Logo de Isliada

Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La esfinge de los hielos

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Esta obra surgió de la fascinación que sobre Verne ejerció siempre La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, y su misterioso final inacabado. Veinte años antes había escrito: «¿Quién la continuará algún día? Alguien más audaz que yo y más resuelto a avanzar en el dominio de las cosas imposibles». Al fin se decidió él mismo. Para ello ideó al capitán Len Guy, hermano del capitán Guy del relato de Poe, que emprende un viaje al polo tras las huellas de la desaparecida goleta de su hermano. Y, en una sucesión de aventuras por un fantástico mar antártico, llegan a una tierra desconocida, donde descubren el helado secreto de la esfinge.

Fragmento

LAS ISLAS KERGUELEN

Nadie, sin duda, prestará fe a esta narración, titulada La esfinge de los hielos.

No importa. En mi opinión, conviene que vea la luz pública. Cada cual es libre de prestarla o no crédito.

Difícil sería, tratándose del comienzo de estas maravillosas y terribles aventuras, imaginar lugar más apropiado que las islas de la Desolación, nombre que les fue dado en 1779 por el capitán Cook. Después de lo que he visto durante mi estancia en ellas en 1809, puedo asegurar que merecen el lamentable calificativo dado por el célebre navegante inglés. Con decir islas de la Desolación, todo está dicho.

Sé que en la nomenclatura geográfica se las conoce con el nombre de Kerguelen, generalmente adoptado para este grupo, comprendido en el 49° 54′ de latitud S y 69° 6′ de longitud E, nombre que se justifica por el hecho de que en el año 1772, el barón francés Kerguelen fue el primero que señaló estas islas en la parte meridional del Océano índico. Lo cierto es que el jefe de la escuadra había creído descubrir un continente nuevo, en el límite de los mares antárticos, y en el curso de una segunda expedición preciso le fue reconocer su error. No había allí más que un archipiélago. Pero créaseme: islas de la Desolación es el único nombre que conviene a este grupo de trescientas islas o islotes, perdido en medio de aquellas inmensas soledades oceánicas, turbadas casi continuamente por las grandes tempestades australes.

Sin embargo, el grupo está habitado, y en la fecha 2 de Agosto de 1809, desde hacía dos meses, gracias a mi presencia en Christmas–Harbour, el número de los europeos y americanos que formaban el principal núcleo de la población kerguelense había aumentado en uno. Pero yo no esperaba más que ocasión para abandonarla, terminados los estudios geológicos y mineralógicos que a ella me habían llevado.

El puerto de Christmas está situado en la más importante de las islas de este archipiélago, cuya superficie mide 4500 kilómetros cuadrados, o sea la mitad de la de Córcega. Ofrece bastante seguridad, y es de franco y fácil acceso. Los barcos encuentran en él anclaje en cuatro brazadas de agua. Después de haber doblado al Norte el cabo Francisco, que el Table–Mount domina en una extensión de 1200 pies, contemplad al través el arco de basalto acanalado en su extremo. Veréis una estrecha bahía, resguardada por los islotes contra los furiosos vientos del Este y del Oeste. Al fondo surge Christmas–Harbour. Que vuestro barco se dirija a él directamente manteniéndose a babor. Colocado en su sitio de anclaje, podrá permanecer con una sola ancla, con facilidad de borneo, mientras la bahía no sea invadida por los hielos.

Por lo demás, las Kerguelen ofrecen otras bahías, y por centenares; tan desfilachadas están sus costas como los bajos de la falda de una pobre, sobre todo en la parte comprendida entre el Norte y el Sudeste. Pululan allí las islas y los islotes. Todo el suelo de este archipiélago, de origen volcánico, se compone de cuarzo, mezclado de una piedra azulada. Llegado el estío, nacen verdes musgos, líquenes grises, diversas plantas fanerógamas, fuertes y sólidas saxífragas. Un solo árbol vegeta allí, una especie de berza de un gusto agrio, que inútilmente se buscaría en otros países.

