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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La guerra de las salamandras

Sobre el autor:

Sobre el libro:

Un capitán descubre una especie de salamandras inteligentes en la costa de Sumatra. Les enseña a hablar y con el tiempo se convierten en mano de obra barata para los empresarios de Occidente… Pero llega un momento en que ya no están dispuestas a aceptar esta situación y reclaman el lugar que creen que les corresponde dentro de la escala evolutiva. Escrita en 1936, esta sátira ironiza sobre el capitalismo sin escrúpulos, la explotación laboral, la carrera armamentística y el fascismo.

Fragmento

Las rarezas del capitán Van Toch

Si busca usted en el mapa la islita de Tana Masa, la encontrará exactamente en el Ecuador, un poco al oeste de Sumatra. Pero si pregunta al capitán J. van Toch, a bordo del Kandong Bandoeng, qué es esa Tana Masa ante la cual acaba de echar anclas, maldecirá un rato y, después, le dirá que es el agujero más sucio de toda esta zona de los Estrechos, aún más miserable que Tana Bala y al menos tan maldito como Pinos o Banka; que el único hombre, con perdón, que vive allí, —sin contar, desde luego, a los piojosos batacos—, es un agente comercial borracho, un mestizo de cubano y portuguesa, y más ladrón, pagano y guarro que el cubano y la blanca juntos; y que si en el mundo hay algo maldito, señores, es la maldita vida en esa maldita Tana Masa. Después de lo cual, probablemente, le preguntará usted por qué, entonces, echó en ese lugar las malditas anclas, como si pensara quedarse tres malditos días, y Van Toch refunfuñará irritado y murmurará algo parecido a esto: que «el Kandong Bandoeng no navegaría hasta aquí solamente por la maldita copra o por aceite de palma, eso es fácil de entender y, además, a ustedes no les importa y hagan el favor, señores, de ocuparse de sus propios asuntos». Y maldecirá con tanta fluidez y amplitud como corresponde a un viejo capitán de barco, bien conservado para su edad.

Pero si en vez de hacerle preguntas impertinentes, deja usted al capitán van Toch jurar y maldecir para sí, acabará enterándose de muchas más cosas. ¿Acaso no se le nota que necesita desahogarse? ¡Déjelo en paz! Su amargura acabará encontrando, por sí sola, una vía de escape.

—Fíjese usted, señor —exclama el capitán—, a aquella gente nuestra de Amsterdam, a aquellos malditos judíos de allá arriba, se les ocurre de pronto: «¡Perlas, hombre! Averigüe dónde puede haber perlas». Te dicen que la gente anda loca por las perlas y ¡nada más!

Aquí el capitán escupe asqueado.

—Está claro, ¡quieren invertir su dinero en perlas! Eso ocurre porque ustedes, todo el mundo, están pensando siempre en alguna de esas guerras o lo que sea… ¡El miedo del dinero!, eso es todo. ¡Y a esto le llaman crisis, señor mío!

El capitán van Toch duda un momento si ponerse a hablar con usted sobre cuestiones de economía política, porque, hoy en día, no se habla de otra cosa. Sólo que aquí, en Tana Masa, hace demasiado calor y uno se siente perezoso. El capitán van Toch hace un gesto con la mano y gruñe:

—¡Perlas! Es fácil decirlo, señor mío. En Ceilán las agotaron hace ya cinco años, en Formosa se ha prohibido pescarlas… Pero ellos… «… trate Ud., capitán van Toch, de encontrar nuevos bancos. Vaya usted a aquellas malditas islas, quizás encuentre en ellas algún criadero completo»…

El capitán se suena con desprecio en su pañuelo azul.

—Aquellas ratas europeas se imaginan que aquí se puede encontrar todavía algo desconocido por todo el mundo. ¡Dios mío! ¿Serán estúpidos? Como no quieran que les suene las narices a esos batacos, a ver si echan perlas… ¿Nuevos bancos? En Padang hay un nuevo burdel, eso sí, pero ¿nuevos bancos de perlas? Señores, yo conozco estas islas mejor que mis propios pantalones, desde Ceilán hasta esa maldita isla de Cliperton… Si alguien piensa que aquí se puede encontrar aún algo que proporcione alguna ganancia, pues ¡feliz viaje, señor mío! Treinta años hace que navego por estos mares y ahora quieren esos idiotas que les descubra todavía algo…

El capitán van Toch casi se ahoga de rabia al pensar en tan ofensiva exigencia.

—¡Que manden aquí a algún novato y les descubrirá tantas cosas que se quedarán boquiabiertos! Pero pedirle eso a uno que conoce el lugar como el capitán van Toch… ¡Compréndalo, señor! En Europa podrían descubrirse quién sabe cuántas cosas, pero ¿aquí? Aquí la gente viene solamente a husmear lo que se puede zampar y, ¡ni siquiera zampar! Lo que se puede comprar y vender. Señor mío, si en estos malditos trópicos quedara todavía algo que tuviese algún precio, habría ya tres agentes, gesticulando y haciendo señas con sus sucios pañuelos a los barcos de siete naciones para que se detuvieran. Así es la cosa, señor. Yo esto lo conozco mejor que los empleados del Ministerio de Colonias de S.M. la reina… con perdón.

El capitán van Toch hace esfuerzos por dominar su justa indignación, lo que consigue después de maldecir y jurar un rato.

