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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

Kwaidan

Sobre el autor:

Sobre el libro:

KWAIDAN es una recopilación de CUENTOS FANTÁSTICOS DEL JAPÓN, relacionados en su mayoría con el más allá, la reencarnación o el karma. Su última parte, dedicada a algunos insectos (mariposas, mosquitos, hormigas) sintetiza con exquisita sensibilidad las supersticiones y creencias japonesas en torno a dichos animales, así como sus atribuciones culturales.

Fragmento

LA HISTORIA DE MIMI-NASHI-HÕÏCHI

Hace más de setecientos años, en Dan-noura, en las gargantas del Shimonoséki, se libró la última batalla de la larga contienda entre los Heiké, o clan Taira, y los Gengi, o clan Minamoto. Allí fueron exterminados los Heiké, con sus mujeres y sus niños, y su pequeño emperador, hoy recordado como Antoku Tennõ. Y hace más de setecientos años que el mar y la costa están encantados… En otra parte me he referido a los extraños cangrejos de mar, llamados cangrejos Heiké, que lucen rostros humanos en el lomo y que son, según se dice, los espíritus de los guerreros Heiké . En esa costa se ven y se oyen cosas muy raras. En las noches sin luna, millares de fuegos espectrales aletean en la playa, o relumbran sobre el oleaje, pálidas luces que los pescadores llaman Oni-bi, o fuegos demoníacos; y, cuando los vientos se enardecen, profusos alaridos provienen del mar, semejantes al clamor de una batalla.

En otra época, los Heiké ignoraban el sosiego mucho más que ahora. Por las noches, se subían a las naves que cruzaban sus dominios e intentaban hundirlas; y jamás dejaban de acechar a los nadadores para arrastrarlos consigo. Para aplacar a esos muertos se construyó el templo budista, Amidaji, en Akamagaséki. Junto a él, cerca de la playa, se levantó un cementerio, poblado por monumentos cuyas inscripciones evocan los nombres del emperador ahogado y de sus grandes vasallos; y allí realizábanse regularmente ceremonias budistas consagradas a esos espíritus. Edificado el templo, erigidas las tumbas, los Heiké ya no inquietaron a los vivos con tanta frecuencia; mas no cesaron, ocasionalmente, de hacer cosas raras, que demostraban que aún no habían hallado la paz perfecta.

Hace algunos siglos vivía en Akamagaséki un ciego llamado Hõïchi, famoso por su destreza en la declamación y en la ejecución del biwa. Le habían enseñado su arte en la infancia, y en la juventud ya superaba a sus maestros. Como biwa-hõshi profesional, debía ante todo su fama a la exposición que hacía en sus versos de la historia de los Heiké y de los Gengi; y cuéntase que cuando cantaba la canción de la batalla de Dan-no-ura «ni siquiera los duendes (kijin) podían contener las lágrimas».

En los inicios de su carrera, Hõïchi era muy pobre; pero encontró un buen amigo que le brindó su ayuda. El sacerdote del Amidaji gustaba de la música y la poesía, y con frecuencia invitaba a Hõïchi a tocar y recitar en el templo. Más tarde, impresionado por la maravillosa habilidad del joven, el sacerdote le propuso que se instalara en el templo, oferta que aceptó con gratitud. Una habitación del templo fue destinada a Hõïchi, quien, a cambio de comida y alojamiento, no debía sino deleitar al sacerdote con su música ciertas noches que no tuviera otros compromisos.

Una noche de verano llamaron al sacerdote para realizar un servicio budista en casa de alguien que había muerto en la vecindad; él se fue con su acólito, y Hõïchi quedó solo en el templo. Era una noche tórrida, y el ciego quiso refrescarse en la veranda que había ante su dormitorio. La veranda daba a un pequeño jardín, en la parte de atrás del Amidaji. En ese lugar, Hõïchi aguardó el regreso del sacerdote, e intentó distraer la soledad mediante la música de su biwa. Pasó la medianoche, y el sacerdote no aparecía. Pero como aún reinaba una atmósfera demasiado sofocante como para entrar, Hõïchi optó por quedarse afuera. Al fin escuchó unos pasos que se acercaban desde la puerta de atrás. Alguien cruzó el jardín, avanzó hasta la veranda y se detuvo justo frente a él… pero no era el sacerdote. Una voz hueca pronunció el nombre del ciego, con el modo abrupto y descortés con que un samurai se dirige a un subalterno:

—¡Hõïchi!