Existen allí los terrenos que convienen en sus rookerys a los pájaros bobos, y otros, cuyas bandadas innumerables pueblan estos parajes. Vestidos de amarillo y blanco, la cabeza hacia atrás y con sus alas que figuran las mangas de un traje, estos estúpidos volátiles parecen desde lejos una fila de monjes en procesión a lo largo de las playas.

Las Kerguelen poseen además otros representantes del reino animal. Ofrecen múltiples refugios a los bueyes marinos, a las focas, a los elefantes de mar. La caza y la pesca de estos anfibios son bastante fructuosas para alimentar relativo comercio y atraer algunos navíos.

El día en que está historia empieza, paseábame yo por el puerto, cuando el posadero se acerco a mí y me dijo:

—Si no me engaño, el tiempo empieza a parecerle a usted largo, señor Jeorling.

Era el tal un robusto y alto americano, instalado hacia quince años en Christmas–Harbour y dueño de la única posada del puerto.

—Largo, en efecto, le respondería a usted, Atkins, si no le mortificase a usted mi respuesta.

—De ninguna manera —respondió él—. Crea usted que estoy acostumbrado a estas respuestas como las rocas del cabo Francisco a las olas.

—¿Y aguanta usted como él?

—¡Sin duda, señor Jeorling! Desde el día en que usted desembarcó en Christmas–Harbour y se instaló usted en casa de Fenimore Atkins, cuya muestra es el Cormorán Verde, me dije: «Dentro de quince días, si no es de ocho, mi huésped lamentará haber desembarcado en las Kerguelen».

—No, Atkins, yo no lamento jamás nada de lo que he hecho.

—¡Buena costumbre, señor!

—Además, recorriendo este grupo he tenido ocasión de observar cosas curiosas. He atravesado estas vastas planicies onduladas, cortadas por hornagueras tapizadas de recios musgos y llenas de curiosas muestras de minerales. He tomado parte en vuestras pescas de bueyes marinos y focas; he visitado los rookerys, donde los pájaros bobos y los albatros viven como buenos camaradas, y todo esto me parece digno de observarse. Usted me ha servido de vez en cuando los petrilbaltasar, condimentados por usted, manjar muy aceptable cuando se posee un buen apetito. En fin, he encontrado una excelente acogida en el Cormorán Verde, por lo que le estoy muy agradecido. Pero, si no falla mi cuenta, hace ya dos meses que el barco chileno Penas me ha depositado en Cristmas–Harbour en plano invierno…

—¿Y siente usted deseo —dijo el posadero— de volver a su país que es el mejor, señor Jeorling, de regresar a Connecticut, de volver a ver Hartford, nuestra capital?…

—Sin duda, Atkins, pues pronto hará tres años que recorro el mundo. Preciso será detenerse un día u otro y… echar raíces.

—¡Ah…! ¡Ah!… Cuando se echan raíces —respondió el americano guiñando un ojo— se acaba por extender las ramas.

—Como usted lo dice, Atkins. Sin embargo, como carezco de familia, lo probable es que en mí termine la línea de mis antepasados. No creo que a los cuarenta años me acometa la idea de extender mis ramas, como usted lo ha hecho, mi querido posadero; pues usted es un árbol, y un árbol hermosísimo.

—Un roble… y hasta una encina, si usted quiere, señor Jeorling.

—Y ha obrado usted cuerdamente obedeciendo las leyes de la Naturaleza. Pues si la Naturaleza nos ha dado piernas para caminar…

—Nos ha dado también con qué sentamos —exclamó Fenimore Atkins lanzando una carcajada— y, por esto, desde hace quince años yo estoy cómodamente sentado en Chistmas–Harbour, donde me he casado, y mi compañera Betsey me ha gratificado con diez hijos, que a su vez me gratificarán con nietos, los que se encaramarán por mis pantorrillas como gatitos pequeños.

—¿Y no volverá usted nunca a su país natal?

—¿A Baltimore? ¿Qué haría allí? ¿Qué hubiera hecho? Luchar con la miseria… No… Aquí, en las islas de la Desolación, donde jamás he tenido ocasión para desesperarme, tengo asegurado el porvenir para mí y los míos.

