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Literatura cubana contemporánea

El Librero Semanal

La habitación de la torre. Trece cuentos de fantasmas

Género: RelatosTerrorLibros

Sobre el autor:

Sobre el libro:

E. F. Benson (1867-1940) fue, junto con M.R. James (1862-1936), uno de los maestros victorianos de la «ghost story», un territorio del terror cuya exploración inició el gran escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu. Benson y James pertenecían a la misma sociedad literaria de Cambridge, la Chitchat Society, y mantuvieron una buena relación durante cincuenta años. Al igual que James, Benson trata de alejarse de los escenarios clásicos de ruinas, pasadizos y tinieblas, para insertar el horror en las zonas pacíficas de la vida cotidiana, donde acechan las fuerzas de lo desconocido. No obstante, los cuentos de Benson —menos eruditos, menos elusivos, tal vez más inquietantes que los del Dr. James— insisten en la exploración de las zonas más oscuras de la psique humana, los fenómenos extraños y el mundo de los sueños, y consiguen transmitir a través de una escritura controlada y llena de recursos su emoción preferida —también la nuestra—: el terror. Presentamos, por primera vez en nuestro país, una colección de 13 cuentos de E.F. Benson: una inquietante «excursión/incursión» por la galería de los espectros. El verdadero aficionado a los exquisitos placeres del miedo, aquel que vendería su alma al diablo por un buen cuento de terror no debe perdérsela: E.F. Benson le sorprenderá.

Fragmento

LA HABITACIÓN DE LA TORRE

Es probable que todo aquel que fuera sobre todo un constante soñador, haya tenido al menos una experiencia de un evento o una secuencia de circunstancias que, luego de haber sido visionada en el sueño, se convirtiera en realidad en el mundo material. Pero, en mi opinión, no sería esto tan raro; más extraño sería si el cumplimiento no ocurriera inmediatamente, ya que nuestros sueños son, como regla, concernientes con gente que conocemos y lugares que nos son familiares, tales como los que estamos durante la vigilia. En verdad, estos sueños son casi siempre interrumpidos por algún incidente absurdo y fantástico, que los pone en una tapete de espera para su subsiguiente cumplimiento, pero en el mero cálculo de posibilidades, parecería improbable que al menos un sueño imaginado por alguien que constantemente sueña, de manera ocasional se hiciese realidad.

No hace mucho, sin embargo, experimenté el cumplimiento de un sueño que me pareció nada remarcable y no tener significancia psíquica alguna. Ésta es la historia.

Un cierto amigo mío, que vive en el extranjero, es tan afecto que me escribe casi cada quincena. Así, que cuando han pasado catorce o quince días desde la última vez que tuve noticias de él, mi mente, probablemente, tanto consciente como inconscientemente, está expectante de una carta de él.

Una noche, durante la semana pasada, soñé que subía para vestirme para la cena y escuchaba, o creí escuchar, el golpe del cartero en la puerta de calle. Así que en vez de subir, bajé y me encontré con, entre la correspondencia, una de sus cartas. Aquí es donde lo fantástico entra a jugar, ya que al abrir su carta, encontré dentro el as de diamantes, y escrito con su letra característica: «Te lo envío para que lo custodies, ya que como tú sabes, corro un gran riesgo si guardo ases en Italia». A la noche siguiente, me estaba preparando para ir arriba y cambiarme, cuando escuché el típico golpe del cartero, e hice precisamente lo que en mi sueño. Por supuesto, entre otras cartas, estaba la de mi amigo. Solamente que la suya no contenía el as de diamantes. No tengo duda alguna sobre que yo esperaba, consciente o inconscientemente una carta de él, y esto me fue sugerido a través del sueño. Lo mismo que el hecho que mi amigo no hubiera escrito por espacio de dos semanas, me sugestionó a esperar su misiva.

Pero no siempre es tan sencillo encontrar una explicación, y la siguiente historia no parece tener explicación posible. Me vino desde la oscuridad, y hacia la oscuridad se ha ido de vuelta. Toda mi vida he sido habitualmente un soñador: pocas fueron las noches, debo decir, que no propiciaron a la mañana siguiente haberme despertado con el recuerdo de alguna experiencia mental. Algunas veces, durante toda la noche, en apariencia, vivía una serie de apasionantes aventuras. Casi sin excepción, estas aventuras fueron placenteras, y a menudo meras trivialidades. La única excepción es el hecho que voy a narrar.