Hõïchi, harto sorprendido, no supo responder al instante; y la voz lo llamó una vez más, en tono áspero y perentorio:

—¡Hõïchi!

¡Hai! —respondió el ciego, amedrentado por ese acento amenazador—. ¡Soy ciego! ¡No sé quién me llama!

—No hay nada que temer —exclamó el desconocido con voz más mesurada—. Estoy sirviendo en las cercanías de este templo y soy portador de un mensaje para ti. Mi actual señor, hombre de altísimo rango, está de paso en Akamagaséki, con muchos y muy nobles servidores. Deseaba contemplar el escenario de la batalla de Dan-no-ura, y hoy visitó ese lugar. Como supo de tu habilidad para recitar la historia de la batalla, desea que actúes en su presencia: de modo que tomarás tu biwa y me acompañarás al palacio donde aguarda la augusta asamblea.

En aquellos tiempos, difícilmente se hacía caso omiso a las órdenes de un samurai. Hõïchi se calzó las sandalias, tomó su biwa y se fue en pos del desconocido, quien lo guió con destreza aunque obligándolo a caminar muy rápido. La mano que lo guiaba era de hierro, y el rechinar de sus pasos mostraba que estaba completamente armado… quizá fuera un centinela de palacio. El temor de Hõïchi se disipó: comenzó a sospechar que era muy afortunado, pues, al recordar que el servidor le había hablado de un «hombre de altísimo rango», pensó que el señor que deseaba escucharlo no podía ser menos que un daimyõ de la clase superior. El samurai no tardó en detenerse; y Hõïchi advirtió que habían llegado ante un amplio portal… lo cual le intrigó, pues no recordaba ningún portal en esa parte del pueblo, salvo la entrada principal del Amidaji.

¡Kaimon! —gritó el sirviente. Hubo un chirrido metálico y ambos siguieron adelante. Atravesaron un vasto jardín y se detuvieron nuevamente ante otra entrada.

—¡Acercaos! —gritó el samurai—. Traigo a Hõïchi.

Entonces se sucedieron los pasos apresurados, el susurro de las mamparas, el rumor de las puertas correderas y el murmullo de las voces femeninas. Por el modo de hablar de las mujeres, Hõïchi advirtió que integraban la corte de algún señor de alcurnia, mas no pudo imaginar a qué sitio lo habían conducido. No tuvo tiempo para cavilar al respecto. Una vez que alguien lo ayudó a ascender por varios peldaños de piedra (en el último de los cuales debió dejar las sandalias), una mano de mujer lo guió por interminables y resbaladizos entarimados, lo hizo girar ante innumerables esquinas con columnas y lo llevó por pisos de esterilla cuya superficie era asombrosa por la amplitud, hasta el centro de un vasto recinto. Pensó que allí se congregaba una multitud de gente de rango, pues el susurro de la seda era semejante al sonido de las hojas de un bosque. También escuchó un denso murmullo de voces que hablaban en tono muy bajo, cuyo lenguaje era el lenguaje de las cortes.

Dijéronle a Hõïchi que se acomodara a su gusto, y él descubrió que le habían preparado un almohadón. En cuanto se colocó y afinó su instrumento, la voz de una mujer —quien, según imaginó Hõïchi, sería la Rõjo, o matrona al cargo del personal femenino— se dirigió a él con estas palabras:

—Recítanos ahora la historia de los Heiké, acompañándote con tu biwa.

Declamar todo el poema habría requerido muchas noches; Hõïchi, por lo tanto, se aventuró a preguntar:

—Siendo la historia tan larga como es, ¿qué parte de ella desea mi augusta audiencia que le recite?

La voz de la mujer respondió:

—Recítanos la historia de la batalla de Dan-no-ura, que se destaca por su piedad.

