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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La edad de la inocencia

Género: DramaNovelasLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Galardonada en 1921 con el Premio Pulitzer. La acción de la novela transcurre en la alta sociedad neoyorquina de la década de 1870. Un joven abogado a punto de casarse, se siente atraído por la Condesa Olenska, pariente de su mujer, en el Nueva York del siglo pasado. Cuando empiezas a leer este libro crees que se trata de otra novela decimonónica sobre adulterios, al estilo de La Regenta, Madame Bovary y similares. Sin embargo, aquí todo es más sutil. Más bien se trata de la historia de un adulterio frustrado, de una fantasía, lo cual queda de manifiesto sobre todo al final. La autora ofrece un retrato de los ambientes de la alta sociedad neoyorkina y de los personajes que la componen, usando una prosa efectiva, elegante y elaborada, pero sin perder la sencillez, y dotada de un cierto sentido del humor. No hay alardes vanguardistas. La historia se narra en el clásico estilo lineal.

Fragmento

Capítulo I

ERA una tarde de enero de comienzos de los años setenta. Christine Nilsson cantaba Fausto en el teatro de la Academia de Música de Nueva York. Aunque ya había rumores acerca de la construcción —a distancias metropolitanas bastante remotas, «más allá de la calle Cuarenta»— de un nuevo Teatro de la Opera que competiría en suntuosidad y esplendor con los de las grandes capitales europeas, al público elegante aún le bastaba con llenar todos los inviernos los raídos palcos color rojo y dorado de la vieja y acogedora Academia. Los más tradicionales le tenían cariño precisamente por ser pequeña e incómoda, lo que alejaba a los «nuevos ricos» a quienes Nueva York empezaba a temer, aunque, al mismo tiempo, le simpatizaban. Por su parte, los sentimentales se aferraban a la Academia por sus reminiscencias históricas, y a su vez los melómanos la adoraban por su excelente acústica, una cualidad tan problemática en salas construidas para escuchar música.

Madame Nilsson debutaba allí ese invierno, y lo que la prensa acostumbraba a llamar «un público excepcionalmente conocedor» había acudido a escucharla, atravesando las calles resbaladizas y llenas de nieve en berlinas particulares, espaciosos landós familiares, o en el humilde pero práctico coupé Brown. Ir a la ópera en este último vehículo era casi tan decoroso como hacerlo en carruaje propio; y retirarse de igual manera tenía la inmensa ventaja de permitir (con una alusión jocosa a los principios democráticos) trepar en el primer transporte Brown de la fila, en vez de esperar hasta que apareciera la nariz congelada por el frío y congestionada por el alcohol del cochero particular reluciendo bajo el pórtico del Teatro. Una de las mejores intuiciones del cochero de alquiler fue descubrir que los norteamericanos desean alejarse de sus diversiones aún con mayor prontitud que llegar a ellas.

Cuando Newland Archer abrió la puerta del palco del club, recién subía la cortina en la escena del jardín. No había ningún motivo para que el joven llegara tarde, pues cenó a las siete, solo con su madre y su hermana, y después se quedó un rato fumando un cigarro en la biblioteca gótica con estanterías barnizadas en nogal negro y sillas coronadas de florones, que era la única habitación de la casa donde Mrs. Archer permitía que se fumara. Pero, en primer lugar, Nueva York era una metrópolis perfectamente consciente de que en las grandes capitales no era «bien visto» llegar temprano a la ópera; y lo que era o no era «bien visto» jugaba un rol tan importante en la Nueva York de Newland Archer como los inescrutables y ancestrales seres terroríficos que habían dominado el destino de sus antepasados miles de años atrás.

La segunda razón de su atraso fue de carácter personal. Se le pasó el tiempo fumando su cigarro porque en el fondo era un gozador, y pensar en un placer futuro le daba una satisfacción más sutil que su realización, en especial cuando se trataba de un placer delicado, como lo eran la mayoría de sus placeres. En esta oportunidad el momento que anhelaba era de tan excepcional y exquisita calidad que incluso si hubiera cronometrado su llegada con el director de escena no podría haber entrado en el teatro en un momento más culminante que cuando la prima donna comenzaba a cantar: «Me quiere, no me quiere, ¡me quiere!», dejando caer los pétalos de una margarita entre notas tan diáfanas como el rocío.

