La isla del día de antes

En el verano de 1963 un náufrago, Roberto de la Grive, llega a una nave abandonada en los Mares del Sur donde encuentra sólo animales desconocidos y máquinas extrañas. Frente a la nave hay una isla de ensueño, tan cercana como inalcanzable. Confinado en este exiguo espacio y perdido en el vasto mar, Roberto nos pone al corriente sobre su pasado a través de las cartas que escribe a una enigmática «Señora». Pero Roberto ha viajado hasta allí con una misión muy concreta: resolver el misterio por el cual pugnan las nuevas potencias de la época, el secreto del Punto Fijo.

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DAPHNE

Y con todo eso, me envanezco de mi humillación, y pues a tal privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.

De tal suerte, con impenitente conceptuosidad, Roberto de la Grive, presumiblemente entre julio y agosto de 1643.

¿Cuántos días llevaba vagando sobre las ondas, atado a una tabla, boca abajo de día para que el sol no le cegara, el cuello innaturalmente tendido para evitar beber, requemado por la espuma, ciertamente febricitante? Las cartas no lo dicen y dejan pensar en una eternidad, pero debe de haberse tratado de dos jornadas a lo más, si no, no habría sobrevivido bajo el azote de Febo (como figurativamente lamenta), él, tan enfermizo como se describe, animal noctívago por natural defecto.

No se hallaba en condiciones de llevar la cuenta del tiempo, mas me figuro que el mar habíase sosegado inmediatamente después de la borrasca que lo había arrojado del Amarilis y esa suerte de balsa que el marinero le había delineado a la medida habíale conducido, empujada por los alisios en un piélago sereno, durante una estación en la que al sur del ecuador hay un invierno de mucha templanza, a obra de algunas millas, hasta que las corrientes le habían allegado a la bahía.

Era de noche, se había adormecido, y no había dado en la cuenta de que se estaba acercando al navío hasta que, con un sobresalto, la tabla había chocado contra la proa del Daphne.

Y como —a la luz del plenilunio— había dado en la cuenta de que estaba flotando bajo un bauprés, al hilo de un castillo de proa del que colgaba una escala de cordel, no lejos del cable del ancla (¡la escala de Jacob, la habría llamado el padre Caspar!), habíanle vuelto en un instante todos los espíritus. Debe de haber sido la fuerza de la desesperación: calculó si tenía más aliento para gritar (pero la garganta era un fuegoseco), o para desceñirse de las cuerdas que le habían rayado surcos lívidos, e intentar la ascensión. Creo que en esos instantes un moribundo se convierte en un Hércules que estrangula las serpientes en la cuna. Roberto se muestra confuso a la hora de registrar el acontecimiento, pero se ha de aceptar la idea, si al final estaba en el castillo de proa, que de alguna manera a aquella escala se había aferrado. Quizá subió poco a poco, exhausto a cada trecho, tiróse allende la batayola, arrastróse sobre las jarcias, encontró abierta la puerta del castillo… Y el instinto debe de haberle hecho tocar ese barril, a cuyo borde se izó para encontrar una taza atada a una cadenilla. Y bebió todo lo que pudo, derrumbándose luego harto, quizá en sentido pleno del término, pues esa agua debía de retener tantos insectos anegados que le era alimento y bebida juntos.

Debería de haber dormido veinte y cuatro horas; es un cálculo apropiado si es que se despertó de noche, pero como renacido. Con que, era de nuevo noche, y no todavía.

Él pensó que todavía era de noche, si no, a cabo de un día, alguien habría debido encontrarlo. La luz de la luna, penetrando desde la cubierta, iluminaba aquel lugar, que se daba a conocer como la cocinilla de a bordo, con su caldera péndula sobre el fogón.

El paraje tenía dos puertas, una hacia el bauprés, la otra a la puente. Y a la segunda habíase asomado, divisando como si fuera de día las amarras bien acomodadas, el cabestrante, los palos con las velas recogidas, pocos cañones en las portas y el contorno del alcázar. Había hecho ruido, pero no respondía alma viva. Se había asomado a las amuradas y a la derecha había divisado, a eso de una milla, el perfil de la Isla, con las palmas de la ribera agitadas por la brisa.

La tierra formaba como un seno orlado de arena que blanqueaba en la pálida oscuridad pero, como le acontece a todo náufrago, Roberto no podía decir si era isla o continente.