Entonces Hõïchi elevó la voz y entonó el canto del combate del mar encrespado, y los sonidos de su biwa imitaban el chasquido de los remos y el bogar de las naves, el zumbido y el susurro de los dardos, los gritos y embates de los guerreros, el crujido del acero sobre los cascos, la caída de los cuerpos en el agua. Y cada vez que había una pausa, escuchaba voces elogiosas que murmuraban:

—¡Qué artista más maravilloso! ¡Jamás, en nuestra provincia, escuchamos cantar de ese modo! ¡No hay en todo el imperio un cantor como Hõïchi!

Esto le infundió nuevos ánimos, y tocó y cantó aún mejor que antes; y le respondió un profundo susurro de asombro. Mas cuando al fin llegó al adverso destino de los hermosos y los débiles, al estremecedor exterminio de los niños y las mujeres, y al salto de muerte de Nii-no-Ama, con el heredero del trono en sus brazos, los concurrentes profirieron un grito prolongado, unánime y conmovedor, al que siguieron gemidos y sollozos tan fuertes y feroces que el ciego sintió temor ante la violencia de la pena que había suscitado, pues llantos y gemidos continuaron durante largo rato. Pero gradualmente se fueron desvaneciendo las lamentaciones; y una vez más, en el hondo silencio que imperó a continuación, Hõïchi escuchó la voz de la mujer que, según él creía, era la Rõjo.

Ésta le dijo:

—Aunque nos habían asegurado que eras muy diestro en la ejecución del biwa, y que tu modo de cantar no resistía comparación, ignorábamos que alguien pudiera demostrar tanta destreza como la que esta noche nos has revelado. Nuestro señor se complace en anunciarte que está dispuesto a ofrecerte una recompensa que iguale tus méritos. Mas desea que actúes en su presencia en las seis próximas noches, al cabo de las cuales es probable que continúe su augusto viaje de retorno. Mañana por la noche, por consiguiente, debes venir aquí a la misma hora. El servidor que esta noche fue en tu busca irá a por ti… Hay otra cosa que me han ordenado que te informe. Se te requiere que a nadie menciones las visitas que nos haces durante la augusta permanencia de nuestro señor en Akamagaséki. Como él viaja de incógnito, es su voluntad que nadie se entere de lo que ocurre… Ahora, estás en libertad para volver a tu templo.

Después que Hõïchi hubo expresado su debida gratitud, la mano de una mujer lo condujo hasta la entrada del palacio, donde el mismo samurai que lo había traído lo aguardaba para conducirlo a casa. El servidor lo llevó hasta la veranda de la parte trasera del templo y allí se despidió de él.

Hõïchi regresó casi al alba, pero nadie había advertido su ausencia, pues el sacerdote, que había vuelto a horas tardías, lo supuso dormido. Hõïchi pudo descansar durante el día, y no hizo ningún comentario sobre su extraña aventura. A la medianoche siguiente, el samurai volvió en su busca y lo condujo ante la augusta asamblea, ante la cual Hõïchi volvió a actuar con el mismo éxito que había obtenido la noche anterior. Pero, durante esta segunda visita, accidentalmente descubrieron su ausencia en el templo; y cuando regresó al amanecer el sacerdote requirió su presencia y le dijo, en un tono de afable reconvención:

—Nos has causado gran ansiedad, amigo Hõïchi. Salir, a ciegas y a solas, a horas tan avanzadas, es peligroso. ¿Por qué te fuiste sin avisarnos? Pude poner un sirviente a tu disposición. ¿Y dónde has estado?

—¡Perdonadme, querido amigo! —respondió evasivamente Hõïchi—. Hube de atender un asunto particular y no pude hacerlo a otras horas.

La reticencia de Hõïchi asombró al sacerdote antes de mortificarlo: esa actitud le pareció poco natural y despertó su suspicacia. Temió que algún espíritu maligno hubiese embrujado o engañado al joven ciego. No formuló más preguntas, pero privadamente impartió instrucciones a los servidores del templo para que vigilaran los movimientos de Hõïchi y lo siguieran en caso de que él volviera a alejarse durante la noche.