—Lo felicito a usted, Atkins, porque es usted feliz. No obstante, no es imposible que algún día se apodere de usted el deseo…

—¿De trasplantarme, señor Jeorling? Se lo he dicho a usted: soy una encina…, e intente usted trasplantar una encina que esté hundida hasta la mitad del tronco en la tierra de las Kerguelen.

Daba gusto oír al digno americano, aclimatado de tal modo a este archipiélago, y tan vigorosamente templado por la rudeza de su clima. Vivía allí, con su familia, como los pájaros bobos en sus rookerys, familia compuesta de la madre, valerosa matrona, y los hijos robustos, de floreciente salud e ignorando lo que son anginas o dilataciones del estómago. El negocio marchaba. El Cormorán Verde gozaba de gran fama y contaba con la parroquia de todos los barcos, balleneros o no, que hacían escala en las Kerguelen. Les proveía de sebo, de grasas, de alquitrán, de brea, de especias, azúcar, té, conservas, whisky y Ginebra.

Inútilmente se hubiera buscado otra posada en Christmas–Harbour. En lo que se refiere a los hijos de Fenimore Atkins, eran carpinteros, veleros, pescadores, y cazaban anfibios, que perseguían en el fondo de todos los pasos durante la estación cálida. Eran, en suma, bravas gentes que obedecían su destino.

—En fin, Atkins, y para concluir —dije yo— estoy encantado de haber venido a las Kerguelen. Llevaré de ellas un buen recuerdo, aunque no me disguste gran cosa darme de nuevo al mar.

—Vamos, señor Jeorling, un poco de paciencia —respondió el filósofo—. No se debe apresurar ni desear la hora de una separación. Además, no olvide usted que los días hermosos no tardarán en volver. Dentro de cinco o seis semanas…

—Pero entretanto —exclamé— los montes y las llanuras, las rocas y las playas, están cubiertas de una espesa sábana de nieve, y el sol no tiene la fuerza necesaria para disolver las brumas del horizonte.

—No, señor Jeorling. Se ve ya apuntar el césped salvaje bajo la blanca cubierta. Mírela usted bien.

—Entre nosotros, Atkins, ¿pretenderá usted que los hielos no se amontonarán en vuestras bahías durante el mes de Agosto, que es el Febrero de nuestro hemisferio Norte?

—Convengo en ello, señor Jeorling. Pero… se lo repito a usted: ¡paciencia! Este año el invierno ha sido dulce. Los barcos aparecerán pronto en el Este o en el Oeste, pues la época de la pesca se aproxima.

—El cielo le oiga a usted, Atkins, y guíe a buen puerto al navío, que no tardará…, la goleta Halbrane.

—Capitán Len Guy —añadió el posadero—. Un valiente marino, aunque inglés (en todas partes hay buena gente), y que se avitualla en el Cormorán Verde.

—¿Cree usted que la Halbrane…?

—Será señalada antes de ocho días al través del cabo Francisco, señor Jeorling, y si así no sucede, es que el capitán Len Guy no existirá, y de no existir este, será porque la Halbrane se habrá ido a pique entre las Kerguelen y el cabo de Buena Esperanza.

Y después de hacer un expresivo gesto que indicaba que semejante eventualidad estaba fuera de todo lo probable, Fenimore Atkins se separó de mí.