—¿Ve usted a esos dos miserables holgazanes? Son pescadores de perlas de Ceilán, Dios me perdone, cingaleses como el Señor los creó (aunque, en realidad, no puedo comprender por qué lo hizo). A esos los llevo ahora conmigo, señores, y si alguna vez encuentro un trocito de costa en el que no esté escrito «Agencia», «B’ata» o «Aduanas», los tiro al agua para que busquen perlas. El más pequeño de esos granujas bucea hasta una profundidad de ochenta metros; hace poco, en las islas Príncipe, pescó a una profundidad de noventa metros la manivela de una cámara cinematográfica, señor mío, pero ¿perlas? ¡Ni soñarlo! Son unos inútiles codiciosos, estos cingaleses. Ésta es la maldita tarea que yo tengo, señores míos; hacer como que compro aceite de palma y, mientras, buscar nuevos criaderos de perlas. A lo mejor algún día se les ocurre que descubra un continente virgen, ¿no? Ésta no es una tarea apropiada para un honrado capitán mercante; el señor J. van Toch no es ningún maldito aventurero, no, señor.

Y así continúa hablando… El mar es grande y el océano del tiempo no tiene límites. Escupa en el mar, hombre, y verá que ni se mueve; cuéntele su destino y no se conmoverá. Y así, después de muchas preparaciones y rodeos, llegamos al momento en que el capitán J. van Toch, del barco holandés Kandong Bandoeng, lamentándose y maldiciendo, sube a un bote para que le lleve al kampong en Tana Masa y tratar con el agente borracho, mestizo de cubano y portuguesa, algunos asuntos comerciales.

—Lo siento, capitán —dijo finalmente el mestizo—, pero aquí en Tana Masa no llega a crecer ningún molusco. Estos cochinos batacos —añadió con un gesto de asco—, se comen hasta las medusas, están más tiempo en el agua que en la tierra y las mujeres apestan a pescado. ¡No se lo puede usted imaginar…! ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! Usted me preguntaba por mujeres.

—¿Y no hay por aquí un trocito de litoral —preguntó el capitán—, donde no se metan en el agua esos batacos?

El mestizo negó con la cabeza:

—No lo hay, señor, como no sea en la Bahía del Diablo… pero aquello no es para usted.

—¿Y por qué?

—Porque… allí no puede ir nadie. ¿Le sirvo más, capitán?

—Gracias. ¿Hay tiburones allí?

—Tiburones y… lo demás… —balbuceó el mestizo—. Un mal sitio, señor. A los batacos no les gustaría que nadie metiese las narices allí.

—Pero ¿por qué?

—Allí hay diablos, señor. Diablos marinos.

—¿Qué es eso de «diablo marino»? ¿Algún pez?

—No, ningún pez —respondió evasivo el mestizo—. Sencillamente, diablos, señor. Diablos submarinos. Los batacos los llaman Tapas. Dicen que esos diablos tienen su ciudad en el fondo del mar. ¿Le sirvo más bebida?

—¿Y qué forma tienen esos diablos marinos?

El mestizo se encogió de hombros.

—Como diablos, señor, sencillamente, como diablos. Yo vi uno una vez… mejor dicho, solamente su cabeza. Volvía en un bote del Cabo Haarlem… de pronto, justo delante de mí, salió del agua una cabezota…

—Bueno, ¿y cómo era? ¿A qué se parecía?

—En fin, la cabezota era, más o menos, como la de un bataco, pero completamente calva, señor.

—¿Y no sería un bataco?

—No lo era, señor. ¡En aquel lugar no hay bataco que se meta en el agua! Además, me hacía guiños con los párpados inferiores, señor —el mestizo tembló de horror al recordarlo—. Con los párpados inferiores que le cubrían casi todo el ojo. Así son los Tapas.

El capitán J. van Toch hizo rodar entre sus gruesos dedos el vasito con vino de palma.

—Y… ¿no estaría usted borracho? ¿No estaría usted como una cuba?

—Lo estaba, señor. De no ser así, no habría remado por aquel lugar. A los batacos no les gusta que nadie moleste a esos diablos.

El capitán van Toch negó con la cabeza.

—Mire, hombre, diablos no existen y, caso de existir, se parecerían a los europeos. Quizás fuese algún pez o algo parecido.

—¿Un pez? —tartamudeó el mestizo—. Un pez no tiene manos, señor. Yo no soy ningún bataco, señor, he ido a la escuela en Bandjoeng. Quizás me acuerde todavía de los Diez Mandamientos y de otras enseñanzas científicas. Un hombre culto sabe distinguir perfectamente un diablo de un animal. Pregúnteselo usted a los batacos, señor.

—Ésas son supersticiones de negros, hombre —aclaró jovialmente el capitán con la superioridad de un hombre culto—. Científicamente es algo sin sentido, pues un diablo no puede vivir en el agua. ¿Qué haría allí? No debes hacer caso de los cuentos de los nativos, muchacho. Alguien dio a ese golfo el nombre de «Bahía del Diablo» y, desde entonces, los batacos le tienen miedo. Así es la cosa —añadió el capitán, golpeando con su gruesa palma la mesa—, allí no hay nada, muchacho, eso está científicamente claro.

—Lo está, señor —asintió el mestizo que había ido a la escuela en Bandjoeng—, pero ningún hombre con sus cinco sentidos tiene nada que buscar en la Bahía del Diablo.

El capitán van Toch enrojeció.

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