A la noche siguiente observaron que Hõïchi volvía a dejar el templo; los sirvientes encendieron las lámparas y lo siguieron. Pero era una noche lluviosa y muy oscura, y antes de que los sirvientes pudieran llegar al camino, Hõïchi había desaparecido. Era obvio que había caminado con gran rapidez… un hecho asombroso, teniendo en cuenta su ceguera, pues el camino estaba en pésimas condiciones. Los hombres se apresuraron a internarse en las calles y a preguntar en todas las casas que Hõïchi solía frecuentar; sin embargo, nadie lo había visto. Finalmente, mientras regresaban al templo por el camino de la costa, los sorprendió el sonido de un biwa, ejecutado con tenacidad en el cementerio de Amidaji. A excepción de algunos fuegos fatuos —habituales en ese lugar en las noches tenebrosas—, no había en esa dirección sino espesas penumbras. Pero los hombres, sin vacilar, se precipitaron hacia el cementerio; y allí, a la luz de sus lámparas, descubrieron a Hõïchi, sentado bajo la lluvia, solo, ante el monumento erigido en memoria de Antoku Tennõ, tocando el biwa y entonando en voz alta el canto de la batalla de Dan-no-ura. Y detrás de él, y a su alrededor, y en todo el cementerio, ardían como bujías los fuegos de los muertos. Jamás mortal alguno presenció tan magna congregación de Oni-bi.

—¡Hõïchi San! ¡Hõïchi San! —gritaron los sirvientes—. ¡Estás embrujado! ¡Hõïchi San!

Pero el ciego no parecía oírlos. Esforzábase en reproducir con el biwa rasgueos, crujidos y clamores, y su voz se enardecía al cantar la batalla de Dan-noura. Lo aferraron y gritáronle al oído.

—¡Hõïchi San! ¡Hõïchi San! ¡Acompáñanos en el acto!

Él les dirigió un severo reproche:

—Interrumpirme de este modo, ante tan augusta asamblea, es por cierto intolerable.

Ante lo cual, pese a lo siniestro de la circunstancia, los sirvientes no pudieron contener la risa. Seguros de que Hõïchi estaba embrujado, lo apresaron, lo pusieron de pie y por la fuerza lo arrastraron al templo, donde en el acto lo despojaron de sus ropas húmedas, a instancias del sacerdote, lo cubrieron con otra vestimenta y le ofrecieron comida y bebida. Entonces el sacerdote exigió una detallada explicación de la asombrosa conducta de su amigo.

Hõïchi vaciló durante largo rato. Pero al fin, comprendiendo que su conducta realmente había alarmado y enfurecido al buen sacerdote, decidió deponer su reserva; refirió, pues, todo lo ocurrido a partir de la primera visita del samurai.

Díjole el sacerdote:

—¡Hõïchi, mi pobre amigo, estás en gran peligro! ¡Qué lástima que no me lo hayas dicho antes! Tu maravillosa destreza musical te ha metido, por cierto, en extraños problemas. Es hora de que sepas que no has visitado palacio alguno, sino que has pasado las noches en el cementerio, entre las tumbas de los Heiké; y ante el monumento que evoca la memoria de Antoku Tennõ esta noche te halló nuestra gente, sentado bajo la lluvia. Cuanto has experimentado no fue sino una ilusión… salvo la llamada de los muertos. Al obedecerlos una vez, te has puesto en sus manos. Si vuelves a obedecerlos después de lo ocurrido, te harán pedazos. De todos modos, te hubiesen destruido, tarde o temprano… Ahora bien, esta noche no podré permanecer contigo, pues han solicitado mis servicios. Pero, antes de irme, será necesario que proteja tu cuerpo cubriéndolo con textos sagrados.

Antes del crepúsculo, el sacerdote y su acólito desnudaron a Hõïchi; entonces, con sus pinceles, le trazaron sobre el pecho y la espalda, la cabeza y el rostro y el cuello, los miembros y las manos y los pies —y aun sobre las plantas de los pies, y sobre cada rincón de su cuerpo—, el texto del sûtra sagrado que denominan «Hannya-Shin-Kyõ». Cumplida esta tarea, el sacerdote instruyó a Hõïchi de este modo:

—Esta noche, apenas yo haya partido, debes sentarte en la veranda y esperar. Te llamarán. Pero, pase lo que pase, no respondas y no hagas movimiento alguno. No digas nada, quédate quieto, como si estuvieras meditando. Si te mueves, o haces algún ruido, te destrozarán. No te asustes; y ni sueñes con pedir ayuda… pues ninguna ayuda podrá salvarte. Si haces tal como te digo, el peligro se disipará y quedarás libre de todo temor.