Fue cuando tenía unos dieciséis años que comencé a tener cierto sueño. Comenzaba conmigo sentado a la puerta de una gran casa de ladrillos rojos, donde sabía que tenía que estar. El sirviente que me abrió la puerta, me dijo que el té sería servido en el jardín y me llevó a través de un vestíbulo de paneles oscuros, con una gran chimenea sobre un alegre césped en todo el alrededor. Había un pequeño grupo de personas en torno a la mesa del té; pero todos me eran por completo extraños, a excepción de uno, que era un ex compañero del colegio, llamado Jack Stone, que me pareció era el chico de la casa, y él me presentaba a sus madre y padre y a un par de hermanas. Recuerdo que yo estaba algo así como sorprendido por encontrarme en ese lugar, ya que al muchacho en cuestión apenas lo conocía, y me era desagradable; era más, él había abandonado la escuela hacia cosa de un año. Hacía bastante calor, y reinaba una intolerable opresión en el lugar. A un lateral del jardín había una pared de ladrillos rojos, con una puerta de hierro en su centro, fuera se veía un nogal. Nos sentamos a la sombra de la casa, frente a una hilera de largas ventanas, dentro de las que pude ver una mesa con un mantel, llena de objetos de plata y de cristal. Este jardín frente a la casa era muy largo, y al final del mismo se erguía una torre que tenía tres pisos, que me pareció mucho más antigua que la casa.

Mrs. Stone, que, como el resto de los concurrentes, estaba sentada en absoluto silencio, me dijo: «Jack te mostrará tu cuarto: yo te di el cuarto en la torre».

Inexplicablemente, con sus palabras, el alma se me fue al piso. Me sentí si ya hubiera conocido el cuarto en la torre, y como que allí había algo espantoso. Jack se paró instantáneamente, y yo comprendí que tenía que seguirlo. En silencio pasamos a través del vestíbulo, y subimos una gran escalera de roble, con muchas esquinas, llegando por fin a un pequeño pasillo con dos puertas. Él abrió una de las puertas para mí, y yo entré, luego de lo cuál, él la cerró. Fue entonces que me di cuenta que la anterior conjetura estaba correcta: había algo desagradable en la estancia, y con el terror de la pesadilla que me envolvía, desperté en espasmos de pánico.

Este mismo sueño, o variaciones del mismo, fue el que experimenté con intermitencias, durante quince años. Muy a menudo sucedía exactamente de esta manera: el arribo, el té en el jardín, el silencio mortal quebrado por una sentencia mortal, la subida con Jack Stone hacia el cuarto en la torre, donde estaba el horror, y, al final, siempre llegaba a acercarme al terror, aunque nunca pude ver que era con exactitud. Otras veces experimentaba variaciones sobre el mismo tema. Ocasionalmente era que estábamos sentados a una mesa, la misma que se veía a través de la ventana por el jardín. Sin embargo el silencio sepulcral era siempre el mismo, la misma sensación de opresión y aburrimiento. Y el silencio siempre era roto por Mrs. Stone que me decía: «Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto de la torre». Luego de esto (esto era invariable), tenía que seguir a Jack a través de la escalera de roble, con muchas esquinas y entrar en ese mismo lugar, que cada vez odiaba más y más. O, de nuevo, podía ser que estaba jugando a las cartas en un cuarto con inmensos candelabros, los que daban una iluminación lúgubre. Qué juego era, no tenía idea; lo que si recuerdo, con una sensación de miserable anticipación, que es que pronto Mrs. Stone se pararía y me diría su «Jack te mostrará tu cuarto: te di el cuarto en la torre». Esta estancia donde jugábamos a las cartas era la habitación siguiente del comedor, y siempre estaba iluminado, aunque el resto de la casa permanecía siempre en penumbras. Y aún, a pesar de estos bouquets de luces, no podía darme cuenta de las cartas que me habían tocado, ya que por alguna razón no podía distinguirlas. Sus diseños, también, me eran extraños: no había colores rojos, sino que todas eran negras, y entre ellas había ciertas cartas que eran todas negras. Odiaba y temía aquello.

A medida que el sueño se hacía recurrente, iba conociendo la mayor parte de la casa. Más allá del cuarto de juegos, al final de un pasillo tras una puerta revestida de paño verde, había un salón de fumar. A los personajes que poblaban este sueño también le pasaban curiosos acontecimientos, como si fueran gente viva. Mrs. Stone, por ejemplo, que, cuando la vi por primera vez, tenía cabello oscuro, se había encanecido, y su voz, al principio enérgica, se había debilitado, como si la fuerza abandonara sus labios. Jack también creció, y se convirtió en un tipo enfermizo, con un bigote marrón, mientras una de sus hermanas dejó de aparecer, y comprendí al tiempo que se había casado.

En un momento pasó que no tuve este sueño por un lapso de unos seis meses o un poco más, y comencé a esperar, inexplicablemente, que lo había superado, y que se había ido para siempre. Pero una noche, luego de este intervalo, nuevamente regresé al jardín del té, y Mrs. Stone ya no estaba allí, mientras todos los demás estaban vestidos de negro. Al momento adiviné la razón, y mi corazón dio un brinco, ya que tal vez en esta ocasión, no tendría que ir a dormir al cuarto de la torre. Como era usual, todos estaban sentados en silencio, pero en esta ocasión, el sentimiento de alivio me hizo hablar y reír como nunca antes lo había hecho. Pero los demás no se sentían igual, ya que nadie habló, limitándose a mirarse entre ellos en forma furtiva. Y cuando el raudal de mi conversación enmudeció, paulatinamente me fue asaltando una aprehensión peor que cualquier otra que previamente hubiera experimentado en aquella casa, hasta que la luz se extinguió.

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