y unas ridículas atalayas más decorativas que funcionales, el castillo se distingue no solo por su estructura singular y anacrónica dentro de la fisonomía de la zona, sino también porque corona la única colina de Mantilla, el barrio del sur habanero en el que nací en 1955 y donde aún vivo, en 2024.

Hasta los días de la Revolución de 1933, cuando sus propietarios huyeron de la ira popular y lo abandonaron, el inmueble había servido como finca de recreo de la familia Averhoff-Sarrá, y, desde su misma inauguración, la inflamada imaginación de mis coterráneos había convertido el sitio en nido de leyendas de orgías (al parecer reales) y luego en morada de sanguinarios orangutanes torturadores, y los habituales zombis y fantasmas inquietos que suele haber en los castillos.

En algún momento de la expedición, sin ningún motivo todavía discernible que no fuera la demostración de mi valentía, recuerdo con alarmante nitidez que me separé de mis compañeros y subí al tenebroso piso superior del edificio. Allí, luego de espantar murciélagos y otras alimañas, trepé por una ventana desvencijada para salir a una especie de terraza que, por su ubicación, quizás había sido concebida como el privilegiado mirador del inmueble. Y en ese momento sufrí una verdadera conmoción: ante mis ojos, encandilados por el sol, de sur a norte, de este a oeste, desde mi vecindario periférico hasta el mar de la envolvente bahía que mira a la corriente del Golfo y el estrecho de la Florida, se extendía sin interferencias el plano abigarrado de la ciudad en la que había nacido (eso lo sabía), la ciudad donde viviría (eso era lo que, supongo, esperaba que sucediera y debía suceder), la misma en la cual, contra todo pronóstico, se asentaría y desarrollaría algo que el niño mataperros mantillero de entonces ni sabía ni esperaba ni suponía que llegaría, porque nada en mi vida anunciaba que me podría suceder y me sucedería: la posibilidad de escribir mi literatura.

Pero ahí, exhibiéndose, tentadora, asediada por el sol del trópico, estaba La Habana, toda La Habana, abierta como un abanico, intrincada como un misterio, incitante como una invitación a descubrirla, a poseerla, a emprender la fiesta innombrable en la que he bailado durante todos estos años, que van siendo muchos, los años que he dedicado a esto, a escribir en la ciudad, sobre ella, con el espíritu, el idioma, la historia visible y oculta de este sitio mágico y entrañable al que pertenezco.

Lástima de lugar, ¿verdad?… Pero fíjese que todavía esta ciudad tiene algo mágico, como un espíritu poético invencible, ¿no? Mire, aunque las ruinas circundantes sean cada vez más extensas y la mugre pretenda tragárselo todo, todavía esta ciudad tiene alma, señor Conde, y no son muchas las ciudades del mundo que pueden vanagloriarse de tener el alma así, a flor de piel…

1989. Máscaras (1997), pág. 137

«Ir a La Habana» de Leonardo Padura

Sobre el autor:

Salir de la versión móvil