En cuanto anocheció, el sacerdote y su acólito dejaron el templo; y Hõïchi se sentó en la veranda de acuerdo con las instrucciones que había recibido. Dejó el biwa en el suelo, asumió una actitud meditativa, y permaneció inmóvil, cuidándose de no toser, y de que no se oyera su respiración. Estuvo así durante horas.

Al fin escuchó pasos en el camino. Éstos cruzaron la entrada, atravesaron el jardín, se aproximaron a la veranda, y se interrumpieron, justo frente a él.

—¡Hõïchi! —llamó la voz hueca—. Pero el ciego contuvo el aliento y mantuvo su rigidez.

—¡Hõïchi! —repitió ásperamente la voz.

Y luego, por tercera vez, con ferocidad:

—¡Hõïchi!

Hõïchi permaneció inerte como una piedra. La voz gruñó:

—¡Nadie responde! ¡No importa…! Lo buscaré…

Pasos de hierro retumbaron en la veranda. Lentamente, los pies se acercaron y se detuvieron ante Hõïchi. Hubo un largo intervalo de ominoso silencio, durante el cual Hõïchi sintió que todo su cuerpo se estremecía al ritmo acelerado de su corazón.

Al fin la voz ronca murmuró junto a él:

—Aquí está la biwa; pero de quien lo toca sólo veo… ¡Un par de orejas…! Eso explica que no haya respondido: no tiene boca para responder… de él no quedan sino las orejas… Le llevaré, pues, estas orejas a mi señor, como prueba de que sus augustas órdenes han sido obedecidas, en la medida de lo posible…

En ese instante, Hõïchi sintió que unos dedos de hierro le agarraban las orejas, arrancándoselas. Pese al dolor, contuvo sus gritos. Los pesados pasos abandonaron la veranda, descendieron al jardín, se alejaron por la carretera, y dejaron de oírse. A ambos lados de la cabeza, el ciego sentía correr un líquido cálido y espeso; pero no se atrevía a levantar las manos.

El sacerdote regresó antes del alba. En el acto se dirigió a la veranda del fondo, y al entrar resbaló en una mancha viscosa que le arrancó un grito de horror, pues la luz de la lámpara le reveló que esa viscosidad era sangre. Entonces vio a Hõïchi, sentado, en actitud meditativa, mientras de sus heridas aún fluía la sangre.

—¡Mi pobre Hõïchi! —exclamó el sacerdote, perplejo—. ¿Qué es esto…? ¿Te han herido…?

Al escuchar la voz de su amigo, el ciego se sintió a salvo. Rompió a llorar, y en medio de sus lágrimas refirió su aventura nocturna.

—¡Pobre, pobre Hõïchi! —exclamó el sacerdote—. ¡Todo por mi culpa, todo por mi imperdonable culpa…! En cada rincón de tu cuerpo inscribimos los textos sagrados… ¡salvo en tus orejas! Confié a mi acólito esa parte de la tarea, y fue un gran error por mi parte no haberme fijado si lo había hecho… Bueno, nada puede hacerse ahora, salvo tratar de curar tus heridas sin demora… ¡Alégrate, amigo mío! Ha terminado el peligro. Jamás volverán a perturbarte esos visitantes.

Gracias a la asistencia de un buen médico, Hõïchi no tardó en recobrarse de sus heridas. La historia de su extraña aventura se propagó por todas partes y lo hizo famoso. Muchos nobles acudían a Akamagaséki para gozar de su arte; y Hõïchi recibió pródigas ofrendas en dinero, que hicieron de él un hombre de fortuna. Pero, desde que ocurrió su aventura, sólo se lo conoció por el apelativo de «Miminashi-Hõïchi»: Hõïchi el Desorejado.

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