Había dado traspiés hasta la otra borda y había entrevisto —pero esta vez a lo lejos, casi al filo del horizonte— los picos de otro perfil, también él delimitado por dos promontorios. El resto, mar, como para hacer la impresión de que el navío hubiera dado fondo en una rada a la que habíase llegado pasando por un amplio canal que separaba las dos tierras. Roberto había decidido que, si no se trataba de dos islas, sin duda tratábase de una isla que miraba a una tierra más vasta. No creo que intentara otras hipótesis, visto que nunca había sabido de bahías tan amplias que hicieran la impresión en quien se encontrara en medio de estar ante dos tierras gemelas. Así, por ignorancia de continentes desmedidos, había dado en el blanco.

Un hermoso caso para un náufrago: con los pies en lugar sólido y tierra firme al alcance del brazo. Pero Roberto no sabía nadar, ahí a poco habría descubierto que a bordo no había ningún esquife, y la corriente, entre tanto, había alejado la tabla con la que había llegado. Por lo cual, al alivio por la muerte evitada se acompañaba ahora la desazón por aquella triple soledad: del mar, de la Isla vecina y del navío. Ah de la nave, debe de haber intentado gritar, en todas las lenguas que conocía, descubriéndose débilísimo. Silencio. Como si a bordo estuvieran todos muertos. Y jamás se había expresado —él, tan generoso de símiles— tan a la letra. O casi. Y es de este casi de lo que quisiera decir, y no sé por dónde empezar.

Con todo, he empezado ya. Un hombre vaga, agotado, por el mar océano, y las aguas indulgentes lo arrojan a un navío que parece desierto. Desierto como si el marinaje lo acabara de abandonar, porque Roberto vuelve con esfuerzo a la cocina y encuentra una lámpara y un eslabón, como si lo hubiera posado el cocinero antes de acostarse. Junto al fogón hay dos catres superpuestos, vacíos. Roberto enciende la lámpara, mira en derredor, y encuentra una gran cantidad de comida: pescado seco, y bizcocho, apenas azulado por la humedad, que basta rasparlo con el cuchillo. Saladísimo, el pescado, pero hay agua a toda voluntad.

Debe de haber recobrado pronto las fuerzas, o las tenía consigo cuando escribía, porque se explaya, literatísimo, sobre las delicias de su festín, jamás tuvo el Olimpo par en sus convites, suave ambrosía a mí desde el hondo ponto, monstruo cuya muerte ahora me es vida… Pero éstas son las cosas que Roberto escribe a la Señora de su corazón:

Sol de mi sombra, luz de mi noche:

¿Por qué no me humilló el cielo en aquesa tempestad que tan fieramente había excitado? ¿Por qué sustraer al mar voraz este cuerpo mío, si luego en esta avara soledad aún más desafortunada, hórridamente naufragar debía mi alma?

Si el cielo piadoso no me envía por ventura socorro, vos no leeréis nunca la carta que agora os escribo, y abrasado cual hacha por la luz de estos mares habréme de volver yo oscuro a vuestros ojos, Selene que, habiendo aymé demasiado gozado de la luz de su Sol, en tanto cumple su viaje allende el arco,extremo de nuestro planeta, despojada del auxilio de los rayos del astro suyo soberano, primeramente mengua a imagen de la hoz que le corta la vida, luego, lánguida linterna, vase disolviendo en ese espacioso cerúleo escudo donde la ingeniosa naturaleza forma heroicas empresas y misteriosos emblemas de sus secretos. Privado de vuestra mirada soy ciego pues no me veis, mudo pues no me habláis, desmemoriado pues de mí no os acordáis.

Y sólo vivo, ardiente oscuridad y tenebrosa llama, vago fantasma que mi mente, configurando siempre igual en esta adversa pugna de contrarios, prestar querría a la vuestra. Salva la vida en esta ¡ígnea roca, en este fluctuante baluarte, prisionero del mar que del mar me defiende, castigado por la clemencia del cielo, escondido en este hondo sarcófago abierto a todos los soles, en este aéreo subterráneo, en esta cárcel inexpugnable que me ofrece la fuga por doquier, desespero yo de veros un día.

Señora, yo os escribo con la ofrenda, indigno homenaje, de la rosa ajada de mi desconsuelo, y con todo eso, me envanezco de mi humillación y, pues a tal privilegio estoy condenado, casi gozo de aborrecida salvación: soy, creo, a memoria de hombre, el único ser de nuestra especie que ha hecho naufragio en una nave desierta.