Esperaba yo que las previsiones de mi posadero no tardarían en realizarse. El tiempo se me hacía largo. A creerle, se revelaban ya los síntomas de la buena estación; buena para estos parajes, como se comprende. Aunque el yacimiento de la isla principal esté casi a la misma latitud que el de París en Europa y el de Quebec en Canadá, trátase aquí del hemisferio meridional, y se sabe que, efecto de la órbita elíptica que describe la Tierra, uno de cuyos centros ocupa el Sol, este hemisferio es más frío en invierno que el hemisferio septentrional, y también más cálido que él en verano. Lo cierto es que el período invernal es terrible en las Kerguelen a causa de las tempestades, y que la mar se hiela allí durante varios meses, por más que la temperatura no sea de un extraordinario rigor, siendo la media de dos grados centígrados en el invierno, y de siete en el verano, como en las Falklands o en el cabo Horn. No hay que decir que durante este período, Christmas–Harbour y los otros puertos no abrigan un solo barco. En la época de que hablo, los steamers eran aun raros. Respecto a los veleros, cuidadosos de no dejarse bloquear por los hielos, iban a buscar los puertos de la América del Sur, en la costa occidental de Chile, o los de África, más generalmente Cape–Town, del cabo de Buena Esperanza. Algunas chalupas, las unas presas ya en las aguas solidificadas, las otras arrojadas sobre la arena y hundidas hasta la bola de sus mástiles, era todo lo que ofrecía a mis miradas la superficie de Christmas–Harbour.

A pesar de que las diferencias de temperatura no son considerables en las Kerguelen, el clima es húmedo y frío. Sobre todo en la parte occidental, el grupo recibe frecuentemente el asalto de las borrascas del Norte o del Oeste, mezcladas de granizo y lluvia. Hacia el Este el cielo es más claro, aunque la luz esté siempre algo velada, y por esta parte el límite de las nieves sobre las crestas de las montañas se eleva a 50 toesas sobre el nivel del mar. Después de los dos meses que acababa de pasar en el archipiélago de las Kerguelen, yo no esperaba más que la ocasión de partir de nuevo a bordo de la goleta Halbrane, cuyas cualidades, desde el punto de vista sociable y marino, no dejaba de alabar mi entusiasta posadero.

—¡No encontrará usted barco mejor! —repetíame de continuo—. Ninguno de los capitanes de la marina inglesa puede ser comparado con mi amigo Len Guy, ni por la audacia, ni por el conocimiento de su oficio. Si se mostrase más hablador, más comunicativo, sería perfecto.

Habíame, pues, decidido a aceptar las recomendaciones de Atkins. Así que la goleta anclase en Christmas–Harbour, tomaría mi billete. Después de una escala de seis o siete días, ella se haría de nuevo a la mar con dirección a Tristán de Acunha, donde llevaba cargamento de mineral de estaño y cobre.

Tenía el proyecto de permanecer algunas semanas del buen tiempo en esta última isla. Desde aquí contaba partir para el Connecticut. No me olvidaba, sin embargo, de reservar al azar la parte que en todo proyecto humano le corresponde, pues como ha dicho Edgard Poe, siempre es prudente tener en cuenta lo imprevisto, lo inesperado; y los hechos fortuitos, accidentales, merecen no ser olvidados, y el acaso debe incesantemente ser materia de riguroso cálculo.

Y si cito a nuestro gran autor americano, es porque, aunque yo sea hombre de espíritu muy práctico, de carácter muy serio, y de natural poco propenso a lo fantástico, no por eso admiro menos a este genial poeta de las extravagancias humanas.

Por lo demás, y volviendo a la Halbrane, o más bien a las ocasiones que se me ofrecerían de embarcarme en Christmas–Harbour, no había que temer ningún percance. En esta época, las Kerguelen eran anualmente visitadas por numerosos navíos, quinientos por lo menos. La pesca de los cetáceos daba fructuosos resultados, como puede juzgarse por el siguiente hecho: un elefante de mar, uno solo, da una tonelada de aceite, es decir, un rendimiento igual al de mil pingüinos. Verdad es que en estos últimos años no hacen escala en este archipiélago arriba de una docena de barcos, pues la abusiva destrucción de los cetáceos ha reducido la cifra.

No había, pues, que tener inquietud alguna respecto a la facilidad de abandonar a Christmas–Harbour, ni aun en el caso de que la Halbrane faltase a su cita y el capitán Len Guy no viniese a dar un apretón de manos a su compadre Atkins.