Ella decía, por supuesto «¡Mama!» y no «me quiere», ya que una ley inalterable e incuestionable del mundo de la música ordenaba que el texto alemán de las óperas francesas, cantadas por artistas suecas, debía traducirse al italiano para mejor comprensión del público anglo-parlante. Esto le parecía muy natural a Newland Archer, igual que todas las demás convenciones que moldeaban su vida, como tener que usar dos escobillas con mango de plata y su monograma esmaltado en azul para hacer la raya de su cabello, y la de jamás aparecer en sociedad sin una flor en el ojal (de preferencia una gardenia).

«Mama… non mama…» cantaba la prima donna, y «¡Mama!» con un estallido final de amor triunfante, en tanto apretaba en sus labios la deshojada margarita y levantaba sus ojos hacia el sofisticado semblante del pequeño y moreno Fausto-Capoul, que trataba en vano, enfundado en su estrecha casaca de terciopelo púrpura y con su sombrero emplumado, de parecer tan puro y verdadero como su ingenua víctima.

Newland Archer, apoyado contra la pared del fondo de su palco, quitó sus ojos del escenario y examinó el otro lado del teatro. Justo frente a él estaba el palco de la anciana Mrs. Manson Mingott, cuya monstruosa obesidad la imposibilitaba, desde hacía tiempo, de asistir a la ópera, pero que en las noches de gala estaba siempre representada por los miembros más jóvenes de la familia. En esa ocasión, el palco estaba ocupado, en primer lugar, por su nuera, Mrs. Lovell Mingott, y su hija, Mrs. Welland; detrás, y un tanto retirada de aquellas matronas vestidas de brocado, se sentaba una joven con traje blanco, que miraba extasiada a los amantes del escenario. Cuando el «¡mama!» de Madame Nilsson hizo vibrar el teatro silencioso (en los palcos siempre se dejaba de hablar durante el aria de la margarita), un cálido color rosa tiñó las mejillas de la joven, que se ruborizó hasta las raíces de sus rubias trenzas; el rubor se extendió por la juvenil curva de su pecho hasta donde se juntaba con un sencillo escote de tul adornado con una sola gardenia. Bajó los ojos hacia el inmenso ramo de lirios silvestres que tenía en su regazo, y Newland Archer vio que las yemas de sus dedos, cubiertos por blancos guantes, tocaban suavemente las flores. Sintiendo su vanidad satisfecha, Archer suspiró y volvió los ojos al escenario.

No se había ahorrado gastos en la escenografía, que fue calificada de bellísima aun por quienes compartían con Archer su familiaridad con la Opera de París y de Viena. El primer plano, hasta las candilejas, estaba cubierto con una tela verde esmeralda. A media distancia, algunos montículos simétricos de un verde musgo de lana cercado por argollas de croquet hacía de base para arbustos que parecían naranjos y estaban salpicados de enormes rosas rosadas y rojas. Gigantescos pensamientos, muchísimo más grandes que las rosas y muy parecidos a los limpiaplumas florales que hacían las señoras de la parroquia para los clérigos elegantes, sobresalían del musgo bajo los rosales; y aquí y allá una margarita injertada en una rama de rosa florecía con la exuberancia profética de los remotos prodigios de Mr. Luther Burbank.

En medio de este jardín encantado, Madame Nilsson, vestida de cachemir blanco con incrustaciones de satín azul pálido, un pequeño bolso que colgaba de un cinturón azul y gruesas trenzas amarillas colocadas cuidadosamente a cada lado de su blusa de muselina, escuchaba con ojos bajos los apasionados galanteos de Mr. Capoul, y asumía un aire de ingenua incomprensión a sus propósitos cuando éste, con palabras o gestos, indicaba persuasivo la ventana del primer piso de la pulcra casa de ladrillo que sobresalía en forma oblicua desde el ala derecha.