¿Acaso es posible? A juzgar por la fecha de esta primera carta, Roberto se pone a escribir inmediatamente después de su llegada, en cuanto encuentra papel y lápiz en el camarote del capitán, antes de explorar el resto del navío. Así y todo, habrá debido de emplear algún tiempo y reponerse de fuerzas, pues estaba en estado de animal herido. O quizá sea pequeña astucia amorosa, ante todo intenta dar en la cuenta de dónde ha ido a parar, luego escribe, y finge que era antes. ¿A qué pro, visto que sabe, supone, teme, que estas cartas no llegarán jamás y las escribe sólo para su aflicción (afligido consuelo, diría él; pero intentemos no tomarle gusto)? Ya es difícil reconstruir gestos y sentimientos de un personaje que sin duda arde de amor verdadero, aunque no se sabe nunca si expresa lo que siente o lo que las reglas del discurso amoroso le prescriben. Y, por otra parte, ¿qué sabemos nosotros de la diferencia entre pasión sentida y pasión expresada, y cuál precede a la otra? En ese momento, estaba escribiendo para sí mismo, no era literatura, estaba de verdad allí, escribiendo como un adolescente que persigue un sueño imposible, surcando la página de llanto no por la ausencia de la amada, ya pura imagen incluso cuando estaba presente, sino por ternura de sí, enamorado del amor…

Habría material para sacar una novela pero, una vez más, ¿por dónde empezar?.

Yo digo que esta primera carta la escribió después, y antes miró en derredor; y lo que vio lo dirá en las cartas siguientes. Pero también aquí, ¿cómo traducir el diario de alguien que quiere hacer visible mediante metáforas perspicaces lo que ve mal, mientras va de noche con los ojos enfermos?

Roberto dirá que de los ojos padecía desde los tiempos de aquella bala que le había rozado la sien en el asedio de Casal. Y puede que así sea, pero en otras partes sugiere que se le habían debilitado a causa de la peste. Roberto era, sin duda, de complexión grácil, por lo que intuyo, también hipocondríaco, aunque con juicio; mitad de su fotofobia debía de deberse a bilis negra, y mitad a alguna forma de irritación, acaso agudizada por los preparados del señor D’Igby.

Parece seguro que el viaje en el Amarilis lo había realizado estando siempre bajo la cubierta, visto que el del fotófobo era, si no su natural, por lo menos el papel que tenía que desempeñar para poder controlar los tráfagos en la bodega. Algunos meses, todos en la oscuridad o con la luz del pábilo; y luego el tiempo en el despojo de naufragio, cegado por el sol ecuatorial o tropical que fuere. Cuando arriba al Daphne, por lo tanto, enfermo o no, odia la luz, pasa la primera noche en la cocina, se reanima e intenta una primera inspección la segunda noche, y luego las cosas van casi de su cuenta. El día le da miedo, no sólo los ojos no lo soportan, tampoco las quemaduras que debía de tener en la espalda, y se amadriga. La bella luna que describe aquellas noches le reanima, de día el cielo es como por doquier, de noche descubre nuevas constelaciones (heroicas empresas y misteriosos emblemas precisamente), es como encontrarse en un teatro: se convence de que aquélla será su vida durante largo tiempo y quizá hasta la muerte, recrea a su Señora sobre el papel para no perderla, y sabe que no ha perdido mucho más de lo que ya no tuviere.

La isla del día de antes – Umberto Eco – Novela Histórica 

Umberto Eco. (Alessandria, 5 de enero de 1932 - Milán, 19 de febrero de 2016). Escritor y semiólogo italiano, fue conocido tanto por su labor ensayística y filosófica como por sus novelas históricas, varias de las cuales, como El nombre de la rosa, han alcanzado lo más alto de las listas de ventas en todo el mundo. Catedrático de Semiología en la Universidad de Bolonia, Eco estudió en Turín y publicó varios ensayos y artículos que le fueron dando prestigio académico, siendo el más famoso de ellos Apocalípticos e integrados. Como narrador dio el salto a la fama gracias a El nombre de la rosa, obra que fue adaptada al cine en 1986, y que se convirtió en un auténtico superventas.

Eco alternó su producción de ensayo con la narrativa, con títulos como Los límites de la interpretación, El péndulo de Foucault, Cinco escritos morales, La isla del día de antes o Baudolino.

Tras su novela autobiográfica de 2004, La misteriosa llama de la Reina Loana, volvió a tratar una narrativa más orientada a la ficción con El cementerio de Praga (2010).

Recibió numerosos premios y honores a lo largo de su carrera académica y literaria, entre los que habría que destacar galardones como el Príncipe de Asturias de Comunicación e Humanidades o la Orden de Caballero de la Legión de Honor francesa.