Todos los días me paseaba por los alrededores del puerto. El sol comenzaba a adquirir fuerza. Las rocas volcánicas despojábanse poco a poco de su blanco tocado de invierno. Sobre la arena aparecía un musgo de color de vino, y al largo serpeaban las cintas de esas algas de cincuenta a sesenta yardas. Hacia el fondo de la bahía, algunas gramíneas alzaban su punta tímida, entra otras la lyella, que es de origen andino, a más de las que produce la tierra fuegiense, y también el único arbusto de este suelo, del que ya he hablado, esa col gigantesca tan preciosa por sus virtudes contra el escorbuto.

En lo que concierne a los mamíferos terrestres —pues los mamíferos marinos abundan en estos parajes— yo no había encontrado uno solo, ni batracios, ni reptiles, únicamente algunos insectos, mariposas y otros, y sin alas, por la razón de que, antes que pudieran utilizarlas, las corrientes atmosféricas las llevaban a la superficie de las agitadas olas de estos mares.

Una o dos veces me había embarcado a bordo de una de esas sólidas chalupas con las que los pescadores afrontan los ramalazos de viento que baten como catapultas las rocas de las Kerguelen. Con tales barcos podría intentarse la travesía de Cape–Town, y llegar al puerto si el tiempo no era malo. Pero téngase la seguridad de que no era mi intención abandonar Cristmas–Harbour en tales condiciones. No. ¡Yo esperaba a la goleta Halbrane, y la goleta Halbrane no podía tardar!

En el curso de estos paseos de un bahía a otra, había yo observado con gran curiosidad los diversos aspectos de la accidentada costa, esqueleto prodigioso, de formación ígnea, que agujereaba el blanco sudario del invierno y dejaba pasar por él sus azulados miembros.

¡Qué impaciencia sentía a veces a pesar de los sabios consejos de mi posadero, tan feliz en su casa de Christmas Harbour! Son raros en este mundo aquellos a los que la práctica de la vida ha hecho filósofos. Además, en Fenimore Atkins, el sistema muscular dominaba al nervioso. Tal vez poseía también menos inteligencia que instinto, y estas gentes están mejor armadas para defenderse contra los golpes de la vida, y es posible que sus probabilidades de encontrar la felicidad en este bajo mundo sean más serias.

—¿Y la Halbrane?— preguntábale yo todas las mañanas.

—¿La Halbrane, señor Jeorling? Seguramente llegará hoy, me respondía; y si no es hoy, será mañana. Algún día será, ¿no es cierto?… Que será la víspera de aquel en que el pabellón del capitán Len Guy se despliegue ante Christmas–Harbour.

Para aumentar el campo de vista, yo no hubiera tenido más que subir al Table–Mount. Por una altura de mil doscientos pies se obtiene una extensión de treinta y cinco millas, y tal vez, aun al través de la bruma, la goleta sería vista veinticuatro horas antes. Pero sólo un loco hubiera podido pensar en subir a aquella montaña, cubierta aun de nieve desde las laderas a la cúspide.

Recorriendo las playas, a veces ponía en fuga a gran número de anfibios, que se sumergían en las aguas nuevas. En cuanto a los pingüinos, impasibles y pesados, no desaparecían cuando yo llegaba. A no ser por el aire estúpido que los caracteriza, se vería uno tentado a dirigirles la palabra, a condición de hablar en su lengua gritona y ensordecedora. Respecto a los petrales negros, a los pufinos negros y blancos, a los colimbos y las cercetas, huían en seguida.

Un día asistí a la partida de un albatros, que los pingüinos saludaron con sus mejores graznidos, como a un amigo que, sin duda, les abandonaba para siempre. Estos poderosos volátiles pueden hacer jornadas de doscientas leguas sin descansar un instante, y con tal rapidez que recorren grandes espacios en algunas horas.

El albatros, inmóvil sobre elevada roca, en el extremo de la bahía de Christmas–Harbour, miraba al mar que la resaca empujaba violentamente contra los escollos.

De repente el pájaro se elevó con rápido arranque, con las patas replegadas y la cabeza alargada como la parte saliente de un navío, exhalando su agudo graznido, y algunos instantes después, reducido a un punto negro en el vacío, desaparecía tras las brumas del Sur.

Contenido relacionado