«¡Qué adorable!» —pensó Newland Archer, cuya mirada había vuelto a la joven de los lirios silvestres—. «No tiene idea de qué se trata todo esto». Y contempló su absorto rostro juvenil con un estremecimiento de posesión en que se mezclaba el orgullo de su propia iniciación masculina con un tierno respeto por la infinita pureza de la joven. «Leeremos Fausto juntos… a orillas de los lagos italianos…», pensó, confundiendo en una nebulosa el lugar de su planeada luna de miel con las obras maestras de la literatura que sería su privilegio varonil enseñar a su novia. Fue recién esa tarde que May Welland le dejó entender que a ella «le importaba» (la consagrada frase neoyorquina de aceptación que dice una joven soltera), y ya su imaginación, pasando por el anillo de compromiso, el beso en la fiesta y la marcha nupcial de Lohengrin, la ponía a su lado en algún escenario embrujado de la vieja Europa.

No deseaba por ningún motivo que la futura Mrs. Newland Archer fuera una inocentona. Quería que ella (gracias a su esclarecedora compañía) adquiriera tacto social y un ingenio rápido que le permitieran hacer frente a las mujeres casadas más admiradas del «mundo joven», en el que se acostumbraba atraer el homenaje masculino y rechazarlo en medio de bromas. Si hubiera escudriñado hasta el fondo de su vanidad (como casi lo hacía algunas veces), habría descubierto el deseo de que su esposa fuera tan avezada en las cosas mundanas y tan ansiosa de complacer, como aquella dama casada cuyos encantos dominaron su fantasía durante dos años bastante agitados; por supuesto que sin una pizca de la fragilidad que casi echó a perder la vida de ese ser infeliz, y que trastornó sus propios planes durante todo un invierno.

Cómo crear aquel milagro de fuego y hielo y que perdurara en un mundo tan cruel, era algo que nunca se dio el tiempo de pensar; pero se alegraba de mantener este punto de vista sin analizarlo, ya que sabía que era el de todos aquellos caballeros cuidadosamente peinados, de chaleco blanco, flor en el ojal, que se sucedían en el palco del club, que intercambiaban amistosos saludos con él y volvían sus anteojos de teatro para mirar críticamente el círculo de damas. En asuntos intelectuales y artísticos, Newland Archer se sentía claramente superior entre esos escogidos especímenes de la antigua aristocracia neoyorquina; probablemente había leído más, pensado más, e incluso visto mucho más del mundo que cualquiera de los hombres del numeroso grupo. Por separado, éstos dejaban traslucir su inferioridad, pero agrupados representaban a Nueva York, y el hábito de solidaridad masculina hacía que Archer aceptara su doctrina en todos los aspectos llamados morales. Instintivamente sentía que al respecto sería fastidioso —y hasta de mal gusto— correr con colores propios.

—¡Vaya, no puedo creerlo! —exclamó Lawrence Lefferts apartando abruptamente del escenario sus anteojos de teatro.

Lawrence Lefferts era, por sobre todo, la máxima autoridad en cuestiones de «formalidades» de toda Nueva York. Probablemente dedicaba más tiempo que nadie al estudio de esta intrincada y fascinante materia; pero el solo estudio no explicaría su absoluta maestría y facilidad. Bastaba, mirarlo desde la amplia frente y la curva de su hermoso bigote rubio hasta los largos zapatos de charol al otro extremo de su esbelta y elegante silueta, para sentir que el conocimiento de las «formalidades» debía ser congénito en alguien que sabía usar ropa tan buena con tanta soltura y lucir tal estatura con una gracia tan lánguida. Como dijo una vez un joven admirador suyo: «Si hay alguien que pueda decirle a otro cuándo debe usar corbata negra con traje de etiqueta y cuándo no, ése es Larry Lefferts». Y en la controversia que hubo entre el uso de escarpines y zapatos Oxford de charol, su autoridad jamás fue discutida.

—¡Dios mío! —suspiró, y en silencio le pasó los anteojos al anciano Sillerton Jackson.

Newland Archer, siguiendo la mirada de Lafferts, vio con sorpresa que su exclamación era ocasionada por la entrada de una nueva persona al palco de Mrs. Mingott. Era una mujer joven y delgada, un poco más baja que May Welland, de cabello castaño peinado en rizos pegados a las sienes y sujeto por una fina banda de diamantes. El estilo de su peinado, que le daba lo que entonces se llamaba «estilo Josefina», se repetía en el corte de su traje de terciopelo azul oscuro que se ceñía en forma bastante teatral bajo el busto con un cinto adornado con una enorme y anticuada hebilla. La mujer que llevaba este inusual vestido, y que parecía absolutamente inconsciente de la atención que atraía, se quedó parada un momento en medio del palco hablando con Mrs. Welland sobre la conveniencia de tomar un lugar en el rincón frontal de la derecha; luego renunció con una sutil sonrisa y se sentó junto a la cuñada de Mrs. Welland, Mrs. Lovell Mingott, instalada al otro extremo del palco.

Mr. Sillerton Jackson había devuelto los anteojos a Lawrence Lefferts. Todos los miembros del grupo se volvieron instintivamente a él, esperando escuchar lo que el anciano diría, pues Mr. Jackson era toda una autoridad en «familias», así como Lawrence Lefferts lo era en «formalidades». Conocía todas las ramificaciones de los parentescos neoyorquinos, y no sólo podía esclarecer cuestiones tan complicadas como los lazos entre los Mingott (por los Thorley) con los Dallas de Carolina del Sur, y la relación de la rama mayor de los Thorley de Filadelfia con los Chivers de Albany (que jamás deben confundirse con los Manson Chivers de University Place), sino que también podía enumerar las características principales de cada familia, como, por ejemplo, la fabulosa mezquindad de los descendientes más jóvenes de los Lefferts (los de Long Island); o la fatal tendencia de los Rushworth a los matrimonios disparatados; o la locura recurrente que sufrían cada dos generaciones los Chivers de Albany, con los cuales sus primos de Nueva York siempre rehusaron casarse, con la desastrosa excepción de la pobre Medora Manson, quien, como todos saben…, bueno, pero su madre era una Rushworth.

Además de esta selva de árboles genealógicos, Mr. Sillerton Jackson mantenía entre sus estrechas y cóncavas sienes, y bajo la suave pelusa de sus canas, un registro de la mayoría de los escándalos y misterios que ardieron bajo la superficie inalterable de la sociedad neoyorquina durante los últimos cincuenta años. Realmente, su información era tan amplia y su memoria tan perfectamente retentiva, que pasaba por ser el único hombre que podía decir quién era realmente Julius Beaufort, el banquero, y qué fue del distinguido Bob Spicer, padre de la anciana Mrs. Manson Mingott, que desapareció misteriosamente (con una gruesa cantidad de dinero en fideicomiso) apenas un año después de su matrimonio, el mismo día que una hermosa bailarina española, que había deleitado a inmensas multitudes en el viejo Teatro de la Opera en Battery, se embarcaba rumbo a Cuba. Pero tales misterios, así como muchos otros, permanecían guardados bajo llave en el pecho de Mr. Jackson; pues no sólo su alto sentido del honor le prohibía repetir cosas tan privadas, sino que estaba perfectamente consciente de que la reputación de su discreción le daba mayores oportunidades de enterarse de lo que quería saber.

Por eso, el grupo del palco esperaba con visible suspenso mientras Mr. Sillerton Jackson devolvía los anteojos de teatro a Lawrence Lefferts. Por un segundo escrutó al atento grupo con sus diáfanos ojos azules casi tapados por los párpados venosos; luego, retorciendo cuidadosamente su bigote, dijo simplemente:

—Jamás pensé que los Mingott se atrevieran a pretender hacernos tragar el anzuelo.

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